La última vez que me senté a platicar con él fue a finales de marzo de este año, cuando lo visité en su oficina que se encuentra dentro de la Casa Posadas, un viejo edificio del Siglo XVIII localizado en el Barrio de Chimalistac, sitio que antes fue sede del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y ahora lo es de la Secretaría de Cultura. Un edificio en donde, por una feliz coincidencia, trabajé hace 40 años para una empresa de informática que ahí estaba instalada.
Días antes, por medio de WhatsApp, habíamos concertado nuestra reunión.
– Él: ¿Cómo te queda el martes 29 para un café? A la hora que quieras.
– Yo: Está bien. 11 horas. ¿Dónde?
– Él: ¿En Arenal te queda bien?
– Yo: OK. Pero tenme un bien café.
– Él: ¿Con galletas o pastel?
– Yo: ¿No! ¡A dieta! Debo perder muchos kilos.
– Él: Te cuido. Solo café con Splenda.
Lo vi ese martes 29 y me sorprendió mucho verlo sin la melena que siempre fue la envidia de tantos de sus contemporáneos y con solo unos cuantos cabellos sobre su cabeza. Me llamó la atención que su saco le quedara grande cuando siempre había sido muy elegante en su vestir.
Le pregunté si tenía cáncer. Me respondió que no, que el pelo se le había caído debido a una sobre reacción a un medicamento que había tomado. “Mira, mis cejas están en su lugar”, me comentó para enfatizar el hecho de que no estaba sujetándose a una radioterapia u otro tratamiento similar.
Platicamos durante casi una hora esa vez. Hablamos sobre la posibilidad de invitar a nuestro país a jóvenes virtuosos que en el mundo se destacan por su habilidad inigualable para tocar un instrumento musical. Le dedicamos un rato a charlas sobre algunos de esos virtuosos como son Yuja Wang, Julia Fischer, Lang Lang y otros. Platicamos sobre las dificultades que él enfrentaba para que la Secretaría de Cultura absorbiera todos los organismos que antes pertenecieron a la Secretaría de Educación Pública.
Después de una charla, amena y divertida como las que siempre sostuve con él, me despedí de él deseándole que su salud mejorara. Le dije que debía dejarse crecer el pelo para de nuevo poder presumir su melena.
Salimos de su oficina y me acompañó hasta la recepción del primer piso de la Casa Posadas. Nos dimos un abrazo, bajé las escaleras y salí del edificio.
Esa fue la última vez que vi a Rafael. Posteriormente hablamos un par de veces por teléfono y lo entrevisté en dos ocasiones en mi programa de radio y TV.
Nunca imaginé que no lo volvería a ver. Menos pensé que se me adelantaría en el viaje final.
Voy a extrañarlo y más lo extrañará México, ahora que enfrenta tantos problemas y requiere de personas con el talento y la integridad de Tovar y de Teresa.
Adiós, Rafael. Dejaste huella y nuestro país es mejor gracias a ti.
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