Biden vs Trump

La Convención Republicana eligió hacia finales de la semana pasada a Donald Trump como candidato de ese partido a la presidencia de los Estados Unidos. Dos aspectos interesantes para discusión son: 1) el uso indebido de facilidades...

1 de septiembre, 2020

La Convención Republicana eligió hacia finales de la semana pasada a Donald Trump como candidato de ese partido a la presidencia de los Estados Unidos. Dos aspectos interesantes para discusión son: 1) el uso indebido de facilidades federales (la Casa Blanca) u horarios oficiales de trabajo (Pompeo hablando desde Israel) por empleados federales; y 2) el extremismo implícito (o explícito) en las declaraciones de quienes participaron como oradores en los cuatro días de la convención, principalmente Trump.

Hacht Act de 1939. Como resultado de señalamientos en 1938 del uso de empleados federales laborando en programas patrocinados por el WPA (Work Progress Administration, uno de los programas estrella de F.D.Roosevelt), el Congreso de los Estados Unidos aprobó la ley propuesta por el Senador Carl Hacht que proscribe el uso de la posición o recursos federales para actividades políticas partidistas. El concepto principal de esta prohibición es evitar el uso de la autoridad de superiores, o recursos que manejen, para afectar el resultado de una elección o realizar actos de campaña mientras los empleados federales estén en horario de oficina o en propiedad federal. 

Es evidente que tanto el Presidente Trump como sus principales funcionarios no comparten el concepto de esta ley.  Estiraron al máximo la interpretación con sus actividades durante la Convención Republicana.  Demuestran con ello su poco respeto a las leyes que rigen la conducta de empleados federales en esa nación, al tiempo que mandan un mensaje de ruptura hacia las instituciones que han regido la conducta política de esa nación durante muchos años.  Trump y su séquito tienen una visión diferente de las leyes y su aplicación en cuanto a personas de alto rango se refiere. El ejemplo que dan al mundo es negativo y refuerza el paradigma de los autoritarios, aquellos para quienes la ley no aplica como lo hace para el resto de los ciudadanos. Mal augurio en estos tiempos en los cuales nos encontramos con tantos ejemplos de destrucción de las instituciones que dieron paz al mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Radicalización para lograr el triunfo. Más preocupante fue el discurso manejado de forma continua durante toda la Convención Republicana. Intentando remontar la diferencia en preferencias electorales entre Biden y Trump, este último y su equipo de campaña diseñaron una convención para radicalizar el voto de los ciudadanos de esa nación. Personajes moderados como el líder republicano de la mayoría en el Senado, Mitch McConell, fueron limitados en su participación, mientras que algunos miembros de la familia Trump y diversas personas con posiciones extremas, fueron quienes acapararon horarios y tiempos de participación para hablar de sus experiencias personales que una y otra vez marcaban la gloria de Trump, su excelente manejo de la economía pre-Covid19, o su posición respecto a los actos de violencia ocurridos durante las manifestaciones de protesta de los últimos meses en diversas ciudades gobernadas por políticos demócratas. 

En el discurso al final de la convención, Trump hizo acopio de todo lo anterior en un manifiesto que deja poca duda de sus intenciones durante el proceso electoral. Desacreditó el proceso electoral de esa nación, preparando el terreno para hablar de fraude electoral si la votación final no le favorece, usando el argumento de desmanes de las minorías “radicales” que amenazan el estilo de vida del norteamericano tradicional; enfatizó su récord al haber nombrado jueces que privilegian posiciones de grupos conservadores que vigilan la moral de la sociedad, dejando en claro que está dispuesto a litigar ante los tribunales su derrota electoral por ser un fraude preparado por sus contrincantes (con lo cual pone en duda la solidez de las instituciones que han sido la columna vertebral de la estabilidad social en esa nación), y presentando a Biden como un socialista que destruirá el sistema económico y social que permite a quienes constituyen su base electoral la libertad para decidir cómo y dónde vivir, portar armas para defenderse de actos de vandalismo y vivir conforme a la palabra de Dios (en inglés el concepto es “Biden is against your freedom to behave as you wish in terms of guns, gasoline, and God”).

Consciente o inconscientemente, Trump está construyendo una narrativa que podría terminar en cualquiera de tres desenlaces igualmente inquietantes. Un primer escenario de fraude electoral que tendría que ser resuelto en el sistema judicial americano, con el consecuente período de incertidumbre acerca del resultado válido del proceso electoral. Un escenario de declaración de triunfo de Biden seguido por un período de choques violentos entre partidarios de Trump y de Biden obligando al uso de la fuerza pública para controlar la violencia urbana que podría desatarse, y, por último, un escenario bajo el cual fuese el Congreso de los Estados Unidos el que tuviera que resolver la validez del triunfo electoral de Biden. 




Por supuesto, si Trump triunfara nada de esto ocurriría. Pero ese, a mi juicio, sería el más aterrador de todos los escenarios por la implicación de tener en Estados Unidos a un presidente cuya intención real es la destrucción de las instituciones que han dado a ese país estabilidad social y desarrollo económico. Pero más importante: que han dado el mundo un ejemplo del porqué el sistema democrático es superior al autoritarismo que estamos viendo florecer en nuestro planeta, incluyendo a nuestro país. 

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