Inventario

Este gobierno populista contempló sus propias miras en obra costosa e inútil y la sigue contemplando.

14 de octubre, 2025

Resultaría interesante, no como ejercicio intelectual, pero con un sentido práctico, elaborar un inventario de lo tangible y de lo intangible que hemos perdido en siete años de populismo, tal vez con mente de auditor, para alertar sobre la aberrante concepción de un sistema por demás devastador de instituciones y recursos. Este ejercicio superaría en esencia al Producto Nacional Bruto, al intentar reunir una historia de beneficios que alguna vez sumaron en la construcción institucional y coadyuvaron en el crecimiento y desarrollo de nuestra economía. No podemos olvidar que el PNB refiere bienes y servicios en un período, pero no da cuenta de resultados borrados de una trayectoria cancelada de algún organismo por la razón que sea. Una decisión de un poder absoluto e incontestable forma parte de una huella transferible a toda una generación que asume costos irreparables. Ese sería el inventario al que hago referencia. El intento de analistas que cuantifica las pérdidas materiales de obra inútil es valioso sin duda y la trascendencia de esa irresponsabilidad se acumulará en la historia que juzgue esos actos de prepotencia y abuso, pero hace falta juzgar desde ahora la irreparable consecuencia de futuro, toda vez que la tendencia se perpetúa en conceptos anacrónicos y justificaciones fuera de todo contexto de progreso, desde el discurso y la acción en el dispendio.

México, en su economía, carece de un valor actual que sitúe el uso correcto de recursos; quisiera ampliar este concepto, dado que todo empleo de recursos debe incluir, por simple ética gubernamental, un uso definido y cierto en el futuro:  hasta ahora, lo único que presenciamos es una justificación o simple ajuste presupuestal para no diluir la  dispersión del recurso, que ha trascendido eufemísticamente como “programas sociales”, meta primordial de un sistema socialista que acomoda su propio privilegio de captación de voluntades antes de la planeación y verdadero sustento del recurso. Entonces, tenemos una justificación a modo del destino del recurso, destino que disminuye funciones vitales y rellena con deuda la supuesta función programática del gasto de la nación. Eso hemos vivido en siete años, un acomodo que ha costado un endeudamiento que duplica la deuda histórica, sin creación de infraestructura y sin cobertura de servicios por demás indispensables. 

En estos días estamos experimentando la inoperancia del modelo popular: las inundaciones en varios estados no pueden ser atendidas como debieran; puede existir la disposición y la voluntad del estado ante el dolor y la desesperanza, pero no existe el recurso porque no existió la previsión, no al menos en la administración de López Obrador y en un año del actual gobierno. Existía desde luego, pero fue sustraído todo un Fideicomiso, entre muchos otros para los fines que todos conocemos. La improvisación de siete años ahora permite ver un rostro impávido ante la desgracia, desgracia que nunca será mitigada por tres mil pesos mensuales, que nunca amparó la obra necesaria de desfogue de cauces naturales, de desagüe, de desvío y captura pluvial para fines mejor contemplados en infraestructura abandonada por décadas como en nuestra gran capital. 

El éxito de un agente productivo es precisamente el haber contemplado un valor actual, un valor en tiempo presente que contemple toda circunstancia de empleo de recursos, una evaluación a futuro de las consecuencias de una inversión. En espacios anteriores he detallado las diferencias de la función pública en el sentido de la inversión; las inversiones del sector gubernamental no son todas medibles en materia de retorno pero son medibles para las comunidades y para empresas que aprovechan ese destino del recurso, como pueden ser carreteras, aeropuertos, puertos, alumbrado o cualquier fuente de energía. Los resultados en el sentido de beneficios son medibles, eso hace la diferencia de un gobierno responsable y uno improvisado. Un gobierno debe contemplar el uso de sus inversiones o gasto, como quiera verse, pero en una orientación amplia; este gobierno populista contempló sus propias miras en obra costosa e inútil y la sigue contemplando. Esto es un fracaso anticipado de gestión. 

Las economías abiertas desde luego tienen gobiernos y decisiones propias, pero circunscriben sus márgenes de acción a la conveniencia del intercambio. Ahí radica la acción de gobierno, en la propicia y adecuada actividad de impulso al liderazgo de la creatividad y la productividad, que el gobierno no tiene, por definición. El gobierno no tiene mentalidad de empresario porque no lo es, es simple facilitador de acciones encaminadas a la toma de decisiones de los agentes productivos. Un gobierno responsable obedece a la demanda del agente creador de oportunidades y mercados. Un gobierno como el actual, responde a sus propias interpretaciones de consumo y miras de crecimiento no sustentables; contempla un centralismo equivocado y abstruso. Por esta razón, nos encontramos en un estanco de interpretación de futuro. Abandonar estas premisas equivocadas y centradas en metas un tanto redentoras y fugaces como valores y soberanía, simplemente reditúan en pérdida de tiempo y recursos. 

El inventario propuesto es una revisión de equilibrio, un balance que sitúe nuestra realidad como balance de lo recuperable y lo perdido; dos simples columnas que hagan un sentido del haber y una revisión de propuestas concedidas en la inacción de una sociedad que tal vez nunca contempló la devastación de ese haber al que aludo, por el simple hecho de que ese haber existió y era riqueza de todos. Ese haber no volverá y debería ser lección de futuro. 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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