Recorrido por la comida de Tierra Caliente

A pesar de la carestía y del callejón sin salida en que nos encontramos, la cocina ha resistido en su sazón. A pesar de la carestía y del callejón sin salida en que nos encontramos, la cocina...

30 de agosto, 2018
RHT
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A pesar de la carestía y del callejón sin salida en que nos encontramos, la cocina ha resistido en su sazón.

A pesar de la carestía y del callejón sin salida en que nos encontramos, la cocina ha resistido en su sazón. La comida regional recibe influencias, recibe embates pero no pierde su línea, antes al contrario, se transforma para acompañarnos con sus mejores sabores.

El pozol, diré esta palabra porque fue la primera que escuché: pozol servido en poche de barro; con las variedades que nos han llegado de otros lugares (aquí lo comíamos en rojo y de huesito y todos los días lo podíamos conseguir), lo podemos encontrar los jueves en fondas y restaurantes. El pozol blanco, verde o rojo, con sus tacos dorados, las tostadas, el aguacate, un pedazo de chicharrón y todos los aditamentos que se le pueden agregar (aquí lo comíamos con cebolla y chiles serranos rebanados, además de orégano despolvoreado y con su jugo de medio limón) es una muestra de los buenos tiempos que pasan nuestras mesas.

Hay familias que se han mantenido del humilde y oloroso pozol. Aquí una línea sin remilgos: alguien pasaba por la calle de una pozolera afamada que vendía en la plaza, y como los patios estaban a la vista de todos porque no había bardas y los límites los fijaban acaso cercas de alambre de púas, veía como las ollas estaban a la merced de los perros y los puercos que comían los asientos. Más de un viandante llegó a decir: “Aun así ¡qué sabroso está el pozol!”.

Un platillo cuesta entre cincuenta a ochenta pesos. Un plato de comida corrida cuesta cuarenta pesos. La Coca–Cola de vidrio anda rondando los veinte pesos. Amigo del futuro, si lees esta crónica, esta es la carísima realidad de nuestros tiempos. Lejos quedaron los días en que se comía con poco dinero. Un día de 1992 vi cómo una madre soltera, madre de cuatro, mandó al mercado a uno de sus hijos a comprar para el almuerzo. Con lo equivalente a diez pesos de ahora, aquel muchachito compró cinco de chorizo, dos de jitomates, uno de chiles y dos pesos de tortillas. Aquella mañana, que ahora me parece de almuerzo extraordinario, todos comieron una rica longaniza en chile verde.

Cualquier creyente de la decadencia del mundo, al saber cuánto han subido nuestros alimentos, sostendría, apocalíptico, que el fin de los tiempos ya está en el umbral de nuestras puertas… Y, sin embargo, a la hora de comer, contrariado diría que el buen gusto de la comida permanece a pesar de las asechanzas y de la desidia. Se come sabroso tanto en la casa del pobre que hinca su cazuela llena de tizne en paranguas, como en los mesones más caprichosos y sofisticados. Y no escribo esto porque esté pensando en aquella frase de que “el hambre es la mejor de las salsas”, sino porque en nuestros pueblos, el ingenio de cocineras y cocineros permanece. La intensidad de la luz de la una de la tarde, el circundante calor y la sombra de un pinzán influyen de buen grado en la cocción de los alimentos. El mundo, entonces, gracias a aquellos, no está en decadencia. El día del juicio final, muy a pesar nuestro, quedarán los platos llenos de suculenta comida. Por aquí somos amigos de los ajos y cebollas, atinados amigos de porciones de sal y frecuentadores, estando al pie del molcajete, de las especias, que por acá les llamamos comistraje.




Si la pobreza hace milagros, por aquí hay una pista… Nuestras mesas han resistido los embates de la recaudación avasalladora que está fuera de la ley. Con poco dinero, las familias hacen rendir los jugos, los asados y las salsas. ¡Las salsas! Esa gran creación cotidiana que salva comidas enteras de la insipidez y lo desabrido.

La comida, la hora en que nos sentamos a masticar a dos carrillos, es un rito y una fiesta. Es la hora propicia para la conciliación con uno mismo. Es reposo de las desazones y las preocupaciones cotidianas.

‒¿Qué ha pasado con el pollo?

‒Nada, señito, es el precio fijado…

‒Sí, pero yo lo decía por las pechugas aplanadas. Ya no son como antes, grandotas, macizas, que hasta daba gusto dorarlas… Ahora se desbaratan en los dedos…

 

‒¿Qué ha pasado con el queso, el requesón y la nata?

