Ciencia, conSCiencia y conCiencia

La actual crisis detonada por la pandemia del Covid-19, nos ha obligado a emprender un retiro forzoso durante el cual, la mejor opción que tenemos...

27 de marzo, 2020

La actual crisis detonada por la pandemia del Covid-19, nos ha obligado a emprender un retiro forzoso durante el cual, la mejor opción que tenemos es detenernos y PENSAR.

La súbita aparición del ahora famoso virus nos enseña que nuestros  conocimientos científicos ni son tan avanzados ni nos hacen invulnerables o inmunes al riesgo inminente.

El actual presidente de México, dio lugar a una confusión que siento la necesidad de aclarar,  porque equiparó los efectos “protectores” de un trébol de cuatro hojas, con la imagen católica de un Detente, pretendiendo reducir al Sagrado Corazón de Jesús al nivel un amuleto.

Comienzo por decir que no es lo mismo la fe que la superstición.

Por la misma razón no puede equipararse una pata de conejo con una imagen religiosa del credo que sea.

A raíz del despliegue entremezclado de amuletos  e imágenes religiosas hecho por López Obrador, un connotado expertólogo y opinólogo aprovechando el río revuelto generado por  las declaraciones presidenciales, se lanzó a todo vapor contra el “oscurantismo religioso” proclamando la infalibilidad indiscutible de la “ciencia”.




¡SU MAJESTAD LA CIENCIA!

¡DIOS “OBSOLETO”!

Nuestra ciencia arrogante que  hasta hace muy poco tiempo, solamente creía  en lo que se podía ver y comprobar por medio de los sentidos.

O al  menos así afirmaban los científicos antes que el microscopio le diera la razón al científico católico Louis Pasteur que aconsejaba a los cirujanos lavarse bien las manos antes de  intervenir quirúrgicamente a sus pacientes.

A todo esto: ¿Qué es la ciencia?

La ciencia se reduce única y exclusivamente a descubrir y aplicar las reglas que rigen la creación de la que formamos parte como seres creados.

No somos creadores.

No somos inventores.

En el mejor de los casos somos descubridores.

El inventor solamente aplica las reglas descubiertas científicamente para aprovecharlas en beneficio de la humanidad, o como por desgracia ocurre con demasiada frecuencia, el inventor también  aprovecha los descubrimientos científicos para matar al mayor número de gentes al más bajo costo posible.

 

La ciencia humana cojea de la misma pata desde que la serpiente le dijo a Eva que si se comía la fruta prohibida, podría ser la primera dama de nuestro querido Adán,  y dejar a Dios sin chamba, porque ellos a partir de su descubrimiento científico, serían los nuevos “dioses”.

Lo que me importa afirmar aquí, es que la ciencia NO es incompatible con la fe.

Albert Einstein dijo al respecto que la ciencia y la fe se complementan.

Francis Collins, el científico que estuvo a cargo de la investigación sobre el genoma humano, pasó de ser un ateo  practicante a ser un devoto Cristiano (protestante).

Quien se interese en conocer la historia de este extraordinario científico puede leer su libro The Language of God (1)  donde explica su punto de vista en relación con la ciencia y la fe y el camino que siguió entre su escepticismo y su conversión.

El eminente opinólogo y expertólogo mencionado, aprovechó  los amuletos y la superchería del pejelagarto para “darle un llegue” a las creencias religiosas de millones de mexicanos, con la “noble intención” de  demostrar que contra la pandemia nada puede hacer la Virgen de Guadalupe, ni Jesucristo, ni la Santísima Trinidad.

A fin de cuentas, la superstición, el oscurantismo y la religión, revueltas en el mismo costal, como si la ciencia y la fe fueran contrarias entre si y se excluyeran.

Obviamente no niego que la ciencia tiene una importancia fundamental en nuestras vidas, porque nos ha ido permitiendo descubrir las leyes de la  naturaleza de las que ningún científico es el autor; reglas que ni el más sabio de los sabios puede adicionar, reformar ni derogar.

Aquí es donde debemos   distinguir entre CONSCIENCIA y CONCIENCIA.

La CONSCIENCIA es un atributo de la mente humana que nos permite estar alertas, discernir, aprender, diferenciar, entender; la CONSCIENCIA es indispensable para tomar decisiones informadas y lúcidas.

La CONSCIENCIA, sin embargo, tiene que someterse a la CONCIENCIA.

La CONCIENCIA es la cualidad o atributo moral que nos permite distinguir entre el bien y el mal, de tal manera, que hasta los ateos más furibundos saben perfectamente la diferencia entre la oscuridad y la luz.

La CONCIENCIA nos muestra que utilizar la energía nuclear para propósitos curativos o de energía eléctrica es benéfico, PERO hacer bombas atómicas, NÓ. 

La CONSCIENCIA se nutre de la CIENCIA, pero no únicamente.

La CONCIENCIA se sostiene con la fe y el amor, pero no solo así.

CONSCIENCIA y CONCIENCIA se complementan, tanto como la fe y la ciencia no se oponen, porque todo el conocimiento viene de Dios.

La CONCIENCIA se rige de acuerdo con una ley superior, esa ley de la que las leyes humanas deben ser instrumento, y guía de  interpretación y aplicación. 

Uno de los más “grandes logros” de la humanidad inconsciente y arrogante fue el nazismo y el Holocausto Judío.

Si  sacamos a Dios de la ecuación, como lo hemos hecho tantas veces, todos los monstruos  nazis pasan automáticamente de la página roja de la historia humana, a la portada del National Geographic como bestias alfa, exentas de cualquier juicio ético o moral.

Sin Dios de por medio, los judíos,  los negros, los no nacidos, o cualquier otro individuo o grupo pueden ser aniquilados en nombre de la ley del más fuerte;  la norma del “porque puedo”; la expresión suprema de la selección natural.

Este momento es inmejorable para que de manera consciente distingamos y, sin mezclar amuletos con imágenes religiosas, volvamos los  ojos a Dios de acuerdo con lo que creamos.

Actuemos conscientemente y en conciencia.

Demos a la ciencia su sitio instrumental para afrontar conscientemente esta pandemia, y no acallemos nuestra conciencia con las proclamaciones de la antiquísima arrogancia con su promesa falsa de que podemos ser “como dioses”.

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El Lenguaje de Dios de Francis Collins.

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enero 1, 1970

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