Los vítores del Domingo de Ramos

Nací en el seno de una familia católica practicante.

7 de abril, 2017

 

Nací en el seno de una familia católica practicante.

Mi padre (el Doctor Julio Chavezmontes), fue cristero y líder estudiantil durante cuya época, la Universidad Nacional de México conquistó la autonomía.

Mi madre no fue lo que se dice “una vieja mocha”, sino una mujer como mi padre, creyente y practicante de la misma fe.

Mis hermanas y yo, tuvimos la gran fortuna de aprender de ellos por lo que les vimos hacer y vivir; no tanto por lo que nos predicaran de palabra.

Bien dicen que los niños aprenden lo que viven.

Puedo presumir además, de que nuestra casa familiar ¡tenía como Vecino nada menos que a Dios!




Lo digo por supuesto, con sentido del humor, (del que Dios no es ajeno); y lo digo, porque vivíamos justo a un lado de la iglesia de La Sagrada Familia en la Colonia Roma.

Como mi padre tenía su consultorio médico en la planta baja de la casa, infinidad de veces lo confundieron con la oficina parroquial, y lo mismo le iban a pedir bautizos que bodas, misas de difuntos y toda clase de gestiones eclesiásticas, porque en aquellos tiempos mucho menos inseguros que los de ahora, la puerta principal (el zaguán) de la casa permanecía abierta durante las horas hábiles.

Al igual que muchísimos niños de mi época (y de todas las épocas de México), asistí al Colegio México, (de los hermanos maristas), aunque al volver de mi internado militar en Estados Unidos (Linton Hall, que tambien era una escuela católica), me mandaron de interno al Benavente de Puebla (de los hermanos lasallistas), y concluí mis estudios hasta preparatoria en la Universidad La Salle de Tacubaya.

Como mexicano, y como hijo de los padres que Dios me dio, me siento orgulloso  de haber vivido por encima del impositivo y anacrónico artículo 3º de la Constitución de 1917, entre cuyas estupideces el presidente Calles pretendía apoderarse de la mente de la niñez; y que Cárdenas, reformó con una pretensión que ni siquiera la NASA podría emular:

El artículo 3º de Lázaro Cárdenas, “garantizaba” una educación que brindaría a los niños y niñas de México, UN CONOCIMIENTO RACIONAL Y EXACTO DEL UNIVERSO…

¡Casi nada!

Y además, por supuesto, proclamaba LA EDUCACIÓN SOCIALISTA.

Dicho lo anterior, necesito aclarar que a mi temprana edad (de 66 años), me acaba de “caer el veinte” y por fin he entendido (con innegable horror), el porqué de la abismal diferencia entre los vítores prodigados a Nuestro Señor Jesucristo el Domingo de Ramos, y los clamores que gritaban ¡crucifícalo!; ¡Crucifícalo! Menos de una semana después.

Cuando Cristo fue vitoreado aquel Domingo de Ramos, el pueblo que lo recibió triunfalmente en Jerusalén, se volcó verdaderamente deslumbrado por un espejismo que nada tenía que ver con lo que Jesús había predicado durante  os tres años anteriores.

Ellos esperaban a un líder político que sacudiera el yugo imperial de Roma y pusiera a Israel encima del resto del mundo.

Pero el reino no era de este mundo (como Nuestro Señor) lo dijo repetidamente.

En los Evangelios hay numerosas muestras de las convicciones del carpintero de Nazaret, que en nada correspondían con la sed de liberación política y de predominio a que aspiraban los hebreos.

Sus gritos de muerte menos de una semana después, fueron muestra de su despecho; de su frustración por no haber encontrado lo que querían.

Los vítores del Domingo de Ramos, me han hecho pensar en la forma como yo he rezado muchas veces en mi vida.

He pedido a Dios “bendiciones” a la medida de mi capricho; he diseñado a Dios “a imagen y semejanza” de mis deseos y mis expectativas; he regateado con Él con un atrevimiento que ahora me queda claro.

A muchos católicos; y sin duda a mí, nos ha sucedido algo parecido a lo que le aconteció a Judas Iscariote.

Judas no se cambió “de camiseta” de la noche a la mañana. Judas se fue enfriando paulatinamente; se fue alejando del Maestro poco a poco; se seguía diciendo discípulo suyo, pero en realidad, se había enfriado en la decepción de descubrir que no iba a ser “diputado ni senador plurinominal” ni iba a tener un hueso en el gobierno federal, ni una fortuna terrenal incalculable…

En el papel, México es un país predominantemente católico; pero la realidad es que somos muy dados a ser patriotas de septiembre y católicos de vez en cuando; que nos acordamos del cura cuando le vemos las orejas al lobo, y por miedo más que por arrepentimiento hacemos las paces con Dios, “por si las dudas”.

Los difíciles tiempos que atraviesa nuestra patria,  no ponen en duda la existencia de Dios, sino por el contrario, evidencian que seguimos esperando un “mesías” estilo PRI, que nos llene la canasta con huevos de pascua sin necesidad de pasar por la angustia del Huerto de los Olivos, y mucho menos por el Viacrucis y el Calvario.

Aparte de que la violencia y el desastre que padecemos, no es castigo de Dios sino cosecha de nuestra propia siembra.

Hoy, Viernes de Dolores, recuerdo el altar que mi madre ponía a la entrada de nuestra casa, adornado con unos trigos sembrados en latas ovaladas de sardinas, y con papel morado y amarillo, en preparación de la Semana Santa.

Yo le pido a Dios por nuestra patria, que reencontremos el camino de la conSCiencia y la conCiencia; que seamos el México siempre fiel que recibió cinco veces al Papa mexicano; Juan Pablo II; el México siempre fiel que Wojtyla nos invitó a ser.

Somos hijos predilectos de la Virgen Maria de Guadalupe, cuya imagen fue nuestra primera bandera nacional.

Somos una patria generosa y noble, y un pueblo valiente y alegre; luchador y optimista.

Acallemos los vítores mercenarios que son capaces de gritar a cambio de unas monedas, una torta y un chesco, y démonos la oportunidad de un momento intimo con nosotros mismos, para recordar de dónde venimos; a donde estamos llamados a ir, y revivamos la fe y la esperanza; pero sobre todo el amor que no es un sentimiento pasajero, sino la esencia de nuestra alma inmortal.

Hoy Viernes de Dolores, quienes nos decimos católicos,  acompañemos a nuestra madre, la Virgen de Guadalupe, que siempre nos escucha y nos protege, y seamos nosotros quienes con nuestra íntima oración, la acompañemos en la conmemoración de su dolor y su angustia ante la muerte inminente de Su Divino Hijo que dio su vida para salvarnos.

¡México siempre fiel!

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Nací en el seno de una familia católica practicante.

enero 1, 1970

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