‒Nada, señito, así nos lo entrega el señor. Y no hay para dónde hacerse ni quejarse.

‒¡Ay, señora! Una es tonta para las cuentas; pero este queso no hace mucho costaba treinta pesos y no más de repente a sesenta.

‒¿Qué quiere, usted? El proveedor nos fija el precio. Uno no es libre… No me haga hablar…

 

‒¿Qué pasa con las carnes, señor?

‒Nada, jefita. Lo mismo que en todo. Ya ve, ¡cómo nos subieron el agua!: ¡tres pesos libres de polvo y paja por garrafón! Pero no se vaya. Dé la vuelta por aquí. No se vaya a caer. ¡Dígame! ¿Cuánto de retazo le doy?

 

El ingenio y el buen sazón es el fuego incesante de nuestras estufas a pesar del gobierno y la impunidad. La compra y venta de chivos y carneros pasan por el monopolio de la ambición y la violencia. El peso de las vacas pasa por la báscula de quinientos pesos. Algo descabellado disparó el precio de nuestros alimentos. La vida cuesta, ya sabemos, pero no debe costar a merced de unos cuantos. La fuente primigenia del flujo de nuestra economía ha sido violada y envenenada. Envenenada porque los comerciantes, a la sombra del ubicuo señor crimen organizado, con artilugios que no les faltarán nunca bajarán los precios.

Durante la madrugada cayó un fuerte aguacero. Una capa tenue de lodo resbaladizo cubre el pavimento de las calles adyacentes de los dos mercados de la ciudad. Los comideros están concentrados en la preparación de sus guisos y caldos. Las nubes van recorriéndose y dejan ver un azul majestuoso. Los primeros rayos oblicuos de la mañana caen sobre los techados de las plazas. Es hora de buscar un desayudo. Tomamos el primer pasillo del mercado y nos encontramos la calabaza enmielada, los camotes cocidos u horneados, los uchepos, que junto con las toqueres, son lo más querido, sencillo y original de nuestra comida criolla. Alguien, en algún lugar lejano estará acordándose de los desayunos de nuestra ciudad y dirá, acaso lleno de nostalgia y tristeza: “Qué sabroso se desayuna en Altamirano… Nada más se necesita dinero…”.

Las toqueres son tan simples que nada más se hacen con la masa de elotes sazones y manteca. Así las hacíamos hasta que la entrañable Luz, Luz viajante, Luz madre, Luz sabia, Luz que crece con el recuerdo nos aconsejó que al amasijo le echáramos harina y azúcar (échenle, guaches, sin miedo), sabedora que así las toqueres ganarían en suavidad y sabor. Así fue cómo crecimos comiendo toqueres y queriendo tanto a Luz…

Y ¿qué les parece si llegamos a donde la moronga? Aún podemos encontrar la cucharada regateadora de cinco pesos. La moronga que se come directa o guisada para que rinda. Moronga del mercado, moronga de Chive que vende en su triciclo y que se ha ganado el gusto criollo del pueblo. En pocas horas acaba las últimas moronas de hígados y entresijos.

Los cocineros, estoicos, esperan con sus rostros iluminados por las buenas esperanzas. Las fondas, el lugar donde los pobres más pobres aspiran a ganarse un taco lavando los platos, esperan a la caterva de comensales de buen diente. Ya humean las cazuelas del aporreado, los asados de pollo y pescado, la panza y los caldos de bagre y camarones. El cuche en chile verde merece mención especial porque hasta en los noventa era el platillo de la comida de los domingos. Cuche picoso. Quien iba al mercado, ya se sabía, regresaba con un kilo de puerco. ¿Y qué decir de las combas? Leguminosas que se guisan igual que los frijoles, nada más con dos o tres ramitas de epazote, son ricas en hierro y más de un glotón internacional ha dicho que son más sabrosas que los frijoles. Las aguácatas, gordas rellenas de combas aún se pueden conseguir en algún puesto desmirriado, desmirriado a primera vista, pero donde uno come a cuerpo de rey.

Agasajemos al familiar o al amigo que nos visita de otra ciudad y para no errarle sentémonos a la mesa de uno de los muchos puestos de birria. Birria de chivo, muy codiciada, ya nada más queda la fama. Pero birria de res, con sus tortillas moradas, auténticas o de color artificial, y con su ración de pico de gallo, el visitante se levantará lleno y satisfecho.

