Nueve disparos y medios

De nueva cuenta, se adelantaban conclusiones sin suficiente información.  Javier Garza Ramos Los medios de comunicación  masiva son un mal necesario.  Es por ellos que nos conectamos al mundo de manera inmediata; es también a través suyo...

27 de octubre, 2020

De nueva cuenta, se adelantaban conclusiones sin suficiente información

Javier Garza Ramos

Los medios de comunicación  masiva son un mal necesario.  Es por ellos que nos conectamos al mundo de manera inmediata; es también a través suyo que nuestro modo de pensamiento se activa de manera casi refleja, conduciéndonos a  emprender aquello que, en una forma menos presurosa de ver las cosas, quizá nos habríamos abstenido de llevar a cabo.

Esta semana salió publicado el libro Nueve disparos del periodista lagunero Javier Garza Ramos, profesional independiente y siempre sensato, que busca documentar sus trabajos en fuentes confiables. Para escribir esta crónica, reunió información desde los primeros minutos de ocurrir los hechos que narra: el conocido caso del Colegio Cervantes de Torreón, protagonizado por un niño de 11 años que provocó una doble muerte con dos armas semiautomáticas: la de una maestra que intentó disuadirlo a costa de su propia vida y la del propio niño asesino.

El género negro, tanto en literatura como en periodismo, ejerce una fascinación en el lector.  Bien dice un maestro de novela negra que no es otra cosa que el morbo lo que nos lleva a devorar página tras página para conocer cómo concluye aquello que resulta tan estremecedor. Sin restarle un ápice de verdad a dicha expresión, en lo particular encuentro que la fascinación por la tragedia de otros nos provee de una íntima tranquilidad, al descubrir que no somos nosotros los que nos hallamos en esa situación de desgracia. Presenciarlo en la realidad o descubrirlo a través de la palabra escrita, es un modo de reafirmar nuestra propia integridad frente a los personajes que, cumpliendo la función que su autor les imprime, dan cuenta de hasta qué punto un ser humano es vulnerable.

En el caso particular de los hechos referidos por Garza Ramos, me acerqué a su libro porque me gusta el estilo periodístico que agota posibilidades antes de plasmar por escrito la realidad.   Cierto, cualquier purista diría que es “su realidad”, a lo que yo argumentaría que es una realidad muy bien fundamentada, cotejada  y libre de sesgo, antes de ser escrita. Por otra parte, más allá de la vena oscura que conduce los hechos ocurridos aquel frío 10 de enero, como pediatra me interesa descubrir qué elementos disparan conductas delictivas en niños y adolescentes, para, a partir de ello, buscar soluciones conjuntas, cada cual desde su propia parcela. Por último, lo leí porque se trata de hechos que ocurrieron en mi tierra natal y que finalmente, como se irá descubriendo a lo largo de la lectura, son resultado mediato de la infiltración de redes del crimen organizado que asoló la región de manera tan atroz hace tres o cuatro lustros.




Tenemos entonces a José Ángel, un niño en el núcleo de una familia disfuncional, que vive con los abuelos paternos en una colonia del medio oriente de Torreón y asiste a una de las instituciones privadas de mayor tradición educativa en la ciudad.  En el salón de clases no da problemas, es buen estudiante, pero no pasa inadvertido que, durante los eventos familiares de la escuela, nadie lo acompaña: La madre está muerta, el padre “de viaje”, el abuelo trabajando, y ocasionalmente la abuela es la que llega a hacer acto de presencia.  Ni sus compañeros lo visitan en su casa, ni él acude a otras casas, cuando de trabajos escolares se trata.

Con la precisión del periodista, Garza Ramos deja pequeñas pistas que nos permiten ir descubriendo, como si de hojas de cebolla se tratara, la realidad de un niño solitario, pero fundamentalmente deprimido. Un chiquillo que no sabe que está deprimido; se percibe a sí mismo como enojado con el mundo, lo que empata bien con lo que los tratados de psiquiatría infantil nos señalan: un niño enojado suele tener en el núcleo de la ira una depresión.

Y ahora viene la pregunta dolorosa: ¿nadie notó nada? Se dibujan escenas de falta de comunicación que, hasta que vemos la fotografía completa, entendemos que eran atisbos que, de haberse explorado, podrían haber conducido las cosas en otra dirección.  Para los abuelos era normal que el niño se encerrara en su cuarto a jugar con sus videojuegos; tan fue así que por su mente nunca atravesó la necesidad de llevar a José Ángel en búsqueda de apoyo profesional.

Dentro del entramado surge un personaje secundario que es –quizás—el único que capta el riesgo potencial en que se está poniendo al niño: Nuria, hermana del papá de José Ángel, quien abiertamente confronta al abuelo cuya pasividad dentro de la historia, tuvo mucho que ver con el desenlace.

