Miriam Makeba, una niña bajo la lluvia

Miriam Makeba nació el 4 de marzo de 1932 en un barrio marginal en la periferia de Johannesburg. Sudáfrica aún no existía ni el apartheid tampoco; todavía colonia británica, la Unión Sudafricana había recibido importantes libertades constitucionales...

20 de octubre, 2020

Miriam Makeba nació el 4 de marzo de 1932 en un barrio marginal en la periferia de Johannesburg. Sudáfrica aún no existía ni el apartheid tampoco; todavía colonia británica, la Unión Sudafricana había recibido importantes libertades constitucionales desde Londres en materia de asuntos nativos. Apenas un año antes de su nacimiento, comenzaron a tomar forma algunas prácticas históricas desde las cuales, los blancos organizaron la explotación del área a finales del siglo XIX. Los tratos inhumanos, la ausencia de derechos políticos de cualquier naturaleza, las prácticas de segregación racial que incluían asuntos tan básicos como los lugares donde los negros podían vivir, comer o trabajar, eran entonces parte de la vida cotidiana en el mundo en que nació Makeba. Dichas prácticas tomarían forma en un sistema de dominación y explotación llamado apartheid y que se consolidó como estatuto constitucional en 1948 bajo el gobierno del Primer Ministro Daniel Malan y que afectó a tres cuartas partes de la población.

Miriam nació en el seno de una familia con férreas raíces en su entorno tribal. Su padre, miembro de la tribu Xhosa, llevó a su madre a vivir a los suburbios, una forma de buscar circunstancias menos difíciles que en las zonas rurales donde el hambre atacaba con más rabia. Era maestro de escuela y eligió el poblado de Prospect Township por su proximidad a Johannesburg, se trataba de un asentamiento sin electricidad ni agua potable. El padre de Miriam podía ir a la ciudad solo en un autobús autorizado que salía del barrio cada mañana y volver en él antes de que cayera la noche. La madre solía partir con él cada día, en la urbe trabajaba como empleada doméstica. Caswell y Christina, como todos los miembros de sus tribus se habían casado muy jóvenes y como todos también tanto formaban una pequeña familia como una diminuta célula de trabajo en lucha contra la miseria. 

Christina fue siempre la persona más cercana a Miriam y le enseñó la disciplina y la fuerza para oponerse a la opresión y a la desdicha de las circunstancias. Poco antes de que naciera Uzenzile Makega Qgwaska Ngiovama, Miriam por nombre cristiano –Zensi por mote familiar–, su madre tuvo la peregrina idea de aumentar sus ingresos mediante la fabricación de cerveza artesanal en su propia casa y vender la bebida a los vecinos, con ello desafiaba la doble prohibición que impedía a los africanos poseer sus propias industrias y la de producir bebidas alcohólicas para venta o consumo personal; así, Miriam conoció la prisión a los 18 días de nacida y pasó en ella los primeros seis meses de su existencia. Cuando salieron de prisión, Castell decidió trasladar a la familia, aunque las condiciones no mejoraron mucho. El cambio al norte del Transvaal representaba una mejor oportunidad de trabajo –el padre entró como ayuda contable en la compañía Schell– y un ambiente menos opresivo. Como sucedían muchos de los hombres de su generación y su circunstancia, el padre de Miriam murió muy joven y Nomkomendelo – nombre tradicional de la madre – tuvo que hacerse cargo de la familia.

La joven madre fue la fuente de la que Zensi bebió la vida, el talento y el espíritu de sus antiquísimos orígenes. Nomkomendelo era una curandera y consejera tradicional respetada, conocedora los rituales y sabiduría tradicional de su pueblo y también de su música; de ella escuchó decir que la música encerraba cierto tipo de magia y Miriam lo tomó como su mantra personal. Para Christina, que reunía en su persona todas las vulnerabilidades de su país y su tiempo (ser africana, mujer y viuda), la carga familiar resultó demasiado pesada y dispersó a sus hijos para aumentar las posibilidades de sobrevivencia. Zensi fue enviada a vivir con su abuela a Riverside, en las afueras de Pretoria, donde pudo ingresar a una escuela Metodista de oficios, lo adecuado para alguien que a los quince años ya debía aprender a ganarse la vida; sin embargo, más que aprender un oficio, la escuela le permitió descubrir su vocación y su lenguaje vital. Al ingresar al coro de la institución supo que no podría hacer otra cosa el resto de su vida.

