Biden y el pragmatismo económico

Por principio, Biden le arrebata a Trump el Nacionalismo Económico. Este Nacionalismo no deja de ser un precepto fundamentalista. Comprar americano lo habíamos escuchado desde luego, pero el enfoque de la inversión norteamericana y la orientación del...

9 de noviembre, 2020

Por principio, Biden le arrebata a Trump el Nacionalismo Económico. Este Nacionalismo no deja de ser un precepto fundamentalista. Comprar americano lo habíamos escuchado desde luego, pero el enfoque de la inversión norteamericana y la orientación del gasto y la inversión pública es otro, definitivamente. Se desmantela el beneficio fiscal de las grandes fortunas, se desmantela la cobertura de los privilegios de la administración Trump, que reactivaba la inversión con concesiones amplias en el ámbito fiscal. Duró un año; desde luego reactivó programas de inversión y empleo a un grado de la desestabilización con pleno empleo. No fue suficiente.

La idea patriótica de Biden de “movilizar el talento, el coraje y la innovación del pueblo americano y todo el poder del Gobierno Federal para reafirmar la fuerza industrial y tecnológica de Estados Unidos y asegurarse de que el futuro es hecho en América…” no es un pronunciamiento casual. La diferencia con Trump no es la invocación, no es el nacionalismo de la grandeza de los años; es la realidad que enfrenta un país en un rezago inmerso en una pandemia y en un claro enfrentamiento con potencias que pueden dañar si se lo proponen.

La mira de Biden es objetiva sin duda. Para Biden la investigación y el desarrollo serán insignias de lo que un país líder debe ser. El destino de un presupuesto que reactiva la actividad económica parte de lo fundamental: la producción. El realismo económico que anuncia una era de recomposición, trasciende las fronteras del entendimiento y enlace de cadenas productivas; trasciende toda etapa de predomino de mercados. Su concepción de robustecimiento de la economía es simple: círculos concéntricos que provoquen dispersión de manufactura y de industrialización con el tiempo.

Biden es un liberal y progresista. Su pensamiento económico no difiere de lo que el mundo contempla en materia de recuperación. Hasta ahora sus pronunciamientos conservan la cautela de un regreso inmediato a la cooperación, a las fronteras abiertas de la era Obama, no por oposición a la administración que respaldó, no, simplemente a la imposición de los tiempos. Los Estados Unidos retornan a una figura de liderazgo en relaciones comerciales, lo veremos con China. Lo veremos con Rusia y con el Oriente más próximo. Lo veremos en estricta observancia con sus socios comerciales, Canadá y México.

El rigor de Biden obedece a una disciplina de su propia vida, obedece a la línea que ha definido su acción política de lustros. Obedece también a ese afán de justicia que le ha proporcionado la mesura de sus propias derrotas y la conquista de sus afanes. Es, sin duda, un hombre formado en una dureza que ha abandonado la contemplación y el hedonismo que sonríe a personalidades encumbradas. Es un hombre acostumbrado a las realidades de un acomodo de recursos a circunstancias de vida de toda una ciudadanía. 

Así las cosas, a México se le muestra un rostro más severo del recibido por la administración de Trump. Se acaban los cabos sin atar, se acaban las prerrogativas sin papel de por medio. Se acaba también el discurso suelto, el pronunciamiento retórico y hueco; se acaba la fase de la confrontación que enardece y exalta el clamor popular en esa mira equivocada que confunde valores con redención. No más rescates de lo interno porque lo interno jamás fue traicionado: fue manipulado, fue distorsionado y presentado en un maniqueísmo perverso. 




La era Trump nunca existió; existió un episodio que fue superado por la condescendencia y la conjunción de voluntades muy superiores a la imposición y al autoritarismo. El retorno a la decencia que invoca Biden en pronunciamiento singular, no es retórica pasajera y alternativa de recomposición social, es llamado a la cordura e invocación a la necesaria retrospectiva de orden. Ese orden incluye todo aspecto de la vida cívica de una nación capturada en ese episodio infame que reunió cuatro años. 

Si la democracia hizo presencia en esa recomposición en una gran potencia como lo es la Unión Americana, las virtudes del consenso ciudadano se multiplican en esa esencia que se llama libertad. Los caminos del autoritarismo y la imposición sobre las voluntades de los individuos jamás han prosperado. La historia lo demuestra una y otra vez. Las desviaciones de la voluntad popular, cuando existe, sin coerciones y sin sometimiento, se convierte en dogma y camino de rectificación. El absolutismo existe en regiones marginadas del orden y la intemperancia de los tiempos. Inevitable resulta, en ocasiones, la supresión de voluntades. El camino de la observancia de las libertades no se confeccionó para todos los rincones del orbe. El mundo se tornó libre por voluntad y la voluntad no cundió como bien impertérrito.

México vive un episodio de incertidumbre y en una fase atípica de formación y desarrollo de nación. México vive un populismo inserto en una contradicción social y económica. En lo social la traición a la premisa fundamental de libertad se trastoca mediante un mecanismo fallido de origen que dispendia el producto de la nación y lo dispersa en un afán de retención de voluntades, sin ningún destino ni prerrogativa de permanencia. La apuesta al vacío del recurso naturalmente tiene vida finita. En lo económico, la apuesta reta al crecimiento del producto sin las bases del sustento de la creación del producto mismo. Esta contradicción ha provocado que el sustento referido desaparezca y que el producto se contraiga. 

La situación que prevalece en México, con las bases que en apariencia sostienen la economía, no tiene futuro. En el nuevo despertar que tiene días, días que contarán a partir de la última decena de enero, el T-MEC tendrá una nueva ingerencia en los asuntos de la nación. El respeto a sus preceptos, vigentes hoy, recompondrán la visión y futuro de un país aletargado en su visión y trascendencia económica. Si la visión resulta pragmática, sea, si resulta doctrinaria, sea también. Nunca será resultado de imposiciones, simplemente será un llamado a lo pactado en un Tratado que suscribieron tres naciones.

En ese pragmatismo tendrán turno las inversiones en aguas profundas, las inversiones en energías renovables y las inversiones en renglones necesarios. Vendrá el turno de la infraestructura, hasta ahora abandonada sin más. Vendrá mucho más…

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