El Meollo del Asunto | La lucha contra la Corrupción

Ayer, 9 de diciembre, fue el Día Internacional contra la Corrupción. La Organización de las Naciones Unidas, en octubre de 2003, designó el 9 de diciembre para hacer conciencia a la gente de las diferentes naciones del...

10 de diciembre, 2020

Ayer, 9 de diciembre, fue el Día Internacional contra la Corrupción.

La Organización de las Naciones Unidas, en octubre de 2003, designó el 9 de diciembre para hacer conciencia a la gente de las diferentes naciones del mundo acerca de este lastre que todos hemos sufrido a través de la historia humana. Siempre ha estado presente en la historia y se pretende vencerla. 

En nuestro país se habla mucho del tema. Y esto no es de ahora que tenemos un presidente que ganó una presidencia con un discurso que ofrecía no solo combatir la corrupción sino erradicarla. El mensaje anticorrupción en las campañas y en los gobiernos que hemos tenido, no es nuevo. Todos los anteriores lo han ofrecido y han dicho que la combaten y que no la toleran. AMLO ha sido el primero que ha ofrecido erradicarla. Y no solo eso, puso una fecha: 1 de diciembre de 2018. Pero en los hechos no sucedió, ni sucederá. 

“Erradicar la corrupción” es de los ofrecimientos más demagógicos que alguien puede ofrecer. Es imposible. No hay forma. No existe una “bala de plata” contra de la corrupción. Se puede combatir, se puede controlar, se ha de aminorar, pero no se puede erradicar de manera absoluta. Se lo dije de manera personal a quien hoy es el presidente de todos los mexicanos, pero ya conoce usted, lector, cómo es.

Para que la corrupción se manifieste, se requiere de al menos dos personas. Y aunque se den excepciones, la regla es que exista quien corrompe y quien se deje corromper. En todos los casos que se reportan existen, al menos, dos personas. Y es tan dañina que su etimología en latín indica el mal que hace.

El prefijo “co-”, indica dos; la raíz “rumpere” señala romper, violar, echar a perder, viciar, destruir, pervertir, depravar, podrir y más. El sufijo “-tio,” señala o indica la acción y el efecto de lo anterior. Entonces la palabra corrupción es la acción de dos personas que rompen, violan o echan a perder algo que causa un efecto en terceros y en las personas mismas.

Además, la corrupción es endémica y pandémica. Se alimenta a sí misma. La corrupción tiene componentes, elementos que le dan forma y así la conforman:

  1. Nunca es accidental. 
  2. Tiene que haber un poder confiado

3.- Siempre involucra un abuso de posición.

  1. Tiene que haber una ganancia privada.

Por ello es que Transparencia Internacional y sus respectivos capítulos en más de 170 países, establece que la corrupción es el abuso del poder otorgado a una persona para beneficio propio.

No importa de quién se trate, en dónde se encuentre y qué función desarrolle, si se le ha otorgado algún tipo de poder y se abusa del mismo, es una persona corrupta.

A la corrupción la encontramos en la calle, en la casa, en la oficina, en las instituciones educativas, religiosas, de comercio, en las empresas de todo tipo. Lo mismo se corrompe un hombre que una mujer. No hay diferencia. La corrupción es omnipresente.

La corrupción no se destruye, solo se transforma. Esto hace toda la diferencia en el combate y control de ella. En primer lugar, porque se parte de una premisa real y no falsa. Como eso de que se puede erradicar. Así se puede aspirar a vencerla.

La persona debe de entrar en un proceso que le lleve a tomar una decisión personal, consciente, meditada, libre, que le genere hábitos positivos para no verse involucrado en actos de corrupción. Esto se logra por medio de un aumento de la virtud moral. Y en especial de un ingrediente: la Integridad.

Reportar, escribir, describir y denunciar actos corruptos es sencillo. Luchar para tratar de combatir la corrupción es otra cosa. Es uno de los proyectos y programas más ambiciosos, difíciles y peligrosos que puede haber.  Es igual a tratar de lograr la paz a todas las naciones y para todas las personas. Se trata de combatir la injusticia, la desigualdad, el abuso o “bullying”, la guerra. La violencia intrafamiliar. Incluye la lucha contra las drogas, los fanatismos, la mentira.