En abril de 1947, el rey Jorge VI visitó sus dominios en la Unión Sudafricana, fue el último monarca británico que lo hizo, la minoría blanca se inclinaría años después por el sistema republicano. Iban acompañándolo la princesa consorte y la joven Isabel, la única que volvería al país en 1995, cuando Sudáfrica ya era independiente y el apartheid ya había sido derrotado y el Estado readmitido en la comunidad británica de naciones. Aquel día de la primavera boreal, un pequeño coro de niñas se había organizado para cantar al Rey “What a sad life for a black man”, un viejo canto espiritual de las comunidades africanas del Imperio. Las niñas, entre las que se encontraba Makeba, esperaron durante horas el paso del Rey que se suponía debía detenerse para escuchar la canción. Unas horas antes del paso de la comitiva real se desató un feroz aguacero, el coro se negó a dispersarse y bajo la lluvia siguió aguardando; se prepararon cuando se notó que el auto real se aproximaba y no pudieron entonar una sola nota porque el vehículo siguió de frente sin notar su presencia. Desde luego, para Zensi, se trató de un desprecio y una ofensa que no pudo olvidar jamás; al mismo tiempo, el recuerdo de los ensayos, la satisfacción de escucharse en el entorno de otras voces, le descubrieron la magia de la música.

Desde luego, a cualquier niña del mundo cantar y hacerlo para un monarca resulta cosa de magia; sin embargo, la dictadura, el genocidio y la exclusión tienen efectos devastadores en quien los sufre, efectos perversos e inusitados que en la infancia suelen ser todavía más devastadores. El diario de Zlata Filipovic, sobreviviente de la guerra en Sarajevo, por ejemplo, demuestra que los niños, sometidos a niveles de extrema violencia, pierden su capacidad de fantasear. La fantasía es el escape de la realidad hacia un mundo alterno que puede ser dominado y que reporta bienestar a quien lo ejerce. Los niños en situaciones como las que entonces pesaban sobre Miriam Makeba, no pierden de vista el lugar donde están y los riesgos que corren, pero, como todo ser humano de cualquier edad, conservan su poder de ensoñación. El episodio del rey que no percibe la presencia del coro, le confirmó que no podía abstraerse de la realidad en que vivía: la de la exclusión, la violencia y la muerte prematura. Makeba, cuando cantaba no huía de la realidad, pero se transfiguraba, era su Monte Tabor. Ahí, en el canto se reconstruía, era dueña de sí misma, de su voz y de los minutos en los que no había nada más que la canción en medio de la amenaza continua.

@cesarbc70

 

