La imposible misión de Alondra

Hace mucho escuché una frase atribuida a Confucio, un sabio chino que, como casi nadie ha leído, es bueno para atribuirle cualquier idea que suene bien y que uno no sepa de dónde salió. Dice la máxima:...

1 de septiembre, 2020

Hace mucho escuché una frase atribuida a Confucio, un sabio chino que, como casi nadie ha leído, es bueno para atribuirle cualquier idea que suene bien y que uno no sepa de dónde salió. Dice la máxima: “Si odias mucho a alguien, deséale que viva en una época interesante”. Para mí, que alguien nos ha odiado mucho y que sus deseos se le cumplieron. Creo que entre nuestros padres y nosotros hemos vivido una versión acelerada del devenir humano con tres eventos que han cambiado la ruta de la historia y cuyos efectos siguen siendo impredecibles: el final de la Segunda Guerra Mundial, la caída de la Unión Soviética y su bloque, y la pandemia del coronavirus; todas relevantes por sus implicaciones sociales, económicas, políticas y culturales. Somos hijos, herederos y protagonistas de estos tiempos.

En cada una de ellos, y en particular en éste que vivimos, el ingenio se ha visto sometido a pruebas inimaginables, tantas como el hecho de procurar incluso la sobrevivencia y no solo la del estómago –que ya es bastante–, sino también la de la cultura, la civilización y la humanidad. Por eso creo que, pese a todo, entre tanta confusión, pérdida de rumbo y muerte, hay cosas que celebrar, cosas que nos dan material para pensar y avizorar cómo podría ser el tiempo que nos espera. 

Hace apenas unos días, Alondra de la Parra, la gran Alondra, presentó un proyecto que nació de su ingenio y cuya formación estuvo monitoreando con su público durante más de un mes. Se trata del proyecto La Orquesta Imposible. La directora de orquesta decidió apoyar a mujeres y niños víctimas de la violencia intrafamiliar. Como artista y como ciudadana ha hecho lo que esperaríamos que hiciera el Estado y que no hizo. Con su propio esfuerzo y prestigio reunió a 40 de los mejores músicos del mundo, provenientes de 14 países, para interpretar el Danzón No. 2 de Arturo Márquez. El resultado es asombroso, excelente, delicioso, sobre todo, asombroso (https://youtu.be/kSdPbcP9gTM). 

No me asombra tanto el despliegue tecnológico, a eso ya estamos acostumbrados, sí su producción y ejecución, que es de esas cosas que solo de lo bien hechas ya dan gusto; no me asombra el poder de convocatoria de Alondra de la Parra, su prestigio la precede y debe ser todo un placer colaborar con ella; me asombra, sí, la forma en que quienes pueden y lo asumen están tomando el liderazgo abandonado por quienes tienen la legitimidad y deberían tener la disposición para ejercerlo; una Secretaría de Cultura que no encuentra interlocutores para ejercer no un magro y triste presupuesto, sino un liderazgo cultural que le permitiera un ejercicio como éste que ha sido productivo, y que ha puesto una de las piezas más significativas de la música mexicana contemporánea en el candelero de la audiencia a través del mundo. Alondra lanzó el mensaje a las audiencias, a los creadores, a los miembros del ciclo cultural del mundo: que estamos vivos y trabajando, que ésta es la tendencia en nuestra música, que ese es el rescate de nuestras tradiciones y que lo estamos haciendo por nosotros mismos, que de muchas maneras somos los ciudadanos los que hemos asumido el liderazgo.

Yo no he visto algo así, un producto, no un discurso o una emocionante declaración, que provenga de la autoridad cultural. Confundidos en la tristeza de la desorganización y la austeridad, no veo que aparezcan los intelectuales con los que el Estado ha decidido abrir el diálogo, no el combate ni la confrontación, sino el debate franco y abierto que nos permita saber que somos una cultura que no está tratando de salvar la tripa y el hambre, sino que se está aventurando a manifestarse y a crear. La cultura, su administración y promoción, no va a crecer por crear sucedáneos de festivales que la sana distancia nos impide realizar como tradicionalmente lo hacíamos, sino creando una narrativa y un discurso nuevo sobre el destino que hemos querido asumir. Me pregunto cuáles son las novelas que caracterizan nuestro tiempo; cuál es la música que representa la banda sonora de estos tiempos; cuáles son las voces con las que el Estado contrastó sus principios y sus convicciones; cuál, en fin, es nuestra visión cultural de estos tiempos.

