“Su destino está a la izquierda”

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24 de noviembre, 2020

Nuevos personajes se avizoran en el horizonte, algunos ya son tan habituales que ni siquiera nos damos cuenta de su existencia. Uno de ellos, incorpóreo, como muchos de hoy, es la vocecita femenina de la guía de geolocalización “güeis” (si nos queremos evitar la pena de ser reconvenidos por usar una marca registrada y aun así queremos entendernos). La vocecita es amable, un tanto cortada a lo digital, es cierto, pero hasta hace unos meses tan habitual oírla que es casi la voz amiga. Hace unos días, obligado por la necesidad, he tenido que aventurarme a esas calles del Señor donde parece que nada pasa ni ha pasado y que la vida hubiera recuperado su engañoso ritmo. Como no soy tan osado, he preferido salir de casa a lo astronauta, es decir, con cubrebocas, lentes y careta y equipado con mi omnipresente gel desinfectante, al cual recurro con la sensación de que un día me voy a hacer un hueco en la palma de la mano o por lo menos la piel se me volverá transparente. La gente me mira con expresión de condescendencia, apiadándose de mi cobardía y dándoselas de listillos; yo, por mi parte, recurro a la antigua expresión de Góngora: “Ande yo caliente y ríase la gente”. 

El hecho es que cuando voy llegando al lugar de mi cita, la voz me dice: “Su destino está a la izquierda”. Sonrío y pienso: ¡siempre! Y es que la ambivalencia de la frase me ha despertado la reflexión y la melancolía. Desde muy joven pensé que el destino de mi país y mi continente era a la izquierda. Crecí en los últimos días de la Guerra Fría y lo que me tocó ver fueron las ruinas de una izquierda que me parecía gloriosa, efervescente y revolucionaria. Sí, la que había liberado a Nicaragua, la que había construido sueños en Cuba y enfrentado al gigante imperialista, la que en Chile se había alzado victoriosa con el triunfo en las urnas para ser aplastada después por las botas sanguinarias de traidores financiados por la CIA. Pero todo eso eran leyendas, yo era un niño cuando murió Franco, cuando entraron los tanques en Managua y lo que me tocó fue el desastre, la decadencia; nunca pude comprender a fondo el frenesí por la caída del muro de Berlín y claro que me alegraba mucho que la gente fuera libre de ir a donde se le pegara la gana, pero en el fondo había algo que no me cuadraba, igual con la Perestroika, la Glasnost y el derrumbe de la Unión Soviética y el colmo ya me cayó cuando alguien declaraba que  había llegado “el fin de la historia” y “el último hombre” y en adelante todo sería coser y cantar porque las ideologías se habían muerto; al carajo tanta trova y tanto sombrerazo, de ahí en adelante el mercado y la empresa se harían cargo de todo. 

La sonrisa triunfal de Tatcher, Wojtila y Reagan no me convencían del todo porque, dijeran lo que dijeran, en América Latina y en México seguíamos teniendo pobres, racismo y exclusión para echar para arriba. Y por más TLC y acuerdos de complementación, nomás no nos hacíamos güeritos del primer mundo y todo lo que por décadas aprendí a soñar había resultado un error y Gorbachov se ponía su gorrito para tapar el lunar y decía “usted disculpe”, recogía su cara que se le caía de vergüenza y se retiraba. Total, aquí no había pasado nada.

Y la voz del geolocalizador tiene la alegre desfachatez de decir que mi destino está a la izquierda: qué ironía. Veo lo que les enseñan a mis hijos en la escuela, ya lo había identificado con los estudiantes en grados superiores: la Guerra Fría no pasó, la Unión Soviética no existió y las luchas de liberación y descolonización nunca ocurrieron, nada quedaba de esos días y si bien es cierto que las circunstancias no ayudaban, mire usted, amigo lector, con tan mala suerte que las Torres Gemelas se vinieron abajo el 11 de septiembre, digo, como para rematar la efeméride y ya nadie se acordara del día del golpe contra Allende. Pero cuando bajo del coche y me dirijo a mi cita, me doy cuenta de que la culpa también fue nuestra. Nos pasó como cuando éramos muy jóvenes y la chica más bonita de la fiesta nos había dicho que sí y nos tocaba llevarla a bailar y cuando la teníamos enfrente, oyendo las “calmaditas”, nos quedábamos como mudos y bobos sin saber qué decir y luego nos dábamos de topes llorando la oportunidad perdida; porque no aprendimos nada, no hicimos autocrítica, no descubrimos en el continente cómo hacer realidad la promesa que nuestros abuelos nos habían depositado, la de la esperanza alegre de hacer de este un mundo mejor. Y la izquierda se desgastó, al menos en México y no menos en otros países del continente, haciendo malabares para seguir siendo de una izquierda descafeinada que no asustara al elector, cambiando de programa en cada ejercicio electoral, derivando entre el populismo y la componenda y todo, todo ese mar de errores, por no atrevernos otra vez a decir que lo que necesitamos no es más riqueza, sino más justicia en su asignación. Hoy que ya la epidemia ha hecho lo suyo, son los cantores del neoliberalismo, el capitalismo y el mercado los que deberían decir “usted disculpe” y si tienen cara, llevársela lejos.

Pero ya ve usted, son cosas que sueña uno cuando una voz digital tiene el descaro de decirle a uno que “su destino está a la izquierda” y uno tiene la inocencia de creerle.

 

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Gracias a la ventaja de los envíos a domicilio, un par de días después lo tenía entre mis manos. Me llamó la atención que su autor fuera un médico patólogo mexicano, además de escritor, al que –debo decir—no conocía. Su nombre es Francisco González Crussi y el del libro Más allá del cuerpo, obra recién publicada dentro de una numerosa colección de tratados literarios del mismo género. Comencé con el primer ensayo que me resultó muy apasionante. En él habla sobre la embriogénesis y la conceptualización que sobre sí mismo desarrolla el ser humano a través de la historia. Disfruté cada línea, cada párrafo. De una forma muy poética, iniciando en la Grecia clásica, se expresa en torno a órganos anatómicos específicos en variadas especies animales, hasta convencernos de que nosotros los humanos no somos tan distintos de otras especies, como nuestra soberbia nos lleva a suponer. 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CARTAS A TORA 242

Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora,...

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