Sí amigos y amigas, la mentira es una forma de corrupción. Tal vez la más daña de todas las formas de corrupción. Y en estos tiempos de la posverdad y de las noticias falsas, la gente no quiere la verdad, quiere mentiras nuevas.

El programa pro integridad Avanza Sin Tranza que promuevo ofrece las herramientas para combatir y controlar la corrupción. Ese lastre que la gente afirma que le tiene harta. Ese lastre que los medios reportamos como un cáncer o como una pandemia. Ese lastre que no toda la gente ni todos los gobernantes quieren que termine.

Eso recordamos cada 9 de diciembre: el daño que la corrupción nos causa. ¿Querrá el ser humano en verdad detenerla? Ahí El Meollo del Asunto.

Comentarios


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Al escuchar tan claramente la vieja tonada militar, mi mente viajó al 13 de septiembre de 1847, cuando desde el mismo sitio en el que ahora vivía yo, la artillería del ejército invasor comenzó a bombardear el Castillo de Chapultepec, para debilitar las defensas instaladas por los cadetes del Colegio Militar que entonces se encontraba en el mítico alcázar. Recordé cómo, cuatro días antes, durante la batalla de Molino del Rey, la caballería al mando  del General Juan N. Alvarez, permaneció pasiva en la Hacienda de Los Morales, cuando de haberse unido a la refriega, nos habríamos alzado con una victoria decisiva, en un momento que, en el Congreso de los Estados Unidos iba creciendo la oposición a la aventura expansionista del presidente James Polk, liderada por el Senador Thomas Corwin del Estado de Ohio, cuya defensa de México puede consultarse como The Corwin Speech on the Mexican War.  Pero Juan N. Álvarez, al que hoy se llama “benemérito de la patria” (como al falso ídolo masón  Benito Juárez), decidió no intervenir en las acciones, porque tenía una enemistad personal con el General Santa Anna, en cuya contra se levantaría en la Revolución de Ayutla, seis años más tarde. Mientras me dejaba llevar arrullado por la antigua diana, reviví la frustración de los defensores de Churubusco, entre mis recuerdos infantiles, de cuando mi padre me llevó a ver el convento donde podían apreciarse en la madera de los pisos, los bayonetazos desesperados de la tropa que intentaba liberar los cañones de sus fusiles, para desatascarlos de las balas cuyo calibre había resultado fatalmente equivocado. En las alturas de Chapultepec, el 13 de septiembre de 1847, todos los combatientes eran niños, que apenas estaban transitando a la adolescencia, delatada por la clásica voz destemplada de quienes comenzaban a ser hombres, y esa mañana se volvieron héroes; héroes todos. Entre aquellos niños de septiembre, figuró el joven Miguel  Miramón, que fue condecorado por su heroísmo en ese encuentro, llegando a ser, años más tarde, el presidente más joven de México contando 29 años de edad, al ocupar el cargo en 1860. Miguel Miramón, el patriota indomable, culminó su vida en el LUGAR DE HONOR  que le cedió el también mexicano Maximiliano de Habsburgo, en el cerro de las Campanas, donde con Tomás Mejía alcanzaron la inmortalidad de los valientes. Mientras pensaba yo en todo ésto, los ecos de la diana seguían resonando en mi alma, en un clamor interminable; fue entonces que recordé a mi tío Oscar, hermano de mi padre, que murió en Chihuahua combatiendo contra las fuerzas de Francisco Villa, después de haber participado como cadete del Colegio Militar en la jornada de la lealtad acompañando al Presidente Madero de Chapultepec al Palacio Nacional en febrero de 1913. Recordé a mi padre y a su hermano Mario, (cuya imagen ilustra esta remembranza) que se presentaron como voluntarios al General Rivas Guillén, para defender México contra las fuerzas del General John Pershing en 1916, durante la expedición punitiva lanzada para capturar a Francisco Villa. En aquel hecho de armas, las fuerzas mexicanas impidieron el paso de los invasores, que desistieron de su expedición y volvieron derrotados a Estados Unidos, porque además, no podían permitirse seguir enfrascados en esa persecución, cuando era inminente la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial. Evocando todos estos recuerdos, decidí salir a caminar al campo vecino, y me senté en una vieja banca que sirve para descanso de los ciclistas que circulan en dirección a Guttingen o a Wahlwies; la milpa detrás mío trajo a mi corazón en un murmullo, la lejana y dulce voz de México; desde aquí, pude ver a mis pequeños hijos, esperando ávidos el paso de los cadetes por Reforma y  Niza, en el ritual repetido desde mi propia infancia  sin faltar jamás, cada 16 de septiembre, excepto cuando al igual que ahora he estado como  estoy lejos de México.  