Diplomacia cultural y rescate de las lenguas originarias, magnífico: diplomacia cultural la hemos hecho desde tiempos de Lucas Alamán, Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Octavio Paz –y paro la cuenta que se me acaba el párrafo– y el rescate de las lenguas indígenas la hemos hecho desde los tiempos de Antonio Caso –y ya podríamos regalar por las calles el discurso de ingreso de Patrick Johanssohn a la Academia Mexicana de la Lengua–. Pero a ello, habría que adherir cuál es la visión de nuestra cultura en el mundo, porque no vemos a los intelectuales jalando parejo con el proyecto cultural de la transformación, porque no hubo en la historia un cambio histórico de verdad que no estuviera precedido y acompañado de un profundo cambio cultural, de un proyecto estético, expresivo y narrativo que ahondara en la conciencia de los ciudadanos más allá de los discursos, las promesas y los eventos electorales. No hay algo así hoy en día, lo seguimos esperando y no sé ya, a estas alturas, si sea tiempo o si se esté cocinando algo en ese sentido.




Los artistas y los creadores son los que se han propuesto esa misión y uno de los pasos grandes, de esos que suenan y hacen voltear la mirada, lo ha dado ya Alondra de la Parra. Es ella la que en esta ocasión ha cumplido con su país y con su propia vocación, su primera misión imposible.

Gracias, Alondra de la Parra.

@cesarbc70 

Comentarios
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Cada año tenemos un mayor número de homicidios dolosos y en algunos lugares, la cuarta parte corresponden a feminicidios, esto es, homicidio por razón de género. Dichos titulares de nota roja resultan como la punta del iceberg; solo estamos viendo lo más amarillista, pero no nos aventuramos a mirar debajo del nivel del agua, a esa base que sustenta los crímenes que se dan en México, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez.  Tal vez haya cambios en edad de las víctimas, en ocupación de ellas al momento de ser asesinadas.  El móvil que lleva a privarlas  de la vida varía, pero en el fondo hay un mismo sustrato que se repite, como una amalgama de elementos culturales que, acomodados de una u otra manera, finalmente dan un resultado similar. En los últimos diez años, y más acentuado con razón de la pandemia, surgen importantes escritoras  de novela negra en Latinoamérica: México; Argentina; Colombia; Chile.  Más allá de Verónica Llaca, ganadora del concurso “Una vuelta de tuerca” en el 2014 con su novela La simetría de los árboles, no ha sido hasta estos últimos años cuando aparecen voces poderosas, tanto en México como en Latinoamérica, contando desde su percepción de género la historia de la violencia contra la mujer.  Dentro de las jóvenes creadoras tenemos una gama variada de voces que nos llaman a zambullirnos en las gélidas aguas en torno al iceberg del feminicidio para conocer, centímetro a centímetro la base que lo sostiene. Un término que me resultó esclarecedor, y al cual quiero dedicar esta colaboración, lo llama Selva Almada, escritora argentina “micro violencias domésticas”.  De este modo se refiere a esos detalles suspendidos en la mayoría de los hogares latinoamericanos.  Desde los menos favorecidos en la esfera económica hasta los que consideramos “bien avenidos”, conformados por familias de clase media o media alta, integradas, con ingresos económicos estables; hijos con excelentes oportunidades de estudio; ocasión de frecuentes  viajes por placer.  En un extremo y el otro de la escala socioeconómica que estamos imaginando ahora, se presentan esos mínimos actos de violencia contra la mujer que, a la vuelta de los años, hacen un acumulado considerable, que bien puede culminar en un feminicidio. En mi práctica institucional  hospitalaria era muy común atestiguar las diferentes reacciones de la familia ante el nacimiento de un varón o de una mujer.  