Sobre la realidad, lo establecido y la ruptura

Levantar la cara para ver el mundo arder no debe ser motivación para casi nadie, sino para algunos que gustamos, en ocasiones, de ver aquello...

6 de febrero, 2016

Levantar la cara para ver el mundo arder no debe ser motivación para casi nadie, sino para algunos que gustamos, en ocasiones, de ver aquello que llamamos realidad.

Octavio Paz dijo que el negativo no es aquél que odia la vida sino el que la ama a pesar de todo. Ese “a pesar” es volver los pasos y mirar, todo eso que a diario se nos pierde, aquello que inconscientemente, guardamos en ese infinito cajón de la ceguera, porque son acontecimientos que nos desatan la tristeza, el enojo, el hartazgo; el sentimiento de orfandad, ése que origina la fe y que nos hace creer en dioses.

Fuimos expulsados de otro lado, uno mejor tal vez, por eso el llanto al nacer, el miedo a los cuerpos que se van formando y deformando al primer contacto con la humanidad; y le tememos y queremos huir, como a todo lo grotesco.

Por eso necesitamos creer en que hay algo más afuera de toda esta vida que nos pesa tanto porque duele, porque de alguna manera entendemos que el pasado – cuando sólo éramos energía-, era mejor, infinitamente menos violento que este golpe seco que nos da en la cara nada más salir de la madre y abrir los ojos.

¿Dónde quedó ese espacio en el que solo mi lugar me daba existencia? ¿Cómo volver allá de la forma más rápida?

Hay quienes entienden que el suicidio no es ninguna salida, porque el principio y el final no existen, sino en nuestro concepto terrenal del tiempo.




La vida como una esfera perfecta con circunferencia ninguna donde su centro está en todas partes, pensaron algunos filósofos como Parménides. Si esto es así, la salida no existe.

Esa vuelta al jardín, al paraíso, queda como mera representación artística que en sí misma es un respiro: paliativo para dejar de ver tantos muertos y sus partes que se van asomando de entre la tierra removida.

El infierno es aquí dicen unos, “El infierno es la gente” dijo Sartre, y yo me pregunto si el infierno no es darse cuenta de las cosas, ver del otro lado de la costumbre, la rutina, de aquello que se menciona como “aquí nos tocó vivir” y ni modo, agachar la cabeza y seguir adelante porque así es mejor, así se soportan las horas con sus días petrificados.

La modernidad —ruptura y separación de lo establecido— se origina al contacto con las preguntas.

En algún rincón, alguien da cuenta de esto y se dice: ¿por qué las cosas deben ser así (aun cuando al hacer esto nos demos cuenta de ese infierno del que se habla)?

Entonces algo nace, ocurre: ahí el futuro, nuevas ideas. Ahí se ve el mundo tal cuál es aunque duela, aunque los olores nos piquen la nariz y nos enferme y nos den ganas de huir, pero ya es imposible porque creamos consciencia de que debemos seguir para advertir, a los que apenas están alzando la cabeza, lo que verán, para que se preparen y lleguen a la realidad con recursos, con armas para enfrentarse a éste.

De esta manera se da el contagio. Y las ideas nos sobrevivirán —así lo entendió Nietzsche— y pasarán de cabeza en cabeza como memoria de lo que hay que cambiar, de lo que hay que arrancar de raíz para comenzar de nuevo.

A aquellos que impulsan que las cosas se queden como están les funciona de esta manera para sus intereses, les conviene que sigamos con la cabeza gacha, que sigamos pensando que los temas de corrupción, violencia y demás, son mitos o hechos aislados, que el descabezado es producto de nuestra imaginación, que nuestro problema es psiquiátrico.

Éstas son épocas para romper. Son tiempos que exigen el ejercicio de pensar, de generar argumentos que vayan nutridos de elementos lógicos y tangibles, de contagiar a los demás de que sí, se puede vivir de otra manera.

De que sí, podemos cambiar, no al mundo, sino a nosotros mismos, porque eso es lo único que tenemos en nuestras manos, el cambio individual, y esto se logra con la pregunta universal, “¿por qué?”.

Preguntarnos el porqué de las cosas, libera.

Todo el sistema mundial nació de la imaginación. Entonces: ¿por qué no imaginar una realidad diferente a la establecida que sirva de impulso para lograr algunos cambios que la propia realidad sensible nos está pidiendo a gritos?

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enero 1, 1970

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