Aunque de mano en mano nos lleguen platillos de otras latitudes y otros sabores, en las fiestas aún no se olvidan los platillos criollos para compromisos sociales: la birria (¿desde cuándo en molotes?: envoltorio en papel aluminio), frijoles puercos, mole rojo y mole verde, muy sabrosos y muy auténticos, que con sus tamales nejos, los podemos lucir en cualquier competencia y salir muy ufanos.

¿Qué decir de las carnitas? En los noventa se acabaron las carnitas al estilo Ciudad Altamirano. Hechas por la Karina padre y la Karina hijo. El vicio y el desparpajo de estos hombres los llevó a otras tierras. Sin embargo, nos hemos llenado de sabrosas carnitas al estilo de nuestro vecino Estado de Michoacán. La Karina hijo, vendía sus carnitas en una carretilla, y era considerado con los guaches pobres y descalzos que le salían al paso porque al despachar, les daba un pedazo por aquello del antojo.

El día descansa en el sopor de las cuatro de la tarde. Los platos se han recogido. Esperan, ya en la tardecita, el movimiento de los puestos de tacos, puestos de comida rápida y cenadurías. Sin leer El progreso improductivo de Gabriel Zaid, muchos lugareños instalaron sus puestos de tacos. La agilidad conque se pone un puesto de cena es un puñetazo a la parsimonia de la burocracia. No hay quien se mofe más de lo institucional que un trapo húmedo que limpia los manteles de una mesa de comensales. “Deme una orden de cecina”, “Otros dos de suadero”, “Yo voy a querer dos de chorizo y dos de tripa”, “¿Tiene de ubre?”, “Vaya a comprarme veinte de vísceras”, son palabras letales para olvidar el diálogo de sordos y la falsa retórica de nuestros gobernantes.

Las horas de la noche se van como agua. Las cenadurías no se dan abasto: “Una carne asada”, “Un pollo en chile seco”… Recorro todos los puestos de cena y me da la impresión que todos se llaman “La Esperanza”. Surgen todos los días. Hay cuadras repletas de puestos de cena. Son la salvación. En el fondo, en Ciudad Altamirano, todos aspiramos a un puesto de cena. Llego a los arrabales, un puestecito de una sola mesa, con un foquito en la pestaña de la casa que riega una luz mortecina, nos espera con unas sabrosas enchiladas rojas y una pieza de pollo dorada. Así de insospechado es el mundo por acá.

En esta temporada de aguas ha llovido poco. Habrá pocas cosechas. El maíz que consumimos es importado por los empresarios tortilleros. De cualquier modo, por las pocas cosechas, los precios subirán. La noche en las calles, sin los puestos, se hace inmensa. El cielo cuenta más de una decena de estrellas. Esta noche no llevará. Yo, que me crie en un puesto de cena, donde escuchaba pláticas de espantos y apariciones, y veía pasar a la pobreza, apuro mi paso para llegar a mi casa.