Hablo de los tiempos en que el ultrasonido apenas comenzaba a utilizarse, por lo que la mayoría de quienes acudían al Sector Público, no se enteraban del género biológico sino hasta el parto. Alguna vez, cuestioné a una madre por qué se alegraba más por un niño que por una niña, me dijo: “Porque el niño va a ayudar a llevar más dinero a la casa”.  No me convenció del todo su respuesta. Husmeaba  factores antropológicos y psicológicos detrás de ese pensamiento que logré entender leyendo a Margaret Mead, antropóloga social dedicada a estudiar la impronta que deja la madre en los hijos con relación a las funciones de género.  Ella analizó poblaciones en Nueva Guinea para establecer principios que son válidos de forma universal. En nuestro amado México, esas costumbres de privilegiar al varón por encima de la mujer dentro de casa vienen de centurias atrás.  A pesar de que las deidades de la Cultura Mexica fueron tanto masculinas como femeninas, sí comenzó a determinarse un patrón de conducta de género: los varones iban al Calmécac para ser  sacerdotes, o se preparaban como guerreros.  Detrás de unos y otros estaba la mujer, como sombra, pero a la vez apuntalando esos patrones de comportamiento: una sociedad matriarcal revestida de un halo de glorificación para el varón.  La única ocasión en que la mujer llegaba a esos niveles tan elevados, era cuando moría durante la labor de parto. Así avanzamos como civilización, recibiendo influjos judeocristianos provenientes de Europa, en ocasiones otros distintos de África y en menor proporción de Asia. Incorporamos los elementos que resultaban útiles para conformar una sociedad que determina que en igualdad de circunstancias, el varón estudie y la mujercita se quede en casa aprendiendo labores del hogar;   dentro de casa, que la madre y las hijas atiendan al padre y a los hijos varones; que las prerrogativas sean en automático para el varón y altamente condicionadas para la mujer. Según el nivel sociocultural, tenemos desde padres violentos al extremo, hasta los que dejan caer con sutileza frases o actitudes que indican que para él las acciones del hijo son mejores  que las que hace la hija. Se descalifica, desacredita y resta valor a la mujer de un modo tan cotidiano y casual que se vuelve parte de la cultura intrafamiliar, y caldo de cultivo para violencias mayores. Ahora bien, que sea la mujer la que narre acerca de la violencia de género, otorga a su obra un doble valor: No es el varón narrando desde fuera como un testigo casual; es ella, la mujer, narrando desde el dolor y la impotencia; desde el sistema familiar que la asfixia, o en el mejor de los casos entorpece su crecimiento personal.  Esta voz narradora nos llama a salir del letargo para entender que la normalización de la violencia no es sana. Lejos de que sea el contacto con los videojuegos violentos o con las series sobre narcos, la causa última, la violencia se respira en el ambiente hogareño, en micro dosis, en forma habitual.  Ahora es tiempo de ventilar las habitaciones, de abrir puertas y ventanas del conocimiento, para detectar cuáles son esas expresiones de micro violencia con las que hemos convivido desde la infancia. 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Cuando me vio, me preguntó qué andaba yo haciendo ahí si no era sábado  por la tarde. - Padre, vine a ver si puedo quitarle  cinco minutos después de la Misa. - ¿Te quieres confesar? - Ahorita no, padre; es otra cosa que puede esperar a que termine usted de oficiar la Misa. - Está bien, hijo, nos vemos aquí terminando la Misa. La iglesia de Costa Azul es muy bonita; es de estilo Art Deco tropical, muy sobria, y tras el altar hay una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús tallada en madera, con una altura de más de tres o cuatro metros, con los brazos abiertos abrazando a todos sus hijos-hermanos. Yo siempre escuchaba la Misa sentado sobre una banca de piedra que hay al exterior del templo para las Misas de fin de semana en las que hay más gente. Terminando la Misa fui a esperar al Padre a la sacristía. 