Tejer historias para salvarnos

Estos tiempos de exceso de pantallas amenazan con llevar nuestras neuronas a la extinción.

10 de marzo, 2026

Alguna de las tareas de la tercera edad tiene que ver con el mantenimiento de la salud. Lo que en la juventud se da por sentado, conforme pasan los años comienza a ser una especie de libro de contabilidad, de esos que solían llamarse “libros de cuenta y razón” con sus columnas de “deberes” y “haberes”.

En uno de tales menesteres de salud me hallaba el día de ayer, cumpliendo con una cita médica para ver cómo se está portando mi corazón, que un par de veces se ha querido salir del huacal. Para ocupar mi espera llevaba una edición de bolsillo de la SEP con parte de la obra de Jorge Ibargüengoitia, el guanajuatense que nos enseñó a no tomarnos tan en serio las contrariedades de la vida. “Sálvese quien pueda” es una compilación variopinta de ensayos cortos, además de un sketch de tiempos de la Independencia donde destacan las figuras de los Corregidores, en particular la de ella y su férrea voluntad, que, señala el autor, puso en riesgo de cambiar el desarrollo de la Historia de México.

Leyendo el tiempo vuela. Cuando el autor habla sobre la resolución de crucigramas en sus tiempos, me transporté a mi propia infancia, en que yo hacía lo mismo; pensé que la IA le ha quitado mucho del encanto a ese desafío verbal, pues introduciendo en Meta o Copilot el complicadísimo enunciado que indica la palabra buscada, nos arrojará la respuesta. De seguro es una de las razones de la depresión hoy en día: no poder saborear la conquista de muchos desafíos. Mientras esas reflexiones hacía me percaté de que no me habían nombrado. Retomé mi lectura, terminé con el índice de la obra y todavía no me pasaban. Entonces, tal vez muy inspirada por el autor clásico de la sátira mexicana de la primera mitad del siglo veinte, me puse a observar a quienes me rodeaban. Grupos familiares en los que destacaba uno de dos adultas y dos niños. De estos últimos la niña que consultaba y un niño de unos tres años que a todas luces se ve que es la adoración de las dos mujeres. Me puse a imaginar cómo iba a crecer si la familia lo sigue tratando con tanta permisividad, haciendo lo que se le pegue en gana. La hermanita, un par de años mayor, era más que evidente que no gozaba de iguales privilegios.

Entre salto y salto del pequeño observaba al resto: Tres de cada cuatro adultos con la mirada fija en su teléfono móvil, algunos con un reflejo intermitente de deslizar la pantalla, otros siguiendo de esos TikTok que terminan con una risa estridente, siempre la misma. Ahora que ando descubriendo la IA me pregunté si es una misma banda sonora que le meten a esos videos, o si los autores de dichas historias bobas se ríen todos igual. Frente a mí una adulta joven y otra mayor compartían una misma pantalla, entretenidas hasta que entró una llamada que las interrumpió. Mientras a mi lado, primero escuché un capítulo de una telenovela sudamericana con moraleja, y al final de la mañana, cuando yo seguía sin ser llamada a consulta, se instaló un hombre bastante mayor entretenido en algún juego en línea, de esos que terminan con un sonido que recuerda al bugle de trompeta que se emite al inicio de las carreras en los hipódromos. Estar escuchando ese sonido de manera repetitiva, ya me tenía algo fastidiada.

Vino a mi mente un artículo sobre Japón que acabo de leer: Indica que es mal visto que la gente hable durante su tránsito en tren. No conozco Japón, pero recordé algo parecido que atestigüé en un tren de Francia. Un pasajero vecino recibió una llamada y salió hasta el espacio entre vagones a contestarla. Entonces me quise imaginar a un extranjero, en particular japonés, con su espacio vital tan silencioso, sentado entre todos los asistentes de la sala de espera institucional con aquella pléyade de sonidos y estridencias… ¡Se habría vuelto loco! 

En ese momento comenzaba el turno vespertino, los rostros se renovaban, las historias partían de cero, nuevas consultas a punto de arrancar, cuando finalmente escuché mi nombre en la puerta del consultorio. Fue hasta entonces que me enteré de que me tenían reportada como “ausente”, y estuve a un pelo de no ser consultada, aunque ya me habían tomado el electrocardiograma de rigor. ¡Misterios de la medicina institucional!

Finalmente me quedé pensando, muy al estilo de Ibargüengoitia cuando andaba de buenas (porque también le daba por andar de malas y sulfurarse): De cuánto me habría perdido si me hubieran pasado a consulta cuando me correspondía. ¡Tuve una oportunidad única de aprender mucho sobre la condición humana! Y de reafirmar la forma como las pantallas digitales tienden a ponernos zombis, con grave riesgo para nuestra sociedad, por pérdida de la masa crítica requerida para garantizar el desarrollo de los cambios necesarios para todos. Y, de remate, para quien pueda criticarme por andar hurgando vidas ajenas, debo decir en mi descargo que de esa fisgonería se alimenta el oficio de escribir, que nos permite crear historias que nos den sustento. Así ha sido siempre, y es más necesario en nuestros días, hoy que la vida, en todas sus expresiones, suele transmitirse tan sin filtro a través de pantallas que tienden a llevar a la extinción a nuestras neuronas.

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Maria del Carmen Maqueo Garza
Coahuilense, pediatra retirada, apasionada de la palabra escrita. Colabora en diversas publicaciones periódicas digitales e impresas. Autora de varios libros. Bloguera. Incansable aprendiz de la vida.
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