El Meollo del Asunto | En quién confiar

La contrarreforma eléctrica ha dividido al gobierno y al sector privado. Cada uno tiene una perspectiva muy distinta de esta iniciativa. ¿En cuál perspectiva debemos confiar?

13 de octubre, 2021

Para confiar en alguien, debemos tener la certeza de que quien nos habla lo hace con sinceridad, pero no solo eso. Saber que una persona es sincera en lo que comunica, en lo que dice, en lo que habla o en lo que escribe, es importante, pero insuficiente para confiar plenamente. Es una ventaja, claro. Pero hace falta “un poco de gracia y otra cosita” como dice la canción. 

Obvio que la sinceridad es fundamental, pero para confiar plenamente uno debe de saber que la persona que comunica, que dice algo, que escribe, que comenta, que informa, está en lo correcto; que sus fuentes, datos o bases son igualmente confiables. De otra forma la persona corre el riesgo de estar sinceramente equivocada. O como decía mi papá, el periodista bajacaliforniano Daniel Valles Moreno, la persona está “perfectamente mal”.

Actualmente vivimos en el país una situación que en los siguientes meses puede traer o no una serie de situaciones anómalas, delicadas, que quizá repercutan en la economía y en la forma como hemos vivido en las últimas décadas.  El motivo principal no tiene que ver con las políticas que el gobierno federal implementa en materia de salud, de energía, de economía, de desarrollo social, pero sí tiene que ver con ellas. 

¿Entonces? ¿Tiene o no tiene que ver con esas cuestiones? Sí y no.

Sí. Porque son la materia de las diferencias que se comentan. Sí porque ha provocado una polarización entre la población en general. Sí porque ésta se torna invectiva. Sí porque por lo mismo el nivel de confrontamiento escala. Sobre todo, el que se vive y se ve en las calles, en los congresos de los estados, en el de la unión, en los cafés donde se habla de política, entre los empresarios y las personas que ocupan una función de gobierno.

No. Porque el concepto que afecta todo lo anterior es un ingrediente diferente. La desconfianza en quienes hablan, entre quienes comunican. 

La que es producto no solo de lo que puede ser una evidente falta de transparencia o de insinceridad, sino de la certeza que tienen de que su contraparte no está en lo correcto. Que no sabe de lo que se habla. De lo que se comunica. De lo que se informa. Para confiar no solo se debe saber que quien comunica algo, habla o hace es sincero, sino que está en lo correcto. Repito: se puede estar sinceramente equivocado.

La contra reforma eléctrica ha polarizado a gobierno y empresas mucho más que cualquier otra medida que el actual régimen ha tomado en el tiempo que lleva en el poder. Independientemente de las cuestiones técnicas, administrativas y hasta las políticas, lo que está calando y de manera grave es que se insulte a quienes no están de acuerdo con la iniciativa y se les tache de ladrones, sin presentar las pruebas del latrocinio. Lo invectivo del mensaje en este sentido es lo que ofende, pues la otra parte, con cuestionar o con no estar de acuerdo no ofende. Pero quien escucha el desacuerdo se ofende porque no tolera que no se esté de acuerdo con lo que éste dice.

Don presidente ha llamado ladrones a los empresarios. Pero no ha presentado pruebas de ello. Solo sus dichos y sus apreciaciones. Y no tiene derecho a llevarlos a la palestra de la manera que lo hace. El contraejemplo suyo cunde y sus incondicionales secretarios, como Rocío Nahle, lo imitan.

En su conferencia del lunes pasado, don presidente López Obrador dijo que “su iniciativa de reforma constitucional garantizará el 46% del mercado eléctrico para la iniciativa privada y el 54% para la CFE”. Esta afirmación puede ser muy sincera. Como el promocional que dice que la electricidad era nuestra y nos la van a regresar. Pero no se está en lo correcto, por lo que es una imprecisión, una mentira.

El presidente Andrés Manuel López Obrador rechazó que su iniciativa de reforma constitucional en materia eléctrica busque la expropiación de empresas privadas. Quienes están en ese negocio con todas las de la ley dicen lo contrario, luego de haber leído la iniciativa. Ambos pueden ser muy sinceros pero estar equivocados y no ser correctos. Eso en sí mismo genera un conflicto de intereses en las partes, pero es ahí donde se sientan a negociar con base en los contratos previos y arreglarían el diferendo.