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El padre Angel se puso a reír como monaguillo diciéndome que no lo podía creer. - ¿Cómo es posible hijo querido que no sepas qué santo se conmemora el día que naciste? - ¿Y cómo sabes que es santa y no santo? - Una amiga mía me lo dijo, pero no  me  quiso decir quién es mi santa  patrona; me dijo que le preguntara yo a usted. - ¿Y quién es esa amiga tuya? - Doña Rosita Salas, la dueña del  hotel  El Faro. - ¡Ah que caray!, esa si es sorpresa, hijo. Yo conozco bien a Doña Rosita Salas, de repente va a Misa a la iglesia de Cristo Rey, o la veo en la Catedral que es donde va más seguido. ¿Y tú de que la conoces? - Pues de puro metiche padre;  siempre hemos ido mucho al Mirador para cenar en La Perla o  ver los clavadistas,  y paseando por la plaza un día fuera de El Faro vi un par de placas de bronce que conmemoraban tanto El Faro como El Mirador y decían que Don Carlos Barnard había sido el precursor del desarrollo de Acapulco.Y entré al hotel para ver cómo era por dentro, porque se veía bonito  y al  parecer era antiguo. - Antiguo si es hijo, debe ser como de los años 30, más o menos del mismo tiempo que comenzó El Mirador. - Pues al entrar vi un foto-mural muy grande con un grupo de personas entre las que se veía una joven muy bonita,  con el  pelo negro muy brillante formando dos chongos trenzados a ambos lados de la cabeza. Entonces le dije  al amigo que iba conmigo, que se fijara en esa chica tan bonita; en ese momento, desde atrás alguien jalo mi camisa y al  voltear vi a una señora muy bonita que me dijo que esa joven  era ella. Era doña Rosita Salas; desde entonces nos hicimos amigos. - ¿Y ella te dijo que me preguntaras a mí por tu santa patrona? - Así es. - Está bien hijo,  ¿cuándo naciste? - El 14 de marzo de 1951. - ¡Caray Pequitos, tienes una santa patrona con la vara muy alta! Fue una princesa alemana de Franconia en el primer milenio del cristianismo, no recuerdo el año exactamente, pero fue una noble mujer muy virtuosa. - ¿Pero cómo se llamaba? - ¡De veras!, se llamaba Matilde Von  Ringelheim. Debo haber puesto una cara de llamar la atención, porque el padre Angel me dijo: - De verdad me sorprende que no lo supieras, no es nada malo, pero de verdad tuvo una vida excepcional en la que sus títulos nobiliarios y su fortuna no le impidieron dedicarse a Dios y a hacer mucho bien. Me da mucho gusto haberme dado esta escapadita contigo, hijo. Si andas por aquí el sábado en la tarde, ayúdame con las lecturas en la Misa de 6.30 en la Capilla de la Paz. - Claro que sí padre, ahí nos vemos el sábado Dios mediante. - ¿Me das aventón de regreso  a Costa Azul, hijo? - A donde usted diga, padre. Llegando a la glorieta frente a la iglesia, cuando el padre se  bajó del coche, yo también, y entonces me dijo con cariño: - Te doy tu bendición, Pequitos; salúdame a Doña Rosita. - De su parte padre, con mucho gusto, y muchas gracias. - Rézale a tu santa patrona hijito, no lo olvides. - No, padre, y muchas gracias de nuevo. Cuando el padre Ángel me dijo que mi santa patrona es Matilda, Matilda Von Ringelheim, de inmediato comenzaron los  pensamientos a correr por mi mente, pero aparte de la coincidencia entre mi cumpleaños y el santo de Matilda Claymon, no encontraba yo nada más. Necesitaba ir a algún lugar donde pudiera tomarme otro café y pensar con calma y lo  más ordenadamente posible. En el Hotel Misión, allá por el centro, podría yo estar tranquilo bajo la sombra de sus mangos tomándome un café  haciendo tiempo para no llegar al Faro demasiado temprano. Llegué al Misión y muy amablemente me ofrecieron mi café servido en sus hermosas tazas de talavera, tomé asiento en una de sus inigualables mecedoras de varas, y finalmente pude ponerme a conjeturar la “coincidencia”  entre el nombre de Matilda y la fecha de mi nacimiento. Esta coincidencia no explicaba por sí sola la inscripción del día de mi nacimiento en la baldosa del palmar. ¿Pero a quién se le habría ocurrido grabar 14 de marzo de 1951 precisamente ahí? ¿A quién y por qué?  