Planes para México

La actuación de un gobierno que usurpa funciones de empresario es garantía de fracaso.

12 de agosto, 2025

El corto plazo no es lo más esperanzador que México haya vivido; momentos difíciles nunca han faltado en nuestra historia moderna, pero con una gran diferencia: prevalecía una visión de Estado y los consensos iban de la mano con el sector productivo. Desde el arribo del populismo, la visión es no solamente centralista, el enfoque no es la producción, es la administración de lo acumulado sin importar el origen. Esta cortedad de pensamiento ha significado depredación de reservas y un natural aumento en el endeudamiento. El problema es que el círculo vicioso que crea, con miras de economía cerrada y con la necedad de irrumpir en los ciclos productivos, con la inserción de un ingreso que no es derivado de actividades productivas, diluye potencial de recaudación y potencial de egresos para los fines de reparto sin discreción. Entonces se interrumpe la funcionalidad de producir para la creación de utilidades y contribuir a la renta nacional con el pago de impuestos. Baja la recaudación y baja la expectativa de inversión pública. Al anularse la posibilidad de invertir en infraestructura, la natural consecuencia es una baja en inversión productiva. El resultado es un estanco en la producción y posible recesión.

Si concediéramos la virtud de contemplar una estructura de capital para el gobierno actual, todas las decisiones de inversión, que nunca lo fueron, todas serían rechazadas tan solo por la interpretación del Costo del Capital. No existe una sola ocurrencia de la administración pasada que sobreviva a una estricta revisión del capital invertido; nunca existió para ninguna de estas ideas absurdas un plan de inversión o un plan de negocios. Lo presupuestado superó límites que hubieran desafiado todas y cada una de las reglas de inversión. Como nunca fueron inversiones, todas, sin excepción cayeron en la cuenta de gasto del gobierno. Muchas funciones de gobierno no tienen retorno medible, pero conocemos sus beneficios en el alumbrado público, como en alcantarillado, bacheo o dotación de agua; entonces se juzga su utilidad y entonces se justifica el gasto. La actuación de un gobierno que usurpa funciones de empresario es garantía de fracaso por la simple eliminación del riesgo. El fondeo de un gobierno es prácticamente ilimitado. Pero esto no califica como inversión, a pesar de los intentos de este populismo en llamarlo de esta manera. Tampoco fueron planes de ningún plazo. 

Si decidimos jugar en el terreno de las definiciones, caemos en la trampa del eterno eufemismo de la improvisación que tanto ha costado al país en siete años.  Desde la disculpa a la culpa, hemos transitado toda evasión posible de responsabilidad. Para la asunción del modelo populista, que realmente carece de proyecto, los enunciados se convierten en el escudo de ineptitud que asoma su rostro en el juicio del ciudadano. Normalmente lo asoma tarde y sin forma, pero lo asoma. La carencia es lo más elemental que descubre al modelo popular; lo vemos en medicinas como ejemplo simbólico y retamos la confrontación de una dádiva de libre consumo con la necesidad de salud, para demostrar que la supuesta ofrenda de consumo se borra con necesidades imperiosas que trascienden la alimentación y el natural gasto familiar.

Planes para México es el título de este texto y me gustaría enumerarlos si los hubieran. Podemos repasar cifras importantes y datos relevantes desde la inversión fija bruta que ha caído, hasta el desempleo, para dar cuenta de la contracción de la inversión. La reinversión de utilidades de la banca y las multinacionales, obedece a una inercia natural de expansión dictada por su presencia institucional y natural adquisición de equipo y planta para permanecer en su nivel de oferta. Hasta ahí. No se puede absorber la incertidumbre jurídica absurda, pero no se dice ni se menciona en los altos círculos empresariales. La reforma judicial es ominosa y no alcanza la cobertura deseada en su rechazo; las mesas de negociación con la potencia del norte serán implacables pero no borran el trazo de inserción en la sociedad mexicana, que hasta este día contempla con pasmo el alzamiento de figuras impresentables para administrar justicia.  Eso no es invitación a la inversión, eso es un franco retroceso en la tradicional receptoría de inversión en el país. 

Estamos en los noventa días de espera y en espera de algo que nadie conoce, porque la voluntad de acatar preceptos irrenunciables no se conjuga con soberanía y discurso hueco de colaboración y cooperación que nadie ha visto. La amenaza es real y reúne diversos frentes: el comercial es el más ilustrativo, pero existen condiciones que no conocemos. El ámbito de palacio las conoce y ha intentado soslayarlas por meses en vano intento porque la presión es cada día mayor. Para Trump, los tiempos no son los de mayor consenso, dada su desesperación de liderazgo e implantación de la última palabra. El plazo de los noventa días llegará, sin duda, pero el proceso de conformación de las condiciones de la Casa Blanca, para esa fecha, tiene que estar debidamente cumplido. De eso no debe existir duda. 

El discurso presidencial de todos los días no contribuye al aliento de planes y recomposición de vida ordinaria; es en esencia un discurso negacionista, confeccionado para las circunstancias como si llenara un expediente de orden del día. Es, también, confrontativo, revanchista, condenatorio, exculpatorio y podría añadir, fantasioso. Llena, en apariencia, la cobertura del momento y pretende satisfacer inquietudes con voz mesurada y contenida. Realmente es un ejercicio inútil y especulativo. No es agenda que conforma planes, es relato improvisado de episodios diseñados para no trascender. Esos son los planes de este gobierno para México en el corto plazo: intrascendentes. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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