Ah, pero donde cala, donde ofende, donde muestra la incapacidad es cuando don presidente insulta, ofende, lastima. Les dijo, de manera sincera que la contrarreforma buscará que tengan ganancias razonables, pero agrega el epíteto: “a robar a otro lado”. Esto es lo que crispa y lo que divide, lo que de manera intrínseca lleva la autorización para que sus incondicionales ofendan, descalifiquen y para sentar la base para que el conflicto social escale. 

Hay más de 15 millones de personas que votaron por don presidente que no le entienden a la política, a la ideología, y otros 10 millones que no terminan de convencerse y confían en don presidente. Esperan que todo mejore porque saben que, en parte, es cierto lo que dice don presidente. Los empresarios en el pasado han lucrado con las facilidades que les han dado los antecesores del actual. Pero el modo de imposición don presidente, no es el de arreglar las cosas. Puede actuar con mucha sinceridad, pero sin estar en lo correcto. 

Eso genera un conflicto que pronto puede escalar. ¿Se podrá llevar sin que se salga de los límites de la estabilidad y la paz social? Ahí El Meollo del Asunto.

 

Comentarios
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el ser humano tiene la construcción de narrativas que le permitan entender el mundo en el que vive y para moldear el mundo en que quisiera vivir.   Sin embargo somos testigos, cada vez con más estupor y desconcierto, de una dinámica contradictoria y perniciosa: mientras los desafíos humanos se hacen cada vez más intrincados y complejos, conforme las variables que intervienen en un mismo fenómeno se multiplican y entrelazan, y mientras las consecuencias de nuestras acciones colectivas nos ponen en mayor riesgo de inviabilidad como sociedad, civilización y especie, nosotros intentamos explicarlos con mayor superficialidad y resolverlos con medidas cada vez más parciales y desarticuladas.  En lo político, la demagogia y el populismo utilizados por izquierdas y derechas por igual, con el único propósito de hacerse de, o de conservar el poder, hacen promesas grandilocuentes e imposibles, simplificándolo todo hasta niveles tan absurdos que el problema planteado de disuelve en el discurso, aunque lamentablemente en la realidad no sólo persiste, sino que suele agravarse. Y esta dinámica puede verse en infinidad de vertientes: pobreza, educación, violencia, sólo por citar algunos, son problemas nacionales de la más profunda importancia que ninguno de los gobiernos recientes ha sabido atacar de fondo, aun cuando en el discurso han asegurado tener las soluciones adecuadas.    En lo individual las cosas funcionan por el estilo. Como individuos nos refugiamos cada vez más en la banalidad, en la inmediatez de los estímulos digitales, en las redes sociales, en la moda y el esnobismo, en contenidos superficiales y de consumo inmediato, buscamos entretenimiento sin esfuerzo, reduciendo, sin darnos cuenta, nuestra capacidad de concentración, dispersándonos cada vez más y naufragando en un océano de estímulos que fatigan y aturden nuestra comprensión, con lo que cada vez estamos menos propensos y dispuestos a explorar y entender de verdad la complejidad de nuestra vida y de nuestra sociedad.  El esfuerzo interior que implica entregarnos a la frivolidad es mucho mayor de lo que imaginamos. Al cabo de unas horas de bombardeo digital, quedamos vacíos, mentalmente exhaustos y saturados, sin la energía vital para asumir los auténticos compromisos de fondo que involucran todos los aspectos de nuestra vida –familiar, relacional, profesional, etc.– y para lo único que nos queda fuerza es para continuar sumergidos en la atrayente y adictiva contemplación de nuestros celulares y tabletas.  Lo anterior se complica ante otro fenómeno desconcertante. Conforme los retos que enfrentamos como humanidad asumen cada vez más  una dimensión global, conforme sus posibles soluciones resultan más intrincadas e interconectadas entre naciones, resulta cada vez más difícil construir narrativas que por un lado permitan explicar la dimensión exacta del panorama local y la inserten en el amplio y profundo panorama del problema global.  Esto acarrea consecuencias múltiples y una de ellas, a manera de ejemplo, se está dando en la política. En distintas latitudes del planeta la democracia ha entrado en una especie de crisis. El votante ha comenzado a descreer en ella como el único sistema capaz de llevarnos a un siguiente nivel de desarrollo y tengo la impresión de que esta decepción se alimenta de la tendencia a buscar resolver problemas complejos con narrativas simples.  