Perú: cambio y fuera, y hasta pronto (espero)

Lima – Hay viajes memorables y viajes memorables, y este al Perú es de estos últimos.

30 de marzo, 2017

 

Lima – Hay viajes memorables y viajes memorables, y este al Perú es de estos últimos. Como dije en una entrega anterior, el Cusco me ha hecho sentir picazón por regresar, por conocerlo bien, ver cosas que antes no había visto. La misma sensación de añoranza hacia el futuro he sentido en Roma, Londres, París, Nueva York.

Hay lugares maravillosos adonde dan ganas de volver, como Singapur. Hay otros donde me encantaría vivir una temporada larga (sólo en Roma lo he logrado) y adonde quisiera regresar y regresar y regresar. Desde siempre ha ocupado esa añoranza Londres (la Ciudad que, para mi gusto, más merece la mayúscula), y también la interminable India. En Santander he tenido la fortuna de pasar temporadas.

La región del Cusco es de esos lugares adonde quisiera regresar y regresar y pasar un tiempo con calma. Volver a esas iglesias barrocas, esos restaurantes, esas ruinas y rompecabezas. A lo mejor aventurarme a alguna caminata, subir el Huayna Picchu, visitar ciudades y vestigios con más detenimiento, ir a lugares nuevos.

Además la gente es amabilísima, correcta, afable, hospitalaria, en Perú como en Guatemala o en ciertas partes de México. Es la peruana una cultura tradicional parecida a la nuestra, con su raigambre artesanal y mestizaje, su minería y escuela de la plata, sus monumentos virreinales y ruinas prehispánicas y hasta preincaicas.

He recibido críticas por mi opinión sobre Lima, la seria ciudad de Chabuca y Vargas Llosa. No hablé de monumentos espléndidos como el convento de San Francisco, donde aparte de mi disgusto por la destrucción neoclásica de que fue víctima su retablo barroco y tantísimos más, vimos un claustro repleto de azulejos sevillanos del siglo XVII, aparte de un osario más bien sórdido. Hay claustros y sacristías enormes y preciosísimos, y sé de bibliotecas excelentes que, en un viaje breve, pasamos de largo.

Sí vimos bien el magnífico Museo Rafael Cota, donde hay una colección cuantiosa de tesoros arqueológicos e, insólitamente, piezas embodegadas como en todo museo del mundo pero acá la bodega es visitable. Hay una magnífica explicación para determinar la antigüedad de las piezas por la estratigrafía de las capas de tierra, que con periodicidad conocida, el fenómeno del Niño produce cambios climáticos y aluviones de tierra.

 

Especialmente interesante me pareció la reflexión sobre el brillo, que aparece en una didáctica exhibición. En los tiempos antiguos sólo el sol y la luna brillaban, y sus reflejos sobre el agua. Pero aparte de ellos, sin focos ni espejos ni metales ni vidrio, lo que brillaba era el oro y la plata, y las joyas. Como no tenían hierro, resplandecían las armaduras metálicas de los conquistadores. La abundancia de cosas brillantes que nos parece normal hoy, en aquél mundo opaco y mortecino no existía. El museo abunda en datos que invitan al visitante a asombrarse ante la grandeza del mundo prehispánico.




Lima es una gran ciudad pero, para capital de un virreinato, me hizo falta más. Ignoro si, como hicieron con los retablos barrocos, destruyeron monumentos a niveles aún peores que los de la ciudad de México. Habría sido una verdadera masacre, lo cual me parece improbable. Hubo destrucción también en la nueva Guatemala, donde un monumento histórico como la Casa Aycinena, que conocí de niño, fue destruido para edificar un horrendo edificio. Y así pasó en muchas otras zonas de la ciudad, que en ciertas zonas está descuidada y sucia, como también lo está Lima. Pero hay en ella monumentos históricos magníficos que no sufrieron los embates del neoclasicismo, bonitos parques y, desde luego, restaurantes a los que ya me referí. La ciudad de México también se ha convertido en un centro gastronómico importantísimo, pero encuentro mayor variedad e inventiva, y delicadeza gastronómica, en Lima.

Además, en Lima no conozco a nadie en Lima. Guatemala tampoco sería muy interesante como tal, para quien no tenga amigos locales.

Hablando de Guatemala, hago una corrección a mi primer texto de esta miniserie, que titulé ¡Echen balas! en homenaje a lo último que dijo en vida mi quinto abuelo, don Antonio González Saravia, al enfrentarse al pelotón de fusilamiento de su vencedor José María Morelos: “¡Echen balas, que estoy acostumbrado a recibirlas!” No es anécdota “poco veraz”, como ignorantemente la califiqué, sino un hecho histórico narrado nada menos que por el fogoso historiador Carlos María de Bustamante (Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana). Lo recoge además un riguroso historiador, Atanasio González Saravia, con cuyo nombre premia trabajos de historia Banamex. En su libro de 1936 Ensayos Históricos habla con admiración mi tío Atanasio de su tatarabuelo, militar con 50 años de limpia carrera con campañas en Marruecos, Portugal, Aragón, Cataluña y Galicia, donde combatió a moros, ingleses y franceses, y fue herido en batalla varias veces. Narra el muy morelista Bustamante que a Morelos “lo acompañó al sepulcro el pesar de esta ejecución”.

Cumplida ya mi rectificación, termino mi narración sobre este breve pero enjundioso y riquísimo viaje a esa región iberoamericana del mundo, que para los mexicanos es mucho menos conocida que la vieja y siempre nueva Europa, o la hoy antimexicana Trumplandia. Es para nuestro demérito conocer tan poco de Sudamérica. Nunca he estado en Ecuador (no fuimos por temor a la inseguridad). Tampoco en Argentina, Chile, Bolivia, Uruguay, Paraguay. Conocí Venezuela antes de su destrucción chavista; sólo una vez he estado en Brasil, y una en Colombia. Me he limitado a partecitas de la inmensa Sudamérica. Espero que la vida sea alcance para regresar al maravilloso Perú, y conocer las riquísimas iglesias coloniales de Quito.

Tenemos planeado este año visitar un nuevo continente que según algunos se llama Australia en honor a los Austrias, monarcas cuya dinastía se acabó con Carlos II (a) el Hechizado; más Nueva Zelanda e islas cercanas. Queda en el buzón de los sueños otra isla, la de Pascua, que está literalmente en medio de la nada y repleta de todo. Para otro tiempo se quedan Tibet y el lugar menos turístico del mundo: Corea del Norte. Sólo espero que la vida, con todos sus dones, nos alcance para tanto. Y que mi esposa y un hijo sigan dominando con experticidad las oportunidades que dan para el viajero informado los puntos, las cadenas hoteleras, los kilometrajes y gangas que siempre hay para quien tenga paciencia y sepa dónde buscar. Por ahora, dando inmensas gracias, me despido.

Comentarios

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enero 1, 1970

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