La primera vuelta de las elecciones parlamentarias en Francia, efectuada ayer, corroboró el avance de la derecha populista en Europa. Según la encuestadora Ipsos France, la alianza de extrema derecha encabezada por Agrupación Nacional (Rassemblement National) obtuvo el 34% de los votos; el Nuevo Frente Popular de izquierda, el 28.1%; la coalición del presidente Emmanuel Macron, el 20.3%; los Republicanos y otros de centroderecha, el 10.2%; y los independientes de izquierda, el 1.8%.
En la segunda vuelta, que se efectuará el próximo domingo, la Agrupación Nacional, liderada por la ultraderechista Marine Le Pen, podría ganar suficientes votos para imponer como primer ministro a su joven sobrino Jordan Bardella, de 28 años. Esto resultaría en una ‘cohabitación’, limitando los poderes de Macron en asuntos internos, pero no en los que atañen a política exterior, defensa y supervisión constitucional.
Un gobierno de extrema derecha en Francia causa preocupación por varias razones.
Primero, la Unión Europea podría perder su estabilidad y fuerza si un gobierno francés euroescéptico amenaza con abandonarla (Frexit) o adopta políticas proteccionistas que afecten la cooperación internacional y desencadenen disputas comerciales. Francia es la segunda mayor economía europea y su salida de la UE la debilitaría irremediablemente.
Segundo, un gobierno francés nacionalista y aislacionista podría adoptar políticas unilateralistas, reduciendo su compromiso con la diplomacia multilateral y la resolución de conflictos internacionales. Si ese gobierno decidiera sustraer a Francia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), le daría una ventaja estratégica al dictador ruso Vladimir Putin, ya que debilitaría la cohesión y capacidad operativa de dicha alianza militar, reduciendo la presión sobre Rusia y permitiendo una mayor influencia rusa en Europa. Además, fomentaría divisiones entre los países occidentales, debilitando su capacidad de respuesta coordinada a las acciones de Rusia, y llevaría a un reequilibrio de poder en favor de Rusia en Europa.
Tercero, un gobierno de extrema derecha podría socavar las instituciones democráticas, limitar la independencia judicial y restringir la libertad de prensa, marginar a las minorías y erosionar principios de igualdad y justicia.
Cuarto, Francia dejaría de ser un defensor de los derechos humanos y la democracia. Un cambio hacia la extrema derecha podría erosionar esa reputación e inspirar negativamente a movimientos similares en otras naciones. Las políticas antiinmigrantes aumentarían las tensiones raciales, sociales y religiosas, resultando en disturbios civiles y una sociedad más polarizada. La retórica antislámica y antiinmigrante de Le Pen y otros puede fomentar el terrorismo doméstico y la radicalización.
En resumen, la posible llegada de la extrema derecha al poder en Francia tiene implicaciones que van más allá de sus fronteras, afectando la estabilidad europea y global. ¿Estarán las democracias occidentales preparadas para enfrentar este desafío con firmeza y determinación? Porque hasta ahora, poco parecen haber hecho para detener el avance de los populistas, sean de de derecha o de izquierda, en Europa y otras partes del mundo.
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