Donald Trump y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunciaron el domingo pasado un acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE) que evitó que estallara una guerra arancelaria entre ambos. Después de conocer sus términos es evidente que es un pacto profundamente desigual, impuesto por la fuerza de los hechos y las amenazas del presidente estadounidense. La UE cedió casi todo; Trump consiguió casi todo.
A partir del 1 de agosto, la mayoría de las exportaciones europeas pagarán un arancel del 15 % al ingresar a EEUU, entre ellas autos, medicamentos, semiconductores, maquinaria y productos químicos. A cambio, la UE no impondrá aranceles a las importaciones procedentes de EEUU. Peor aún: deberá hacer compras masivas de energía estadounidense —750 mil millones de dólares en tres años—, realizar inversiones industriales por 600 mil millones en EEUU y adquirir equipo militar fabricado en ese país. Es, en los hechos, una rendición negociada.
En Francia, la indignación fue inmediata. El primer ministro François Bayrou calificó el acuerdo como “un acto de sumisión”. La extrema derecha y la izquierda radical coincidieron en denunciar lo que consideran una capitulación disfrazada de pragmatismo. En Alemania, donde la industria automotriz es clave, el acuerdo se recibió con alivio, pero sin entusiasmo. La poderosa asociación empresarial BDI lo llamó “una señal desastrosa”. La UE intentó presentar el pacto como una solución temporal, pero no convenció a nadie.
¿Por qué aceptó Europa? Porque no tenía muchas opciones. Trump amenazó con imponer aranceles de hasta 50%, con efecto inmediato. Alemania, con dos años consecutivos de contracción económica, no podía permitirse ese golpe. Francia está aislada. Y varios gobiernos del este europeo, más cercanos a Trump, prefirieron ceder antes que escalar el conflicto. La unidad europea fue sacrificada a cambio de tiempo y daño controlado. El resultado es un precedente peligroso: cuando EEUU presiona con aranceles, Europa se pliega.
Ese mismo guión se repite con México. Desde febrero, Trump impuso un arancel del 25% a todas las exportaciones mexicanas no amparadas por el T-MEC. Y si no se llega a un acuerdo antes del viernes venidero, lo elevará al 30%. Aunque los productos que cumplen las reglas del tratado quedan exentos, muchos sectores clave enfrentan el riesgo de quedar fuera por requisitos de origen o trazabilidad. Y Trump no ha dudado en ignorar el T-MEC cuando le conviene.
Ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo confiar en que se alcanzará un acuerdo esta semana, antes de la entrada en vigor del arancel del 30%. “Seguimos platicando… Estados Unidos tiene su posición, nosotros nuestra posición, pero creemos que vamos a llegar a un acuerdo”, afirmó. Ojalá tenga razón. Pero la historia reciente sugiere lo contrario.
La coerción funciona. Trump lo sabe y la ha usado con éxito. Si la UE, con todo su peso económico y político, se doblegó sin obtener casi nada a cambio, México difícilmente saldrá mejor librado. Nuestro país no tiene margen para el conflicto. Y Trump también lo sabe. Por eso, salvo una sorpresa mayor, México acabará cediendo. La única duda es qué tanto y a qué costo.
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