El político en campaña promete soluciones imposibles, pero fáciles en el discurso. El votante lo escucha y descansa interiormente entregándose a la creencia de que aquello es posible y que en esta ocasión no le habrán de fallar. Una vez en el cargo, como era lógico, no se consigue cambiar nada y la decepción se acrecienta, hasta que el siguiente candidato hace lo mismo. Así, una y otra vez, hasta que el votante, decepcionado del sistema, voltea a un lado y al otro en busca de un nuevo salvador.   Este estado de ánimo social es auténtica tierra fértil para los populismos, tanto de izquierda como de derecha, que simplifican aun más las cosas, al grado de caricaturizarlas, ofreciendo soluciones simples y de otras épocas a problemas complejos e inexistentes en etapas previas de la historia humana. Esta fórmula resulta muy atractiva para el electorado porque lo releva de cualquier responsabilidad. Y sería perfecta para nuestro tiempo de no ser porque lejos de resolver algo, complica y ahonda los problemas sociales y globales.  Pensemos en la decisión del expresidente Donald Trump de abandonar unilateralmente en 2016 el Acuerdo de París, sin importar ni los compromisos adoptados por su predecesor ni mucho menos las consecuencias globales de que la economía más grande del mundo dé la espalda al problema ambiental que nos amenaza. La narrativa del expresidente Trump era simple y atractiva para su votante en la unión americana: make America great again… pero ¿de que podría servir esa promesa si no hay planeta para materializarla? Sin embargo Trump actuó los cuatro años de su gobierno como si de verdad no entendiera la complejidad y las implicaciones del problema ambiental para el mundo entero, incluidos los norteamericanos que respiran el mismo aire y habitan la misma atmósfera que los hindúes, los chinos o los islandeses.  Es verdad que se trata de problemas invisibles y de apariencia lejana, que no está en nuestra mano resolver, pero de los que somos parte. Vivimos en los tiempos más complejos que haya registrado la historia de la humanidad. Nunca un ser humano común y corriente había tenido que vivir cotidianamente rodeado de tantas variables, con tantas alternativas, opciones, riesgos y desafíos, tanto en lo personal como colectivo. No hay referentes en el pasado que retraten con fidelidad la realidad humana del siglo XXI y por ello no hay forma de que encontremos respuesta a los problemas del presente aplicando soluciones inviables por lo superadas.  Necesitamos “refrescar nuestra conexión” con la realidad, dar un paso atrás para ampliar nuestra perspectiva y releer al mundo desde una óptica más compleja e interdependiente que nos permita entender de una buena vez que no existen problemas generales que sean provocados por una sola causa y por lo tanto tampoco las soluciones llegarán por esta vía.   Pensemos un ejemplo individual: ¿por qué no puedo bajar de peso? Pareciera que la respuesta es simple y que podría aplicarse una solución que resuelva el problema de manera general: deja de comer carbohidratos.  No hay duda que esta solución podría funcionar en determinadas circunstancias y en el corto plazo, pero en la vida real, nuestra relación colectiva y particular con la comida tiene que ver con una enorme gama de factores que van desde los cambios históricos en los modos de industrializar los alimentos, pasando por nuestra historia familiar y personal, nuestra genética, la sobreabundancia de alimentos chatarra, por nuestra subjetividad, nuestra psicología, nuestro metabolismo, nuestros horarios y costumbres (quizá no nos da tiempo de detenernos a comer sano), con las costumbres de nuestros amigos y de nuestra gente cercana (quizá sentarnos a beber coca y comer Doritos frente a la TV es la manera como nos relacionamos con nuestra pareja, nuestros hijos, lo que hace dicho hábito difícil y emocionalmente costoso de abandonar) y un larguísimo etcétera. Y podríamos seguir por páginas y páginas enumerando aspectos que influyen de un modo u otro en la manera en que cada persona se relaciona de forma particular con la comida, lo que hace imposible que una sola medida, un único remedio sirva siempre y para todos.  En este caso se trataría de entender la importancia del problemas y la necesidad de atenderlo en aras de tener una buena salud presente y futura, tomárselo en serio e ir implementando hábitos y rutinas que de forma sinérgica modifiquen nuestra relación con los alimentos sin atentar contra nuestros modos de socializar y relacionarnos con los demás y con el mundo. Como se ve, un problema complejo e importante no es susceptible de resolverse con decisiones triviales tomadas sobre las rodillas.    