Bono es un personaje muy carismático por el que siento simpatía. Me gusta su estilo y disfruto mucho las canciones de U2. Los integrantes de este grupo son conocidos por su activismo social, siempre relacionado con causas progresistas.
Tengo la impresión de que el encuentro con Claudia Sheinbaum no estaba en la agenda original. Cuando la presidenta se apareció en el Teatro Hidalgo el pasado 14 de mayo, Bono no pudo ocultar su emoción. Voy a citar sus palabras en el momento en que ve a Sheinbaum: “Oh, Dios, atención médica universal, has aumentado el salario mínimo, vienes a la Street Child World Cup, conoces a Edge y a mí. No sé cómo tienes tiempo.” (“Oh God… Universal health care, you’ve raised the minimum wage, you come to the Street Child World Cup, you meet Edge and me — I don’t know how you have time.”).
El reconocimiento: atención médica universal y aumento de los salarios mínimos. Sobre esto último no hay nada que discutir. Los gobiernos de López Obrador y Claudia Sheinbaum son los únicos que han hecho algo por los salarios mínimos. Eso es incontrovertible, aunque se diga que por la inflación el poder adquisitivo del mínimo es poco. Mayor razón para saludar esto logro: imagine usted si siguieran como estaban con los presidentes de Peña Nieto para atrás. Ya he escrito sobre el tema, y no me voy a ir al pasado indefinidamente, porque nunca acabaría. Fox, Calderón y Peña, presidentes en este siglo XXI, deberían sentir vergüenza por haber hecho poco o nada para que los salarios subieran, a pesar de que todo subía. Decían que si se incrementaban los mínimos, habría una debacle económica. Era mentira.
Pero pasemos al otro punto: el acceso universal a la salud. Bono, que es irlandés, no es el primer extranjero en reconocerlo. Algunos estadounidenses, criticando su propio sistema de salud –ciertamente malo–, han expresado admiración por el sistema mexicano. No solo Bono elogió el Universal Health Care de México, y al hacerlo loó a Sheinbaum. Todos en la 4T, empezando por la presidenta, sintieron muy bonito este gesto, y no es para menos porque Bono es un personaje de alcance mundial.
No está mal que se elogie a Sheinbaum. Muchos líderes mundiales y figuras de la cultura y el espectáculo lo han hecho: líderes de Francia, Alemania, Reino Unido, Brasil, Canadá, Estados Unidos, España, Corea del Sur, etcétera. Lee Jae-myung, presidente surcoreano, agradeció a la presidenta Sheinbaum por su consejo de “nunca alejarse del pueblo”. Aseguró que al seguir este principio logró mantener un índice muy alto de popularidad en su país. Y cómo pasar por alto el elogio de Salma Hayek: “Quizá lo que necesitábamos era esta presidenta”. Ahí están las palabras de entusiasmo de Meryl Streep, Richard Gere y muchas otras figuras de la cultura pop. Ahí están los reconocimientos de publicaciones como Forbes o Time. Claro que también hay críticas, pero ese no es el punto en este momento.
Reconocer a Claudia Sheinbaum está muy bien. Criticarla también es sano. Aquí la cuestión es que quizá la percepción de Bono sobre nuestro sistema de salud esté reflejando una lectura superficial o parcial, desde luego no malintencionada. La validación externa fortalece imagen, pero no necesariamente confirma eficacia interna. La pregunta incómoda es qué tanto coincide la visión de Bono con la realidad; qué tanto coincide su visión con la experiencia cotidiana de millones de mexicanos en los hospitales públicos.
La realidad en materia de salud (lo que Bono no vio)
No voy a decir que el sistema mexicano es inoperante ni que es una calamidad. Pero tampoco voy a caer en la estulticia (dispense usted, pero eso es: estulticia) de creer que nuestro sistema es mejor que el de Dinamarca. Si alguien lo cree, su juicio nada aporta al debate inteligente y fructífero de ideas. El sistema mexicano tiene capacidad y tiene una importante infraestructura, pero sigue fragmentado en múltiples sub-sistemas: IMSS, IMSS Bienestar, ISSSTE, Secretaría de Salud Federal, secretarías de salud estatales, institutos nacionales… Persisten desigualdades profundas entre regiones, instituciones y niveles de atención.