Esa baldosa no tenía explicación posible aisladamente; tenía que haber alguna razón para que alguien grabara exactamente esa fecha ahí. Al quién y al por qué, se tendría que agregar el cuándo. Me ofrecieron otra taza de café, pero ya había tomado suficiente; agradecí y pedí la cuenta. Alrededor de las doce y media del mediodía llegué al Faro y para mi buena suerte, ahí estaba Doña Rosita, platicando fuera del hotel con unos turistas americanos a los que les estaba contando de los clavadistas. Cuando me vio llegar, me hizo señal de que pasara al vestíbulo a esperarla un poquito. Cinco minutos después, entró diciéndome: - ¿Ya sabes quién es tu santa patrona? - Sí, es Santa Matilda Von Ringelheim. - ¿Te das cuenta hijo? - Realmente no, Doña Rosita; ¿de qué me podría dar cuenta? - Darte cuenta de que la fecha de tu nacimiento en la baldosa es la señal más clara de que tenías que llegar a esa casa alguna vez. Pero no nada más es la fecha de tu nacimiento sino la fecha del santo de Matilda,  y si reunimos las señales que has ido  encontrando,  todas regresan a esa inscripción en la baldosa. Si nada más hubiera estado inscrito el 14 de marzo sin precisar el año o señalando cualquier otro año, por mucho que coincidiera, no sería claramente relacionado contigo. Pero al haberse grabado precisamente la fecha del día que naciste, creo humildemente, que  es lo más  parecido  a una invitación personal dirigida a ti. ¿A cuántas otras casas has pedido entrar en Acapulco? - A ninguna otra. La vista de Doña Rosita se perdió de repente dando la impresión de que se hubiera ausentado; estuvo pensativa unos instantes, luego comenzó a pensar en voz alta. - Date cuenta que todas esas cosas que Don Marcelino y su esposa encontraron en Los Olvidos, no eran  basura ni  objetos sin importancia que hayan sido dejados atrás en una mudanza. Según me dijiste, ellos los fueron encontrando después de haber limpiado toda la casa de arriba abajo cuando no habían visto absolutamente nada. Esas señales no se las dejaron ni a  Marcelino ni a su esposa. Unos diarios,  unas cartas y postales, todas en inglés solamente tienen sentido si quien decidió dejarlos ahí, sabía que llegarían a las manos de su destinatario, un destinatario que podría leerlas  y hasta ahora, creo que el único visitante de Los Olvidos eres tú. Por cierto hijito, ¿Dónde aprendiste inglés?  - ¿No le he contado, Doña Rosita? - No m’ijo; no me has dicho; pero dime ahora. - Estuve interno en un colegio militar en Estados Unidos desde 1959 a 1963; regresé a México pocos días después de que mataron al presidente Kennedy. - Nunca me habías dicho. ¿Y qué tal estuvo? Cuando Doña Rosita me preguntó qué tal había estado, mi vista de perdió en el vacío de los recuerdos; pasaron frente a mí muchos momentos que creía olvidados; el día que me fui de México al internado, los detalles del viaje primero a Nueva York, luego a Washington y finalmente a Linton  Hall en Virginia. Mi primera noche en el dormitorio, y luego la desaparición del tiempo que un día sin avisar, dejó de transcurrir; dejó de transcurrir porque dejé de vivir en función de regresar algún día. La voz de Doña Rosita me trajo de regreso al Faro: - ¡Hijito! ¿Dónde andas? - Perdón, Doña Rosita, me perdí con su pregunta. Ya no insistió en saber cómo me había ido. Se quedó viéndome con un aire de ternura y retomó la conversación.  - Ayer dijiste que quién sabe dónde habrá ido a dar mi niña Matilda, pero yo creo que la forma de averiguarlo es revisar el contenido de esas dos cajas de cartón que te esperan en Los Olvidos. No se trata de los últimos dos o tres meses Pequitos, te ha tomado muchos años acercarte  ahí, porque me has dicho que desde la casa Ralph es  donde comenzaste a fijarte en esa casa; luego te fuiste al internado y cuando volviste a venir a Acapulco, seguiste intrigado y atraído a tal grado, que un buen día decidiste llamar a su puerta y pedir que te dejaran entrar. Si estuviéramos limitados por las reglas del tiempo lineal, no tendría explicación posible   que estés tan ligado a esa casa desde niño.  