Este ejemplo es extensivo a casi cualquier interacción que llevemos a cabo con la realidad. El punto es comprender que todos los fenómenos que nos afectan en un sentido u otro son producidos por infinidad de factores, y que simplificar demasiado las variables conlleva no resolver nada.  Por eso las soluciones simples y generales casi nunca resuelven nada y suelen agravar el problema original, como en el ejemplo de dejar de comer carbohidratos –o sus equivalentes en otros ámbitos, como podría ser: para combatir la pobreza, otorgar magnánimamente una pensión minúscula sin tomar en cuenta temas como alimentación, transporte, educación, oportunidades laborales, reconstrucción saludable de vínculos afectivos y familiares que eviten violencia y la descomposición familiar, etc., que favorezcan que realmente los grupos vulnerables abandonen esa situación–. Nos guste o no reconocerlo, el mundo que habitamos en el siglo XXI es mucho más complejo e incierto y cambia con mucha mayor rapidez que nunca en la historia humana. 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La democracia mantiene un amplio reconocimiento a nivel mundial como la mejor vía para garantizar procesos y mecanismos que permiten el derecho al voto en elecciones libres, la articulación de instituciones autónomas que establecen controles y contrapesos en el ejercicio del poder, respeto a los derechos humanos, la construcción de la paz y el desarrollo de los países; pero también es cierto que la democracia en su permanente construcción y perfeccionamiento para promover y lograr igualdad, libertad, solidaridad, respeto, dignidad y justicia, puede ser rehén de simplismos, retóricas, narrativas y pasiones individualistas, autocráticas y populistas que pervierten, transgreden, trastocan, enturbian y debilitan las instituciones, los procesos democráticos y los derechos humanos. Los profesores de la Universidad de Harvard Steven Levistky y Daniel Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias refieren que la democracia es frágil y está enfrentando una nueva forma de ser socavada por “líderes electos de presidentes o primeros ministros que subvierten el proceso mismo con los que los condujo al poder. Algunos de esos dirigentes desmantelan la democracia a toda prisa”, en otros casos “las democracias erosionan lentamente en pasos apenas apreciables”. 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Ello causa “confusión pública” debido a que la población no se percata de que el régimen está perdiendo su calidad democrática y “quiénes denuncian los abusos del gobierno pueden ser descalificados como exagerados o alarmistas. Para muchas personas la erosión de la democracia es casi imperceptible”. Lo anterior indica que los regímenes democráticos en el mundo están en constante riesgo por el asedio y ascenso de líderes autócratas que aparentan ser demócratas y en lugar de fortalecer la igualdad, la justicia social y los procesos democráticos, los vulneran y los limitan a la luz del día o silenciosamente.  Por ello es una realidad que la democracia enfrenta deformaciones en su contenido, en sus procesos y mecanismos; deformaciones impulsadas por personajes individualistas, autocráticos y populistas que desdeñan, debilitan y minan minuciosa, y estratégicamente a las instituciones autónomas, al equilibrio de los poderes, a los derechos humanos, a las libertades y a la justicia social. Steven Levistky y Daniel Ziblatt advierten que los autócratas convierten las instituciones en “armas políticas, esgrimidas enérgicamente por quienes las controlan en contra de quienes no lo hacen”, reescriben “las reglas de la política para inclinar el terreno de juego en contra del adversario”, además, “utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil  incluso legal para liquidarla”. Es importante señalar que la calidad de un régimen democrático se mide por resultados en favor de la población y por los contrapesos en el poder, pero cuando aparece otra deformación de la democracia en el ejercicio del poder, como la “egocracia”, la calidad del régimen democrático e institucional está en grave riesgo, sobre todo, porque el egocrata se abraza de la autocracia y el populismo, se abraza de la irrealidad y de los resultados intangibles.   