En la competencia, los dados que le tocó lanzar siempre estuvieron cargados a favor de su principal contrincante. El que manda en su partido y en el país se encargó de no emparejar el piso donde él y ella competían por el cargo que a la postre convertirá al ganador en el candidato morenista a la presidencia de la república. A él no lo llevaron a giras alrededor del país para que el pueblo la conociera y constatara que era la consentida del hombre que quiso engañar a todos asegurando que por fin se acabó el dedazo divino por medio del cual un presidente de México en turno designaba a su sucesor. Tampoco tuvo el honor de recibir dentro de su oficina de la Secretaría de Relaciones Exteriores a su jefe para que desde ahí éste realizara su conferencia matutina, algo que sí hizo desde la sede de la jefatura de gobierno de la CDMX.
Marcelo Ebrard denunció una vez que la competencia para ganar la Coordinación para la Defensa de la Cuarta Transformación estaba diseñada para que venciera la exjefa de gobierno de la CDMX Claudia Sheinbaum.
Para los responsables de dirigir el proceso, Mario Delgado y Alfonso Durazo, presidente del comité ejecutivo nacional y presidente del consejo nacional de Morena, respectivamente, las denuncias eran infundadas.
Según ellos, ninguna corcholata llevaba acarreados a sus eventos, ninguna contrató anuncios espectaculares a lo largo y ancho del país para promoverse y tampoco repartió camisetas, cachuchas, tortas, pizzas, refrescos y otros regalos a los que dizque voluntaria y desinteresadamente acudieron a sus mal llamadas asambleas informativas.
Los mexicanos vimos lo que ni Delgado ni Durazo ni el mismo presidente Andrés Manuel López Obrador quisieron aceptar: que Claudia y Adán Augusto López Hernández realizaban campañas electorales como las de los candidatos del PRI de antaño.
Algunos dijimos, desde antes de que arrancara el proceso, que la ganadora sería la favorita presidencial que desde hace décadas le ha servido lealmente y de cuya lealtad incondicional AMLO no duda, como sí parece dudar de los otros cinco.
Sabiendo todo esto, la pregunta obligada es: ¿por qué aceptó participar en el proceso? ¿acaso creyó que podría superar a Claudia cuando desde el principio ella lo aventajaba en la mayoría de las encuestas realizadas por empresas serias?
Es probable que se convenció que podía ganarle a su adversaria después de que la gente escuchara sus propuestas y lo conocieran mejor. Muchos dijimos que sería muy difícil que lograra su objetivo, pero obviamente él pensó diferente.
Ayer Marcelo denunció que la encuesta realizada por Morena presentaba ciertas anomalías y solicitó que se realizara de nuevo, aunque él fuera el puntero. Nadie le hizo caso y después dijo que Delgado y Durazo eran unos cobardes. Le faltó decir que el primero, que tanto le debe, es un traidor.
Lo que haga ahora Ebrard se sabrá en los días por venir. Ayer dejó entrever que es posible que abandone Morena, pero es un hecho que su carrera política está por llegar a su fin, sin importar lo que finalmente decida.
Andrés Manuel se salió con la suya. Por medio de un proceso que desde el principio buscaba imponer a su favorita sin recurrir al clásico dedazo; más bien inventó una nueva forma de dedazo.
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