El título de la colaboración no posee errata alguna: Nueve disparos y medios para referirme al poder de los medios de comunicación desde el primer minuto de los sucesos narrados en el libro.  Un reportero comisionado a cubrir otro evento se desplaza de inmediato al Colegio Cervantes, cuando mediante WhatsApp comienza a surgir la información fragmentada, imprecisa y cargada de angustia, de que ha ocurrido una balacera en del patio de la escuela.  A partir de entonces, los medios cumplen la función que en su momento señaló Georges Orwell en su novela distópica 1984: “Big brother is watching you”. Las redes siguieron, interpretaron, condujeron, desarrollaron intertextualidad, nos inclinaron en una dirección, luego en otra, para finalmente, tras de muchos tumbos y distracciones, llegar a una verdad sostenible: José Ángel era un niño solitario, víctima de la depresión, que, en su juego mortal buscó encarnar a Erick Harris, ídolo de su fantasía, autor intelectual de la masacre de Columbine, ocurrida en 1999, cuando el niño homicida del 2020 acababa de nacer.

Me quedo con esto y mucho más que pensar todavía: Desde su silencio, José Ángel estaba notoriamente enojado con la vida.  En su desesperación lloró balas, porque nadie estuvo ahí para  escuchar a tiempo su llanto de cristal. 

 

