EL HAMBRE Y LA POBREZA EN LAS CIUDADES MEXICANAS

El hambre y la desnutrición es una de las condiciones más duras y vulnerables de la pobreza. 

12 de octubre, 2021

¿Cómo podemos ayudar a paliar el hambre en nuestras ciudades? Cuatro posibles medidas son: Hacer comida y regalarla (así de simple); donar a programas que apoyen al combate al desperdicio alimentario (investigar cuales); apoyar  lugares donde se contraten a madres en condición vulnerable y/o de calle; donar a bancos de alimentos.

En México según la extinta Sedesol se tiran a la basura el 37% de los alimentos producidos en un día, es decir: 10 millones 431 mil toneladas al año. De acuerdo con el INEGI, mueren 8500 personas anualmente por desnutrición, el 10% tenían menos de 5 años de edad.

Según datos de la Secretaría de Salud, anualmente enferman 120 mil personas por falta de alimentos en un contexto en que 48 millones de mexicanos viven en un contexto de alta vulnerabilidad por carencia de acceso a la alimentación,                 11.7 millones en condiciones de pobreza extrema y peor aún: de los 48.7 millones de personas que trabajan, hay 22.1 que reciben ingresos menores a 120 pesos diarios.

Así, nuestro país se caracteriza por mantener persistentes condiciones de pobreza, rezago social, marginación y discriminación. Este contexto trae como consecuencia: muertes en exceso que serían evitables

Pobreza creciente

Según el CONEVAL, el porcentaje de población en situación de pobreza extrema, creció del 2020 a lo que va de 2021 de 8.7 a 10.8 millones de personas en menos de dos años, es decir 2.1 millones más.

Para ubicar las áreas urbanas en condiciones de pobreza, han generado para su mejor comprensión y atención, mapas e indicadores asociados, donde se observa el impacto de la pobreza en:

  • Educación
  • Vivienda
  • Salud
  • Seguridad social
  • Servicios públicos, etc.

 

Concentración de la población más pobre

En cinco entidades federativas, se concentra la pobreza extrema del país:

  • Chiapas
  • Guerrero
  • Estado de México
  • Oaxaca
  • Veracruz

El 63% de personas en condiciones de pobreza, se concentran en Estados que como Veracruz y el de México, son los más poblados del País.

Destaca la pobreza de Chiapas, de muy escasa actividad productiva y donde el atraso educativo es verdaderamente preocupante. Estados como Guerrero y Oaxaca viven igualmente en condiciones de gran rezago en todos los ámbitos y donde su orografía provoca una dispersión de población en miles de asentamientos menores de 2500 habitantes. Solamente en Chiapas hay 19 237 poblaciones en esa condición.

En el contexto urbano

El CONEVAL realizó un estudio de carácter Geoespacial, que puede observarse en el sistema de GOOGLE Earth.

Lo interesante de esta apreciación es que permite observar físicamente la localización por municipio mayor de 15000 habitantes, de asentamientos en condiciones de pobreza.

El estudio arroja información gráfica sorprendente y donde queda claro que el 70% de esta, vive en localidades mayores a 2500 habitantes es decir en poblaciones urbanas.

Acciones para erradicar la pobreza urbana:

  • Mejorar la calidad educativa
  • Dar acceso universal a servicios de salud (a toda la población vulnerable y pobre)
  • Detener la desigualdad de género (la pobreza tiene rostro de mujer)
  • Impulsar programas contra el hambre y la desnutrición
  • Enfrentar con inteligencia el cambio climático
  • Canalizar prioritariamente la inversión de las ciudades a sus zonas más vulnerables.

                                                                                               