José Nun, quien fuera Secretario de Cultura en Argentina y catedrático en la Universidad de Berkeley, le da significado al término egocracia en su obra el Sentido común y la política para referirse al entonces gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. A esta deformación de la democracia, José Nun la describe como el poder que se ejerce desde el “ego” del gobernante, desde el “yo” del gobernante, es decir, monopoliza el poder para ejercerlo desde su “ego”, lo cual enturbia, disminuye y debilita la calidad de cualquier régimen democrático.  Consideraciones  La democracia en México no es ajena a la influencia mundial de personajes de corte egocrático, autocrático y populista, sobre todo en la actual administración federal que simpatiza con líderes que han deformado la democracia en sus países. Esta simpatía ha marcado una preocupante línea política que conjuntamente con la narrativa, la retórica, las reformas y la estrategia política del gobierno de la 4T se asemejan a las prácticas que mencionan Steven Levistky y Daniel Ziblatt en su libro “Cómo mueren las democracias”, las cuales, han hecho sucumbir a regímenes democráticos de Latinoamérica y Europa convirtiéndolos en autocráticos y populistas.  En este sentido, México vive una realidad poco alentadora en su régimen democrático, el cual, está en constante lucha contra quienes pretenden disminuir o desaparecer la pluralidad, la división de poderes y los contrapesos. De acuerdo al Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit, señala que nuestro país tiene una “democracia defectuosa” debido a los problemas de gobernabilidad y gobernanza, a una cultura política rezagada y a niveles bajos de participación política, ya que en 2019 y 2020 se ubicó en el lugar 73 y 72 de 167 países analizados, con una puntuación de 6.9 y 6.7, respectivamente (Escala de 0 a 10).    Al respecto, Freedom House en su Informe Anual Freedom in the World que analiza a 210 países y territorios en materia de acceso a las libertades individuales, como el derecho al voto, la libertad de expresión y la igualdad ante la ley, ha ubicado a México en 2019 y 2020 con una “democracia parcialmente libre” con una puntuación de 62 y 61, respectivamente (Escala d 0 a 100).    Sumándose a lo anterior, México no puede hablar de una democracia de calidad cuando:  1.- La Constitución se quiere manipular a complacencia; la división de poderes se vulnera; las instituciones autónomas se les disminuye el presupuesto y pretenden restarles credibilidad, y los contrapesos sociales, políticos y económicos son denostados permanentemente; 2.-El acceso a una canasta básica diaria no es posible para más de 55 millones de pobres, de los cuales, de acuerdo al CONEVAL, 3.8 millones se sumaron en los últimos dos años, mientras, la población en pobreza extrema tuvo un incremento de 2.1 millones, por lo que, pasó a 10.8 millones; 3.- La inseguridad ha sumado más de 100 mil homicidios dolosos en los últimos tres años, o cuando, en la Encuesta Nacional de Victimización de Empresas 2020, refiere que el costo total por la inseguridad que sufren las empresas es de 226 mil millones de pesos, es decir, el 1.25% del PIB, representando el 41.3% pérdidas económicas y a nivel nacional un costo de más 85 mil pesos en promedio por delito a empresas. 4.- La impunidad, que es la llave para abrir la puerta a diversos delitos, es quizá de los mayores retos para la democracia en México, desafortunadamente en este rubro no hay mejoría. El Índice Global de Impunidad 2020, indica que México ocupa la posición 60 de 69 países analizados, con 49.67 puntos, que representan 10 puntos más de en el rango de impunidad frente al promedio global que es de 39.9 (Escala de 0 a 100).    La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2021, estable que el 93.3% de los delitos no fueron denunciados, o, la autoridad no inició una carpeta de investigación. Este nivel de impunidad reduce la calidad de la democracia en México.    5.-Datos de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad señalan que el 80.6% de contrataciones del gobierno se han realizado por adjudicación directa en 2021, obviando los procesos de licitación que son mecanismos de transparencia y rendición de cuentas fundamentales para fortalecer los contrapesos en el poder.  Por su parte, México Evalúa refiere que en el PEF 2021 el 83% de los recursos aprobados no tuvieron un destino geográfico claro, lo que genera opacidad en el gasto público México se encuentra en tiempos de definiciones en lo que respecta a su Democracia, definiciones que impactarán a las generaciones presentes y futuras,  porque en la medida que se logre cerrar la brecha a la desigualdad, a la pobreza, a la injusticia, a la corrupción y al encono social habrá una mejor calidad en nuestra democracia.  