Los Olvidos | Parte 15

Antes de llegar a la casa me detuve en el Pierre Marqués   para poner mis ideas en orden. Dejé mi coche en el estacionamiento, saludé a los encargados  de la recepción y me fui a sentar...

23 de noviembre, 2020 los olvidos

Antes de llegar a la casa me detuve en el Pierre Marqués   para poner mis ideas en orden. Dejé mi coche en el estacionamiento, saludé a los encargados  de la recepción y me fui a sentar en la playa bajo uno de los toldos blancos de tela que brindan una agradable privacía.

Me recliné relajadamente, me quité los zapatos, y dejé correr  las preguntas que surgían en mi mente:

¿Quién habría escrito esos diarios?

¿Qué mensajes iría yo a encontrar  en las cartas y postales que llenaban la mitad de la caja en la que estaban guardados?

¿Serían cartas de varias personas, o de la misma?

Necesariamente (por lógica) solamente habría cartas recibidas en Los Olvidos en respuesta a otras cartas enviadas desde ahí.




¿Quién las habrá llevado al correo para que volaran a su destino o habrían ido por barco?

Cuánta ilusión puede implicar el ritual de mandar palabras vivas a otro sitio, a alguien que de seguro las espera, las necesita, las adivina en su anticipación. 

Tenía curiosidad por leer los periódicos y revistas que según me dijo don Marcelino, estaban en español.

Yo creía que solamente había un álbum de fotografías, pero pude ver dos, más o menos grandes, y otro más pequeño.

En mi casa se acostumbraba que las fotografías pegadas en los álbumes tuvieran alguna referencia en letras blancas al pie de cada una, para recordar la fecha, la vacación, el evento que fuera, o cualquier otro detalle, incluso al pie de algunas fotografías, mis hermanas ponían algún comentario chusco o por el contrario, una referencia especial.

El sol comenzó a bajar poco a poco, dándole  a las olas un tono azul muy claro con un trasfondo cristalino. Algunas veces se podían ver delfines jugando en el rizo de las olas, otras veces atravesaba el túnel transparente la silueta vertiginosa de un tiburón. Estaba yo disfrutando el atardecer, pensando en los muchos secretos que resguardaba Los Olvidos.

¿Qué tan improbable era que un minero inglés hubiera llegado hasta México para hacer fortuna en Zacatecas y luego construir una casa tan hermosa sobre los arrecifes de Acapulco?

¿Cómo había sido posible que una casa de semejante majestad y belleza hubiera dejado de pertenecerle?

¿Cómo pudo perderla  y por qué?

¿Habrá tenido esposa e hijos?

Las preguntas se agolpaban en mi mente pero sin aturdirme.

Me cuestionaba igual que si estuviera hojeando los periódicos sin leerlos, recorriendo sus páginas sin detenerme en alguna noticia o alguna imagen.

En la distancia hacia la derecha, donde el revolcadero colinda con los montes que le dan forma a la bahía de puerto Marqués, las olas golpeaban los acantilados lanzando grandes cantidades de espuma que se diluía en millones de cristales convertidos en diamantes por la luz del sol.

El aire estaba fresco pero, por suerte, yo había traído un suéter atado a la cintura. Me lo puse y de inmediato me abrigó lo suficiente como para seguir disfrutando de la vista otro rato.

Por mi mente pasaban preguntas y recuerdos, preguntas todas sobre Los Olvidos y su tiempo de esplendor, sobre su actualidad, sobre quienes la diseñaron,  sobre el enigmático gambusino que decidió construirla  justo ahí.

¿Cómo escogió  ese terreno que domina la península de la explanada?

Seguramente alguna vez estuvo sobre el terreno agreste, vacío, recorrió la cresta de la península y llegó hasta su extremo extasiándose con la majestad del paisaje virgen y decidió que ahí edificaría una casa irrepetible.

Algún tiempo después, Emmanuell Claymon contemplaba el mismo paisaje, pero esta vez, parado sobre el suelo de terrazo rojo que cubría todos los pisos de la casa con  losetas cuadradas cuyas juntas apenas se notaban gracias al cariñoso cuidado de los artesanos que dejaron ahí su tiempo y su trabajo mientras veían como florecía en torno suyo la casa de los olvidos…

…los olvidos…

¿Olvidos de qué?

Recordé con claridad que no había sido desde la Sinfonía que vi Los Olvidos por primera vez, sino desde la casa Ralph en el cerro de la Pinzona.

La vista desde casa Ralph daba al mar abierto por encima de playa Angosta, y en el extremo izquierdo hasta el final de los riscos que forman la ensenada se veía la silueta de Los Olvidos que parecía lejanísima pero no más pequeña. 

Recordé que muchas veces mientras veía yo el mar abierto desde la pequeña terracita de la casa Ralph, llamaba mi atención esa casa que reinaba soberana en lo alto de la península de la explanada.

Cada vez que pensaba yo en Los Olvidos, volvían  a mi mente las  iniciales M.C.

¿Quién era M.C.?

Tenía que haber sido una mujer joven a juzgar por sus palabras del 29 de junio de 1942.

¿De quién se había enamorado tan intensamente en el poco tiempo que ella misma refería en su diario?

Ni don Marcelino ni su señora habían conocido a Emmanuell Claymon. Ellos  habían llegado a Los Olvidos mucho después, cuando un señor veracruzano se había quedado con la casa en pago de una deuda…

¿Qué clase de deuda?

Una cosa era desprenderse de una propiedad vendiéndola por decisión libre y propia, y otra muy distinta perder una belleza así, por un adeudo; ¡por una apuesta! ¡Las Olvidos no  era algo que pudiera venderse!

