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El gran desorden

Hay enormes tensiones y desavenencias con el principal socio comercial, del que depende la mayor proporción de la riqueza nacional.

18 de junio, 2024 El gran desorden

Un balance del gobierno que termina puede permitir atisbar lo que nos depara el futuro inminente. Los principales indicadores señalan que la gente tiene un poco más de dinero en sus bolsillos. La mayoría de los electores están eufóricos por factores como salarios más altos, mayor ingreso por diversos programas sociales. Y el relato, la historia, del presidente ha generado un sentido de identidad y pertenencia para millones de mexicanos que han sido excluidos o marginados de la corriente principal. Conceptos, como democracia, poco o nada significan para un pueblo que solamente ve que llegan unos al gobierno y salen enriquecidos y entran otros y se repite el cuento. La democracia que conocemos, aunque trajo estabilidad, fue más significativa para las elites porque permitió que compartieran el poder y el acceso a los recursos públicos por turnos, pacíficamente. Pero la democracia se estancó en lo electoral y procedimental. No hubo canales para que las personas tomaran el control y pudieran incidir en su destino y bienestar.

Las instituciones que se forjaron durante los últimos 40 años son frágiles y endebles. Una mayoría de ellas se centró en limitar y dividir el enorme poder de la presidencia para evitar los abusos de los años setenta y ochenta que ocasionaron crisis financieras recurrentes. Se debilitó al poder Ejecutivo, pero a cambio se forjaron en los estados y municipios especies de virreinatos donde siguieron los abusos. El cambio de partido en el poder conservó muchos de los viejos vicios de corrupción y ejercicio excesivo del poder. El desmantelamiento del viejo presidencialismo propició dos fenómenos: entronizó a los gobernadores y a los munícipes de las grandes ciudades y se perdió el control territorial que tenía el antiguo régimen, porque desmanteló el sistema policiaco corrupto, pero que mantenía el orden y el control de los capos. La desbandada policial auspicia el fortalecimiento de los cárteles.

El ocaso del presidencialismo mexicano -que concentraba todo el poder en la figura del Ejecutivo federal- fue gradual. Cuando otros partidos, diferentes al PRI, llegaron a la presidencia, ya había pasado su mejor época. Los años de austeridad, después de la crisis de los años ochenta, obligó a desmantelar muchas instituciones y disminuir las capacidades del Estado para desarrollar obra pública y atender las demandas de la gente. La apertura comercial, sin una debida gradualidad y regulación, dio otra vuelta de tuerca al sistema: aceleró la pérdida del control de sectores clave del corporativismo mexicano: los empresarios y los obreros. Fue una época de destrucción institucional. Los gobiernos de la transición, del PAN y el PRI, no entendieron y fallaron. Las nuevas instituciones creadas durante los gobiernos de Zedillo y de la transición, si bien notables, fueron limitadas: atendieron las demandas del sector moderno y olvidaron a los rezagados.

Es el México que llevó a la presidencia a López Obrador. Y una parte importante de la gente del país está con él y quiere que siga la transformación, cualquier cosa que signifique. No importa. Está feliz e identificada con el discurso presidencial, que al menos en palabras ha humillado a las elites, a las burocracias y a los ricos. Se siente reivindicada. Cree haber recuperado su orgullo y puesto en su lugar a los clasistas, racistas y privilegiados. Ahora pertenece a algo grandioso, importante. Su vida cobra sentido. Es el poder de la fábula que ha forjado civilizaciones, y el presidente inventó la suya. Más dinero en el bolsillo de muchos y esa fabulación forjaron una nueva identidad. Por eso arrolló en las elecciones. Pero, ¿qué país deja a tantas personas, hoy felices? Concentró el poder en el Ejecutivo federal. El ejército recuperó sus fueros. Los ricos se enriquecieron cuatro veces más en su gobierno (Oxfam). La política de seguridad pública de abrazos y no balazos -cuyo objetivo parece ser la forja de dos o tres grandes grupos delictivos para controlar los mercados ilícitos y sujetarlos o regularlos- empoderó a los cárteles, que dominan más de un tercio del territorio.

Al mismo tiempo, el presidente destruyó a los precarios sistemas de salud y educativo, debilitó o socavó a los órganos autónomos y dispuso de los ahorros públicos. Endeudó al país en los últimos años. Hay enormes tensiones y desavenencias con el principal socio comercial, del que depende la mayor proporción de la riqueza nacional. Esta es la circunstancia en la que llegará la presidente electa. ¿Qué margen de acción y con qué instituciones gobernará el nuevo gobierno? ¿Qué posible escenario le depara? Al parecer su presidencia la soportarán cuatro patas: enorme poder político, acrecentado al someter a la Suprema Corte (a riesgo de acentuar el desgobierno); el ejército, ya parte central del gobierno y la administración, y domina la obra pública; cogobernar con el crimen organizado en territorios; y compincharse con los nuevos y viejos dueños del dinero, los capitalistas amigos, que se hacen ricos a la sombra, ya no de cualquier político, sino del presidente.

Así la presidente tendrá un enorme poder, pero la destrucción institucional y de la administración pública, que viene de lejos, y hoy agravada, la dejará con exigua capacidad para gobernar. Así, puede ser obligada a cogobernar con el ejército, los capitalistas amigos -que exigirán altas rentas a costa de drenar el erario público-, mantener un entendimiento táctico con los grupos criminales y, ante la fragilidad de las finanzas públicas y la dependencia de la economía estadunidense, ceder a las demandas de los vecinos del norte al revisarse el TMEC. Se vislumbra un panorama muy complejo. Y el embrollo es mayúsculo, pues muchos grupos sociales se han desbordado: unos toman la justicia en mano propia y otros la calle, con desmanes y bloqueos. ¿Y quién gobernará Morena, una vez ausente el líder? No es partido institucional como el PRI, mediante el cual el presidente controlaba a los intereses en pugna. Otros agravantes son la posible presidencia de Trump en Estados Unidos y la sequía, ya catastrófica. Se atisban horas oscuras. ¿Cómo gobernar? Mi hipótesis es que ante la destrucción institucional y la implosión política, la gobernanza requerirá de un férreo control del poder, reconcentrado en el Ejecutivo federal, y apuntalado por militares oligarcas y crimen organizado. La gran incógnita es el tipo de acuerdo con Estados Unidos. ¿Hay riesgo de un gran desorden en México, que afectaría a América del norte? Tiempo nublado, dijo el poeta Paz.

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Héctor Barragán Valencia
Periodista con una larga trayectoria en medios escritos y audiovisuales. Ha entrevistado a presidentes de América Latina y grandes personalidades de los mundos empresarial y de las letras. Estudió Ciencia Política y realizó estudios a nivel de maestría en Historia y Economía.
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