¡Qué bonito es repartir lo ajeno, pero no lo propio!

La semana que mi casa fue socialista. Alguna vez le dije a mi papá siendo un adolescente: Yo creo que México debería ser socialista, puso...

23 de diciembre, 2019

La semana que mi casa fue socialista.

Alguna vez le dije a mi papá siendo un adolescente: Yo creo que México debería ser socialista, puso cara de aceptación y me contestó: Sí, sería bueno. 

En ese tiempo yo trabajaba por las tardes y los sábados en una refaccionaria donde recibía un sueldo de $700 a la semana y cada domingo por la tarde, en casa, papá nos daba el dinero de la semana para nuestros gastos escolares, de transporte, etc. Yo, en calidad de primogénito y estudiante de prepa, en una escuela alejada recibía más recursos semanales que mis otros tres hermanos, la diferencia de edad con mi hermana menor era de 7 años, a mí me daban $500, a ella, la menor $150, los otros dos de edades similares recibían $400.

Ese domingo por la tarde mi papá reunió a toda la familia y nos habló de la solidaridad familiar,  de que todos éramos iguales, que nos quería lo mismo y que era injusta la distribución del ingreso entre sus hijos, anunció que habría un ajuste, agregó que no era posible que yo recibiera más dinero que mis hermanos, pues yo además de lo que él me daba, tenía un sueldo en mi trabajo y que sumado a lo que me daba a la semana yo tenía ingresos por $1200, casi 10 veces más que mi hermana menor y eso era injusto, por lo tanto decretó sin más que la nueva distribución sería pareja, incluyendo lo que yo ganaba en mi trabajo, pues era parte del ingreso.

Todos aplaudieron felices, menos yo, que no lo podía creer. 

Ya con la redistribución el ingreso de cada a uno quedaba en $537, en mi caso con este ajuste perdí $662.50 y mi hermana menor, la más beneficiada obtendría $387 pesos más sin hacer nada. 




Empezó el debate, me opuse a mi papá, argumenté que no era justo, que yo trabajaba, tenía más gastos, que no me iba a alcanzar, todos los demás lo apoyaron fervientemente y se burlaban de mí. 

Mamá en calidad de árbitro, sonreía pícaramente, obvio ya estaba de acuerdo con mi papá y avalaba su decisión. Amenacé con abandonar el trabajo y la escuela…mi papá no cambió su postura, se mantuvo firme y todos lo apoyaron, nadie me escuchaba. 

Se terminó la reunión con la nueva repartición, tuve que dar mi sueldo y a cambio de todo, recibí mis $537.

Fue una semana espantosa, caminé grandes distancias en lugar de tomar el camión y llegué tarde a varios lugares, comí menos, dejé de comprar cosas, ya no fui con la novia tres veces por semana, en esos días fui una, lo que desató una escena de celos, mi vida estaba de cabeza y en casa las burlas de mis hermanos no cesaban, traté de hablar con ellos y nada, estaban felices. 

Mi frustración y enojo alcanzó su techo el día que llegué y mi hermana más pequeña había comprado una muñeca carísima con su aumento, esperé a mi padre y hable con él, le dije que esto no estaba bien, que no era justo, que me parecía un abuso, grité y pataleé, la respuesta fue: Está bien, tú no eres feliz,  pero tus tres hermanos están felices, el domingo si quieres votamos y decidimos si seguimos así o no, que decidan todos…y se fue. Lloré de impotencia, pues ya sabía el resultado.

Por fin llegó el domingo y mi padre lo primero que hizo fue preguntarme cómo había sido mi semana. Horrible, no está bien, no es justo. Mi papá se rió y dijo: 

Ya viviste en carne propia el socialismo, te diste cuenta que no es justo que te quiten lo que ganas y lo repartan con los demás solo para que sean iguales. Nadie es igual a nadie, cada quien tiene sus capacidades y sus limitaciones, cada uno de ustedes encontrará su camino y tendrá sus propios logros y frustraciones. El aprendizaje en carne propia es la mejor escuela, en papel todo es perfecto, en la práctica, la vida y las circunstancias juegan y son duras, crueles y te ubican, ¡que bonito es repartir lo ajeno, pero no lo propio! ¿Aún crees que México debe ser socialista? Mi respuesta tajante fue ¡NO!…Todo volvió a la normalidad a pesar de las protestas de mis hermanos. 

Hoy los cuatro aquilatamos y agradecemos esa lección. 

Por cierto la muñeca que compró mi hermana menor, símbolo de esa semana trágica, aún está ahí, muda testigo del socialismo familiar.

Que el espíritu navideño toque sus almas y despierte en cada uno de nosotros el compromiso con los demás y que en el 2020 hagamos juntos un México mejor. ¡Feliz Navidad!

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enero 1, 1970

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