No era algo que se deja atrás tan fácilmente, no después de todo lo que según intuía yo, había significado para el aventurero Emmanuel Claymon.

¿Cómo pudo un hombre evidentemente muy rico como él, llegar al extremo de tener que entregarle su casa a un acreedor? Me chocaba la idea de que, la  hubiera podido apostar perdiéndola de semejante forma.

Alguien como Claymon, luchador y aventurero, no me parecía que fuera la clase de hombre que se da por vencido fácilmente y deja perder un tesoro semejante.

Por mi mente cruzó la idea de que por motivos distintos que nada tenían que ver con apuestas ni con deudas,  Claymon quiso escapar de esa casa dejándola atrás para no volver y comenzar a olvidar…

..y a olvidarla…

¿A quién podría yo preguntarle?, ¿quién en Acapulco  podría saber algo de Emmanuell Claymon?

Recordé que me dijeron que mientras se estaba construyendo Los Olvidos,  Emmanuel Claymon pasaba mucho tiempo en el hotel  Mirador; tal vez hasta se hospedaba ahí y fue así como se hizo amigo de don Carlos Barnard.

Yo no conocía al  señor Barnard, pero conocía a Abel Ramírez que era capitán de meseros en La Perla,  y a Mauro que era el jefe de capitanes ahí mismo, y los dos eran mis amigos.

Se me ocurrió pedirle prestada a don Marcelino la fotografía de la pareja que se me había caído del diario de M.C para ensenársela a don Abel y a don Mauro en La Perla y a doña Rosita en El Faro.

Yo quería saber todo de Los Olvidos, de Claymon, de cómo se le ocurrió construir esa casa, de sus charlas con los arquitectos, de la forma en que Los Olvidos fue pasando de ser un sueño a unos bosquejos a lápiz, luego unos planos, dibujos más precisos, toda la magia de su gestación hasta llegar el día de su inauguración en el que sin duda se debe haber estrenado la terraza volada destinada para las orquestas con la música que invariablemente me transportaba a ese tiempo que no solamente no  me era ajeno sino incluso entrañable.

Yo lo que en realidad quería saber, era todo sobre la joven cuyos diarios se habían quedado atrás. ¿Qué explicación podía haber para que esos diarios fueran encontrados en sitios que don Marcelino y su esposa habían revisado y limpiado constatando que estaban completamente vacíos? ¿Cómo llegaron ahí, quién los puso?

Yo tenía necesidad de saber, de descubrir quién había sido M.C. De la misma forma que ella ocupaba la totalidad de mis pensamientos durante buena parte del día, yo jugaba a imaginar que sin justificación lógica posible, ella habría pensado en mí en algún momento, desde que mi vista de adolescente se perdía en la lejana silueta de Los Olvidos cuando la miraba desde la casa Ralph en el cerro de la Pinzona.

Como si ella supiera que alguna vez llegaría yo a Los Olvidos,  y sus vestigios, dejados intencionalmente como señales, podrían guiarme y llevarme a encontrarla y descubrirla a traves de sus palabras, sus retratos y quizá hasta su perfume…

¿Cómo podía yo crear semejante fantasía y además creerla? ¿Cómo podría tener algún vínculo conmigo alguien que necesariamente había nacido mucho antes que yo?

No se trataba nada más de la diferencia de edad, sino de grandes márgenes de tiempo y de distancia. En Los Olvidos nada más habían quedado sus vestigios, sus palabras no dichas para mí, sus palabras que no podían haberse referido a mí.

¿Cómo podría haber pensado en mí una mujer que si todavía viviera seria mayor que yo y además ni siquiera me conocía?

Teddy Stauffer había conocido al señor Claymon y al parecer había cuando menos dirigido la orquesta en alguna de las fiestas de Los Olvidos, tal vez la de Glenn Miller o la de Benny Goodman.

Teddy Stauffer seguía activo en Acapulco. Frecuentemente lo había visto por las noches en el Armando’s Le Club y otras discotecas, y además había vivido en El Faro y de seguro doña Rosita Salas me podría ayudar a tener una cita con él para que me contara lo que supiera y quisiera contarme sobre Claymon y Los Olvidos.

Pensando tantas cosas, se me pasó el tiempo rapidísimo, tanto, que no vi la puesta de sol. Estaba yo completamente absorto en mis pensamientos hasta que desperté a la realidad y me fui de la playa de regreso a mi casa.

Al día siguiente, domingo, fui a Los Olvidos alrededor del mediodía.

Don Marcelino con su invariable buen humor me dijo:

Se le pegaron las sabanas joven.

¡Qué va don Marcelino!, lo que pasa es que quería pedirle un favor.

¿De qué se trata?

El otro  dia que vine, mientras estaba leyendo uno de los diarios, se cayó una fotografía de una pareja joven en la terraza del Hotel Mirador. ¿Si se  la enseño, usted sabrá quiénes son?

No joven, no creo, pero si quiere enséñemela. 

Subimos los dos a la recámara principal, tomé el diario de su caja, y busqué con cuidado la fotografía. 

Ésta es Don Marcelino.

Él se quedó viéndola y después de unos instantes me dijo:

Nunca la había visto. ¡Qué bonita pareja! Se ven como extranjeros.

Pues el primer dueño era inglés y esos deben haber sido sus familiares o sus amigos.

Tiene usted razón, joven.

¿Me la prestaría  por favor para sacarle un duplicado en la foto germana que está en el edificio Oviedo? Hoy en la tardecita quisiera enseñársela a doña Rosita en el Faro y a unos amigos que trabajan hace muchos años en La Perla del Mirador.

Claro joven, no hay problema, llévesela con confianza y ahí luego la pone en el diario cuando venga otra vez.

 

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