Por ello, hay dos caminos, blindar y fortalecer el régimen democrático de las tentaciones e influencias egocráticas, o, por el contrario, el pueblo y quienes juraron defender la Constitución se inclinen y abran paso a un régimen egocrático que centralice toda acción pública y denote una franca incomodad a la transparencia, a la rendición de cuentas, a la división de poderes, a los contrapesos, a las instituciones con autonomía y al pluralismo, lo cual sería retroceder y anclarse pasado." 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Y esta dinámica puede verse en infinidad de vertientes: pobreza, educación, violencia, sólo por citar algunos, son problemas nacionales de la más profunda importancia que ninguno de los gobiernos recientes ha sabido atacar de fondo, aun cuando en el discurso han asegurado tener las soluciones adecuadas.    En lo individual las cosas funcionan por el estilo. Como individuos nos refugiamos cada vez más en la banalidad, en la inmediatez de los estímulos digitales, en las redes sociales, en la moda y el esnobismo, en contenidos superficiales y de consumo inmediato, buscamos entretenimiento sin esfuerzo, reduciendo, sin darnos cuenta, nuestra capacidad de concentración, dispersándonos cada vez más y naufragando en un océano de estímulos que fatigan y aturden nuestra comprensión, con lo que cada vez estamos menos propensos y dispuestos a explorar y entender de verdad la complejidad de nuestra vida y de nuestra sociedad.  El esfuerzo interior que implica entregarnos a la frivolidad es mucho mayor de lo que imaginamos. Al cabo de unas horas de bombardeo digital, quedamos vacíos, mentalmente exhaustos y saturados, sin la energía vital para asumir los auténticos compromisos de fondo que involucran todos los aspectos de nuestra vida –familiar, relacional, profesional, etc.– y para lo único que nos queda fuerza es para continuar sumergidos en la atrayente y adictiva contemplación de nuestros celulares y tabletas.  Lo anterior se complica ante otro fenómeno desconcertante. Conforme los retos que enfrentamos como humanidad asumen cada vez más  una dimensión global, conforme sus posibles soluciones resultan más intrincadas e interconectadas entre naciones, resulta cada vez más difícil construir narrativas que por un lado permitan explicar la dimensión exacta del panorama local y la inserten en el amplio y profundo panorama del problema global.  Esto acarrea consecuencias múltiples y una de ellas, a manera de ejemplo, se está dando en la política. En distintas latitudes del planeta la democracia ha entrado en una especie de crisis. El votante ha comenzado a descreer en ella como el único sistema capaz de llevarnos a un siguiente nivel de desarrollo y tengo la impresión de que esta decepción se alimenta de la tendencia a buscar resolver problemas complejos con narrativas simples.  El político en campaña promete soluciones imposibles, pero fáciles en el discurso. El votante lo escucha y descansa interiormente entregándose a la creencia de que aquello es posible y que en esta ocasión no le habrán de fallar. Una vez en el cargo, como era lógico, no se consigue cambiar nada y la decepción se acrecienta, hasta que el siguiente candidato hace lo mismo. Así, una y otra vez, hasta que el votante, decepcionado del sistema, voltea a un lado y al otro en busca de un nuevo salvador.   Este estado de ánimo social es auténtica tierra fértil para los populismos, tanto de izquierda como de derecha, que simplifican aun más las cosas, al grado de caricaturizarlas, ofreciendo soluciones simples y de otras épocas a problemas complejos e inexistentes en etapas previas de la historia humana. Esta fórmula resulta muy atractiva para el electorado porque lo releva de cualquier responsabilidad. Y sería perfecta para nuestro tiempo de no ser porque lejos de resolver algo, complica y ahonda los problemas sociales y globales.  Pensemos en la decisión del expresidente Donald Trump de abandonar unilateralmente en 2016 el Acuerdo de París, sin importar ni los compromisos adoptados por su predecesor ni mucho menos las consecuencias globales de que la economía más grande del mundo dé la espalda al problema ambiental que nos amenaza. La narrativa del expresidente Trump era simple y atractiva para su votante en la unión americana: make America great again… pero ¿de que podría servir esa promesa si no hay planeta para materializarla? Sin embargo Trump actuó los cuatro años de su gobierno como si de verdad no entendiera la complejidad y las implicaciones del problema ambiental para el mundo entero, incluidos los norteamericanos que respiran el mismo aire y habitan la misma atmósfera que los hindúes, los chinos o los islandeses.  