Nueve disparos y medios

De nueva cuenta, se adelantaban conclusiones sin suficiente información.  Javier Garza Ramos Los medios de comunicación  masiva son un mal necesario.  Es por ellos que nos conectamos al mundo de manera inmediata; es también a través suyo...

27 de octubre, 2020

De nueva cuenta, se adelantaban conclusiones sin suficiente información

Javier Garza Ramos

Los medios de comunicación  masiva son un mal necesario.  Es por ellos que nos conectamos al mundo de manera inmediata; es también a través suyo que nuestro modo de pensamiento se activa de manera casi refleja, conduciéndonos a  emprender aquello que, en una forma menos presurosa de ver las cosas, quizá nos habríamos abstenido de llevar a cabo.

Esta semana salió publicado el libro Nueve disparos del periodista lagunero Javier Garza Ramos, profesional independiente y siempre sensato, que busca documentar sus trabajos en fuentes confiables. Para escribir esta crónica, reunió información desde los primeros minutos de ocurrir los hechos que narra: el conocido caso del Colegio Cervantes de Torreón, protagonizado por un niño de 11 años que provocó una doble muerte con dos armas semiautomáticas: la de una maestra que intentó disuadirlo a costa de su propia vida y la del propio niño asesino.

El género negro, tanto en literatura como en periodismo, ejerce una fascinación en el lector.  Bien dice un maestro de novela negra que no es otra cosa que el morbo lo que nos lleva a devorar página tras página para conocer cómo concluye aquello que resulta tan estremecedor. Sin restarle un ápice de verdad a dicha expresión, en lo particular encuentro que la fascinación por la tragedia de otros nos provee de una íntima tranquilidad, al descubrir que no somos nosotros los que nos hallamos en esa situación de desgracia. Presenciarlo en la realidad o descubrirlo a través de la palabra escrita, es un modo de reafirmar nuestra propia integridad frente a los personajes que, cumpliendo la función que su autor les imprime, dan cuenta de hasta qué punto un ser humano es vulnerable.

En el caso particular de los hechos referidos por Garza Ramos, me acerqué a su libro porque me gusta el estilo periodístico que agota posibilidades antes de plasmar por escrito la realidad.   Cierto, cualquier purista diría que es “su realidad”, a lo que yo argumentaría que es una realidad muy bien fundamentada, cotejada  y libre de sesgo, antes de ser escrita. Por otra parte, más allá de la vena oscura que conduce los hechos ocurridos aquel frío 10 de enero, como pediatra me interesa descubrir qué elementos disparan conductas delictivas en niños y adolescentes, para, a partir de ello, buscar soluciones conjuntas, cada cual desde su propia parcela. Por último, lo leí porque se trata de hechos que ocurrieron en mi tierra natal y que finalmente, como se irá descubriendo a lo largo de la lectura, son resultado mediato de la infiltración de redes del crimen organizado que asoló la región de manera tan atroz hace tres o cuatro lustros.

Tenemos entonces a José Ángel, un niño en el núcleo de una familia disfuncional, que vive con los abuelos paternos en una colonia del medio oriente de Torreón y asiste a una de las instituciones privadas de mayor tradición educativa en la ciudad.  En el salón de clases no da problemas, es buen estudiante, pero no pasa inadvertido que, durante los eventos familiares de la escuela, nadie lo acompaña: La madre está muerta, el padre “de viaje”, el abuelo trabajando, y ocasionalmente la abuela es la que llega a hacer acto de presencia.  Ni sus compañeros lo visitan en su casa, ni él acude a otras casas, cuando de trabajos escolares se trata.

Con la precisión del periodista, Garza Ramos deja pequeñas pistas que nos permiten ir descubriendo, como si de hojas de cebolla se tratara, la realidad de un niño solitario, pero fundamentalmente deprimido. Un chiquillo que no sabe que está deprimido; se percibe a sí mismo como enojado con el mundo, lo que empata bien con lo que los tratados de psiquiatría infantil nos señalan: un niño enojado suele tener en el núcleo de la ira una depresión.

Y ahora viene la pregunta dolorosa: ¿nadie notó nada? Se dibujan escenas de falta de comunicación que, hasta que vemos la fotografía completa, entendemos que eran atisbos que, de haberse explorado, podrían haber conducido las cosas en otra dirección.  Para los abuelos era normal que el niño se encerrara en su cuarto a jugar con sus videojuegos; tan fue así que por su mente nunca atravesó la necesidad de llevar a José Ángel en búsqueda de apoyo profesional.

