7 – Adiós Irlanda, hasta pronto (hopefully)

Cong, County Mayo, Irlanda – Llega la hora de despedirse de un lugar de donde me cuesta irme y adonde quisiera regresar muchas veces más.

9 de septiembre, 2015
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Cong, County Mayo, Irlanda – Llega la hora de despedirse de un lugar de donde me cuesta irme y adonde quisiera regresar muchas veces más. Irlanda enamora al visitante, y todo amor busca siempre la presencia viva. Irlanda es amable, enamorable, querible, caminable.

En este país con influencia industrial inglesa los excusados tienen la manija a la derecha y son peor de incómodos los horrendos enchufes eléctricos, enormes, bromosos y escasos. Pero tengo el privilegio de preferir circular por la izquierda; creo que si yo llegara del rojo Marte y me informaran que en el planeta azulverde hay coches, y tienen que conducirse de un lado de la carretera, elegiría el izquierdo. No me cuesta trabajo alguno hacerlo y en Irlanda (con ayuda de mi ahijado, que compartió el volante) manejé, sin contratiempos, unos 1,200 km con el único efecto de cierto dolor en músculos de mi brazo izquierdo que uso poco. Y además ¡oh maravilla europea! el coche era de transmisión manual de seis velocidades y con pedal de embrague. En México nos hemos agringado tanto, que los coches de velocidades son superchafas o deportivos superlujosos. ¡Vaya decadencia!

Las supercarreteras son excelentes, pero en toda Irlanda no vi un solo bache; se ve que los caminos (como ocurre en Inglaterra) normalmente no inciden en los terrenos vecinos; no hay derechos de vía (zonas de equis metros a lo largo de toda carretera) de modo que hay árboles, cercas, albarradas y arbustos a centímetros del camino, lo cual suele rallar la lámina del lado izquierdo. A veces la abundante y cercana vegetación forma unos como túneles de árboles, sólo atacados por las partes altas de los camiones.

Los abundantes caminos vecinales están perfectamente pavimentados, con una calidad que ya quisiera la así llamada “autopista” del sol, donde he visto burros de cuatro patas que significan un peligro de accidente acaso mayor que los burros de dos. En los caminos irlandeses la cercanía de los predios ocupados tiene sus riesgos. En algún pasaje aparecieron al galope dos caballos blancos y un alazán, y hay que tener cuidado con los borregos de nariz y patas negras o con eventuales vacas. Pero fuera de precauciones obvias, se puede circular perfectamente y a límites más que razonables: 100 km/h en un camino vecinal que en México pondrían a 40.

Fue una semana intensa, casi extenuante, una probadita apenas de un país riquísimo, de profunda, compartida civilización. Luego de días, el primer claxonazo que oí lo di yo; la gente es tan urbana, tan paciente, tan educada, tan cortés, que no usa nunca ese instrumento sonoro con que un pueblo tan majadero como el mexicano ha inventado cómo insultar. En Irlanda encender una direccional modifica en definitiva la conducta del conductor que viene atrás de mí o a mi lado. Difícilmente he encontrado gente más atenta, más amable, más abierta, más humana.

Un español amigo de mi suegro contaba una anécdota que le ocurrió en Inglaterra: le dirigió la palabra a un señor sentado junto a él en un bar y éste, con la petulancia propia de los que se creen mucho, le respondió “Have we been introduced?” por lo que para la próxima que se sentó junto a alguien, como mudo castigo, el amigo español presumía: “¡A ése ya no le dirigí la palabra!” Qué preocupado se habrá quedado ese segundo inglés…


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Nada más lejano de ese estilo, que el irlandés. Como decía en un escrito anterior, comparte este pueblo el ánimo abierto, mediterráneo, sencillo, de la gente que encuentra en otro humano a un humano, no a un sirviente o a un inferior. Es frecuente que un irlandés se pusiera a platicar con nosotros por media hora, o simplemente comentara algo sin venir a cuento de una mesa a otra mientras estamos comiendo.

