Viaje a la utopía

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29 de diciembre, 2020

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Decía Julio Cortázar que de un tiempo para acá los libros son el único lugar donde se puede estar en paz. Con el año terrible a punto de terminar, desmoralizados y con el ojo pendiente en un futuro desconocido, me pongo a pensar en que somos, seguimos siendo y seguiremos siendo por identidad y vocación, el continente de la utopía y de la esperanza; que el nuestro es un viaje sin fin y un encuentro permanente con nosotros y con los demás, algo que nadie puede quitarnos. Utopías, sueños por construir, lo que somos y lo que seremos, viajes por realizar y encuentros por concretar. Venga, levantemos el ánimo y soñemos con ese mañana que nos llama y entre todos, los ciudadanos, podemos hacer mejor.

Utopías son también, en ese sentido, los libros de viajes — reales o imaginarios — como ocurre con el ciclo del descubrimiento y conquista de América; lo son, igualmente, los diálogos caballerescos escritos entre el Renacimiento y los años previos al movimiento de la ilustración. En la medida en que nuevos acontecimientos sociales, políticos y culturales fueron transformando el rostro de las sociedades, nuevos elementos fueron aportándose a las utopías; sin embargo, son esas mismas transformaciones las que van imponiendo nuevas necesidades y exigiendo nuevas soluciones a los autores utopistas que, a fin de cuentas, son una especie de catalizador y de expositor de las nuevas necesidades.

Si aquel cuadro básico de elementos de las utopías parecía completo para el Renacimiento, la exposición de la cultura europea a otras civilizaciones, como las americanas o las asiáticas, implicaron el conocimiento de otras formas de asumir la vida cotidiana. Es verdad que siempre hubo diferencias entre unas y otras organizaciones sociales al interior de Europa, pero las distinciones lo eran de grado y nunca tan radicales como fue el enfrentamiento con el conocimiento de lo asiático y lo americano. De este modo, lo que parecía fatal e inconmovible, como las costumbres y valores, se convirtió en materia de debate, y el diseño de las sociedades posibles hace de las utopías renacentistas, hasta entonces inalcanzables por naturaleza, proyectos de ingeniería social y política de muy largo aliento, pero también de factibilidad posible. Otras formas de expresión, como el discurso político y la novela, enriquecen la manifestación de ideas utopistas, pero sobre todo, incrementan significativamente el flujo de información y la retroalimentación entre la sociedad y el autor, entre el escritor y el lector; a estos nuevos modelos corresponden el Gargantúa de Rabelais y El Quijote de Cervantes y los Ensayos de Montaigne.

Tal vez por su encuentro privilegiado con la nueva realidad americana, España innova en el pensamiento utopista. Cervantes, con El Quijote, lanza la utopía al régimen de lo individual, del sujeto generador de cambios, espejo de deficiencias y bondades y, sobre todo, juzgador último de las instituciones en que vive. Si bien es cierto que la presencia de los sujetos en las utopías que, por regla general son colectivas, es a veces despreciable, alcanza en El Quijote, una dimensión sobrehumana; sobre todo, porque confirma y completa la separación con las utopías que preconizaban el retorno a la naturaleza como modelo ideal e instaura la posibilidad de vivir conforme a las ideas, es decir, en la cultura por oposición a la vida natural. Esta asunción de fueros por el individuo lo convierte en un diseñador de la realidad, de las transformaciones y de las instituciones; si bien la locura del Quijote está inspirada en la idea de que el mundo como se aprecia en tiempo presente es erróneo e incorrecto, el que se piensa ya en futuro o como sustitución de la realidad, es superior y se puede vivir conforme a él tal y como suponen los enunciados de la norma jurídica.

Miguel de Unamuno explica esta antinomia que fundamentará las reflexiones en torno al idealismo y a la acción del individuo en su entorno desde el siglo XVII en adelante. Al tratar del encuentro, casi diríamos contrato de vasallaje entre Sancho y el Quijote, dice Unamuno en el que, posiblemente sea el mejor análisis escrito en castellano en torno a la obra de Cervantes:

Ya tenemos en campaña a Sancho el bueno, que dejando mujer e hijos, como pedía Cristo a los que quisieran seguirle, “se asentó por escudero de su vecino”. Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz alta y sin rebozo, para oírse a sí mismo  y para oír el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fue su coro, la humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda.

De esta disensión con la realidad no se separarán en adelante las utopías. Se trata pues, de una de las transformaciones más importantes respecto del modelo planteado por los padres fundadores del género. Si en la utopía renacentista el modelo ideal era más bien contemplativo y si en ella, como en las posteriores, su contenido nace de las angustias y anhelos de la sociedad real, después del Quijote, la utopía es enemiga abierta de la realidad y propone un modelo a seguir en sustitución del que se tiene; a más de ello, el modelo sugerido no tiene siquiera que ser racional, se basta a sí mismo en su justificación y solo requiere ser mejor, más digno, mas cierto y aún más hermoso; pero no es por necesidad, obra de una racionalidad acertada. Las sociedades, por su parte se identifican con este tipo de utopías — lo que no sucedía ni podía suceder con el modelo renacentista —, porque las utopías posteriores al siglo XVII, buscarán llegar al individuo de todos los días y explicar a quienes toman las decisiones colectivas, el ser y la razón de aquellos a quienes gobiernan.