Estoy hablando demasiado hijito; ya se me pasó la  mano. - Para nada, Doña Rosita; lo que dice tiene mucho sentido y además me encanta escucharla. - Está bien hijito;  entonces nada más ten en cuenta que ni yo ni Marcelino ni nadie que yo imagine, puede decirte por qué motivo está grabada la fecha de tu nacimiento en Los Olvidos. Te aconsejo que te lo tomes con calma y que te asomes a los diarios que no has leído, a los álbumes que no has querido ver. No es algo que puedas hacer a la carrera; no puedes irte corriendo ahorita a Los Olvidos a hojear deprisa todo lo que no has visto y regresarte conmigo trayéndome Yolis para que yo te resuelva las dudas. De ti depende seguir las señales que se te han dado desde que entraste a Los Olvidos, o no seguirlas. Esa decisión solo tú  la puedes tomar y nadie te lo  puede impedir ni reprochar.  Ya recorriste un camino que no imaginaste que recorrerías; hace algunos meses, Los Olvidos para ti, era una casa enigmática sobre la saliente de los acantilados, oculta detrás de su palmar; pero ya entraste y todo cambió para ti. No has querido mirar los álbumes, pero a pesar de eso, dos fotografías en las que sale Matilda, han encontrado la forma de que las vieras. Gracias a que me trajiste el primer retrato que encontraste de Matilda, pude decirte quién era M.C. Lo único que me queda claro, hijito, es que desde que  fuiste a Los Olvidos y entraste,  te has compenetrado de sus secretos; de ser un espectador te has convertido en protagonista; de ser un rastreador de señales, te has vuelto parte de su historia. No a mucha gente le pasan estas cosas; no hay muchos  tan afortunados como tú. Ya te dije,  chiquito, tómatelo con calma; te aconsejo que cuando puedas y quieras, vayas a Los Olvidos y revises los diarios que no has visto y te asomes a los álbumes. Y ahora, mi niño, ya te dejo de perorar porque ya hablé demasiado. - Usted nunca habla de más,  Doña Rosita.  Siempre que la escucho, me hace bien y me aclara, y al aclararme, me da mucha tranquilidad. Voy a seguir su consejo; voy a ir con calma a Los Olvidos,  voy a platicar con Don Marcelino y a revisar lo que no he visto. - ¿Puedo venir a verla? - Tú no me tienes que pedir permiso  para venir a verme, niño. Ya te dije que aunque me des tanta lata, te quiero mucho. Ven todo lo que quieras, pero eso sí, siempre y cuando me traigas mis Yolis heladas. Salí del Faro como a las tres y media de la tarde. Estaba un poco cansado. Decidí irme directo al Pierre Marqués para estar tranquilo hasta que se pusiera el sol. Llegué poco más de media hora después, saludé a las señoritas de la recepción, y pedí una copa de vino blanco en el bar para luego dirigirme a uno de los toldos,  sentarme a ver el mar y ordenar mis ideas. Al ir apagándose la tarde, el mar se convertía en un caleidoscopio de tonalidades caprichosas; no hacía calor y corría una  brisa deliciosa. Estaba yo  distraído cuando escuché acercarse  cantando la inconfundible voz de un señor  en la playa desde muchos años atrás; había ido perdiendo la vista y ahora lo ayudaba un nietecito suyo que recogía lo que su abuelito ganaba por cantar. Cuando se acercaron donde yo estaba, lo saludé y reconoció mi voz.  - Hola joven, ¿cómo ha estado? - Bien Don Pano, ¿y usted? - Aquí cantando como siempre; ya ve usted que ahora me acompaña mi nietecito, se llama  Ricardo. - Hola Ricardo. - Hola joven. - ¿Se quiere sentar aquí tantito, Don Pano? - Sí joven,  con mucho gusto. - ¿Quieren tomar algo? - No joven, muchas gracias. - Con confianza Don Pano; ¿tu Ricardo, quieres un refresco? El pequeño le preguntó a su abuelito que le dio permiso. - ¿Puedo pedir una Pepsi? - Claro que sí.  - Le pedí al joven que atendía en los toldos que, por favor, trajera otra copa de vino blanco y una Pepsi para el niñito. - ¿Qué anda haciendo por aquí, joven? - Lo de siempre, enamorado de Acapulco. - ¿Nada más de Acapulco? De pronto no supe qué contestarle, pensando que era la clásica conversación ligera como para pasar el rato sin más, pero Don Pano,  que a pesar de su invidencia, sí veía, interpretó mi silencio y esbozando una sonrisa luminosa, me dijo: - O sea mi joven, que no nada más está enamorado de Acapulco; ya hay alguien más… - La verdad no sé,  Don Marcelo, entre otras cosas por eso vine a la playa, para poner en orden la cabeza. - Ay querido joven,  cuando el corazón entra en acción, lo mejor es seguirlo porque los sentimientos no se gobiernan con la cabeza, no  se piensan, se sienten. - ¿Quiere que le cante su “bésame mucho”? Entre Don Pano  y yo se había hecho toda una tradición siempre que nos veíamos, que cantara esa canción de Consuelito Velázquez. Se la había yo oído cantar a todos los cantantes  imaginables, pero ninguno la cantaba como Don Pano con su guitarra y acompañado por el coro de las olas. Pulsó su guitarra y comenzó a cantar imprimiéndole el sello de sus sentimientos que hacían de su interpretación un privilegio para quien lo escuchaba, como ahora lo hacíamos su nietecito y yo… “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez; bésame, bésame mucho, que tengo miedo a perderte, perderte después…”. - Espero que le haya gustado güerito, y ahora con su permiso, vamos a seguirle. Él siempre pedía lo que le quisieran dar por cantar, y cada vez, yo le decía que la belleza de su arte no tenía precio; esta vez se lo dije directamente a su nietecito que tenía motivos sobrados para sentirse orgulloso de su abuelo. Los vi alejarse hacia el revolcadero en tanto la tonada y su letra se quedaron conmigo… Mientras el sol se preparaba para irse a descansar,  la imagen de mi viejo amigo guiado por su nietecito se fue perdiendo en la distancia mientras yo sentía  que esta vez,  “bésame mucho” me había sido dedicada. Esa canción que con su bella tonada y su sencilla letra le había dado la vuelta al mundo  muchas veces y tantas otras a través  del tiempo; del pasado, el presente y el futuro." 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Cada año tenemos un mayor número de homicidios dolosos y en algunos lugares, la cuarta parte corresponden a feminicidios, esto es, homicidio por razón de género. Dichos titulares de nota roja resultan como la punta del iceberg; solo estamos viendo lo más amarillista, pero no nos aventuramos a mirar debajo del nivel del agua, a esa base que sustenta los crímenes que se dan en México, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez.  Tal vez haya cambios en edad de las víctimas, en ocupación de ellas al momento de ser asesinadas.  El móvil que lleva a privarlas  de la vida varía, pero en el fondo hay un mismo sustrato que se repite, como una amalgama de elementos culturales que, acomodados de una u otra manera, finalmente dan un resultado similar. En los últimos diez años, y más acentuado con razón de la pandemia, surgen importantes escritoras  de novela negra en Latinoamérica: México; Argentina; Colombia; Chile.  Más allá de Verónica Llaca, ganadora del concurso “Una vuelta de tuerca” en el 2014 con su novela La simetría de los árboles, no ha sido hasta estos últimos años cuando aparecen voces poderosas, tanto en México como en Latinoamérica, contando desde su percepción de género la historia de la violencia contra la mujer.  Dentro de las jóvenes creadoras tenemos una gama variada de voces que nos llaman a zambullirnos en las gélidas aguas en torno al iceberg del feminicidio para conocer, centímetro a centímetro la base que lo sostiene. Un término que me resultó esclarecedor, y al cual quiero dedicar esta colaboración, lo llama Selva Almada, escritora argentina “micro violencias domésticas”.  De este modo se refiere a esos detalles suspendidos en la mayoría de los hogares latinoamericanos.  Desde los menos favorecidos en la esfera económica hasta los que consideramos “bien avenidos”, conformados por familias de clase media o media alta, integradas, con ingresos económicos estables; hijos con excelentes oportunidades de estudio; ocasión de frecuentes  viajes por placer.  