Hoy es siempre

El vértigo consumista en el que estamos inmersos nos ha anulado la idea de futuro...

1 de septiembre, 2017

El vértigo consumista en el que estamos inmersos nos ha anulado la idea de futuro; es decir, la posibilidad de vislumbrar la consolidación de metas laborales, sociales y personales que requieren de nosotros un esfuerzo, dedicación y sacrificio mayor a largo plazo.

Para los tiempos actuales todo es hoy; mañana, es una entidad abstracta que puede o no llegar, que se presiente lejanísima a nosotros y por ende inviable o imposible, entonces el tedio, el hastío: las capacidades en reposo, ingrávidas, que provocan una aceleración de la inconformidad, porque somos conscientes de nuestras posibilidades, pero cuesta mucho imaginarlas realizadas.

Así, buscamos cómo paliar esa decadencia mental -la ausencia de mañanas-, la píldora: el consumo efímero, la apariencia.

Siempre es hoy y por ese hecho hay que tener el mejor automóvil que el del vecino, hay que tener una mejor casa, hay que vivir en una zona que aparente mayor capacidad adquisitiva aunque nuestra cartera no dé sino para la pura renta; por eso hay que traer el celular de moda, por eso las marcas de lujo se están volviendo más terrenales, porque hay que alimentar a ese gran monstruo de ojos neblinosos.

“Para ser feliz es necesario no ocuparse demasiado de los otros” escribió Albert Camus, pero en una época como en la que vivimos, en una realidad donde el consumo nos consume, es forzoso mirar a los demás, ver qué cargan consigo o qué nueva experiencia han comprado.

Y los publicitas, las marcas, y en general todo el que quiera vender algo que llene esos vacíos, esa ansia, lo sabe, incluso si el poder adquisitivo de la mayoría es menor al “deseado”.




A ese respecto el economista Thomas Piketty escribió: “Una taza de remuneración más débil vuelve el consumo inmediato más atractivo que el ahorro y el consumo futuro”.

Somos pobres que se van llenando de cosas.

Los nuevos objetos de consumo son abstractos: ahora se venden experiencias (de viaje, de sanación mental, de autoayuda), porque todo termina hoy: disfruta, vive Japón, vive París, vive New York, vive aunque solo sea para un par de fotografías, no importa, hoy es siempre, no esperes el momento adecuado para poder realizar viajes carísimos, no esperes que el tiempo te coloque en la posición correcta para conseguirlo: hazlo ahora, adquiere créditos, paga en 2, 3 o 4 años, lo que necesites para vivir los otros, para la nueva moda.

Y esa aceleración nos gusta pero a la misma vez nos sacude, nos perturba, nos dice que algo está siempre a punto de derrumbarse, que de pronto estamos viviendo una vida a límite de nuestro equilibrio económico, mental y físico. 

Pero vemos hacia adelante y nos damos cuenta de que en el futuro no hay respuestas, que es un algo que nace cada que nos despertamos y que crea una sensación de incertidumbre. Y se continúa al desánimo y luego la píldora del consumo –de lo nuevo, aunque los cambios sean mínimos- y todo vuelve a empezar.

“Ese desánimo del vivir, esa ansiedad por lo nuevo y el cambio que no tardará en arrancarnos decepciones, también es una falta de adaptación al tiempo, una incomprensión del ciclo natural de las cosas, de su ritmo y razón; un ciclo del que estamos desfasados y como fuera de lugar, y por lo tanto impacientes y en desagrado perpetuo” (Luigi Amara).

Es así: estamos desfasados del tiempo, de un tiempo necesario para ajustarnos a nuestras capacidades y posibilidades que por naturaleza nos corresponde y aquellas que vamos adquiriendo.

Al hoy no queremos darle su verdadero valor, el formativo; es decir, hoy no es un cierre, no es concluyente ni es una meta en sí ni un desenlace o un término, por el contrario, el presente es formativo, es continuidad de algo.

Llegar es una ilusión: se van tomando los frutos de los días anteriores conforme a la marcha, a su debido momento, cuando los vislumbramos a cierta distancia, entonces sabemos que nos pertenecen, que es el tiempo adecuado para cada cosa.

Sin embargo, en el terreno actual no esperamos a percibirlos cerca sino que en el camino agarramos diferentes piezas y armamos aquello que todavía no existe; es decir, nos lo inventamos a nuestro entender -¿y qué entendemos sobre las cosas?- aunque a final de cuentas distará en gran medida del original.

Somos los creadores de nuestros propios Frankensteins a los que ya no sabemos cómo detener; a los que de vez en cuando miramos, aterrados.

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enero 1, 1970

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