El Quijote vio la luz en 1605, apenas unos años después de que en la práctica se hubiera concluido el proceso de conquista de América; este dato es significativo, porque da fin al ciclo de pensamiento en torno al buen salvaje. Después del descubrimiento y la conquista, los excesos y la burocratización habían terminado por dar muerte a la sensación de tierra virgen y esperanzada que predominaba en torno al encuentro de los dos mundos. América, sin embargo, había nacido para la utopía, es decir, para lograr aquello que en Europa ya no era posible: una sociedad nueva, sin los vicios ni las corrupciones de Occidente, había tenido como protagonista al hombre natural, al buen salvaje. Este personaje mítico, cuya inocencia se basaba en la ignorancia y cuya bondad se fundaba en el contacto íntimo con la naturaleza, debía dejar su sitio por el del colonizador, el del constructor de la nueva realidad. Al momento en que Cervantes da a la prensa su novela, las cosas se han transformado y lo que ve don Quijote está fuera de todo tiempo y lugar, porque se trata de un reclamo de lo universal sobre lo particular; el predominio, en fin, de la idea sobre el impulso de la naturaleza. No volveremos a ver, en adelante, a nadie que desee volver a la edad de oro, sino más bien de construir una nueva ya partir de la sociedad vigente, ya arrasándola desde sus raíces para establecer el nuevo orden del mundo.

En América Latina, este impulso es todavía más notable. La idea de la cultura como creación del mundo y la negación de los impulsos naturales como determinación de la bondad social están presentes incluso en las utopías con tendencias más indigenistas. El sentimiento de naturaleza resulta, a los ojos de los autores americanistas de suyo eurocentrista, pues consiste en volver a un pasado que le fue adjudicado a América pero que nunca constó en su imaginario colectivo.

Si bien América Latina se inventa a sí misma de manera permanente, lo hace buscando su propia cultura y su propia identidad. Construyendo siempre, edificando a través de ensayos y errores; al contrario de lo que sucede en culturas políticas como los Estados Unidos, donde la suma de la voluntad popular y la racionalidad de las normas le da sentido y permanencia, en América Latina todo se reduce a la forma de racionalizar el ser de cada pueblo y el ser del continente; negar la naturaleza, la determinación biológica del ser para instaurarla como razón última universalmente aceptada es la tarea de las utopías de la región.