Ya hablaba de las flores, que abundan en una orgía de color en las paredes, puentes, banquetas, parques. Es color esmeralda y como de campo de golf casi todo el pasto. Y en cualquier pueblo, digamos, mucho más pequeño que Topilejo, todo el cableado eléctrico es subterráneo (en Mazaryk invirtieron millonadas en dos años de reparaciones pero se les olvidó meter bajo esas renovadas banquetas los muy decorativos transformadores, postes y cables). Hasta en el poblado más pequeño las banquetas son parejas y bien hechas y están perfectamente delimitadas, los puentes están bien acabados y meticulosamente mantenidos, los basureros son abundantes, en todas partes hay baños públicos donde no da asco entrar, y las calles resisten las lluvias, a las que nuestras autoridades culpan por los baches. Caso para Sherlock Holmes: ¿por qué será que en un país donde llueve más que en México todo el año, no hay ni un bache?

Irlanda está salpicada de lagos, bahías, fiordos, ríos y rías, algunos de ellos producidos por glaciares, donde abundan los pescadores de caña. En un restaurante de un pueblo cualquiera comí el mejor bacalao de mi vida, recién pescado en la región; ni qué decir del salmón o los mejillones, el cordero y la ternera. Se come infinitamente mejor que en la Inglaterra de los fish and chips.

Y esta pequeña república, este pueblo escaso cuya población total no supera a la geografía del solo Distrito Federal, ha producido la mejor literatura en lengua inglesa, con 3 premiados con el Nobel (James Joyce y Oscar Wilde no figuran en la lista). Fabrican un whiskey fuerte, aunque me gusta más el escocés (también me identifico con Escocia, y sin derecho de sangre, formo orgullosamente parte del clan Innes, por invitación expresa del capoclan).

Hace años leí en una excelente novela de Taylor Caldwell, Captains and the Kings, un diálogo que sólo en la memoria conservo. El protagonista, un irlandés que sale del County Armagh por la hambruna y llega con una mano adelante y otra atrás a EEUU, llega a acumular una inmensa fortuna y aspira a que su hijo sea presidente (algo quizá inspirado en los Kennedy). Ese destacado irlandés demuestra a un inglés que la más auténtica legitimidad británica entre las vecinas islas corresponde a los irlandeses, pues llegaron antes que ellos y en cierto tiempo no sólo los dominaron sino los tenían como esclavos. No tengo a la mano el libro, que quisiera releer luego de esta visita, y no sólo para recuperar eso de que lo irlandés es más genuinamente británico que lo inglés.

Last but never least, las bellísimas mujeres irlandesas son tan abiertas y amables como los varones, y con unos ojos de un color gris-azul clarísimo, que no he visto en otra parte, salvo en Le Marche, región adriática de Italia, al sur de Rimini. El típico irlandés es blanco muy claro, con ojos parecidos al cielo de su país, y con pelo más bien negro. El pelirrojo, me dicen, no es oriundo de estas islas, sino más bien proveniente de las invasiones vikingas. Yo pensaba que el pelirrojo era característicamente celta pero en fin, nunca es tarde para demostrar que uno es cada día más ignorante.

Por necesidad logística de cercanía con mi Macbook y por la falta de calma en días a veces extenuantes, redacto estas notas días después de haber estado en los lugares indicados, tras pergeñarlas a partir de notas tomadas a mano en una libreta en cada lugar, con la ayuda de una apreciable batería de fotos que (oh prodigio de los medios digitales) no sólo registran la fecha sino también la ubicación. Con esos instrumentos maravillosos de las cámaras fotográficas digitales, los celulares y el Whatsapp, podemos compartir experiencias a tiempo real con los hijos y con amigos en México. Vaya cosas que habrían fulminado en el acto a mi abuelo materno, que se asombraba de poder oír a Caruso en su cocal de Sabancuy (Campeche) en una Victrola de discos de 78.

Toca ahora el turno, también brevemente, a la eterna España y al desconocido Portugal.

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