Comentarios
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qué álbum revisar o cuál de los diarios leer primero, me sentía como un escritor perdido frente a una página en blanco sin tener idea de cómo comenzar una narración. Ya no se trataba de titubeos ni de temores, se trataba de haberme dado cuenta de que era yo un invitado privilegiado. Sentía la responsabilidad de ser respetuoso, delicado, no invasivo. Estaba consciente de que entre esas páginas no solamente estaban las crónicas y las imágenes de muchas vidas,  sino las vidas mismas suspendidas  en instantes que permanecían exactamente en el momento en el que fueron descritas, o en el que las imágenes fueron captadas; imágenes que por siempre, al ser redescubiertas, mirarían a su vez a quien las viera. Los diarios resguardan la más profunda intimidad de quienes los escriben; al abrir sus páginas presenciamos la desnudez de almas que de otro modo tal vez no conoceríamos. Por eso en ese momento sentía la necesidad de conducirme con extraordinario cuidado, con delicadeza, lo más lentamente posible. Ahora que iba yo a adentrarme en los diarios y los álbumes que no había visto antes, me sentía como un niño que celebra el ritual inocente de desenvolver con asombro un regalo de Navidad. Por fin había yo aceptado que el sendero recorrido hasta este punto, no era nada más el que cruzaba el jardín entre las palmeras de Los Olvidos, sino un camino mucho más largo, emprendido mucho tiempo atrás, cuando en mi infancia aquella casa a la orilla del acantilado despertaba algo más que mi curiosidad. Me había costado trabajo reconocer que las muchas señales de las que los diarios y los álbumes eran la muestra más significativa, eran señales dejadas para mí. Ahora que  estaba yo a punto de adentrarme verdaderamente en el contenido de aquellos diarios y de los álbumes, quería hacerlo de manera que ella supiera cuánto significaba para mí; quería que supiera que yo valoraba esta oportunidad con verdadera devoción. Quería hacer todo esto como Doña Rosita me había aconsejado: sin prisa, con delicadeza, poco a poco. Poco a poco como,  el Zorro al Principito en el cuento de Saint-Exupéry, cuando le dijo que para ser amigos, primero tendría que domesticarlo. El Principito le preguntó al Zorro qué era domesticar, y el zorro le respondió que domesticar era crear vínculos; primero deberían irse acercando despacio y verse por el rabillo del ojo; así, hasta haberse domesticado y  ser únicos en el mundo el uno para el otro. No estaba yo ahí para leer revistas impersonales como las que hay en las salas de espera de dentistas o estéticas, estaba ante un tesoro íntimo y vivo que me rebelaría secretos indispensables para poder reencontrarnos finalmente. Se me había permitido explorar este tesoro para guiarme hasta un momento y un sitio al lado de la joven con quien estaba vinculado desde muchísimo tiempo atrás, mucho antes que sus palabras surgieran ante mis ojos; mucho antes que yo llegara hasta la puerta de Los Olvidos pidiendo entrar. En los álbumes que tenía frente a mí, habría  imágenes como las que habitaban los álbumes de mi infancia y mi adolescencia; recuerdos que al ser vistos, cada vez brotaban y resurgían así fuera por un instante. Los diarios que aún no había revisado y estaba a punto de ver,  insinuaban desde sus cubiertas,  una magia impregnada  con el aroma del perfume que todavía flotaba en el ambiente del mirador, yendo y viniendo entre sus ventanas llevado y traído por la brisa. Estaba yo a punto de presenciar el acontecer de las vidas transcurridas por los muchos rincones de Los Olvidos, donde todavía se escuchaban canciones que se confundían con la voz de la brisa; donde yo mismo había sido testigo de la fiesta que un día se desvaneció ante mis ojos; donde en una noche de fiesta, me había robado las  sonrisas de Matilda y en los tiempos más recientes, mirándome en sus ojos, había estado a punto de tomar sus manos. Saqué  los  álbumes de la caja. Eran tres del  mismo tamaño y similar volumen, y un  cuarto un poco más pequeño, además de la carpeta de presión que contenía las hojas sueltas y sobres junto a cartas desplegadas a su lado. Tomé el primero al azar,  y me dispuse a hojearlo. La primera página no tenía fotografías. La segunda  estaba cubierta por una hoja suelta de papel  muy fino y casi transparente parecido al que se conoce como albanene, no era totalmente transparente ni era brilloso como el celofán, sino opaco como un cristal esmerilado, además de ser diferente al tacto. Parecía más bien como un lienzo protector de la primera fotografía. Lo removí  para poder ver la imagen  que resguardaba. Era la fotografía de Emmanuell Claymon y Jeri H. Claymon, el día de su boda. Bajo la imagen se podía leer: Día de nuestra boda, Catedral de Santa María de la Inmaculada Concepción, San Francisco, California,   31 de marzo de 1923. (Our wedding day at Saint Mary’s Immaculate Conception Cathedral, San Francisco, California, 31st March, 1923). Junto al texto al pie de la fotografia, había una referencia con el número uno romano, y un numero uno arábigo  referidos al  “libro de notas”; no comprendí de  inmediato, pero luego recordé la carpeta que contenía paginas sueltas sujetas a presión. Dejé por un momento el álbum y tomé la carpeta de presión para darle un vistazo. Las hojas no estaban en orden porque al no estar sujetas como los albums,  me di cuenta que a través del tiempo, habrían sido vistas y luego devueltas pero sin su orden original.  