De un viaje a Querétaro, su tranvía y una muerta

Es medio día y el sol pega fuerte. Estoy parado en el corazón del Centro Histórico de Santiago de Querétaro, con cierto entusiasmo. Quedaba dejar...

3 de junio, 2016

Es medio día y el sol pega fuerte. Estoy parado en el corazón del Centro Histórico de Santiago de Querétaro, con cierto entusiasmo.

Quedaba dejar las cosas en el hotel boutique y salir a buscar algo de comer, porque el hambre…

Me distraje con algunas artesanías muy coloridas que vendían en casi todos los puestos que me iba encontrando, unas muñequitas de curiosas trenzas adornadas por cintas de varios tonos. Inconfundibles ellas.

Almorcé unas quesadillas, porque siempre hago lo mismo, porque soy muy ordinario, muy predecible en ese sentido: soy alguien que tiene muy pocas ideas a la hora de comer al medio día.

Y es que siempre me he preguntado ¿qué se come en un almuerzo? Nunca me ha quedado claro. Según yo eso no existe, según yo se desayuna, come y cena, aunque yo nunca desayuno -¡Pero es la comida más importante del día! ¡Pues no se me pega la gana desayunar!

El diálogo anterior lo pensé mientras me empacaba las quesadillas que, por cierto, las adornaron muy bonito con unas rodajas de aguacate y una hoja de lechuga.

Me las sirvió un tremendo negro que me cayó muy bien porque simplemente el asunto de ser mesero no era lo suyo.

Lo digo porque casi me pega cuando me preguntó si ya había decidido qué ordenar.

Y luego mis preguntas no ayudaban: “Oiga, ¿la orden de quesadillas puede ser solo de queso, es que aquí dice que son de flor de calabaza y huitlacoche?”. Me miró como quien mira a un imbécil, a alguien que está haciéndote perder el tiempo, como a aquel que no entiende nada, con cierto dejo de incredulidad y lástima.

“De queso las tres…”, le dije de manera que se intuyera la disculpa por mi pregunta estúpida. Más tarde el amigo mesero discutía con el jefe de meseros: “esa no es mi mesa, no tengo porqué atenderla. Qué no. Que no es mi mesa. Que no me hable así. ¡Qué no me grite, carajo!”.

Cuando me trajo la cuenta, vi que no era necesario pensar cuánto le dejaría de propina, él ya se la había asignado: 20 pesos, ¿por qué no?

De ahí, el paseo por el tranvía, ¿por qué?, recuerdan que no iba muy listo ese día. Bueno, del recorrido poco qué decir, me bajaron cual turista chino a tomarme la foto en las letras grandotas y festivas que anuncian “Querétaro”, ¿y qué hice…? Exacto.

Después, el punto estelar del recorrido: el acueducto… Pensé que nos dirían algo interesante sobre éste o que nos iban a bajar para tomarnos la respectiva foto y no, ni foto ni bajada.

El conductor del “tranvía” pasó en plan “estoy harto de estos turistas” (está cansado de los recorridos: va en plan de “con que vienen a ver el acueducto, ¿no? ¡Sería una pena que me pasara hecho madre por la avenida para que no alcancen a tomar fotos!”).

La “guía” que nos acompañaba en la ruta, decía todos los puntos históricos de memoria, y cuando el tráfico le arruinaba el ritmo, nos hacía partícipes del juego de preguntas históricas.

Mientras tanto yo jugaba con la muñequita de tela de colores a la que bauticé como la “Queretana” (sí, terminé comprándola), la ponía a saludar o a mirar de un lado a otro por la ventanilla del tranvía en los semáforos.

Luego, un tanto decepcionado, me fui a la Casa Museo de la Zacatecana. La historia es que la Zacatecana asesinó a su marido; después, a ella, le tocó correr con la misma suerte, y resulta que su espíritu se pasea por las habitaciones de esa casa.

A mí lo que se me apareció fue una señora como de noventa años que así de golpe le dio “play” a un video que contaba la historia de lo sucedido allí. No dijo nada. Se sentó en una banca a comer un sándwich. Ya de salida, le pregunté que si algún día la habían espantado en esa casa, y me respondió que a su edad, la única que espantaba ahí, era ella. A saber…

De allí, hotel, descansar un poco. Salir para ver el atardecer que a veces deja una sensación de insuficiencia, de pérdida, de que algo muy importante ha terminado, y más, al estar en un lugar que por su belleza es difícil tomar la decisión de irse: sabía que no podía quedarme más que una noche.

Entonces me emborraché, y luego nada. Muerto en la habitación. Al otro día, me enfilé de regreso a casa.

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