Anoche traía en mi mano la pequeña bandera que me regaló  mi sobrino Paul en su única visita a este pequeño pueblo  de Stahringen en el extremo sur de Alemania; en el cielo claro, se veían las mismas estrellas que adornaban las noches cuando vivía yo en Churubusco. Como un regalo enviado desde mi patria, las campanas de nuestra pequeña iglesia de San Zeno, tañeron las once de la noche, cuando la tarde no había caído en México todavía; el eco de Molino del Rey hasta el Molino de Santo Domingo,  llegó claramente hasta este rincón a la orilla del bosque de Homburg, en cuyas alturas se asoman las ruinas de  un Ritterburg medieval que me recuerda Chapultepec. Desde su cima, la vista a través de los Alpes nevados, permite atisbar la inigualable belleza del Iztaccíhuatl y del Popocatépetl. Conforme caminé tranquilamente de regreso a mi casa, reviví las imágenes de las Fiestas Patrias en Chinameca, cuando mi hermano Renato fue ayudante municipal y a mí me habilitó de Cura Hidalgo, con una peluca blanca de algodón y unas polainas de cartón negro que cubrían mis huaraches aparentando botas. En aquella ocasión, desfilamos por todo Chinameca en una camioneta pick up, engalanada por una bellísima joven que portaba un vestido de china poblana confeccionado para ella por su mamá. Hoy he recordado las palabras de esa joven, que al momento  que la banda de la escuela local, comenzó a redoblar sus tambores y a tocar sus clarines, me miró emocionada hasta las lágrimas  y me dijo: ¡Qué  orgullo que somos mexicanos! Anoche pude ver las caras alegres de cientos de pequeños que nos vitoreaban  entonces al pasar por las calles de Chinameca, mientras nosotros les lanzábamos caramelos, silbatos y matracas cuyo sonido se sumaba de inmediato a la música marcial de la banda que encabezaba el desfile. Mañana, Dios mediante, llamaré por teléfono a mi hermana Ángeles, para encargarle que ponga por el altavoz de la centenaria Panaderia Cárdenas, las Mañanitas dedicadas a nuestra patria que jamás está distante; porque esta casa es un rincón de México  donde reina la Virgen de Guadalupe, con su imagen en todos los rincones, y donde nuestra bandera ondea festiva en el balcón desde el 1º de este mes. “Patria de organilleros y de magos;  De héroes y de quimeras; Vuelan mis golondrinas a tus costas;  A tus senos nevados. Me imagino volviendo a ti Por el mismo desierto que he cruzado, Asido a tus canciones entonadas para que no olvidaras que soy tu hijo; Para que no olvidaras mí esperanza. Nunca saldrás de mí porque te amo En tu crisol de lágrimas y abrazos, Calaveras de azúcar y cohetones Te recuerdo sonriendo en tus balcones. Tierra de Guadalupe y de San Judas;  Tu  imagen no se borra en la distancia Tu amor no se marchita con los años.  Te llevo en mi, con orgullo en las heridas/ Que se abrieron al irme y añorarte; Estas en mis arrugas y en los callos De estas manos que sueñan con tocarte.”(2)      _____________________________________ Stahringen am Bodensee, Baden Wurttemberg, México  Con Chinameca en mi corazón. 
  1. Fragmento de La Nogalera (Chihuahua, 2004)
  2. Fragmento de No me Esperes Despierta (Stahringen 2006)
