¿Qué hace un artista dentro de su mundo?

El arte verdadero no tiene moda ni época, simplemente vive para siempre y seguirá impresionando a quien lo contemple.

8 de julio, 2022 ¿Qué hace un artista dentro de su mundo?

Allí en la profundidad de sus sentimientos está el artista, ese que siente al doble cada instante, aquel que ama sin tabúes, sin miedos y que los demás llaman loco; un ser realmente incomprendido que suele reaccionar al primer estímulo. Ese artista que no tiene miedo más que de sí mismo, él que en cada pincelada que surge de su mente da color a sus pensamientos, a veces vivos, a veces grises e incluso negros.

Es admirado el que se expresa en la duela cuando dispone interpretar la elegancia y tragedia de un tango cual ave deslizándose en el aire, de la misma manera nos emociona con un buen rock and roll mostrando su alegría y rebeldía del ritmo que cambió la manera de hacer música.

Y hablando de música, no podemos olvidar al que canta con el alma y toca con su instrumento esas notas que nos alegran, en ocasiones llenas de recuerdos nostálgicos que dan felicidad pero también tristeza.

También están aquellos que nos transmiten la alegría de un texto. Las palabras en voces ordinarias carecen de sentido y emoción, pero en la mano del escritor las palabras se hilan en grandes historias de aventuras de amor y sensibilidad.

Así es el artista que nunca renunciará a su locura y depresión porque eso sería matar su inspiración y, por lo tanto, su obra quedaría inconclusa en el olvido; porque la historia que no se da a conocer se olvida.

Los artistas interpretan esas emociones que nosotros ocultamos por miedo, por ignorancia a vivir en la plenitud de nuestros sentimientos; ellos han marcado las épocas de la historia, han trascendido a través del tiempo luchando contra la censura, la crítica injusta y desmedida de la sociedad, pero al final es un reflejo de la misma y por eso trasciende su obra al paso de los años, de los siglos.

El arte se vuelve la mejor de las adicciones, pues allí se desfoga el individuo que siente al doble, que ama al máximo y en su interpretación logra estremecer la piel sofocando el llanto en la garganta donde  el corazón se pone al punto del colapso empachado de emoción, los ojos reflejan el sentir de lo que su cuerpo está experimentando.

Así es el artista que nunca muere, el que no se vende con unas monedas o se deja llevar por vulgares aplausos del momento. Para él lo más importante es expresarse, sentir el arte dentro y reflejarlo a quien lo presencie, dejando una huella imborrable en el espectador.

El arte verdadero no tiene moda ni época, simplemente vive para siempre y seguirá impresionando a quien lo contemple.

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La cultura es el conjunto de creencias y valores que cultivan las sociedades mediante relatos de héroes y villanos; el establecimiento de premios a lo que concebimos bueno y permitido, y castigos a lo que consideramos malo y prohibido. En ese proceso son cruciales la experiencia o escuela de la vida, así como la educación cívica que recibimos. A ello cabe sumar el medio ambiente (geografía), los alimentos que consumimos y las vivencias personales. En términos neurocientíficos a la influencia cultural y medioambiental se le conoce como epigenética, cuyo papel consiste en activar o desactivar parte de los genes de cada persona que determinan su conducta y reacciones ante el mundo circundante. A ello llamamos carácter. La cultura se mete en nuestra piel. Conforma la lente por la que vemos y experimentamos la vida. Esa lente es la moral, las creencias conductuales con las cuales interpretamos e interactuamos en el mundo. 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En esas tierras hostiles la capacidad del individuo para sobrevivir fue el ideal cultural. Y los romanos, al conquistar a los griegos, adoptaron dicho paradigma. Siglos después el cristianismo, que adoptó a los pensadores griegos como fuente de inspiración, en particular a Platón y Aristóteles, enriquece la creencia en el individuo todopoderoso. En el siglo IV de nuestra era se verificó una intensa y fructífera polémica entre dos teólogos, Agustín de Hipona (San Agustín) y Pelagio, un monje ascético de origen británico. El quid de su discusión fue el “pecado original”, tema que deriva en si el hombre es malo por naturaleza o puede elegir entre el bien y el mal. Agustín sostuvo en sus tratados que el hombre sólo obtenía la gracia por concesión divina, es decir, nada podría salvarlo y llevarle al cielo, excepto la voluntad de Dios. Pelagio, en cambio, sostenía lo contrario: que está en manos del hombre cambiar y redimirse de sus pecados. Es decir, la salvación está al alcance de su voluntad: es responsabilidad de cada persona. A esa conclusión llega a partir de las escrituras que señalan que Dios creó al hombre a su imagen (Génesis 1:27). Luego, el hombre igual que su dios, es capaz de elegir. Pelagio argumenta contra el determinismo de Agustín: “No podemos hacer ni el bien ni el mal sin el ejercicio de nuestra voluntad, y siempre tenemos la libertad de hacer uno de los dos” (A Demetria, 8.I). Un ser totalmente determinado por su naturaleza no puede ser objeto de juicio moral [es decir, si el hombre está determinado por el pecado original no puede actuar de otra manera y, por lo tanto, no es responsable de sus actos, como es el caso de cualquier criatura irracional]. La dignidad del hombre procede de su capacidad de elegir, y precisamente por esta facultad de deliberación se diferencia de los animales”. El pilar de este edificio conceptual es lo que establece el libro del Eclesiastés en la Biblia, que dice: Dios “creó al hombre y lo dejó librado a su propio albedrío”. Por tanto, la principal virtud humana no es la sumisión ni la humildad sino su capacidad para tomar el destino en sus manos, su autonomía. La creencia en el libre albedrío forja al hombre occidental. Es la base de una cultura enriquecida durante siglos. Una experiencia diferente y, en consecuencia, unas ideas y creencias igualmente distintas, forjaron a la milenaria cultura china. También la geografía determinó las vivencias y carácter de sus pobladores. A diferencia de Grecia, las grandes llanuras de China favorecieron la colaboración de grandes grupos sociales. El trabajo conjunto determinó la supervivencia en esta parte del mundo. Luego, el papel del individuo se subordinó a la comunidad. Confucio, en Analectas describe al hombre superior como el que no se vanagloria de sí y elige ocultar sus virtudes, cultiva la armonía y el equilibrio. Quienes han estudiado la literatura de los países de Asia dan cuenta de que las narraciones no ponían el acento en el individuo, sino en los colectivos. Hasta recientemente, alrededor de hace dos mil años empezaron a escribirse autobiografías, pero aun así el sujeto no es centro del relato, según Qi Wang en The Autobiographical Self in Time and Culture. Creencias y valores distintos pueden auspiciar choques culturales." 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Cómo las creencias determinan la conducta

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