Después de nueve años sin medición (la última Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco – ENCODAT – se realizó en 2016), el gobierno federal volvió a realizarla para contar con una radiografía oficial sobre adicciones y salud mental. La encuesta permite dos lecturas: la de los porcentajes absolutos —que le sirve para afirmar que México no vive un consumo masivo— y la de las tasas de crecimiento, que muestran hacia dónde se están moviendo los riesgos.
En cuanto al alcohol y el tabaco, hay datos que sí respaldan el discurso de prevención. Entre adolescentes (12–17 años), el consumo de alcohol en el último año cayó de 28.0% (2016) a 17.8% (2025), una baja de 10.2 puntos. Más contundente: el consumo excesivo bajó de 8.3% a 2.6%. En tabaco fumado, la población general pasó de 17.6% a 15.1%. Son mejoras reales.
Pero en mujeres, el “alguna vez” de consumo de alcohol subió de 62.6% a 69.3%. No es una alarma automática; es un cambio de patrón que exige una prevención diferenciada.
Sin embargo, hay datos que no deben minimizarse. Opioides: de 0.1% a 1.4%. El número absoluto es mínimo (1.3 puntos), pero la velocidad es enorme: +1,300% (se multiplicó por 14). Vapeo (cigarros electrónicos): de 1.1% a 2.6% (+136%). Uso indebido de medicamentos: de 1.3% a 2.5% (+92%). Mariguana: de 9.3% a 13.3% (+43%). Fentanilo aparece con una cifra base de 0.2% (para 2016 no hay datos).
Antes de tomar al pie de la letra la cifra de fentanilo (0.2%), conviene recordar el límite más obvio de cualquier encuesta de hogares: en sustancias estigmatizadas e ilegales, muchos no lo admiten y el consumo queda subregistrado. Por eso el contraste con el SEMEFO en Baja California es difícil de ignorar: en Mexicali, alrededor del 20% de los cuerpos que ingresan a la morgue dan positivo para fentanilo; en Tijuana, la positividad va de 12% a 16%. La encuesta puede subestimar; la morgue no. De ahí la regla básica: lo declarado en casa debe cruzarse con registros clínicos, de urgencias y con datos forenses para identificar las zonas y poblaciones de mayor riesgo.
La ENCODAT también expone el fondo del consumo. En adolescentes, el malestar psicológico es 6.9% en hombres y 13.2% en mujeres (promedio nacional 8.1%). La ideación suicida del último año: 2.1% hombres, 4.6% mujeres (3.3% nacional). Intento suicida: 0.9% y 2.2% (1.5% nacional). Y la violencia reportada en el último año pega más en adolescentes: 18.1% frente a 12.3% en adultos.
El país puede presumir de que lo tradicional cede, pero lo nuevo avanza: opioides, vapeo y automedicación. Y el punto de quiebre está en la salud mental de las mujeres jóvenes. Esto no pide pánico; pide decisión temprana. Después, todo cuesta más.
La diferencia entre contener y desbordarse radica en convertir estas señales en una política pública medible: prevención focalizada, detección temprana y tratamiento que llegue antes de la crisis. Eso implica metas verificables, seguimiento y coordinación entre salud, educación y seguridad. En escuelas y primer nivel de atención, tamizaje de malestar y consumo, rutas de referencia y control de prescripción. Y en zonas fronterizas, vigilancia toxicológica para ajustar intervenciones.
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