Dentro del entramado surge un personaje secundario que es –quizás—el único que capta el riesgo potencial en que se está poniendo al niño: Nuria, hermana del papá de José Ángel, quien abiertamente confronta al abuelo cuya pasividad dentro de la historia, tuvo mucho que ver con el desenlace.

El título de la colaboración no posee errata alguna: Nueve disparos y medios para referirme al poder de los medios de comunicación desde el primer minuto de los sucesos narrados en el libro.  Un reportero comisionado a cubrir otro evento se desplaza de inmediato al Colegio Cervantes, cuando mediante WhatsApp comienza a surgir la información fragmentada, imprecisa y cargada de angustia, de que ha ocurrido una balacera en del patio de la escuela.  A partir de entonces, los medios cumplen la función que en su momento señaló Georges Orwell en su novela distópica 1984: “Big brother is watching you”. Las redes siguieron, interpretaron, condujeron, desarrollaron intertextualidad, nos inclinaron en una dirección, luego en otra, para finalmente, tras de muchos tumbos y distracciones, llegar a una verdad sostenible: José Ángel era un niño solitario, víctima de la depresión, que, en su juego mortal buscó encarnar a Erick Harris, ídolo de su fantasía, autor intelectual de la masacre de Columbine, ocurrida en 1999, cuando el niño homicida del 2020 acababa de nacer.

Me quedo con esto y mucho más que pensar todavía: Desde su silencio, José Ángel estaba notoriamente enojado con la vida.  En su desesperación lloró balas, porque nadie estuvo ahí para  escuchar a tiempo su llanto de cristal. 

 

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Último tango en París

50 años de “Último tango en París”

“Último tango en París”: Director y guionista: Bernardo Bertolucci; Actores: Maria Schneider, Marlon Brando; País: Italia-Francia; Año: 1972; Duración: 129 min.