Sin embargo,  confirmé que todos  los textos se referían al número romano (correspondiente al álbum)  y el número arábigo  de  la fotografia que se tratara. Los tres álbumes tenían marcado un número romano en la esquina superior izquierda de la primera página que no tenía retratos; esto me sirvió para confirmar lo que había pensado. El álbum  más pequeño  tenía todas sus hojas ocupadas a partir de la primera, pero no le puse atención, porque quería comenzar por los tres albums que coincidían en tamaño y en orden de colocación de las imágenes. De inmediato comprendí que la carpeta era un diario de especial valor, porque los álbumes no se limitaban a pequeños textos al pie de los retratos,  sino que había descripciones más extensas que no habrían cabido junto a los retratos, además de que las hojas de los álbumes eran negras como se acostumbraba en esa época, en tanto las hojas de la carpeta eran blancas de papel para escribir, y algunas de papel para correo aéreo del  mismo color, pero más pequeñas y más delgadas. Todas las fotografías estaban sujetas con pequeños esquineros adhesivos en sus cuatro ángulos, a excepción de algunas ovaladas y otras redondas, que habían sido fijadas con algún pegamento. Haber entendido razonablemente el orden entre los álbumes y la carpeta, me serviría para saber buscar en el desorden de las hojas sin que fuera tan difícil como aquéllo de la aguja en un pajar. Por ahora quería yo encontrar el texto que correspondía a la boda de los Claymon que tendría que estar marcado I-1. Comencé a revisar la carpeta cuyo contenido hacía referencia (al menos en parte) a las fotografías  de los tres álbumes. Al ir recorriendo las hojas, pude darme cuenta que en algunos sobres, había guardadas flores como las que yo mismo había ido dejando entre las páginas de libros que había leído y eran mis favoritos; verdaderos amigos a los que podía yo acudir para releer fragmentos y citas que acostumbraba subrayar. En todos los sobres sujetos en esa carpeta,  había flores o pétalos sueltos acompañados de fotografías que alguien había decidido guardar ahí y no junto a las otras en los  álbumes. Algunas fotografías tenían dedicatorias al reverso. Después de haber recorrido la carpeta sin fijarme demasiado, decidí buscar alguna referencia al I-1 de la boda de los papás  de Matilda. No me resultó tan fácil, pero por fin encontré una carta dirigida por Emmanuell Claymon a su todavía novia Jeri H. O’Shea.     *.1        jueves 29 de marzo de 1923 Adorada hadita irlandesa, ¿Por qué será que los segundos transcurren terriblemente lentos cuando esperamos algo que hemos anhelado muchísimo? Este sábado al mediodía, por fin te veré en la iglesia pero no como todos los domingos, sino para entregarme a ti. Necesito que me digas si comprendes que estoy total y absolutamente enamorado de ti. La primera vez que te vi en casa de Shirley O’Neal, la bahía de San Francisco parecía el reflejo de tus ojos. Cuando me sonreíste, tuve la impresión de que te había dado gusto mi llegada aunque no nos conocíamos. Seguramente no te pasó desapercibido el efecto que tuviste sobre mí. Ahora, menos de un año después, estamos a punto de unirnos delante de Dios para formar una familia. ¡No lo  puedo creer! ¿Qué hice para merecer esta bendición? Cuando crucé el Atlántico para trabajar en las minas de Hidalgo, en México no podía imaginar que mi verdadero tesoro lo encontraría mucho más al norte a las orillas de otro océano tan lejos de las islas vecinas en las que nacimos tú y yo. Tú eres el hada de los bosques irlandeses, interminablemente verdes; yo nací cerquísima de ti, en las islas brumosas; y ahora estoy contando segundo a segundo esperando que sea sábado para verte llegar hasta mí y seguir juntos un mismo camino. Cuando recién te conocí, te confieso que sentía miedo, porque no quería perderte. ¿Cómo puedo transmitirte la inmensa alegría que traes a mi vida? Agradezco y admiro tu valentía por estar dispuesta a ir conmigo a México tan lejos de tus papás y tus hermanas. Por ahora, viajar a México significa recorridos agotadores en tren, o con suerte, conseguir algunos vuelos en aviones el servicio postal de Estados Unidos. Sé que Pan American muy pronto iniciará servicio comercial de pasajeros a México y eso permitirá que veas a tu familia con mucho más frecuencia. Esperando  que sea el gran día, siento la ilusión de las vísperas de Navidad al lado de la chimenea encendida en casa de mis padres en Inglaterra. ¡Quiero que ya sea sábado! ¿Dios mío, por qué no es sábado todavía? Totalmente tuyo E Volví la vista a la fotografía en la que aparecían dos jóvenes enamorados  sujetándose  de las manos. Ella vestía un hermoso y muy sencillo vestido de novia, considerando la moda de los años 20; destacaba su esbeltez; el cuello era redondo y su único adorno era una medalla de plata en la que se alcanzaba a distinguir la imagen de la Virgen Maria. Llevaba muy poco maquillaje; sus ojos limpios y claros, miraban hacia el frente, en tanto él, la miraba a ella.  