En días recientes, Lula da Silva, presidente de Brasil, planteó una nueva realidad que debe ser considerada por el resto de la región: el aumento al presupuesto militar de las potencias medias en Latinoamérica. La dinámica entre potencias militares regresó a la ley del más fuerte y la guerra es ahora una respuesta natural para la solución de conflictos geopolíticos. Como tal, el presidente brasileño dijo: «Si no nos preparamos para la cuestión de la defensa, cualquier día alguien nos invade».
Cuando las potencias militares comienzan a mover el tablero mundial con invasiones y bombas, sin importar ni las vidas civiles ni la respectiva soberanía de los países invadidos, el mundo retorna a un estado medieval y violento. ¿Naturaleza humana?
Por otro lado, Estados Unidos tiene hambre; sus políticas expansionistas están más vivas que nunca. Y no son fantasías: tan solo en el tercer mes del año han logrado capturar a Nicolás Maduro, pactar con el chavismo y desestabilizarlo. Después mataron al Ayatolá y, a su vez, comenzó una guerra abierta en Medio Oriente, aunque la Casa Blanca parece convencida de que tiene la guerra ganada.
EEUU es una potencia militar muy fuerte, capaz y perfectamente armada, con intenciones de invasión regional. Quieren Groenlandia, Cuba, México… Es iluso desconfiar de la capacidad de ejecución en el gobierno de Donald Trump.
No es que el peligro sea latente, es que es real. Lula da Silva tiene razón cuando plantea aumentar el presupuesto militar en la región. La soberanía de los países, así como la necesidad de depender cada vez menos de las grandes potencias en materias de seguridad, tecnología e infraestructura, es una prioridad regional.
Somos un continente que conoce poco de guerra y mucho de violencia, con un vecino poderoso que conoce de guerra, de inteligencia estratégica y de las claves para desestabilizar países mientras controla una narrativa paternalista en la que ellos son los encargados de proteger el mundo occidental.
Por ello, las potencias medias del continente deben aspirar a renovar equipos militares que tienen décadas de retraso, a diferencia de países con un complejo militar-industrial que se benefician de la exportación de armas y llevan años de ventaja en inteligencia militar, estratégica y geopolítica.
No se trata de entrar a la carrera armamentística, porque nuestro continente no es uno de guerra e invasión; la cuestión es tener el mínimo indispensable para que, si un día un pez más grande decide invadirnos, no nos veamos en la incómoda situación de perderlo todo y sin dignidad.
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