Comentarios


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No le puso peros al papel, pero su madre le dijo que él no es una persona así, y que le costaría mucho trabajo encarnarlo. Tras mucho discutir, llegaron a la conclusión de que tenía que encontrar una persona así y observarla atentamente, para impregnarse bien de su forma de actuar, de decir y hasta de mover las manos. Ese fue el verdadero problema. Pero un día que el muchacho salió al patio y vio cómo trataba el portero a uno de sus guaruras (el más feíto), se dijo “Este es el tipo que necesito”. Pero no podía estarse todo el tiempo en el patio vigilándolo, porque sólo sale a ratitos, y seguramente le molestaría que lo observara; y menos podía decirle por qué lo hacía. Afortunadamente, por la ventana de su recámara se ve la vivienda del portero (Y el chavo es uno de los pocos que verdaderamente sabe cómo se las gasta el portero en materia de muebles y de ropa), y decidió sentarse ante ella, en la oscuridad, para observarlo. Y puso manos a la obra. 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Los gimoteos y lloriqueos de mi hijo Armando, que llegan de su cuarto, no me dejan tranquilo. La puerta está abierta y él está tumbado en el pequeño y destrozado catre, enfermo, con una fuerte gripa que lo tiene con fiebre, escalofríos, dolor de cabeza y mareos. Miro el techo, luego el despertador que me informa que son pasadas las doce del día, y espero inútilmente haber visto mal la hora. Desearía tener ya dos tragos encima y así pretender que hoy será un gran día. Levanto la cabeza y miro hacia mi derecha, confirmando que mi esposa, Isaura, no está del otro lado de la cama. No llegó a dormir. Ya van cuatro veces este mes que me hace lo mismo.  Siento la boca seca y espesa; tengo sed, hambre. Todo transpiración, me levanto despacio, inmerso en el sopor digno de una noche de juerga, y me dirijo al espejo. Me miro durante un rato, analizo mi imagen reflejada. 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Caigo de rodillas contra el suelo. Recupero apresuradamente larespiración. Compruebo que mi horror está aumentando cuando me veoreflejado en sus enormes ojos negros; en su dura, fija y agresiva mirada.  Benjamín se agacha, se me acerca más y muy cerca de mi cara chilla, ordena, repite, lentamente, ya no como pregunta, cinco palabras: -Vas… a… matar… a… Isaura… Mi nombre es Pedro Jiménez  y así comienzan mis pesadillas.   " ["post_title"]=> string(17) "Un domingo común" ["post_excerpt"]=> string(26) "Breve cuento de terror. 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No le puso peros al papel, pero su madre le dijo que él no es una persona así, y que le costaría mucho trabajo encarnarlo. Tras mucho discutir, llegaron a la conclusión de que tenía que encontrar una persona así y observarla atentamente, para impregnarse bien de su forma de actuar, de decir y hasta de mover las manos. Ese fue el verdadero problema. Pero un día que el muchacho salió al patio y vio cómo trataba el portero a uno de sus guaruras (el más feíto), se dijo “Este es el tipo que necesito”. Pero no podía estarse todo el tiempo en el patio vigilándolo, porque sólo sale a ratitos, y seguramente le molestaría que lo observara; y menos podía decirle por qué lo hacía. Afortunadamente, por la ventana de su recámara se ve la vivienda del portero (Y el chavo es uno de los pocos que verdaderamente sabe cómo se las gasta el portero en materia de muebles y de ropa), y decidió sentarse ante ella, en la oscuridad, para observarlo. Y puso manos a la obra. Perdió mucho tiempo, porque el portero se levanta tardísimo. Pero pudo ver cómo obliga a sus guaruras a sacar y planchar su ropa; y a vestirlo mientras él se toma unas “copiosas” (corrupción de la palabra “copa”, entendida como cantidad de líquido alcohólico que se sirve en una copa; entiendes, ¿verdad?). También pudo ver lo que desayuna, cosa que le indignó, sabiendo lo poco que él y su madre y muchos otros vecinos desayunan a veces. También lo pudo observar regañando a los guaruras y a las personas que le hacen la limpieza o le cocinan, y varias veces tuvo ganas de ir a pedirle cuentas por su despótica actitud para con sus sirvientes; pero la madre le aconsejó que no lo hiciera, por temor a que le ocurriera algo. Sólo interrumpió su vigilancia la noche que llegó la Flor a visitarlo a medianoche, y se encerró con él en la recámara. (no me lo vas a creer, pero en esa ocasión ni siquiera cerraron la ventana, y se vio todo). El chavo se dio cuenta de que en la vivienda de arriba y en la azotea había varias personas mirando hacia su ventana; pero él no quiso hacerlo, porque le pareció muy impropio. Luego se enteró de que hasta le habían tomado fotografías, y que ya estaban circulando en las redes sociales (y no era la primera vez). Total, que tuvo mucho material del cual echar mano. Y se puso a estudiar, a seleccionar los mejores movimientos, las formas más despectivas de hablar, de estudiar hasta los puntapiés que daba a sus guaruras cuando lo incomodaban. Y llegó el día de la grabación. Yo lo acompañé porque me cae bien, y él y su mamá me aprecian. Así que me metió al foro “para que le diera buena suerte”. Y cuando lo llamaron a hacer su escena, echó mano de todos los recursos que había reunido, seguro de que lo estaba haciendo muy bien. ¿Pero qué crees? El director le dijo que estaba exagerando, que la gente ya no se comportaba así, porque sus subordinados lo denunciarían ante la autoridad correspondiente; que ya no existían hombres como aquellos, que habían sido verdaderamente nefastos, pero que ya se había adelantado un poco en el comportamiento humano; y que presentar “eso” en televisión era ir derecho al fracaso. Y de nada valió que el chavo le explicara de dónde había sacado su material, porque el director no lo quiso aceptar y le quitó el papel. Total, que si al salir de la vecindad íbamos con el ánimo muy alto, regresamos arrastrándonos (moralmente, se entiende). Y la mamá del chavo tuvo que pasar mucho tiempo consolándolo por su “fracaso”. Lo pongo entre comillas, porque él no fracasó; él hizo las cosas como las vio en la realidad. Pero muchos creen que esa realidad ya no existe. ¿Te imaginas? 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