Tras ellos se apreciaba la bahía de San Francisco y el Golden Gate inconfundible. Acababa yo de leer la declaración de amor de ese joven por su esposa; mientras sus palabras de amor pasaban frente a mis ojos, podía yo escucharlos a ambos pronunciando sus votos con los que iniciaron un camino común que los había llevado del Atlántico al Pacífico, pasando por las agrestes tierras de Hidalgo y Zacatecas,  hasta ser descubiertos por alguien como yo, después de muchísimo tiempo. Era inevitable que más adelante entre las páginas de ese álbum, encontrara yo más retratos de esta pareja de enamorados, como la que ya había yo visto bajo una cubierta de cristal en el hotel Victoria de Taxco, en la que aparecían acompañados por Matilda, su única hija. Muy probablemente en las siguientes páginas, podría ver algunas escenas de la celebración en la Catedral de La Inmaculada Concepción, y de la fiesta con la que de seguro celebraron su boda. De momento no quise seguir adelante; preferí disfrutar la alegría que había compartido Emmanuell Clayton al dejar en su breve relato, el testimonio de su felicidad y de su devoción por una joven que decidió acompañarlo a donde tuviera que ir él. Recordé de pronto una referencia sobre Acapulco que leí en la Enciclopedia de Espasa Calpe,  en casa de mi abuelo Pepe, que palabras más, palabras menos, decía así: Acapulco. “Poblado de pescadores ubicado sobre la costa mexicana del Pacífico; poblado por once mil almas; durante siglos fue el principal punto de comercio entre Asia y España  cuando llegaba a su terminal portuaria el Galeón de Manila también conocido como  la Nao de China.” Miré de nuevo a los esposos Claymon, sabiendo que no mucho tiempo después, conocerían Acapulco y quedarían cautivados por ese maravilloso sitio, sin saber que alguna vez construirían ahí una casa sobre los acantilados, en cuyo mirador, un joven ladrón de sonrisas los vería juntos el día de su boda, compartiendo su emoción exactamente como si hubiera asistido con ellos en esa ocasión. Ese retrato no era un vestigio desgastado de un amor extinguido; era un testimonio vigente a partir del cual, muchos caminos se habían cruzado; muchos tiempos se habían superpuesto; igual que el aroma del perfume que todavía flotaba en el ambiente de ese mirador, yendo y viniendo entre sus ventanas, llevado y traído por la brisa, pareciendo seguir la larga cauda de un cometa que nos transportaba a través del infinito inmune a las barreras del tiempo. Sonreí al anticipar que en las siguientes páginas, asistiría yo a la celebración de ese amor que persistía inagotable, porque el amor es nuestra esencia eterna. Los dos jóvenes de la imagen, sonreían inocultablemente felices; sonreían compartiendo esa felicidad con quien quiera que los mirase; sonreían luminosos y resplandecientes en un estallido con todos los colores del mar, libres de los tonos blanco y negro de aquel retrato nupcial. Volví a colocar el lienzo de papel sobre la fotografía y cerré el álbum, poniéndolo de regreso en su sitio. Luego me dirigí al mirador; al abrir la ventana corrediza, de inmediato sentí la brisa con olor a mar; la escollera, como siempre,  celebraba con bailes la visita de pelícanos, garzas y gaviotas; escuchando las olas en los acantilados, imaginé a Matilda estando ahí, sin poder evitar que se me escapara una sonrisa… _______________________ *1 Thursday, March 29, 1923 My beloved Irish fairy, Why is it that the seconds pass so terribly slowly when we wait for something we have longed for so much? This Saturday at noon, I will finally see you in church but not like every Sunday, but to give myself to you. I need to know if you understand how totally and absolutely I am in love with you. The first time I saw you at Shirley O'Neal's house, the deep blue of the bay sparkled in your eyes.  When you smiled at me, I had the impression that you were happy to see me as if you were expecting me. You must have realized how you made me feel right from the start. Now, less than a year later, we are about to get married with God’s blessings.  I can hardly believe it. What did I do to deserve this blessing? When  I braved crossing the Atlantic on my quest for riches in the British silver mines I couldn’t have imagined  I would soon find the treasure so many adventurers never find; the love of a woman like you. There is a touch of irony when I think how close to each other we were born only to meet so many years hence, thousands of miles away from our homes. You are a fairy of the endlessly green Irish forests; whereas I am an adventurer whose quest has been so immensely surpassed by the miracle of having found you. And now here I am, counting each second, one after the other, waiting for Saturday to arrive. I admire your courage for having accepted to come along with me to Mexico so far away from your family. For now, traveling to Mexico means grueling train rides or perhaps a flight on board a U.S. Postal Service aeroplane.  I know Pan American will soon begin a commercial passenger service from San Francisco to Mexico City that will bring you closer to your parents and your sisters. I feel the excitement and awe of a little child on Christmas Eve waiting by the fireplace to open the presents. I want it to be Saturday now! My God, why isn't it Saturday yet? Totally yours E." 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El señor Dionisio no soltó prenda por más torturas a las que se le sometió. Desesperado el líder del grupo coahuilense que lideraba la encomienda, optó, en un arrebato desesperado, por moverlo hacia un tronco y de tres golpes de machete cercenar su cabeza. Fue a partir de ese momento cuando frente al terror de todos los ahí presentes, el cuerpo se puso de pie, esbozó la cabeza aún rodante unas pocas e ininteligibles palabras, dio unos pocos pasos el tronco con extremidades, recogió su propia cabeza y se la llevó entre sus manos. De ahí, caminó hasta la cima de una loma, nadie se atrevió a acercarse. Un par de estos valientes hombres huyeron despavoridos en medio de la zona desértica, pero uno de ellos, el más joven, con escasos 18 años, siguió al cuerpo, y con un pedazo de papel y una pluma fue anotando con discreción lo que vociferaba el ser espeluznante. Entonces escribió todo lo que escuchó: nombres, números de teléfono, claves, domicilios y también contactos con autoridades mexicanas y gringas. El joven Eleuterio no perdió detalle hasta que, llegando a la punta del cerrito, el cuerpo cabeza en manos del Tata Dionisio sucumbió con