@cesarbc70

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agosto 12, 2022
Es un buen tiempo para ser fanático de la saga The Last of Us, una de las propiedades intelectuales más importantes de Sony. En menos de un mes, The Last of US: Part I, un «remake» para PS5 del título que vio la luz en PS3 en el ya lejano 2013, llegará a las tiendas físicas y digitales. ¡Y vaya relajo que se armó dentro de la comunidad por este hecho! Sin embargo, la discusión acerca de si esta nueva versión está justificada (y que salga a precio completo similar a juegos nuevos, es decir, cerca de 70 USD) es tema para otro día. Además, pronto se estrenará una adaptación televisiva de la mano de HBO. Así que, a colación de esto, me gustaría hablar acerca del título desarrollado por Naughty Dog, el cual se ha convertido en una vaca sagrada del gaming en los últimos años. Advertencia: este juego no me gusta mucho. Al menos, no tanto como a la mayoría de los jugadores. Procedo a explicar mis razones. Si he de trazar un paralelo con otra forma de entretenimiento, para mí la devoción que genera The Last of Us me parece tan incomprensible como la que generó el álbum OK Computer de Radiohead a finales del siglo pasado. Es decir, ambas son obras de enorme calidad, con momentos de puro gozo. Sin embargo, si uno ve el panorama de sus respectivos campos, hay obras que resultan tanto o más valiosas y que rara vez reciben el mismo reconocimiento. ¿OK Computer en verdad es el mejor álbum de la misma década de Massive Attack, Aimee Mann, Morphine, Ween, Nirvana y Björk? De la misma forma, ¿The Last of Us es en verdad el mejor videojuego en la misma generación en la que gozamos la trilogía de Bioshock (1,2 e Infinite), Mass Effect, Grand Theft Auto (IV y V), Portal y Metal Gear Solid 4? Así que veamos cada uno de los apartados de The Last of Us. Trama: Un mundo después de la pandemia Comencemos por hablar un poco acerca de la historia, la cual es, para muchos, uno de los atractivos principales del título. La trama nos sitúa en un mundo azotado por un hongo llamado Cordyceps, el cual convierte a los humanos en seres violentos conocidos como los “Infectados” (very creative indeed!). La población está aislada en zonas de cuarentena debido a esto. Joel (el protagonista y a quien controlamos durante el juego) es un contrabandista, quien recibe el encargo de llevar a Ellie, una joven que aparentemente es inmune al hongo, hasta un asentamiento de un grupo rebelde conocido como “Las Luciérnagas”. Hasta ahí nos quedamos con la historia, para no entrar en los famosísimos spoilers para quienes aún no lo hayan jugado y tengan intenciones de hacerlo. Sin embargo, para mí, la historia del videojuego es uno de sus puntos más débiles: pretty standard stuff para un videojuego. Zombies, un entorno postapocalíptico y armas a montones. ¿Acaso no es básicamente la misma premisa que la saga Resident Evil? ¡Oh, perdonen! The Last of Us pretende contar una historia seria, carente, al parecer, de los elementos Over the Top de la saga insignia de Capcom. Esto es otro elemento que me ha dejado un sabor de boca un tanto amargo: la seriedad de la narración que a veces ronda con lo pretencioso. En varios momentos, parece que Naughty Dog nos quiere convencer de que esto no es solamente un juego. “¡Vean! estamos contando una historia harto seria! Sí, hay zombies, pero estamos siendo serios, ¡de veras!”. Calma, Neil Druckmann (el director del juego), ya entendimos. En el aspecto positivo, debo reconocer que la dinámica entre Joel y Ellie (casi como de padre e hija) resulta muy natural y humana, y entiendo que muchos jugadores empaticen con ambos. De hecho, si bien la historia no es nada novedosa, la dirección y el guion brindan algunos momentos enternecedores e intensos. Aspecto técnico: la joya de la corona de PS3 El aspecto técnico de The Last of Us es una de sus mayores ventajas y, siendo uno de los títulos importantes de la generación de PS3, su desarrollo contó con un equipo que ya conocía bien cómo crear videojuegos para la consola de Sony. Las vistas de este Estados Unidos devastado son en verdad gloriosas, con escenarios amplios, definidos y coloridos. La dirección de arte en verdad te hace sentir dentro de este mundo derruido que Naughty Dog creó. La variedad de escenarios no falta: viajaremos por edificios, bosques, alcantarillas y más. El modelado de los personajes también es excelente, con movimientos y expresiones faciales muy naturales. Las escenas también están muy bien dirigidas, lo cual no debería ser sorpresa viniendo de la misma desarrolladora de la serie Uncharted. El aspecto técnico es impecable y derrocha calidad por todos lados. Por ello, aunque el título fue remasterizado para PS4 un año después, el original sigue siendo uno de los que mejor se ven en PS3. Jugabilidad: third person shooter con tintes de horror Ya que dejamos los halagos atrás, entremos en el aspecto de jugabilidad. A ver, creo que una buena definición podría ser: Shooter en tercera persona + ligeros toques de sigilo al estilo de Metal Gear Solid / Assasin’s Creed + leves toques de terror. El control es fluido (aunque algunos jugadores lo encuentran un tanto torpe, para mí está bien) y el modo de juego tiene la variedad justa para no caer en la monotonía, pero no hay algo que The Last of Us haga que no se haya visto en varios títulos más y, en ocasiones, de mejor forma. El avance es lineal, lo cual no es una desventaja en sí misma. Tal vez lo más atractivo sea el aspecto táctico del juego. En ciertas situaciones, debes elegir la forma en la que enfrentarás a los enemigos con los que te encuentras. Aunque, en la mayoría de los casos, el ataque frontal con armas de fuego asegura la muerte de Joel. Las secciones en las que debes ser sigiloso para evitar una muerte instantánea ante cierto tipo de enemigos resultan emocionantes, eso sí. En fin, que el aspecto jugable de The Last of Us, mientras que no es malo o aburrido, tampoco es tremendamente espectacular o innovador y sólo es una excusa para avanzar la historia. Conclusión Para mí, al menos en mi humilde opinión, para que un videojuego entre a ese panteón sagrado de los mejores de todos los tiempos, debe ser uno que empuje al medio un paso más allá, ya sea en aspectos técnicos, narrativos o de innovación. Todos aquellos que jugamos The Legend of Zelda: Ocarina of Time en su época, allá por 1998, tenemos al título de Nintendo en tan alta estima por eso mismo: fue uno de los primeros títulos que aprovechó la tecnología de ese momento (el N64) y, de un solo golpe, mostró el potencial de las aventuras de acción en 3D. En verdad, TLoZ:OoT fue un título cutting edge en su época. Por otro lado, The Last of Us parece más, en el mejor de los casos, la culminación de los videojuegos de disparos en tercera persona con toques cinemáticos. Esta visión la puedo entender, aunque no compartir: como dije, la historia y sus personajes no me parecen nada especiales, además de que hay pocas innovaciones en el aspecto jugable. Lo mejor que puedo decir es que es en verdad un prodigio técnico, que aprovechó al máximo la potencia del PS3. Sin embargo, este resultado es de esperarse al ser uno de los títulos lanzados en el ocaso de la consola. Para mí, a The Last of Us le falta ese algo, esa chispa que me haga ponerlo al mismo nivel de otras obras del videojuego. Fuera de su historia, que resonó con muchas personas, no veo que esta obra de Naughty Dog haya hecho algo que no se haya visto antes.

The Last of Us, ¿la obra maestra de Naughty Dog?

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