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La información que nos dejan escritores como Cristina Rivera Garza, Andrés Ríos Molina, Jesús Silva Herzog y tantos investigadores, descifró un mundo de horror velado aún para el siglo XX que prometía avances en el cosmos de la medicina y en especial de la psiquiatría. Y nos lo cuentan sin reserva, ¿por qué no hacerlo si la verdad debe concederse?, ya habrá quien decida seguir volteando hacia otro lado.
En las entrañas de instituciones como el Manicomio General de La Castañeda, el hacinamiento se convertía en un testimonio de la indiferencia colectiva. Las condiciones de vida eran insalubres, los cuerpos se amontonaban en camas estrechas y los pasillos resonaban con el eco de un cuidado insuficiente. El maltrato y el abuso eran la rutina, no la excepción. El aislamiento, prolongado y cruel, condenaba a los pacientes no solo a una reclusión física, sino también a una pérdida total de identidad.
Las personas con enfermedades mentales eran relegadas a márgenes invisibles. Su sola existencia despertaba en los demás una mezcla de temor y desconfianza, alimentada por la ignorancia y el prejuicio. Eran vistos como peligrosos, incurables, como portadores de una maldición que nadie quería compartir. La sociedad les negaba no solo el cuidado, sino también la dignidad, una realidad que aún no se considera tan añeja.
La escasez de profesionales especializados agravaba la situación. Faltaban psiquiatras, psicólogos y personal médico capacitado para atender las complejidades de la mente humana. Los tratamientos eran poco más que intentos desesperados de controlar lo incontrolable. Lobotomías, terapias de choque y confinamientos prolongados eran métodos que pretendían ser soluciones, pero que en realidad se convertían en castigos. Sin terapias modernas ni diagnósticos precisos, los pacientes eran víctimas de evaluaciones superficiales basadas en criterios no científicos, condenados a tratamientos inhumanos que solo intensificaban su sufrimiento.
Mientras tanto, los recursos eran tan limitados como la compasión. El financiamiento escaso y la falta de infraestructura dejaban a las instituciones psiquiátricas en un estado de abandono estructural. La medicina escaseaba, y los suministros que llegaban eran apenas suficientes para mantener la ilusión de que algo estaba mejorando. En realidad, todo parecía un intento fallido de contener un problema que nadie se atrevía a enfrentar con seriedad.
La falta de dirección gubernamental añadía una capa más de desesperanza. Sin políticas públicas claras ni apoyo estatal, la psiquiatría en México navegaba a la deriva. Los pacientes no eran vistos como individuos con posibilidad de rehabilitación, sino como peligros ambulantes que debían ser apartados de la sociedad. Su aislamiento era el reflejo de una sociedad que prefería ignorar lo incómodo, escondiendo sus miedos tras los muros de instituciones que, irónicamente, habían sido construidas para sanar.
La psiquiatría, en aquel entonces, no era una ciencia; era un reflejo de los prejuicios de una época. Pero entre las grietas de este sistema opresivo, se gestaba una lección que tardaría décadas en germinar: la humanidad no puede considerarse completa si abandona a quienes habitan en las fronteras de la razón. Las sombras de principios del siglo XX nos recuerdan que el progreso no se mide solo en tecnologías y avances materiales, sino en la capacidad de una sociedad para mirar al otro, incluso al más incomprendido, con empatía y respeto.
En 1968 el hermoso edificio destinado para un mejor cuidado, aunque experimental, de la salud mental fue clausurado. Su fachada se desmontó piedra por piedra y se trasladó a una propiedad privada en donde hasta el día de hoy habita, como fiel testigo.
Emerge en mi ficción Antonio Carr, ese joven con aspiraciones integras, ese doctor que se convertiría, a principios del siglo pasado, en psiquiatra para atender aquellas “complejidades de la mente humana”. Sería uno más que se tropezara con los avatares del destino en un mundo menguado de calidad moral y piadosa.
ANTONIO CARR
A principios del siglo XX, Antonio Carr, primogénito de un segundo matrimonio del Dr. Raúl Carr, pionero de la medicina tradicional en una incipiente ciudad arrinconada en el entonces territorio de Baja California en México, decidió tentar los pasos de su padre y convertirse en médico. Antonio acarició desde pequeño la oscuridad de la mente en la que se sumergía su madre y, concebido como un sueño, se fue adentrando en el ignorado mundo del estudio del cerebro en la época.
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