Comentarios
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despacho para poder  “hacer mi tarea” como me aconsejó Doña Rosita Salas. Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre. - Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando.  - Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho. - ¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven? - Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla. - Y recién hechecito. - ¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino? - Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo. -Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes. - Y en jarritos,  como debe ser. - Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien. Jarrito en mano, nos encaminamos al escondite, y una vez ahí nos sentamos sobre la banquetita que yo llamaba el redondel, listos para la plática que no habíamos podido tener. - La última  vez que anduvo usted por aquí, ya no me dijo nada del perfume; por cierto que lo recogió mi esposa,  pero si lo necesita de nuevo, nada más me dice. - Gracias Don Marcelino; yo le digo.  No me sentía yo en ánimo  de relatarle lo que había sucedido con el perfume, y no creo que Don Marcelino lo imaginara; sin embargo, había algo en su mirada siempre viva, que parecía decirme que sabía que algo  había ocurrido aunque no podría saber exactamente qué.  - ¿Y qué le dicen los diarios y las cartas, joven Pecos? - No he leído todo, Don Marcelino. Hasta ahora he revisado algunas entradas del diario de 1942, que comienza en el mes de junio y un diario que estaba en la otra caja, que es de 1943 y que encontré de casualidad, porque yo creía que todos   los diarios estaban en la misma caja. - Usted revise todo lo que quiera. Incluso me dijo mi esposa que a la mejor le vendría a usted mejor llevarse las cajas a su casa y leerlas sin necesidad de estar yendo y viniendo. - No se me había pasado por la cabeza la idea, Don Marcelino, si de verdad no hay problema, me las llevo. ¿Pero podría seguir viniendo? - Una cosa no tiene que ver con la otra, joven; además, si le soy sincero, creo que todas esas cosas no aparecieron  para que las leyéramos nosotros… - Caray, Don Marcelino, me sorprende  usted porque no esperaba esto, muchas gracias. Debo decirle que he estado pensando  en esta casa, y  desde cuándo comenzó a llamarme la atención. Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! 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El día de hoy se cumplen 29 años de su deceso. Fue un pintor de estilo figurativo idiosincrásico, caracterizado por el empleo de la deformación pictórica y gran ambigüedad en el plano intencional. Autor de 584 pinturas y de alrededor de 600 dibujos.  Considerable ambivalencia puede además ser detectada en comentarios suyos, tales como “quisiera que mis pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas, como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y un trazo de eventos pasados, como el caracol que deja su baba» o «acaso algún día logre capturar un instante en toda su violencia y toda su belleza”. Estilísticamente, a lo largo de su carrera Bacon recurrió tanto al surrealismo como al expresionismo, mas su obra pertenece a aquello que se denomina Nueva Figuración o Arte Neofigurativo, tendencia de posguerra que retoma la figura humana pero a su vez también la distorsiona. ​Bacon posiblemente sea el representante más destacado de la mencionada tendencia.  A la pintura de Bacon también se la considera en términos de "Arte Existencialista". Y, si bien todas las designaciones mencionadas son pertinentes en el caso de Bacon (y a veces incluso complementarias entre ellas), lo cierto es que la pintura de Bacon suele por lo general resistirse a ser clasificada. Y ello no es accidental: a lo largo de su carrera como pintor, Bacon declaró no pertenecer a ningún movimiento artístico, sin por otra parte alinearse o identificarse con ninguno de ellos.  Solo Picasso representaba para Bacon la gran fuerza creadora e inspiradora, el referente artístico potente por excelencia y el punto de partida para toda posible contribución del anglo-irlandés en su quehacer plástico. En efecto, Bacon se inició en el arte desarrollando una línea pictórica postpicasiana y basándose en la vía abierta que Picasso dejó entre la figuración y la desfiguración. Bacon plasmó considerable angustia en sus cuadros. Trabajó la representación de la figura humana, pero desfigurándola y posicionándola en espacios cerrados e indeterminados. Inicialmente la pintura de Bacon involucró una enorme tensión y una imaginería rayana al sensacionalismo; con el correr de los años, la tensión gradualmente tendió a mermar en su obra y el pintor llegó a crear imágenes que continuaron en cierta medida siendo inquietantes pero que también resultaban exultantes de esteticidad.  La teatralidad y la magnificencia fueron dos factores cruciales en la producción artística de Bacon y, en buena parte, fue gracias a estos aspectos de su obra que Bacon alcanzó el éxito como pintor. Según Bacon, su arte es en gran medida autobiográfico. Pero para desarrollarlo, Bacon recurrió a un sinnúmero de imágenes provenientes de la Historia del Arte, los medios de comunicación masiva, y fotografías e ilustraciones médicas provenientes de manuales diversos. ​En no pocas de sus pinturas Bacon evoca la violencia de la Segunda Guerra Mundial, entremezclándola con vivencias íntimas suyas. En su serie de Crucifixiones (1933-1968) y en un cuadro titulado Cabeza rodeada de flancos bovinos de 1954 Bacon rememora tangencial e insistentemente aquello que lo obsesiona: la agresividad del ser vivo y aquello que él entiende como su innata e inexorable inclinación hacia la violencia. Los retratos y autorretratos constituyen una parte importante de las pinturas de Bacon, entre las que se destaca George Dyer en un espejo de 1968, obra donde el pintor sugiere la vulnerabilidad y la fragilidad del ser, que pertenece a la colección del Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid.  