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La respuesta es que tejen un relato que habla a los sentimientos y las cosas que valoran las personas. ¿Qué sienten y valoran la mayoría de quienes vivimos en casi todos los países de la Tierra? La potencia del discurso populista obedece a dos factores: el primero es que conoce los miedos que asuelan al común de los mortales y a esos temores se dirige: la inseguridad (física, patrimonial y económica), la precariedad, la pérdida de estatus… El populismo se alimenta y prospera con nuestros miedos e inseguridades. Guy Standing, en El precariado: la nueva clase peligrosa, escribe: “La inseguridad genera problemas sociales, genera populismos y tensiones geopolíticas. [debemos dar a la gente] seguridad económica y así será menos proclive a apoyar cualquier tipo de política extremista, sea de derecha o de izquierda”. Y añade: “El problema es que el tipo de capitalismo que tenemos ahora es una abominación, porque le entrega todo el poder a una minoría”. El segundo ingrediente es la enorme influencia que ejercen las redes sociales en la estabilidad emocional. Si el mundo real está fuera del alcance y control ciudadano porque el sistema democrático no atiende ni resuelve sus problemas cotidianos (pues degeneró en aristocracia o en plutocracia); en cambio, el mundo virtual parece estar bajo nuestras manos. De ahí el poder de los likes: nos dan sentido de pertenencia y de identidad. Ello explica en parte la adicción que nos generan las redes sociales y, claro, los algoritmos que al predecir nuestra conducta favorecen una relación adictiva (economía de la atención, le llaman). A su vez, las redes favorecen la separación de la gente en grupos que comparten las mismas vivencias y sentimientos. Es decir, refuerzan la segregación y la polarización de las personas. Si el sistema democrático no resuelve las necesidades básicas de la gente y, al mismo tiempo, nos fugamos hacia las redes sociales porque al darnos sentido de pertenencia e identidad nos brindan seguridad -así sea ilusoria- al atenuar nuestra ansiedad, la política pierde sentido y razón de ser para las personas. Y con ello se devalúa no solamente a los políticos y representantes populares sino a los expertos en gestión y políticas públicas: “es poco probable que los ciudadanos se sientan satisfechos si creen que los expertos están imponiendo su propia agenda, o se dejan llevar por intereses especiales. La desconfianza hacia los expertos alimenta la desconfianza hacia los gobiernos elegidos democráticamente, si no hacia la democracia misma”, señala Antoni Gutiérrez-Rubí, en Gestionar las emociones políticas, al citar al economista francés Jean Pisani-Ferry. 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La neurociencia, los descubrimientos biológicos, la genética y las matemáticas nos revelan cómo funciona el cerebro humano, de manera que permiten conocer y anticipar nuestra conducta. Esos conocimientos ya se utilizan en la política y en particular en las campañas electorales para inclinar hacia un lado u otro el voto ciudadano. Pero además estamos en la antesala de desarrollar diversos químicos y mecanismos físicos para manipularlo a capricho. El consultor político está vivamente preocupado por ese peligro y llama a una amplia discusión para limitar los alcances de la ciencia. Ya Harari en Homo Deus, se ocupa de esta delicada cuestión y los riesgos de crear superhumanos y humanos de segunda. Al parecer vamos camino hacia un mundo distópico. Por ello Gutiérrez-Rubí propone repensar cómo utilizar los avances científicos y tecnológicos para encauzar las emociones o el corazón de las personas, en beneficio de los ideales morales de la Ilustración y la democracia. Por consiguiente, sugiere poner mayor atención a las emociones en los procesos electorales y políticos, en lugar de enfocarse de manera exclusiva en la ideología, los datos duros y en la expertis de las elites intelectuales y tecnocráticas. Y alude al preámbulo del informe de la Universidad de Stanford, Artificial Intelligence and Life in 2030: “hay que promover urgentemente el debate en torno a las grandes cuestiones que afectarán la equidad y la deshumanización del trabajo y las rentas”. Hoy ya padecemos las consecuencias políticas de las enormes brechas de desigualdad que, como muestra Guy Standing, conducen al populismo y a los radicalismos de derecha e izquierda. Lo grave es que con el avance de la ciencia es viable un mundo distópico en el que, mediante la manipulación de la química y la genética, la humanidad se divida entre los semidioses: los muy ricos, y los zombis: todos los demás. Gutiérrez-Rubí parece sugerir que si nos guiamos más por los sentimientos, por el corazón, quizá podamos escapar de la tiranía de los algoritmos, que han medido paso a paso cómo nos comportamos y anticipan cómo vamos a proceder: “…No hay innovación en lo previsible ni en lo inexorable, y necesitamos -más que nunca- nuevas ideas capaces de enfrentar a todo tipo de determinismos que nos paralizan y que reducen la política a un hecho gerencial o notarial del destino, sin ninguna influencia en él y sin capacidad de controlarlo y dirigirlo…estamos atrapados por las soluciones predictivas (hasta en los teclados) y las respuestas automáticas propias de los sistemas informáticos, en ausencia de una elección hecha por el usuario (…) ¡Por favor, más pensamiento emocional y menos inercial!... 