un seco golpe sobre el suelo seco y arenoso. Procedió a enterrarlo. En adelante, comprobó Eleuterio la información obtenida era, sencillamente, más que oro puro. Con todo esto en su poder decidió ir actuando por su cuenta, con un par de primos, dos y tres años mayores, respectivamente. Cuando el negocio propio comenzó apenas a arrancar, en una misma noche todos sus anteriores jefes morían acribillados en una cantina del pueblo de Arteaga. A partir de ese día y hasta su detención y extradición, juicio y condena a cadena perpetua, en el país de las barras y las estrellas. Y es que 15 años después del asesinato de Don Dionisio, Eleuterio Garza fue el amo y Señor del negocio en la región de Sonora y Coahuila. En la lomita donde fue enterrado Don "Nicho", como también era bien conocido, mandó erigir Eleuterio con sus cercanos un mausoleo, donde mucha gente del negocio -no exclusivamente gente de Eleuterio, por cierto- fue durante muchos años a solicitar favores y milagros. El templo nunca dejó en todos esos años de tener flores frescas de todo tipo, procesiones y misas que eran oficiadas por sacerdotes católicos en la bonita y de buen tamaño capilla adyacente, no en pocas ocasiones, por algún Obispo en funciones de la iglesia de Roma en México." 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Ya no se trataba de titubeos ni de temores, se trataba de haberme dado cuenta de que era yo un invitado privilegiado. Sentía la responsabilidad de ser respetuoso, delicado, no invasivo. Estaba consciente de que entre esas páginas no solamente estaban las crónicas y las imágenes de muchas vidas,  sino las vidas mismas suspendidas  en instantes que permanecían exactamente en el momento en el que fueron descritas, o en el que las imágenes fueron captadas; imágenes que por siempre, al ser redescubiertas, mirarían a su vez a quien las viera. Los diarios resguardan la más profunda intimidad de quienes los escriben; al abrir sus páginas presenciamos la desnudez de almas que de otro modo tal vez no conoceríamos. Por eso en ese momento sentía la necesidad de conducirme con extraordinario cuidado, con delicadeza, lo más lentamente posible. Ahora que iba yo a adentrarme en los diarios y los álbumes que no había visto antes, me sentía como un niño que celebra el ritual inocente de desenvolver con asombro un regalo de Navidad. Por fin había yo aceptado que el sendero recorrido hasta este punto, no era nada más el que cruzaba el jardín entre las palmeras de Los Olvidos, sino un camino mucho más largo, emprendido mucho tiempo atrás, cuando en mi infancia aquella casa a la orilla del acantilado despertaba algo más que mi curiosidad. Me había costado trabajo reconocer que las muchas señales de las que los diarios y los álbumes eran la muestra más significativa, eran señales dejadas para mí. Ahora que  estaba yo a punto de adentrarme verdaderamente en el contenido de aquellos diarios y de los álbumes, quería hacerlo de manera que ella supiera cuánto significaba para mí; quería que supiera que yo valoraba esta oportunidad con verdadera devoción. Quería hacer todo esto como Doña Rosita me había aconsejado: sin prisa, con delicadeza, poco a poco. Poco a poco como,  el Zorro al Principito en el cuento de Saint-Exupéry, cuando le dijo que para ser amigos, primero tendría que domesticarlo. El Principito le preguntó al Zorro qué era domesticar, y el zorro le respondió que domesticar era crear vínculos; primero deberían irse acercando despacio y verse por el rabillo del ojo; así, hasta haberse domesticado y  ser únicos en el mundo el uno para el otro. No estaba yo ahí para leer revistas impersonales como las que hay en las salas de espera de dentistas o estéticas, estaba ante un tesoro íntimo y vivo que me rebelaría secretos indispensables para poder reencontrarnos finalmente. Se me había permitido explorar este tesoro para guiarme hasta un momento y un sitio al lado de la joven con quien estaba vinculado desde muchísimo tiempo atrás, mucho antes que sus palabras surgieran ante mis ojos; mucho antes que yo llegara hasta la puerta de Los Olvidos pidiendo entrar. En los álbumes que tenía frente a mí, habría  imágenes como las que habitaban los álbumes de mi infancia y mi adolescencia; recuerdos que al ser vistos, cada vez brotaban y resurgían así fuera por un instante. Los diarios que aún no había revisado y estaba a punto de ver,  insinuaban desde sus cubiertas,  una magia impregnada  con el aroma del perfume que todavía flotaba en el ambiente del mirador, yendo y viniendo entre sus ventanas llevado y traído por la brisa. Estaba yo a punto de presenciar el acontecer de las vidas transcurridas por los muchos rincones de Los Olvidos, donde todavía se escuchaban canciones que se confundían con la voz de la brisa; donde yo mismo había sido testigo de la fiesta que un día se desvaneció ante mis ojos; donde en una noche de fiesta, me había robado las  sonrisas de Matilda y en los tiempos más recientes, mirándome en sus ojos, había estado a punto de tomar sus manos. Saqué  los  álbumes de la caja. Eran tres del  mismo tamaño y similar volumen, y un  cuarto un poco más pequeño, además de la carpeta de presión que contenía las hojas sueltas y sobres junto a cartas desplegadas a su lado. Tomé el primero al azar,  y me dispuse a hojearlo. La primera página no tenía fotografías. La segunda  estaba cubierta por una hoja suelta de papel  muy fino y casi transparente parecido al que se conoce como albanene, no era totalmente transparente ni era brilloso como el celofán, sino opaco como un cristal esmerilado, además de ser diferente al tacto. Parecía más bien como un lienzo protector de la primera fotografía. Lo removí  