El pasado 8 de octubre advertí en este espacio que la lógica de Estados Unidos había cambiado radicalmente hacia un esquema de “primero cumplir, luego negociar”. Señalé entonces que, bajo la nueva óptica estadounidense, el incumplimiento de México en temas energéticos, laborales y de seguridad dejaría de ser tema de discusión diplomática para convertirse en motivo directo de castigo. Desafortunadamente, la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, el 4 de diciembre, y el mensaje de Donald Trump en el aniversario de la Doctrina Monroe, dos días antes, confirman mis peores pronósticos con una brutalidad que pocos esperaban.
La llamada “Doctrina Monroe 2.0”, bautizada oficialmente como el Corolario Trump, deja claro que la era de la cooperación ha muerto y ha sido reemplazada por la de la disciplina impuesta. El documento resulta espeluznante para quien entienda el lenguaje del poder, pues autoriza explícitamente el uso de “fuerza letal” y despliegues militares unilaterales, y argumenta textualmente que la “estrategia de solo aplicación de la ley ha fallado”. Para Trump, los cárteles ya no son un asunto policial, sino objetivos terroristas, y la soberanía nacional es condicional: o México detiene lo que él califica como la “invasión” de migrantes y el flujo de drogas, o EEUU lo hará por su cuenta.
En lo económico, el golpe es igual de contundente. Mientras el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum intenta navegar la crisis imponiendo aranceles “suaves” a Asia para proteger las cadenas de suministro, EEUU ha colocado al país en una lista negra de facto. En su mensaje del 2 de diciembre, el presidente estadounidense celebró “históricos acuerdos comerciales” con Argentina, El Salvador, Ecuador y Guatemala. La ausencia de México en dicha lista es preocupante.
Al excluir a México, Trump envía un mensaje definitivo: bajo su estrategia de “Enlist and Expand” (Alistar y Expandir), los beneficios económicos son solo para los aliados incondicionales. A México, en cambio, se le etiqueta en la Estrategia de Seguridad Nacional como un representante (proxy) de China, una puerta trasera que este país utiliza para evadir aranceles y socavar la industria estadounidense.
La exigencia es clara, pero inviable: no solo piden purgar el comercio, sino también eliminar la “propiedad o control de activos vitales” en manos extranjeras como condición para mantener el estatus de socio. El problema es que, como se ha reiterado en diversas ocasiones, la industria mexicana depende de insumos, tecnología e inversiones asiáticos; cortarlos de tajo para complacer a Trump no es una estrategia, sino un suicidio económico.
México se encuentra atrapado en una pinza letal y, en 2026, llegará a la revisión del T-MEC debilitado y aislado, tal como advertí hace meses. La clase política sigue apostando a la retórica de la hermandad y la soberanía, ignorando que para el vecino del norte México ha dejado de ser la solución para convertirse en el problema. La presidenta Sheinbaum y su equipo deben tener la audacia para reconocer que el tiempo se acabó y no ignorar la nueva realidad, para evitar que el “Corolario Trump” se imponga sobre México con toda su fuerza.
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