“Esta dirigencia viene a ganar elecciones, porque somos un partido político. Y que me escuchen bien quien me tenga que escuchar, venimos a ganar elecciones… Y mientras más nos subestimen, más vamos a perfilarnos al triunfo, se los puedo asegurar… Vamos a retener lo que hoy gobernamos”. Con estas palabras, Jorge Romero, el nuevo presidente nacional del PAN, contribuye a un mito que lleva décadas nutriéndose: el supuesto éxito y crecimiento imparable de su partido. Sin embargo, una revisión objetiva de los logros del PAN muestra una historia muy distinta, marcada por victorias presidenciales que obedecieron más a circunstancias externas que a la fortaleza intrínseca del partido.
El caso de Vicente Fox en el 2000 es ilustrativo. Fox no ganó porque el PAN contara con una estructura sólida y unificada; su campaña fue impulsada por su carisma y el descontento generalizado con el PRI. A pesar de estar bajo la bandera panista, Fox no se alineaba completamente con las viejas guardias del partido y dependió más de su organización paralela, “Amigos de Fox”, que de las estructuras tradicionales del PAN. En otras palabras, el PAN fue un simple vehículo para un movimiento de cambio más amplio que encarnó Fox, no el protagonista del cambio mismo.
Con Felipe Calderón en 2006, la historia fue similar, aunque con un matiz distinto. La elección fue extremadamente cerrada y su victoria, de apenas 0.6 puntos porcentuales sobre Andrés Manuel López Obrador, no fue tanto una muestra del poder del PAN como del miedo a un presunto autoritarismo de izquierda que AMLO inspiró en un sector del electorado. En lugar de consolidar al PAN, Calderón ganó bajo un entorno de polarización que ayudó a capturar votos de rechazo hacia su contrincante.
Los resultados legislativos muestran esta tendencia: en 1994 el PAN obtuvo solo 21 distritos, y aunque mejoró en 1997 con 63, no fue hasta 2000 cuando Fox impulsó al partido a ganar 136 distritos. Luego, en 2003, cayeron a 43, y solo en 2006, bajo el temor a AMLO, lograron un repunte a 137. Desde entonces, el declive fue sostenido: 68 en 2009, 52 en 2012, 56 en 2015, 41 en 2018, y 72 en 2021. En 2024, volvieron a caer a 31.
Desde 2012 la situación solo ha empeorado. Ese año, la candidata presidencial panista Josefina Vázquez Mota quedó en un distante tercer lugar, y en 2018, el candidato Ricardo Anaya apenas alcanzó el 22% de los votos. Finalmente, este año, el PAN tocó su punto más bajo en una elección presidencial, con un magro 16.04% de apoyo, a pesar de su alianza con el PRI.
La elección de Jorge Romero revela un PAN desgastado y fragmentado, incapaz de conectarse con nuevas bases o de innovar su mensaje., Señalado por vínculos con corrupción y clientelismo en la alcaldía Benito Juárez, Romero simboliza el alejamiento del PAN de sus principios fundacionales y de su incapacidad para reinventarse. Más que un partido en ascenso, parece una agrupación que se desmorona bajo el peso de sus conflictos internos y su falta de visión para el futuro.
En conclusión, las victorias del PAN en el pasado fueron producto de circunstancias externas y liderazgos individuales. Hoy, esas condiciones han desaparecido, dejando al PAN debilitado y sin una estrategia clara para recuperar el terreno perdido.
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