Recordar la muerte

El tema de la muerte fue (es y será) un tópico muy importante en mi pensamiento precoz; es decir, pensé la muerte a temprana edad,...

19 de marzo, 2016

El tema de la muerte fue (es y será) un tópico muy importante en mi pensamiento precoz; es decir, pensé la muerte a temprana edad, desde la aproximación, desde el hecho que se sabe un tanto lejano, como de pariente un tanto borroso, como idea a la Marcel Duchamp: “siempre son los demás los que se mueren”.

Pero aquellos que se mueren, ¿por qué se mueren? Me preguntaba desde niño. Porque los niños preguntan todo, hasta lo que no existe. Y no es sino a partir de la inocencia de un niño que se pueden rozar los significados.

Los verdaderos enigmas, tal vez, han estado siempre ahí, habitándonos, siendo parte de nosotros y éstos se desvelan en la niñez que se olvida pronto.

Alguien dijo que en algún punto de su vida lo sabía todo pero ya no se acordaba de nada. Y pienso, ¿habré entonces encontrado la muerte en mi infancia? Porque encontrar la muerte no es el acto en sí; es decir, la acción que provoca la muerte; sino definirla.

La muerte tampoco es la experiencia, porque somos incapaces de volver a contarnos cómo fue esa pérdida del cuerpo.

Lo cierto es que hay experiencias cercanas a la muerte. Esos retornados. Esos que se vieron desde la distancia que permite lo energético.

Incluso ellos son incapaces de experimentar la muerte, acaso, rozaron la primera capa de su definición, pero volvieron, y ese volver es una gran interrogante que no hace sino hacernos creer que por fin hemos descubierto el más grande tema que tiene el hombre cuando en realidad no es así.

Y es que la muerte es el gran tema que ha originado el gran impulso por eliminarla, por tener acceso a esa eternidad que en sí misma es también una trampa, tal vez la más cínica y horrorosa de todas, porque en ella no hay sino cosas e ideas y formaciones y estructuras y relaciones y pensamiento; y el pensamiento no es más que la gran tragedia del ser humano.

Yo vi la muerte —por primera vez— en el llanto de mi padre, en su rostro enrojecido que fue una mezcla de rabia, incredulidad, negación, tristeza, nostalgia y un sentimiento hondo de orfandad, al vivir la pérdida de mi abuela, de su madre que tanto quiso.

Su descorazonamiento lo vi desde la rendija de mi recámara, a los ocho años, desde ese recuerdo que se me presenta ahora.

Mi padre es la experiencia de setenta y cinco años que ha olido los hospitales, los féretros, las sábanas que recogían a sus seres queridos. Un hombre que ha visto con los ojos del hombre, muchas muertes y que sin embargo, no puede definirla, no puede entenderla, no quiere, acaso, para no revivir dolores.

Tal vez, ese no querer saber es lo que me ha provocado, desde pequeño, esa curiosidad, porque nunca me he fiado de los que dicen que el muerto es un cuerpo más, que aquellos cadáveres somos nosotros, que no hay imposibles como la trascendencia, que el muerto está ahí sobre el asfalto o la cama o la tierra y ya está, se termina todo.

Hoy día sigo sin poder responder esa pregunta que me hice de pequeño: ¿qué es la muerte? No lo sé, nadie lo sabe, le respondería a ese pequeño que optaba por callarse y observar; y yo sé que me exigiría indagar en el tema, e indagar para mí es preguntar, preguntarme y me pregunto: ¿quién sabe aquello que es la muerte? ¿Quién en realidad ha muerto? ¿Dónde están todos los muertos, todos los que se mueren? ¿Por qué si los muertos saben realmente qué significa la muerte, no responden?

Los muertos, dirá alguien, son cadáveres, cuerpos que han perdido su funcionalidad y no hay más que hablar; pero yo entiendo que algo los deshabita: ése algo que no entendemos del todo y por ello preferimos negarlo: el alma.

En fin, la hoja en blanco resume mi incapacidad por acercarme a la muerte, a la de un gran amigo que está por cumplir un año de haberse ido a ese otro lugar indefinible —al menos para mí, al menos por ahora.

No me queda sino volver a pensar sobre la muerte. Volver al tema que ha estado tocándome insistentemente la cabeza desde hace casi un año.

Por lo mientras, y con la esperanza de una respuesta, lanzaré otra pregunta al vacío (quizás ahí estén todos, quizá él): ¿dónde estás, Ricardo? Dime, ¿qué es la muerte?

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