Comentarios
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Al cabo de unas horas de bombardeo digital, quedamos vacíos, mentalmente exhaustos y saturados, sin la energía vital para asumir los auténticos compromisos de fondo que involucran todos los aspectos de nuestra vida –familiar, relacional, profesional, etc.– y para lo único que nos queda fuerza es para continuar sumergidos en la atrayente y adictiva contemplación de nuestros celulares y tabletas.  Lo anterior se complica ante otro fenómeno desconcertante. Conforme los retos que enfrentamos como humanidad asumen cada vez más  una dimensión global, conforme sus posibles soluciones resultan más intrincadas e interconectadas entre naciones, resulta cada vez más difícil construir narrativas que por un lado permitan explicar la dimensión exacta del panorama local y la inserten en el amplio y profundo panorama del problema global.  Esto acarrea consecuencias múltiples y una de ellas, a manera de ejemplo, se está dando en la política. En distintas latitudes del planeta la democracia ha entrado en una especie de crisis. El votante ha comenzado a descreer en ella como el único sistema capaz de llevarnos a un siguiente nivel de desarrollo y tengo la impresión de que esta decepción se alimenta de la tendencia a buscar resolver problemas complejos con narrativas simples.  El político en campaña promete soluciones imposibles, pero fáciles en el discurso. El votante lo escucha y descansa interiormente entregándose a la creencia de que aquello es posible y que en esta ocasión no le habrán de fallar. Una vez en el cargo, como era lógico, no se consigue cambiar nada y la decepción se acrecienta, hasta que el siguiente candidato hace lo mismo. Así, una y otra vez, hasta que el votante, decepcionado del sistema, voltea a un lado y al otro en busca de un nuevo salvador.   Este estado de ánimo social es auténtica tierra fértil para los populismos, tanto de izquierda como de derecha, que simplifican aun más las cosas, al grado de caricaturizarlas, ofreciendo soluciones simples y de otras épocas a problemas complejos e inexistentes en etapas previas de la historia humana. Esta fórmula resulta muy atractiva para el electorado porque lo releva de cualquier responsabilidad. Y sería perfecta para nuestro tiempo de no ser porque lejos de resolver algo, complica y ahonda los problemas sociales y globales.  Pensemos en la decisión del expresidente Donald Trump de abandonar unilateralmente en 2016 el Acuerdo de París, sin importar ni los compromisos adoptados por su predecesor ni mucho menos las consecuencias globales de que la economía más grande del mundo dé la espalda al problema ambiental que nos amenaza. La narrativa del expresidente Trump era simple y atractiva para su votante en la unión americana: make America great again… pero ¿de que podría servir esa promesa si no hay planeta para materializarla? Sin embargo Trump actuó los cuatro años de su gobierno como si de verdad no entendiera la complejidad y las implicaciones del problema ambiental para el mundo entero, incluidos los norteamericanos que respiran el mismo aire y habitan la misma atmósfera que los hindúes, los chinos o los islandeses.  Es verdad que se trata de problemas invisibles y de apariencia lejana, que no está en nuestra mano resolver, pero de los que somos parte. Vivimos en los tiempos más complejos que haya registrado la historia de la humanidad. Nunca un ser humano común y corriente había tenido que vivir cotidianamente rodeado de tantas variables, con tantas alternativas, opciones, riesgos y desafíos, tanto en lo personal como colectivo. No hay referentes en el pasado que retraten con fidelidad la realidad humana del siglo XXI y por ello no hay forma de que encontremos respuesta a los problemas del presente aplicando soluciones inviables por lo superadas.  Necesitamos “refrescar nuestra conexión” con la realidad, dar un paso atrás para ampliar nuestra perspectiva y releer al mundo desde una óptica más compleja e interdependiente que nos permita entender de una buena vez que no existen problemas generales que sean provocados por una sola causa y por lo tanto tampoco las soluciones llegarán por esta vía.   Pensemos un ejemplo individual: ¿por qué no puedo bajar de peso? Pareciera que la respuesta es simple y que podría aplicarse una solución que resuelva el problema de manera general: deja de comer carbohidratos.  No hay duda que esta solución podría funcionar en determinadas circunstancias y en el corto plazo, pero en la vida real, nuestra relación colectiva y particular con la comida tiene que ver con una enorme gama de factores que van desde los cambios históricos en los modos de industrializar los alimentos, pasando por nuestra historia familiar y personal, nuestra genética, la sobreabundancia de alimentos chatarra, por nuestra subjetividad, nuestra psicología, nuestro metabolismo, nuestros horarios y costumbres (quizá no nos da tiempo de detenernos a comer sano), con las costumbres de nuestros amigos y de nuestra gente cercana (quizá sentarnos a beber coca y comer Doritos frente a la TV es la manera como nos relacionamos con nuestra pareja, nuestros hijos, lo que hace dicho hábito difícil y emocionalmente costoso de abandonar) y un larguísimo etcétera. 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El punto es comprender que todos los fenómenos que nos afectan en un sentido u otro son producidos por infinidad de factores, y que simplificar demasiado las variables conlleva no resolver nada.  Por eso las soluciones simples y generales casi nunca resuelven nada y suelen agravar el problema original, como en el ejemplo de dejar de comer carbohidratos –o sus equivalentes en otros ámbitos, como podría ser: para combatir la pobreza, otorgar magnánimamente una pensión minúscula sin tomar en cuenta temas como alimentación, transporte, educación, oportunidades laborales, reconstrucción saludable de vínculos afectivos y familiares que eviten violencia y la descomposición familiar, etc., que favorezcan que realmente los grupos vulnerables abandonen esa situación–. Nos guste o no reconocerlo, el mundo que habitamos en el siglo XXI es mucho más complejo e incierto y cambia con mucha mayor rapidez que nunca en la historia humana. 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Esto es lo que crispa y lo que divide, lo que de manera intrínseca lleva la autorización para que sus incondicionales ofendan, descalifiquen y para sentar la base para que el conflicto social escale.  Hay más de 15 millones de personas que votaron por don presidente que no le entienden a la política, a la ideología, y otros 10 millones que no terminan de convencerse y confían en don presidente. Esperan que todo mejore porque saben que, en parte, es cierto lo que dice don presidente. Los empresarios en el pasado han lucrado con las facilidades que les han dado los antecesores del actual. Pero el modo de imposición don presidente, no es el de arreglar las cosas. Puede actuar con mucha sinceridad, pero sin estar en lo correcto.  Eso genera un conflicto que pronto puede escalar. ¿Se podrá llevar sin que se salga de los límites de la estabilidad y la paz social? 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