En un extremo y el otro de la escala socioeconómica que estamos imaginando ahora, se presentan esos mínimos actos de violencia contra la mujer que, a la vuelta de los años, hacen un acumulado considerable, que bien puede culminar en un feminicidio. En mi práctica institucional  hospitalaria era muy común atestiguar las diferentes reacciones de la familia ante el nacimiento de un varón o de una mujer.  Hablo de los tiempos en que el ultrasonido apenas comenzaba a utilizarse, por lo que la mayoría de quienes acudían al Sector Público, no se enteraban del género biológico sino hasta el parto. Alguna vez, cuestioné a una madre por qué se alegraba más por un niño que por una niña, me dijo: “Porque el niño va a ayudar a llevar más dinero a la casa”.  No me convenció del todo su respuesta. Husmeaba  factores antropológicos y psicológicos detrás de ese pensamiento que logré entender leyendo a Margaret Mead, antropóloga social dedicada a estudiar la impronta que deja la madre en los hijos con relación a las funciones de género.  Ella analizó poblaciones en Nueva Guinea para establecer principios que son válidos de forma universal. En nuestro amado México, esas costumbres de privilegiar al varón por encima de la mujer dentro de casa vienen de centurias atrás.  A pesar de que las deidades de la Cultura Mexica fueron tanto masculinas como femeninas, sí comenzó a determinarse un patrón de conducta de género: los varones iban al Calmécac para ser  sacerdotes, o se preparaban como guerreros.  Detrás de unos y otros estaba la mujer, como sombra, pero a la vez apuntalando esos patrones de comportamiento: una sociedad matriarcal revestida de un halo de glorificación para el varón.  La única ocasión en que la mujer llegaba a esos niveles tan elevados, era cuando moría durante la labor de parto. Así avanzamos como civilización, recibiendo influjos judeocristianos provenientes de Europa, en ocasiones otros distintos de África y en menor proporción de Asia. Incorporamos los elementos que resultaban útiles para conformar una sociedad que determina que en igualdad de circunstancias, el varón estudie y la mujercita se quede en casa aprendiendo labores del hogar;   dentro de casa, que la madre y las hijas atiendan al padre y a los hijos varones; que las prerrogativas sean en automático para el varón y altamente condicionadas para la mujer. Según el nivel sociocultural, tenemos desde padres violentos al extremo, hasta los que dejan caer con sutileza frases o actitudes que indican que para él las acciones del hijo son mejores  que las que hace la hija. Se descalifica, desacredita y resta valor a la mujer de un modo tan cotidiano y casual que se vuelve parte de la cultura intrafamiliar, y caldo de cultivo para violencias mayores. Ahora bien, que sea la mujer la que narre acerca de la violencia de género, otorga a su obra un doble valor: No es el varón narrando desde fuera como un testigo casual; es ella, la mujer, narrando desde el dolor y la impotencia; desde el sistema familiar que la asfixia, o en el mejor de los casos entorpece su crecimiento personal.  Esta voz narradora nos llama a salir del letargo para entender que la normalización de la violencia no es sana. Lejos de que sea el contacto con los videojuegos violentos o con las series sobre narcos, la causa última, la violencia se respira en el ambiente hogareño, en micro dosis, en forma habitual.  Ahora es tiempo de ventilar las habitaciones, de abrir puertas y ventanas del conocimiento, para detectar cuáles son esas expresiones de micro violencia con las que hemos convivido desde la infancia. Quien así lo desee y pueda costearlo, que procure un apoyo profesional sanador.  Otro camino maravilloso es el de la novela negra, ese género que nos ayuda a ver la realidad con otros ojos, y sanear con nuevos aires nuestro entorno." 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