Castillos de arena

– ¡Te dije que no vas! y si quieres, díselo a tu padre, que sólo nos vemos cuando es quincena…

23 de marzo, 2016

– ¡Te dije que no vas! y si quieres, díselo a tu padre, que sólo nos vemos cuando es quincena…, aunque vivamos juntos. No sé de dónde te sale tanto amor por él.

El niño guardó silencio mientras miraba a su madre. No comprendía la actitud de sus papás peleando todo el tiempo. Vivían en la misma casa y actuaban como si estuvieran separados. Cuando estaban juntos parecía que salían chispas entre ellos. Pedrito tenía una extraordinaria sensibilidad y  por alguna razón estaba seguro que la actitud de sus padres era irrazonable. Un día antes le comentó a su abuela:

– Mis papás se quieren mucho. Abue, ¿cómo hago para que sean como antes?

– Creo que esa es una tarea de titanes, hijo. Eres muy pequeño para comprender algunas cosas.

– ¿Qué abue? ¿Que el amor se acaba? Eso ya lo sé. Aunque tenga diez años puedo entender muchas cosas. ¡Porque, ellos sí se quieren!

– Tienes razón Pedrito.




Carmen recordó cuando su esposo murió, dos años atrás, el niño se acercó al abuelo y se despidió como un adulto, tenía claro que ya no vería a su querido abuelo y asumió que algún día ambos se volverían a encontrar. A partir de ese día la familia le tenía mucho respeto a los comentarios de Pedrito.

Al día siguiente, Pedro estaba listo para salir con su hijo, estarían de vacaciones toda la semana, Pedrito quería conocer  el mar y ver el concurso de las esculturas en arena. Pedro quiso darle gusto al niño y, al mismo tiempo, regresar al puerto donde pasó su luna de miel. Él esperaba que Irma se uniera al viaje y pedirle perdón, hizo sus planes queriendo retomar su historia. Ahora, lo único que deseaba era estar con su esposa, pero ella no quiso acompañarlos. Se daba cuenta del gran error que cometió, sólo quedaba asumir las consecuencias.

Irma no pudo oponerse a que Pedrito fuera al viaje. Su hijo deseaba conocer Acapulco, además no tenía ningún argumento real y era con su esposo con quien estaba enojada, frustrada y decepcionada.

– Para ir a Acapulco sí tienes dinero y cuando yo te pido “estamos ahorrando” ¿Verdad?

– Por lo menos me avisas cuando lleguen.

Irma aprovechaba todas las ocasiones para molestar a su esposo, éste tomó la maleta de su hijo y sin decir palabra se alejó. Pedrito le dio un beso a su madre, mientras sentía un nudo en la garganta y hacía esfuerzos para no llorar… A pesar de todo era un niño y minutos después iba contento pensando en el sol, las olas, las esculturas y ¡unir a sus papás! Al llegar al puerto todo era como él lo había imaginado. Podía respirar aire puro y sentirse en paz.

– Ya llegamos.

– …

– Si eso me ibas a decir mejor ni te marco ¡Adiós!

Pedrito vio a su padre entristecido, sabía que ellos se querían. Decidió ignorar la llamada y concentrarse en disfrutar. Se puso su traje de baño y bajó con Pedro a la playa. Mientras hacía castillos de arena su mamá le llamó y le hizo preguntas que al niño le parecieron extrañas:

– Pues nada más estamos nosotros. Papá y yo.

– …

– Sí mamá, gracias.

– …

– Sí, yo le digo que te llame. Te quiero mamita.

El día transcurrió en armonía, Pedrito disfrutaba estar con su papá. Nadaron, jugaron, esquiaron, se subió al paracaídas. En la noche estaba rendido, sólo quería dormir y soñar con su bella y armoniosa familia. De pronto recordó la petición de su madre, se levantó de un brinco, corrió a la habitación contigua y sorprendido preguntó:

– ¿Con quién hablas papá?

– Con mamá Pedrito, ve a dormir.

– Sí

Los días siguientes se divirtieron en grande. Una noche antes de regresar el niño escuchó la voz alterada de su padre hablando por teléfono y levantó el auricular:

– No sé para qué te llamo si sales con lo mismo.

– ¿Por qué te enredaste con esa mujer?

– Te he pedido perdón un millón de veces, estaba tomado y ¡me arrepiento tanto! Si no me puedes perdonar ¿Qué puedo hacer?

– Sí claro, tú tan campante y ¿si yo fuera infiel?

– Mira, ya me tienes harto y no esperes que llame. ¡Hasta mañana!

En esta ocasión Pedrito se decepcionó, junto con el golpe del teléfono cayó la ilusión de tener a sus padres juntos y felices, ya no pudo dormir. Se acomodó, tuvo la certeza que nadie vendría a cubrirlo y dejó salir las lágrimas mientras decía en voz baja:

– Tenías razón abuela, hay cosas que no puedo comprender.

A su regreso, llovía a cantaros, la ciudad estaba inundada. Por fin llegaron a casa. Los recibió su mamá y sus padres empezaron a pelear. Pedrito ya no soportó más y gritó:

– ¡Ya estoy harto, si no se pueden perdonar, ¿por qué no se callan de una vez?!

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– ¡Te dije que no vas! y si quieres, díselo a tu padre, que sólo nos vemos cuando es quincena…

enero 1, 1970

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