Bacon hizo retratos prescindiendo de poses tomadas del natural; los desarrolló a partir de fotografías; retrató por lo general a sus compañeros íntimos y amigos, también a gente famosa o por él muy bien conocida. Además de desarrollar varios retratos de Peter Lacy, George Dyer y John Edwards, Bacon retrató también a Henrietta Moraes, Isabel Rawsthorne, Muriel Belcher, Lucian Freud, Peter Beard y Michel Leiris, así como eventualmente también a HitlerPío XII y Mick Jagger. ​Así, durante la primavera de 1992 un infarto acabó con la vida del pintor.   NOTAS https://es.wikipedia.org/wiki/Francis_Bacon_(pintor)" ["post_title"]=> string(24) "Francis Bacon, el pintor" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(23) "francis-bacon-el-pintor" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-28 09:11:16" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-28 14:11:16" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64624" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18159 (24) { ["ID"]=> int(64305) ["post_author"]=> string(2) "32" ["post_date"]=> string(19) "2021-04-21 07:19:08" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 12:19:08" ["post_content"]=> string(13678) "Regresé a Acapulco después de tres semanas que dediqué a atender pendientes de mi despacho para poder  “hacer mi tarea” como me aconsejó Doña Rosita Salas. Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre. - Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando.  - Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho. - ¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven? - Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla. - Y recién hechecito. - ¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino? - Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo. -Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes. - Y en jarritos,  como debe ser. - Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien. Jarrito en mano, nos encaminamos al escondite, y una vez ahí nos sentamos sobre la banquetita que yo llamaba el redondel, listos para la plática que no habíamos podido tener. - La última  vez que anduvo usted por aquí, ya no me dijo nada del perfume; por cierto que lo recogió mi esposa,  pero si lo necesita de nuevo, nada más me dice. - Gracias Don Marcelino; yo le digo.  No me sentía yo en ánimo  de relatarle lo que había sucedido con el perfume, y no creo que Don Marcelino lo imaginara; sin embargo, había algo en su mirada siempre viva, que parecía decirme que sabía que algo  había ocurrido aunque no podría saber exactamente qué.  - ¿Y qué le dicen los diarios y las cartas, joven Pecos? - No he leído todo, Don Marcelino. Hasta ahora he revisado algunas entradas del diario de 1942, que comienza en el mes de junio y un diario que estaba en la otra caja, que es de 1943 y que encontré de casualidad, porque yo creía que todos   los diarios estaban en la misma caja. - Usted revise todo lo que quiera. Incluso me dijo mi esposa que a la mejor le vendría a usted mejor llevarse las cajas a su casa y leerlas sin necesidad de estar yendo y viniendo. - No se me había pasado por la cabeza la idea, Don Marcelino, si de verdad no hay problema, me las llevo. ¿Pero podría seguir viniendo? - Una cosa no tiene que ver con la otra, joven; además, si le soy sincero, creo que todas esas cosas no aparecieron  para que las leyéramos nosotros… - Caray, Don Marcelino, me sorprende  usted porque no esperaba esto, muchas gracias. Debo decirle que he estado pensando  en esta casa, y  desde cuándo comenzó a llamarme la atención. Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! Lo que pasa es que al mirar nuevamente hacia el jardín, la joven ya no estaba, y yo quería haber visto su cara; sus ojos. Pero entonces usted me dijo que no había nadie más que usted y su familia y que me había yo imaginado a la  chica. - No, joven, es cierto que le dije que estábamos mi familia y yo y que no había invitados, pero no le dije que se la había usted imaginado. Se nos había pasado el tiempo muy rápido, y Don Marcelino amablemente me dijo que tenía que hacer algunas cosas. - ¿Va a ir al mirador a seguir revisando las cosas? - Sí, Don Marcelino, ¿y sabe qué?  Si no le importa, por ahora no me quisiera llevar las cajas; preferiría seguir leyendo los diarios y ver las fotos aquí mismo; creo que es lo mejor, aunque no sé  decirle por qué. - No hay problema, joven Pecos, ya le dije que usted puede venir todas las veces que quiera... - Gracias, Don Marcelino, entonces nos vemos al ratito, y gracias por el café.  - Ándele joven, yo aquí voy a andar si se le ofrece algo. En camino al mirador me detuve en el corredor para ver el palmar, el cerro de la Pinzona se veía claramente; lo fui recorriendo con la vista hasta que pude localizar la casa Ralph; al verla desde aquí, imaginé si ella alguna vez se habría detenido en este mismo punto mirando hacia allá; qué habría estado pensando; qué habría estado sintiendo…" ["post_title"]=> string(22) "Los Olvidos - Parte 30" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "los-olvidos-parte-30" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-21 09:09:44" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 14:09:44" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64305" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(21) ["max_num_pages"]=> float(11) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "fdf30581acaa07f62ede533e3738f7db" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }
Los Olvidos

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