De las elecciones del país vecino. Reflexiones que debemos aprender

De alguna manera, las elecciones —los cambios de gobernantes por medio de los sistemas democráticos en que presumimos vivir— tienen por objeto lograr que las políticas públicas del nuevo equipo gobernarte se traduzca en bienestar de los...

6 de noviembre, 2020

De alguna manera, las elecciones —los cambios de gobernantes por medio de los sistemas democráticos en que presumimos vivir— tienen por objeto lograr que las políticas públicas del nuevo equipo gobernarte se traduzca en bienestar de los gobernados, con el fin de lograr una verdadera transformación en su vida. No siempre se logra, pues depende de la “sabiduría” de los electos y hay cada personaje que llega a altos cargos públicos que conocen muy bien el tono de rebuznar y trabajan solo para su beneficio personal. Con el pretexto de que quieren “transformar” algo, pueden llevar a la ruina a una comunidad. 

La elección del presidente de los Estados Unidos de América —el país más poderoso del planeta—, nuestro vecino, ha interesado a muchos de mis amigos y conocidos. (Aquel país de 325 millones de habitantes tiene un lema que deja mucho que pensar: In God we Trust, con todo respeto, me parece que “el Ser Supremo” no se mete en estos asuntos. Para mí, este Ser se encarga de cuestiones de otro orden).  

Así pues, la contienda ha despertado muchas pasiones y la determinación es muy apretada. Estos últimos años, ha estado gobernada por un ser muy particular, en mi opinión, despreciable por su forma de ser, sobre todo prepotente, cualidad que lo hace un “bad hombre”.

Por lo que se ve y opinan los especialistas, seguramente la elección la decidirá la Suprema Corte después de muchos alegatos, conteo de “voto por voto” e impugnaciones legales. Por lo visto, ese país está muy polarizado y Donald Trump se ha encargado de ello: de atizar el fuego.

Como se sabe, se disputan la presidencia los representantes de los dos grandes partidos que realmente tienen influencia, lo que es de alguna manera signo de madurez, aunque cuentan con un sistema de elección francamente obsoleto, producto de la forma en que se formó esa nación, de su independencia y en este tema su poca evolución es patente. Los padres fundadores pensaron que cada uno de los “estados que forman la Unión Americana” tuvieran un peso específico dependiendo del número de pobladores que los habitan y porque había muchos esclavos que no eran ciudadanos, por ello, cada estado tiene distinta cantidad de “votos electorales” dependiendo de la cantidad de habitantes. Así, California tiene 55 votos electorales y el Pensilvania tan solo 20. En estas elecciones votaron un mayor número de personas por Joe Biden, pero no por ello necesariamente va a ganar: dependerá si junta suficientes votos electorales.

Por otro lado, llama mucho la atención que una gran mayoría de mexicanos odian al presidente Donald Trump y deseamos que gane el demócrata. Los dos hombres son adultos mayores: el retador tiene 77 años y el aún presidente Trump, 74. Se supone que a esa edad los seres humanos ya pueden acercarse a la sabiduría y al equilibrio mental, cuestión que, en este caso, se pone a la duda. La edad no hace mejor a las personas.




Es claro que Donald Trump se hizo odiar. Su discurso y franca persecución contra los mexicanos, se hizo patente durante su primera campaña electoral, lo que le valió ser presidente. En términos de apuestas hizo la chica, pues los expertos no le daban oportunidad, pero, también hay que aceptarlo, tiene otras capacidades. Es cierto que cartera mata carita y su verbo mata sensatez y convence. Y este hombre, siendo un mentiroso ordinario, tiene un gran apoyo entre sus compatriotas. 

De hecho, los “gringos” no nos caen muy bien. En los libros de texto nos enseñaron que nos “robaron” la mitad del territorio; nos enseñaron que el 13 de septiembre de 1847, durante la “Guerra mexicano-americana” mataron a nuestros “niños héroes” y otras atrocidades que hemos sufrido a lo largo de la historia. 

Y a pesar de la “bendita cercanía” que tenemos con ellos —por ser vecinos— este hecho nos proporciona grandes beneficios, pues somos sus “socios comerciales” y a regañadientes viven por allá millones de compatriotas, los que por la desigualdad y pobreza han tenido que emigrar por los pésimos gobiernos que hemos padecido y que ahora contribuyen con las remesas que mandan a sus familiares para que puedan tener un nivel mínimo de bienestar. No es nada de lo que podemos estar orgullosos.

Me parece que hay que poner “nuestras barbas a remojar”, pues para los mexicanos hay muchas lecciones que podríamos aprender de lo que ha pasado en nuestro vecino y con quien nos gobierna, que clama por una transformación. ¡Las elecciones de junio de 2021 están a la vuelta!

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