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Siento En El Alma Su Dolor Intenso Su Miedo Al Desarraigo De Su Padre; Su Dolor De  Clarines Y  Cañones. Mientras Su Hermano Oscar,  A Paso Redoblado,  Su Hermano Niño Héroe,  Desafía A La Tormenta De La Muerte En La Decena Trágica De Mexico.” (1)  Dedico estas líneas, en homenaje a Oscar, Mario y Julio Chavezmontes, niños héroes y soldados de nuestra patria. Su heroísmo vive en el corazón de sus hijos.   Cuando vivía yo en el Molino de Santo Domingo, en las alturas de Tacubaya, una madrugada me despertó el toque de ordenanza del cuartel de Molino del Rey; la voz de los clarines y el redoble de los tambores resonaban los acordes de la antigua diana, adueñándose con su eco, de todos los rincones de la plaza. Al escuchar tan claramente la vieja tonada militar, mi mente viajó al 13 de septiembre de 1847, cuando desde el mismo sitio en el que ahora vivía yo, la artillería del ejército invasor comenzó a bombardear el Castillo de Chapultepec, para debilitar las defensas instaladas por los cadetes del Colegio Militar que entonces se encontraba en el mítico alcázar. Recordé cómo, cuatro días antes, durante la batalla de Molino del Rey, la caballería al mando  del General Juan N. Alvarez, permaneció pasiva en la Hacienda de Los Morales, cuando de haberse unido a la refriega, nos habríamos alzado con una victoria decisiva, en un momento que, en el Congreso de los Estados Unidos iba creciendo la oposición a la aventura expansionista del presidente James Polk, liderada por el Senador Thomas Corwin del Estado de Ohio, cuya defensa de México puede consultarse como The Corwin Speech on the Mexican War.  Pero Juan N. Álvarez, al que hoy se llama “benemérito de la patria” (como al falso ídolo masón  Benito Juárez), decidió no intervenir en las acciones, porque tenía una enemistad personal con el General Santa Anna, en cuya contra se levantaría en la Revolución de Ayutla, seis años más tarde. Mientras me dejaba llevar arrullado por la antigua diana, reviví la frustración de los defensores de Churubusco, entre mis recuerdos infantiles, de cuando mi padre me llevó a ver el convento donde podían apreciarse en la madera de los pisos, los bayonetazos desesperados de la tropa que intentaba liberar los cañones de sus fusiles, para desatascarlos de las balas cuyo calibre había resultado fatalmente equivocado. En las alturas de Chapultepec, el 13 de septiembre de 1847, todos los combatientes eran niños, que apenas estaban transitando a la adolescencia, delatada por la clásica voz destemplada de quienes comenzaban a ser hombres, y esa mañana se volvieron héroes; héroes todos. Entre aquellos niños de septiembre, figuró el joven Miguel  Miramón, que fue condecorado por su heroísmo en ese encuentro, llegando a ser, años más tarde, el presidente más joven de México contando 29 años de edad, al ocupar el cargo en 1860. Miguel Miramón, el patriota indomable, culminó su vida en el LUGAR DE HONOR  que le cedió el también mexicano Maximiliano de Habsburgo, en el cerro de las Campanas, donde con Tomás Mejía alcanzaron la inmortalidad de los valientes. Mientras pensaba yo en todo ésto, los ecos de la diana seguían resonando en mi alma, en un clamor interminable; fue entonces que recordé a mi tío Oscar, hermano de mi padre, que murió en Chihuahua combatiendo contra las fuerzas de Francisco Villa, después de haber participado como cadete del Colegio Militar en la jornada de la lealtad acompañando al Presidente Madero de Chapultepec al Palacio Nacional en febrero de 1913. Recordé a mi padre y a su hermano Mario, (cuya imagen ilustra esta remembranza) que se presentaron como voluntarios