Es verdad que se trata de problemas invisibles y de apariencia lejana, que no está en nuestra mano resolver, pero de los que somos parte. Vivimos en los tiempos más complejos que haya registrado la historia de la humanidad. Nunca un ser humano común y corriente había tenido que vivir cotidianamente rodeado de tantas variables, con tantas alternativas, opciones, riesgos y desafíos, tanto en lo personal como colectivo. No hay referentes en el pasado que retraten con fidelidad la realidad humana del siglo XXI y por ello no hay forma de que encontremos respuesta a los problemas del presente aplicando soluciones inviables por lo superadas.  Necesitamos “refrescar nuestra conexión” con la realidad, dar un paso atrás para ampliar nuestra perspectiva y releer al mundo desde una óptica más compleja e interdependiente que nos permita entender de una buena vez que no existen problemas generales que sean provocados por una sola causa y por lo tanto tampoco las soluciones llegarán por esta vía.   Pensemos un ejemplo individual: ¿por qué no puedo bajar de peso? Pareciera que la respuesta es simple y que podría aplicarse una solución que resuelva el problema de manera general: deja de comer carbohidratos.  No hay duda que esta solución podría funcionar en determinadas circunstancias y en el corto plazo, pero en la vida real, nuestra relación colectiva y particular con la comida tiene que ver con una enorme gama de factores que van desde los cambios históricos en los modos de industrializar los alimentos, pasando por nuestra historia familiar y personal, nuestra genética, la sobreabundancia de alimentos chatarra, por nuestra subjetividad, nuestra psicología, nuestro metabolismo, nuestros horarios y costumbres (quizá no nos da tiempo de detenernos a comer sano), con las costumbres de nuestros amigos y de nuestra gente cercana (quizá sentarnos a beber coca y comer Doritos frente a la TV es la manera como nos relacionamos con nuestra pareja, nuestros hijos, lo que hace dicho hábito difícil y emocionalmente costoso de abandonar) y un larguísimo etcétera. Y podríamos seguir por páginas y páginas enumerando aspectos que influyen de un modo u otro en la manera en que cada persona se relaciona de forma particular con la comida, lo que hace imposible que una sola medida, un único remedio sirva siempre y para todos.  En este caso se trataría de entender la importancia del problemas y la necesidad de atenderlo en aras de tener una buena salud presente y futura, tomárselo en serio e ir implementando hábitos y rutinas que de forma sinérgica modifiquen nuestra relación con los alimentos sin atentar contra nuestros modos de socializar y relacionarnos con los demás y con el mundo. Como se ve, un problema complejo e importante no es susceptible de resolverse con decisiones triviales tomadas sobre las rodillas.    Este ejemplo es extensivo a casi cualquier interacción que llevemos a cabo con la realidad. El punto es comprender que todos los fenómenos que nos afectan en un sentido u otro son producidos por infinidad de factores, y que simplificar demasiado las variables conlleva no resolver nada.  Por eso las soluciones simples y generales casi nunca resuelven nada y suelen agravar el problema original, como en el ejemplo de dejar de comer carbohidratos –o sus equivalentes en otros ámbitos, como podría ser: para combatir la pobreza, otorgar magnánimamente una pensión minúscula sin tomar en cuenta temas como alimentación, transporte, educación, oportunidades laborales, reconstrucción saludable de vínculos afectivos y familiares que eviten violencia y la descomposición familiar, etc., que favorezcan que realmente los grupos vulnerables abandonen esa situación–. Nos guste o no reconocerlo, el mundo que habitamos en el siglo XXI es mucho más complejo e incierto y cambia con mucha mayor rapidez que nunca en la historia humana. En las últimas dos generaciones nuestra forma de vida se ha alterado hasta niveles inimaginables y la tendencia es continuar por ese camino, aunque casi seguro a un ritmo de transformación aun mayor. No queda sino aceptar que no es un tema de mera voluntad y que las narrativas que construyamos para explicar y resolver los desafíos que nos aquejan deberán tomar en cuenta este escenario de complejidad creciente.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir  " ["post_title"]=> string(41) "El reto de construir narrativas complejas" ["post_excerpt"]=> string(218) "En este siglo, nuestra forma de vida se ha alterado hasta niveles inimaginables. 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