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Es un buen tiempo para ser fanático de la saga The Last of Us, una de las propiedades intelectuales más importantes de Sony. En menos de un mes, The Last of US: Part I, un «remake» para PS5 del título que vio la luz en PS3 en el ya lejano 2013, llegará a las tiendas físicas y digitales. ¡Y vaya relajo que se armó dentro de la comunidad por este hecho! Sin embargo, la discusión acerca de si esta nueva versión está justificada (y que salga a precio completo similar a juegos nuevos, es decir, cerca de 70 USD) es tema para otro día. Además, pronto se estrenará una adaptación televisiva de la mano de HBO. Así que, a colación de esto, me gustaría hablar acerca del título desarrollado por Naughty Dog, el cual se ha convertido en una vaca sagrada del gaming en los últimos años. Advertencia: este juego no me gusta mucho. Al menos, no tanto como a la mayoría de los jugadores. Procedo a explicar mis razones. Si he de trazar un paralelo con otra forma de entretenimiento, para mí la devoción que genera The Last of Us me parece tan incomprensible como la que generó el álbum OK Computer de Radiohead a finales del siglo pasado. Es decir, ambas son obras de enorme calidad, con momentos de puro gozo. Sin embargo, si uno ve el panorama de sus respectivos campos, hay obras que resultan tanto o más valiosas y que rara vez reciben el mismo reconocimiento. ¿OK Computer en verdad es el mejor álbum de la misma década de Massive Attack, Aimee Mann, Morphine, Ween, Nirvana y Björk? De la misma forma, ¿The Last of Us es en verdad el mejor videojuego en la misma generación en la que gozamos la trilogía de Bioshock (1,2 e Infinite), Mass Effect, Grand Theft Auto (IV y V), Portal y Metal Gear Solid 4? Así que veamos cada uno de los apartados de The Last of Us. Trama: Un mundo después de la pandemia Comencemos por hablar un poco acerca de la historia, la cual es, para muchos, uno de los atractivos principales del título. La trama nos sitúa en un mundo azotado por un hongo llamado Cordyceps, el cual convierte a los humanos en seres violentos conocidos como los “Infectados” (very creative indeed!). La población está aislada en zonas de cuarentena debido a esto. Joel (el protagonista y a quien controlamos durante el juego) es un contrabandista, quien recibe el encargo de llevar a Ellie, una joven que aparentemente es inmune al hongo, hasta un asentamiento de un grupo rebelde conocido como “Las Luciérnagas”. Hasta ahí nos quedamos con la historia, para no entrar en los famosísimos spoilers para quienes aún no lo hayan jugado y tengan intenciones de hacerlo. Sin embargo, para mí, la historia del videojuego es uno de sus puntos más débiles: pretty standard stuff para un videojuego. Zombies, un entorno postapocalíptico y armas a montones. ¿Acaso no es básicamente la misma premisa que la saga Resident Evil? ¡Oh, perdonen! The Last of Us pretende contar una historia seria, carente, al parecer, de los elementos Over the Top de la saga insignia de Capcom. Esto es otro elemento que me ha dejado un sabor de boca un tanto amargo: la seriedad de la narración que a veces ronda con lo pretencioso. En varios momentos, parece que Naughty Dog nos quiere convencer de que esto no es solamente un juego. “¡Vean! estamos contando una historia harto seria! Sí, hay zombies, pero estamos siendo serios, ¡de veras!”. Calma, Neil Druckmann (el director del juego), ya entendimos. En el aspecto positivo, debo reconocer que la dinámica entre Joel y Ellie (casi como de padre e hija) resulta muy natural y humana, y entiendo que muchos jugadores empaticen con ambos. De hecho, si bien la historia no es nada novedosa, la dirección y el guion brindan algunos momentos enternecedores e intensos. Aspecto técnico: la joya de la corona de PS3 El aspecto técnico de The Last of Us es una de sus mayores ventajas y, siendo uno de los títulos importantes de la generación de PS3, su desarrollo contó con un equipo que ya conocía bien cómo crear videojuegos para la consola de Sony. Las vistas de este Estados Unidos devastado son en verdad gloriosas, con escenarios amplios, definidos y coloridos. La dirección de arte en verdad te hace sentir dentro de este mundo derruido que Naughty Dog creó. La variedad de escenarios no falta: viajaremos por edificios, bosques, alcantarillas y más. El modelado de los personajes también es excelente, con movimientos y expresiones faciales muy naturales. Las escenas también están muy bien dirigidas, lo cual no debería ser sorpresa viniendo de la misma desarrolladora de la serie Uncharted. El aspecto técnico es impecable y derrocha calidad por todos lados. Por ello, aunque el título fue remasterizado para PS4 un año después, el original sigue siendo uno de los que mejor se ven en PS3. Jugabilidad: third person shooter con tintes de horror Ya que dejamos los halagos atrás, entremos en el aspecto de jugabilidad. A ver, creo que una buena definición podría ser: Shooter en tercera persona + ligeros toques de sigilo al estilo de Metal Gear Solid / Assasin’s Creed + leves toques de terror. El control es fluido (aunque algunos jugadores lo encuentran un tanto torpe, para mí está bien) y el modo de juego tiene la variedad justa para no caer en la monotonía, pero no hay algo que The Last of Us haga que no se haya visto en varios títulos más y, en ocasiones, de mejor forma. El avance es lineal, lo cual no es una desventaja en sí misma. Tal vez lo más atractivo sea el aspecto táctico del juego. En ciertas situaciones, debes elegir la forma en la que enfrentarás a los enemigos con los que te encuentras. Aunque, en la mayoría de los casos, el ataque frontal con armas de fuego asegura la muerte de Joel. Las secciones en las que debes ser sigiloso para evitar una muerte instantánea ante cierto tipo de enemigos resultan emocionantes, eso sí. En fin, que el aspecto jugable de The Last of Us, mientras que no es malo o aburrido, tampoco es tremendamente espectacular o innovador y sólo es una excusa para avanzar la historia. Conclusión Para mí, al menos en mi humilde opinión, para que un videojuego entre a ese panteón sagrado de los mejores de todos los tiempos, debe ser uno que empuje al medio un paso más allá, ya sea en aspectos técnicos, narrativos o de innovación. Todos aquellos que jugamos The Legend of Zelda: Ocarina of Time en su época, allá por 1998, tenemos al título de Nintendo en tan alta estima por eso mismo: fue uno de los primeros títulos que aprovechó la tecnología de ese momento (el N64) y, de un solo golpe, mostró el potencial de las aventuras de acción en 3D. En verdad, TLoZ:OoT fue un título cutting edge en su época. Por otro lado, The Last of Us parece más, en el mejor de los casos, la culminación de los videojuegos de disparos en tercera persona con toques cinemáticos. Esta visión la puedo entender, aunque no compartir: como dije, la historia y sus personajes no me parecen nada especiales, además de que hay pocas innovaciones en el aspecto jugable. Lo mejor que puedo decir es que es en verdad un prodigio técnico, que aprovechó al máximo la potencia del PS3. Sin embargo, este resultado es de esperarse al ser uno de los títulos lanzados en el ocaso de la consola. Para mí, a The Last of Us le falta ese algo, esa chispa que me haga ponerlo al mismo nivel de otras obras del videojuego. Fuera de su historia, que resonó con muchas personas, no veo que esta obra de Naughty Dog haya hecho algo que no se haya visto antes.

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