Cuando hablamos de lo caro que es vivir en México pensamos en la inflación, la gasolina o los impuestos. Pero existe otro costo que casi nunca aparece en las estadísticas familiares: el tiempo que perdemos porque las cosas no funcionan como deberían.
Piense en su último mes. ¿Cuántas horas pasó atrapado en el tráfico? ¿Cuánto tiempo hizo fila para un trámite, una consulta médica o un servicio público? ¿Cuántas veces tuvo que regresar porque faltaba un documento o el sistema se cayó? Ese tiempo también cuesta dinero. Es un impuesto invisible que nadie aprobó, pero que todos pagamos.
El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) estima que la congestión vial en las principales ciudades del país cuesta 94 mil millones de pesos al año, mientras que cada persona pierde, en promedio, 100 horas anuales únicamente por el tráfico. Quienes utilizan transporte público pierden todavía más: 118 horas al año. Son más de cuatro días completos de vida desperdiciados cada año, sin contar las filas, los trámites o las esperas para recibir un servicio.
Pero el problema va mucho más allá del tráfico. La burocracia también tiene un costo enorme. Estudios de la CONAMER y el IMCO muestran que la carga regulatoria para ciudadanos y empresas representa cientos de miles de millones de pesos al año. Un trámite estatal puede tomar alrededor de hora y media, mientras que algunos municipales requieren hasta ocho horas. Para un profesionista puede ser una molestia; para quien vive al día significa perder ingresos, pagar transporte adicional o dejar de atender a su familia.
Por eso, la ineficiencia castiga más a quienes menos tienen. Una persona con un salario fijo quizá recupere una mañana perdida. Un comerciante, un taxista, un albañil o un trabajador independiente simplemente deja de ganar ese día. La ineficiencia también amplía la desigualdad.
Y sus efectos alcanzan a toda la economía. Cada camión detenido en el tráfico encarece los productos que consumimos. Cada permiso que tarda meses retrasa inversiones y empleos. Cada trámite innecesario reduce la competitividad de las pequeñas empresas. En otras palabras, la ineficiencia termina siendo una inflación silenciosa que todos pagamos, aunque no aparezca en el recibo.
Por eso, los países más competitivos no sólo construyen carreteras o puentes. También invierten en gobiernos que simplifican trámites, digitalizan servicios, eliminan requisitos innecesarios y entienden que el tiempo del ciudadano también es un recurso público.
Con frecuencia medimos el éxito de un gobierno por las obras que inaugura o el presupuesto que ejerce. Tal vez deberíamos empezar a medirlo con una pregunta mucho más simple: ¿cuántas horas le devolvió este año a los ciudadanos?
Porque gobernar también significa hacer más sencilla la vida cotidiana. Reducir tiempos de espera, coordinar mejor los servicios públicos y eliminar obstáculos innecesarios genera bienestar, productividad y confianza.
La verdadera prosperidad no consiste únicamente en ganar más dinero. También consiste en perder menos tiempo. Y un Estado eficiente no sólo administra presupuestos: administra millones de horas de vida de sus ciudadanos.
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