Amar exige apertura y, sobre todo, disposición a mostrarse vulnerable. El individualismo extremo, donde todo se funda en el egoísmo personal, no puede permitírselo. Sin estar dispuesto a mostrarse vulnerable no puede darse una de las condiciones indispensables para que el amor florezca: la intimidad.
Hace un par de semanas hablé de cómo se desarrolla el concepto de individualismo en la novela Fortuna, del argentino-estadounidense, Hernán Díaz, ganadora del Premio Pulitzer de Ficción 2023.
Explicaba que para el personaje protagónico del texto, Andrew Bevel, la cooperación y la búsqueda genuina del bien común es ilusoria y prácticamente antinatural, porque, desde su visión, el individuo siempre actúa en la búsqueda egoísta de su propio beneficio. “Sólo cooperaré contigo –afirma Andrew– en la medida en que sirva a mis propósitos. Más allá de eso, sólo puede haber rivalidad o indiferencia1”.
De hecho, desde esta cosmovisión, que está lejos de ser producto tan solo de la imaginación literaria de Hernán Díaz, sino que una buena parte de los grandes capitales del mundo piensan así, el progreso de un conglomerado social consiste en lograr que un número suficiente de individuos egoístas converjan en intenciones y metas y de este modo actúen en la misma dirección. Es entonces que se genera la auténtica riqueza y prosperidad, y que tendrá apariencia de ser colectiva sin serlo de verdad.
Sin embargo, aun cuando esta manera de estar en el mundo pueda ser defendida por diversas facultades de economía a lo largo y ancho del mundo, lo cierto es que si nos centramos en la persona, en la vida real y cotidiana, las carencias que habrían de experimentarse serían muchas. Nadie buscará tu cercanía si no obtiene de ti un beneficio, ni tendría sentido alguno entablar amistades y vínculos. Pero quizá lo más grave de todo es que alguien que piensa de verdad que así funciona la realidad, estará inhabilitado para acceder al amor. No podrá amar ni podrá ser amado de verdad. Y esto es precisamente lo ocurre con el personaje de la novela citada. Andrew Bebel ha conseguido acumular una cantidad ingente de dinero y de poder, pero ni ha conseguido amar ni ser amado por la persona más importante de su vida: su esposa Mildred.
Amar exige apertura y, sobre todo, estar dispuesto a mostrar la propia vulnerabilidad, así como a respetar y honrar la vulnerabilidad del otro. Sin estar dispuesto a mostrarse vulnerable no puede darse una de las condiciones indispensables para que el amor florezca: la intimidad.
Andrew lo sabe y lo verbaliza: “La intimidad puede ser una carga insoportable para quienes, al experimentarla por primera vez después de una vida entera de autosuficiencia orgullosa, de pronto descubren que era lo que le faltaba a su mundo. Encontrar la dicha se vuelve indistinguible del miedo a perderla. Cuestionan su derecho a responsabilizar a otros de su felicidad; se preocupan porque su ser amado pueda considerar tediosa su reverencia; temen que su anhelo les puede haber distorsionado los rasgos de formas que ellos mismos no alcanzan a ver. Y así, vencidos por el peso de todas estas preguntas y preocupaciones, terminan por doblarse sobre sí mismos, y la felicidad que acaban de encontrar en la compañía se convierte en una expresión más profunda de la soledad que creían haber dejado atrás2”.
Para Bevel vivir en esa incertidumbre, vivir despojado de armaduras y protecciones ante el ser amado resulta una carga insoportable y por ello la viudez y el exacerbado énfasis en defender la memoria de su mujer, se convierte en un sustituto del amor que no se atrevió a ganarse mientras estaba viva.
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1 Díaz, Hernán, Fortuna, Séptima Edición, España, Anagrama – Panorama de Narrativas, 2023, Pág. 366
2 Íbidem, Pág. 71
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