al General Rivas Guillén, para defender México contra las fuerzas del General John Pershing en 1916, durante la expedición punitiva lanzada para capturar a Francisco Villa. En aquel hecho de armas, las fuerzas mexicanas impidieron el paso de los invasores, que desistieron de su expedición y volvieron derrotados a Estados Unidos, porque además, no podían permitirse seguir enfrascados en esa persecución, cuando era inminente la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial. Evocando todos estos recuerdos, decidí salir a caminar al campo vecino, y me senté en una vieja banca que sirve para descanso de los ciclistas que circulan en dirección a Guttingen o a Wahlwies; la milpa detrás mío trajo a mi corazón en un murmullo, la lejana y dulce voz de México; desde aquí, pude ver a mis pequeños hijos, esperando ávidos el paso de los cadetes por Reforma y  Niza, en el ritual repetido desde mi propia infancia  sin faltar jamás, cada 16 de septiembre, excepto cuando al igual que ahora he estado como  estoy lejos de México.  Anoche traía en mi mano la pequeña bandera que me regaló  mi sobrino Paul en su única visita a este pequeño pueblo  de Stahringen en el extremo sur de Alemania; en el cielo claro, se veían las mismas estrellas que adornaban las noches cuando vivía yo en Churubusco. Como un regalo enviado desde mi patria, las campanas de nuestra pequeña iglesia de San Zeno, tañeron las once de la noche, cuando la tarde no había caído en México todavía; el eco de Molino del Rey hasta el Molino de Santo Domingo,  llegó claramente hasta este rincón a la orilla del bosque de Homburg, en cuyas alturas se asoman las ruinas de  un Ritterburg medieval que me recuerda Chapultepec. Desde su cima, la vista a través de los Alpes nevados, permite atisbar la inigualable belleza del Iztaccíhuatl y del Popocatépetl. Conforme caminé tranquilamente de regreso a mi casa, reviví las imágenes de las Fiestas Patrias en Chinameca, cuando mi hermano Renato fue ayudante municipal y a mí me habilitó de Cura Hidalgo, con una peluca blanca de algodón y unas polainas de cartón negro que cubrían mis huaraches aparentando botas. En aquella ocasión, desfilamos por todo Chinameca en una camioneta pick up, engalanada por una bellísima joven que portaba un vestido de china poblana confeccionado para ella por su mamá. Hoy he recordado las palabras de esa joven, que al momento  que la banda de la escuela local, comenzó a redoblar sus tambores y a tocar sus clarines, me miró emocionada hasta las lágrimas  y me dijo: ¡Qué  orgullo que somos mexicanos! Anoche pude ver las caras alegres de cientos de pequeños que nos vitoreaban  entonces al pasar por las calles de Chinameca, mientras nosotros les lanzábamos caramelos, silbatos y matracas cuyo sonido se sumaba de inmediato a la música marcial de la banda que encabezaba el desfile. Mañana, Dios mediante, llamaré por teléfono a mi hermana Ángeles, para encargarle que ponga por el altavoz de la centenaria Panaderia Cárdenas, las Mañanitas dedicadas a nuestra patria que jamás está distante; porque esta casa es un rincón de México  donde reina la Virgen de Guadalupe, con su imagen en todos los rincones, y donde nuestra bandera ondea festiva en el balcón desde el 1º de este mes. “Patria de organilleros y de magos;  De héroes y de quimeras; Vuelan mis golondrinas a tus costas;  A tus senos nevados. Me imagino volviendo a ti Por el mismo desierto que he cruzado, Asido a tus canciones entonadas para que no olvidaras que soy tu hijo; Para que no olvidaras mí esperanza. Nunca saldrás de mí porque te amo En tu crisol de lágrimas y abrazos, Calaveras de azúcar y cohetones Te recuerdo sonriendo en tus balcones. Tierra de Guadalupe y de San Judas;  Tu  imagen no se borra en la distancia Tu amor no se marchita con los años.  Te llevo en mi, con orgullo en las heridas/ Que se abrieron al irme y añorarte; Estas en mis arrugas y en los callos De estas manos que sueñan con tocarte.”(2)      _____________________________________ Stahringen am Bodensee, Baden Wurttemberg, México  Con Chinameca en mi corazón. 
  1. Fragmento de La Nogalera (Chihuahua, 2004)
  2. Fragmento de No me Esperes Despierta (Stahringen 2006)
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