para poder ver la imagen  que resguardaba. Era la fotografía de Emmanuell Claymon y Jeri H. Claymon, el día de su boda. Bajo la imagen se podía leer: Día de nuestra boda, Catedral de Santa María de la Inmaculada Concepción, San Francisco, California,   31 de marzo de 1923. (Our wedding day at Saint Mary’s Immaculate Conception Cathedral, San Francisco, California, 31st March, 1923). Junto al texto al pie de la fotografia, había una referencia con el número uno romano, y un numero uno arábigo  referidos al  “libro de notas”; no comprendí de  inmediato, pero luego recordé la carpeta que contenía paginas sueltas sujetas a presión. Dejé por un momento el álbum y tomé la carpeta de presión para darle un vistazo. Las hojas no estaban en orden porque al no estar sujetas como los albums,  me di cuenta que a través del tiempo, habrían sido vistas y luego devueltas pero sin su orden original.  Sin embargo,  confirmé que todos  los textos se referían al número romano (correspondiente al álbum)  y el número arábigo  de  la fotografia que se tratara. Los tres álbumes tenían marcado un número romano en la esquina superior izquierda de la primera página que no tenía retratos; esto me sirvió para confirmar lo que había pensado. El álbum  más pequeño  tenía todas sus hojas ocupadas a partir de la primera, pero no le puse atención, porque quería comenzar por los tres albums que coincidían en tamaño y en orden de colocación de las imágenes. De inmediato comprendí que la carpeta era un diario de especial valor, porque los álbumes no se limitaban a pequeños textos al pie de los retratos,  sino que había descripciones más extensas que no habrían cabido junto a los retratos, además de que las hojas de los álbumes eran negras como se acostumbraba en esa época, en tanto las hojas de la carpeta eran blancas de papel para escribir, y algunas de papel para correo aéreo del  mismo color, pero más pequeñas y más delgadas. Todas las fotografías estaban sujetas con pequeños esquineros adhesivos en sus cuatro ángulos, a excepción de algunas ovaladas y otras redondas, que habían sido fijadas con algún pegamento. Haber entendido razonablemente el orden entre los álbumes y la carpeta, me serviría para saber buscar en el desorden de las hojas sin que fuera tan difícil como aquéllo de la aguja en un pajar. Por ahora quería yo encontrar el texto que correspondía a la boda de los Claymon que tendría que estar marcado I-1. Comencé a revisar la carpeta cuyo contenido hacía referencia (al menos en parte) a las fotografías  de los tres álbumes. Al ir recorriendo las hojas, pude darme cuenta que en algunos sobres, había guardadas flores como las que yo mismo había ido dejando entre las páginas de libros que había leído y eran mis favoritos; verdaderos amigos a los que podía yo acudir para releer fragmentos y citas que acostumbraba subrayar. En todos los sobres sujetos en esa carpeta,  había flores o pétalos sueltos acompañados de fotografías que alguien había decidido guardar ahí y no junto a las otras en los  álbumes. Algunas fotografías tenían dedicatorias al reverso. Después de haber recorrido la carpeta sin fijarme demasiado, decidí buscar alguna referencia al I-1 de la boda de los papás  de Matilda. No me resultó tan fácil, pero por fin encontré una carta dirigida por Emmanuell Claymon a su todavía novia Jeri H. O’Shea.     *.1        jueves 29 de marzo de 1923 Adorada hadita irlandesa, ¿Por qué será que los segundos transcurren terriblemente lentos cuando esperamos algo que hemos anhelado muchísimo? Este sábado al mediodía, por fin te veré en la iglesia pero no como todos los domingos, sino para entregarme a ti. Necesito que me digas si comprendes que estoy total y absolutamente enamorado de ti. La primera vez que te vi en casa de Shirley O’Neal, la bahía de San Francisco parecía el reflejo de tus ojos. Cuando me sonreíste, tuve la impresión de que te había dado gusto mi llegada aunque no nos conocíamos. Seguramente no te pasó desapercibido el efecto que tuviste sobre mí. Ahora, menos de un año después, estamos a punto de unirnos delante de Dios para formar una familia. ¡No lo  puedo creer! ¿Qué hice para merecer esta bendición? Cuando crucé el Atlántico para trabajar en las minas de Hidalgo, en México no podía imaginar que mi verdadero tesoro lo encontraría mucho más al norte a las orillas de otro océano tan lejos de las islas vecinas en las que nacimos tú y yo. Tú eres el hada de los bosques irlandeses, interminablemente verdes; yo nací cerquísima de ti, en las islas brumosas; y ahora estoy contando segundo a segundo esperando que sea sábado para verte llegar hasta mí y seguir juntos un mismo camino. Cuando recién te conocí, te confieso que sentía miedo, porque no quería perderte. ¿Cómo puedo transmitirte la inmensa alegría que traes a mi vida? Agradezco y admiro tu valentía por estar dispuesta a ir conmigo a México tan lejos de tus papás y tus hermanas. Por ahora, viajar a México significa recorridos agotadores en tren, o con suerte, conseguir algunos vuelos en aviones el servicio postal de Estados Unidos. Sé que Pan American muy pronto iniciará servicio comercial de pasajeros a México y eso permitirá que veas a tu familia con mucho más frecuencia. Esperando  que sea el gran día, siento la ilusión de las vísperas de Navidad al lado de la chimenea encendida en casa de mis padres en Inglaterra. ¡Quiero que ya sea sábado! ¿Dios mío, por qué no es sábado todavía? Totalmente tuyo E Volví la vista a la fotografía en la que aparecían dos jóvenes enamorados  sujetándose  de las manos. Ella vestía un hermoso y muy sencillo vestido de novia, considerando la moda de los años 20; destacaba su esbeltez; el cuello era redondo y su único adorno era una medalla de plata en la que se alcanzaba a distinguir la imagen de la Virgen Maria. Llevaba muy poco maquillaje; sus ojos limpios y claros, miraban hacia el frente, en tanto él, la miraba a ella.  