Aunque esto no es nuevo para mí y durante algunas temporadas de mi vida y para ciertas situaciones he optado por el transporte público. Anteriormente, esta última ha sido particularmente importante por muchas razones y creo que cada vez más me convenzo de la importancia de retomar la opción que tenemos los capitalinos de viajar en transporte público por muchas razones de peso.
Independientemente de la contaminación que ocasiona el desmedido parque vehicular de la Ciudad de México que nos afecta a todos terriblemente, relajar el tráfico economizando en espacio, en vez de ir una persona por coche vamos en grupos de 30 a 50 o viajando en Metro bus auto bus o Metro, dejamos espacio a los vehículos que de verdad lo necesitan, ambulancias, patrullas, autobuses escolares etc… En esta ciudad llegar de un punto a otro en coche es un problema, es caro, es estresante y además es estorboso.
Por otro lado pienso que viajar en transporte fortalece el sentido de comunidad, suaviza la barrera enorme social que hay entre los de coche y los de a pie y nos permite algo esencial: vernos. Sí, ver al otro, escucharlo, conocerlo, saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, cuántas horas pasamos en el camino y en qué condiciones. Si los jefes y los patrones conocieran esta etapa de la vida de las personas tendrían otra perspectiva sobre sus compañeros de banca, hacer conciencia sobre la vida y las dificultades que pasan los demás nos regala la oportunidad de ser más empatices y afectivos.
Desde que me muevo en transporte público no solo son más eficientes mis traslados, más rápidos, infinitamente más económicos, también son más conscientes, más funcionales, me brindan tiempo para leer, trabajar desde antes de llegar a mi negocio, avanzar en pendientes, también camino algo que en estos tiempos es un lujo.
Podría sentarme y escribir cientos de historias que he visto y escuchado en el Metro, sin duda mucho más interesantes que cualquier serie y reales, de gente real, de connacionales míos, me ha permitido no solo sensibilizarme sino también conocer y admirar a las madres que vuelven a sus casas en el vagón rosa después de recoger a sus hijos en la guardería y de una larga y pesada jornada laboral, he visto sus caras de cansancio pero también he podido reconocer su compromiso y fortaleza.
Puedo asegurar que absolutamente todas las veces que alguien se sube a cantar, vender algo o solo pidiendo limosna, jamás sale con las manos vacías. La solidaridad de la gente que siempre tiene una moneda para dar sin preguntar, sin juzgar y sin esperar nada a cambio, el sentido de comunidad al ayudar a las personas mayores, a las personas con discapacidad o simplemente a las que caminan un poco más lento o llevan una carga más pesada.
Caminar y conocer la ciudad reafirma mi teoría de que andar a pie fortalece no solo las piernas, sino también el espíritu, muestra nuevos caminos, abre puertas, enseña soluciones y nos enseña a conocernos y conocer a los demás caminantes.
Te evita caer en discursos ridículos como el que los pobres son pobres porque quieren y esa tontería del “Echeleganismo”, la vida es sin duda mucho más dura y dispareja para la mayoría.
El transporte público en la Ciudad de México y área conurbada tiene efectivamente muchísimas áreas de oportunidad, en ocasiones no es cómodo pero sí cada vez más puntual y seguro, al menos en el Metro no estamos expuestos a los cafres que manejan y mandan mensajes y que se siente dueña de la calle. Yo les aseguro que la gente abajo es mucho más educada y considerada que al volante. Vivirlo y volverlo de uso general de la población sin duda contribuiría a una mejora, la demanda así como la exigencia de transporte seguro limpio y eficiente tiene que ser una preocupación de todos los habitantes de la ciudad.
Columna escrita de regreso a casa en uno de los 6 transportes que se toman para ir y volver del trabajo y que son el día a día de la gran mayoría de los capitalinos.
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