Se ha acusado un desabasto de medicamentos e insumos, y sí, es imposible negarlo. Pero también es exagerado sostener que el desabasto es total y que el colapso del sistema es absoluto. El sistema funciona. No voy a decir que bien, porque, dadas las circunstancias, no es posible que funcione bien. Funciona deficientemente. Hay carencias estructurales que lo entorpecen o hacen inoportuna la atención médica. No se puede negar la saturación de hospitales ni se puede ocultar que los tiempos de espera suelen ser muy largos, con el peligro que ello supone para la vida de un enfermo. Tampoco se puede negar que no en pocas ocasiones los pacientes se ven obligados a efectuar gastos de sus bolsillos o de familiares para suplir la escasez de insumos –a veces faltan cosas tan elementales como jeringas, materiales de curación y hasta papel de baño–. Y, por desgracia, tampoco se puede negar que este tema está politizado: los simpatizantes de la 4T ven un sistema mejor que el de Dinamarca mientras los opositores ven un sistema peor que el de Haití. Ambos extremos revelan cuánto daño puede hacer la ideologización a la inteligencia: la destruye casi de manera irreparable.
Una cosa es acceso universal prometido; otra es una atención universal garantizada. Bono puede reconocer el relato del gobierno de México. Pero son los mexicanos quienes asisten a los hospitales públicos y no siempre encuentran la celebrada Universal Health Care de la que habla Bono. México no se mide solo por cómo lo aplauden afuera, sino por cómo se vive adentro.
Tan no existe hoy un acceso universal a atención médica de calidad que implícitamente Claudia Sheinbaum lo ha reconocido, a diferencia de su antecesor y su fijación con Dinamarca y esa ensoñación de la farmacia más grande del mundo con todos los medicamentos del mundo. El SUS (Servicio Universal de Salud) que por decreto creó Claudia Sheinbaum en abril es una muestra de su sensatez. Si no reconociera ella el problema, no habría posibilidad de solucionarlo. Si lanzó el SUS es porque los intentos de López Obrador no funcionaron. Tan no funcionaron que López Obrador tuvo que recular. En 2020 creó el INSABI (Instituto de Salud para el Bienestar) para sustituir al Seguro Popular. Como no sirvió, creó el IMSS Bienestar, pero tampoco funcionó; tan es así, que Claudia Sheinbaum lo está sustituyendo por el SUS.
Una cosa es lo que dice nuestra constitución y el decreto de Sheinbaum que crea el SUS, y otra es el acceso real, efectivo y oportuno a una atención médica de calidad. Para eso falta mucho camino. Bono se fue con la finta y por lo que dijo parece que piensa que el Universal Health Care en México ya es una realidad. Pues no. Si se fija bien, va a terminar como su canción: I still haven’t found what I’m looking for…
Los simpatizantes de la 4T van a decir que soy un malvado emisario neoliberal y hasta traidor a la patria por cuestionar el sistema de salud mexicano. Pero cuestionando apoyo más a la presidenta que adulándola. Quien quiere mejorar la salud en nuestro país es Claudia Sheinbaum y por eso ha iniciado el SUS, que se irá desplegando en fases a lo largo de su sexenio, para que en 2030, cuando ella salga, y según sus palabras, deseos y buena voluntad, el SUS esté funcionando correctamente y garantice el acceso universal a la atención médica de calidad para todos los mexicanos. Si no le interesara la salud o si pensara que lo que hay es óptimo, no haría nada. Si implementa cambios es porque cree que el actual sistema debe mejorar, porque no es mejor que el de Dinamarca; ni siquiera es mejor que el de Cundinamarca. Ella no es autocomplaciente, al menos en este tema. Y qué bueno. Ojalá todos los simpatizantes de la 4T fueran así.
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