Tras ellos se apreciaba la bahía de San Francisco y el Golden Gate inconfundible. Acababa yo de leer la declaración de amor de ese joven por su esposa; mientras sus palabras de amor pasaban frente a mis ojos, podía yo escucharlos a ambos pronunciando sus votos con los que iniciaron un camino común que los había llevado del Atlántico al Pacífico, pasando por las agrestes tierras de Hidalgo y Zacatecas,  hasta ser descubiertos por alguien como yo, después de muchísimo tiempo. Era inevitable que más adelante entre las páginas de ese álbum, encontrara yo más retratos de esta pareja de enamorados, como la que ya había yo visto bajo una cubierta de cristal en el hotel Victoria de Taxco, en la que aparecían acompañados por Matilda, su única hija. Muy probablemente en las siguientes páginas, podría ver algunas escenas de la celebración en la Catedral de La Inmaculada Concepción, y de la fiesta con la que de seguro celebraron su boda. De momento no quise seguir adelante; preferí disfrutar la alegría que había compartido Emmanuell Clayton al dejar en su breve relato, el testimonio de su felicidad y de su devoción por una joven que decidió acompañarlo a donde tuviera que ir él. Recordé de pronto una referencia sobre Acapulco que leí en la Enciclopedia de Espasa Calpe,  en casa de mi abuelo Pepe, que palabras más, palabras menos, decía así: Acapulco. “Poblado de pescadores ubicado sobre la costa mexicana del Pacífico; poblado por once mil almas; durante siglos fue el principal punto de comercio entre Asia y España  cuando llegaba a su terminal portuaria el Galeón de Manila también conocido como  la Nao de China.” Miré de nuevo a los esposos Claymon, sabiendo que no mucho tiempo después, conocerían Acapulco y quedarían cautivados por ese maravilloso sitio, sin saber que alguna vez construirían ahí una casa sobre los acantilados, en cuyo mirador, un joven ladrón de sonrisas los vería juntos el día de su boda, compartiendo su emoción exactamente como si hubiera asistido con ellos en esa ocasión. Ese retrato no era un vestigio desgastado de un amor extinguido; era un testimonio vigente a partir del cual, muchos caminos se habían cruzado; muchos tiempos se habían superpuesto; igual que el aroma del perfume que todavía flotaba en el ambiente de ese mirador, yendo y viniendo entre sus ventanas, llevado y traído por la brisa, pareciendo seguir la larga cauda de un cometa que nos transportaba a través del infinito inmune a las barreras del tiempo. Sonreí al anticipar que en las siguientes páginas, asistiría yo a la celebración de ese amor que persistía inagotable, porque el amor es nuestra esencia eterna. Los dos jóvenes de la imagen, sonreían inocultablemente felices; sonreían compartiendo esa felicidad con quien quiera que los mirase; sonreían luminosos y resplandecientes en un estallido con todos los colores del mar, libres de los tonos blanco y negro de aquel retrato nupcial. Volví a colocar el lienzo de papel sobre la fotografía y cerré el álbum, poniéndolo de regreso en su sitio. Luego me dirigí al mirador; al abrir la ventana corrediza, de inmediato sentí la brisa con olor a mar; la escollera, como siempre,  celebraba con bailes la visita de pelícanos, garzas y gaviotas; escuchando las olas en los acantilados, imaginé a Matilda estando ahí, sin poder evitar que se me escapara una sonrisa… _______________________ *1 Thursday, March 29, 1923 My beloved Irish fairy, Why is it that the seconds pass so terribly slowly when we wait for something we have longed for so much? This Saturday at noon, I will finally see you in church but not like every Sunday, but to give myself to you. I need to know if you understand how totally and absolutely I am in love with you. The first time I saw you at Shirley O'Neal's house, the deep blue of the bay sparkled in your eyes.  When you smiled at me, I had the impression that you were happy to see me as if you were expecting me. You must have realized how you made me feel right from the start. Now, less than a year later, we are about to get married with God’s blessings.  I can hardly believe it. What did I do to deserve this blessing? When  I braved crossing the Atlantic on my quest for riches in the British silver mines I couldn’t have imagined  I would soon find the treasure so many adventurers never find; the love of a woman like you. There is a touch of irony when I think how close to each other we were born only to meet so many years hence, thousands of miles away from our homes. You are a fairy of the endlessly green Irish forests; whereas I am an adventurer whose quest has been so immensely surpassed by the miracle of having found you. And now here I am, counting each second, one after the other, waiting for Saturday to arrive. I admire your courage for having accepted to come along with me to Mexico so far away from your family. For now, traveling to Mexico means grueling train rides or perhaps a flight on board a U.S. Postal Service aeroplane.  I know Pan American will soon begin a commercial passenger service from San Francisco to Mexico City that will bring you closer to your parents and your sisters. I feel the excitement and awe of a little child on Christmas Eve waiting by the fireplace to open the presents. I want it to be Saturday now! My God, why isn't it Saturday yet? Totally yours E." 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Los Olvidos

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