Velocidad o resistencia

En esta época de estadísticas de todo, cabe preguntarse...

31 de marzo, 2017

 

En esta época de estadísticas de todo, cabe preguntarse, ¿de todos los matrimonios celebrados en el año 1967 (tanto civiles como por las tres leyes), cuantos habrán dado lugar a familias funcionales que continúan unidas medio siglo después?

¿Cuantos matrimonios llegan a la difícil meta de las bodas de oro?

Desde 1967, que parece ahora taaan lejano, hemos vivido el fenómeno de las ranas de la cubeta.

Si se arroja a la rana a una cubeta de agua hirviendo, el batracio dará un salto inmediato y se salvará de morir cocinado; pero si se le introduce a la cubeta con el agua templadita y se le va aumentando la temperatura poco a poco, sucede lo que nos ha pasado a nosotros; que pasamos del matrimonio romano definido como “Conjuntio maris et feminae” (de hombre con mujer), al llamado “matrimonio gay” que no se le ocurrió ni a los más pervertidos emperadores romanos en las épocas más abyectas de su depravación.

Hay una epístola de San Pablo cuyo mensaje podría parecer anacrónico si hubiésemos de rendirnos ante la estadística, como si la cantidad pudiera prevalecer sobre la calidad; o como si una mentira repetida millones de veces, se pudiera convertir en verdad.

Se trata del Himno al Amor del apóstol San Pablo, que a la letra dice:




“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, sería como el bronce que resuena o unos platillos que aturden”.

“Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, no sería nada”.

“Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo amor, de nada me aprovecharía”.

“El amor es paciente, el amor es amable y servicial; no es envidioso ni egoísta; no obra con soberbia, no se jacta ni se engríe,  no es ambicioso, no busca el beneficio propio, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; soporta sin límites, cree sin límites, espera sin límites”.

“El amor verdadero no pasa jamás”.

El amor es inmune a los afrodisiacos y al efímero flamazo de los placeres artificiosos.

El amor es a prueba de celulitis, estrías, arrugas, canas y calvicie.

El amor de pareja florece en la costumbre, pero languidece y muere en la rutina.

¡En esta ocasión me refiero concretamente, a un episodio que Dios me ha permitido presenciar personalmente, a traves del matrimonio formado por mi hermana mayor (ni tan mayor), Malu, y Jose Luis Villanueva, en un idilio que comenzó desde el kínder!

Agradezco a Dios su ejemplo y sobre todo, haber vivido para presenciarlo.

No faltará quien pueda decir que un asunto tan personal no debería caber en un espacio público de opinión y análisis; pero me he permitido referirlo, no solo porque es motivo personal de orgullo para mí, sino porque estadísticamente, su proeza de convivencia me parece memorable y digna de regocijo compartido.

Además de que, en una época de desintegración familiar epidémica, la celebración de medio siglo de camino andado en común, es digna de difundirse como ejemplo a seguir.

La última vez que presencie unas bodas de oro, fue en 1969, cuando mis abuelos maternos las celebraron.

Los cien metros planos en las olimpiadas, sin duda son espectaculares; pero la carrera de maratón da ocasión a actos heroicos como el de John Stephen Akhwari en la Olimpiada de Mexico.

Aquel joven de Tanzania  llegó en último lugar, pero lo hizo con la rodilla lesionada y venciendo un terrible dolor; su proeza ha permanecido en la memoria y en el corazón de quienes lo vimos entonces.

Cuando le preguntaron por qué no se abandonó la competencia, respondió que su país lo había enviado para terminar la carrera, no solamente para comenzarla.

Llegar a unas bodas de oro, es un triunfo maratónico de resistencia en un tiempo donde el flamazo de la velocidad espectacular predomina.

Permítanme por esta vez, rendir homenaje al amor perseverante de mi hermana Malu y su esposo Jose Luis, y felicitar a sus hijas y a sus nietos así como a sus yernos, que han venido a traer la culminación expresada en la que se conoce como bendición general:

¡Dichoso el que teme al Señor,

y sigue sus caminos!

Comerás del fruto de tu trabajo,

Serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda,

En medio de tu casa;

Tus hijos, como renuevos de olivo,

Alrededor de tu mesa.

Tendrás en tus hijos la paz

En tus amigos un consuelo

Y en el trato con todos el amor verdadero

Y veras a los hijos de tus hijos hasta la tercera generación”

Gracias por permitirme compartir este tributo y esta felicitación por un matrimonio y una familia de la que formo parte, y tengo la fortuna de poder sentirme orgulloso.

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En esta época de estadísticas de todo, cabe preguntarse...

enero 1, 1970

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