Luego de los resultados del pasado 15 de marzo, es posible afirmar que ya están los candidatos de ambos partidos: Clinton y Trump. La ex primera dama se ha alzado con la victoria en los cinco estados en disputa (Florida, Ohio, Illinois, Carolina del Norte y lleva una ligera delantera en Missouri). Trump se lleva Florida, Illinois y Carolina del Norte y pierde Ohio con Kasich y posiblemente Missouri con Cruz. De paso, saca a Marco Rubio, la esperanza republicana, de la competencia. Kasich no aguantará mucho tiempo más.
Trump ha sido la gran sorpresa. Al principio, era el payaso de la competencia, pero ahora que puede convertirse en el candidato republicano, se ha convertido en un motivo de preocupación mundial por sus propuestas radicales. Clinton, por su parte, fue sorprendida por el relativo éxito de la campaña de Bernie Sanders.
Pero todo esto está a punto de quedar atrás. Clinton y Trump ya se portan como los candidatos de sus partidos. La ex secretaria de Estado se ocupa de contratacar el discurso de Trump y parece estar dejando atrás a Sanders. El hombre de los bienes raíces comienza a hacer lo mismo. A menos que pase algo inesperado, estos dos serán contendientes en noviembre próximo.
¿Qué sigue? A medida que Trump acumula victorias un sudor frío recorre a la clase política mexicana. Pero no sólo a los políticos preocupa el lenguaje de este hombre. Somos muchos mexicanos los que estamos tratando de apreciar en su justa dimensión las implicaciones de las propuestas trumpianas. Por supuesto, esperamos que Hillary Clinton derrote en las urnas a Trump, pero si esto no ocurre, habrá que empezar a pensar qué puede pasar.
De inicio, hay dos escenarios. En el primero, un Trump presidente abandona poco a poco las bravatas. Se olvida del muro con cualquier excusa o hace sólo un tramo. Da más poder a la migra, pero sabe que los migrantes ayudan al funcionamiento de la economía y no se mete mucho en el tema. Extrema los controles para la entrada de los musulmanes a los Estados Unidos, pero no cierra del todo la cortina. En este esquema, estaría más preocupado por temas económicos, como los impuestos y el gasto social del gobierno, que sin duda reduciría. Este es el Trump pragmático que se conoce, aquel que es un empresario conservador, pero no un fanático. El peso del Congreso, los gobernadores y la clase política de Washington también haría lo suyo.
Pero el otro escenario es el preocupante. Este Trump delirante, podría verse empujado por su electorado a cumplir sus promesas de campaña. Un impuesto a las remesas y una guerra comercial contra México y China le darían cuantiosos recursos para hacer el muro fronterizo en unos años. El cierre de la frontera a los musulmanes y una persecución encarnizada en contra de los migrantes indocumentados estarían a la orden del día. Todo esto iría acompañado de una serie de medidas para alentar los empleos y la inversión de las empresas norteamericanas en su propio territorio, incluso a costa de los sindicatos y logros laborales. ¿Esto entra de lo posible? Lamentablemente, sí.
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