La imposible misión de Alondra

Hace mucho escuché una frase atribuida a Confucio, un sabio chino que, como casi nadie ha leído, es bueno para atribuirle cualquier idea que suene bien y que uno no sepa de dónde salió. Dice la máxima:...

1 de septiembre, 2020

Hace mucho escuché una frase atribuida a Confucio, un sabio chino que, como casi nadie ha leído, es bueno para atribuirle cualquier idea que suene bien y que uno no sepa de dónde salió. Dice la máxima: “Si odias mucho a alguien, deséale que viva en una época interesante”. Para mí, que alguien nos ha odiado mucho y que sus deseos se le cumplieron. Creo que entre nuestros padres y nosotros hemos vivido una versión acelerada del devenir humano con tres eventos que han cambiado la ruta de la historia y cuyos efectos siguen siendo impredecibles: el final de la Segunda Guerra Mundial, la caída de la Unión Soviética y su bloque, y la pandemia del coronavirus; todas relevantes por sus implicaciones sociales, económicas, políticas y culturales. Somos hijos, herederos y protagonistas de estos tiempos.

En cada una de ellos, y en particular en éste que vivimos, el ingenio se ha visto sometido a pruebas inimaginables, tantas como el hecho de procurar incluso la sobrevivencia y no solo la del estómago –que ya es bastante–, sino también la de la cultura, la civilización y la humanidad. Por eso creo que, pese a todo, entre tanta confusión, pérdida de rumbo y muerte, hay cosas que celebrar, cosas que nos dan material para pensar y avizorar cómo podría ser el tiempo que nos espera. 

Hace apenas unos días, Alondra de la Parra, la gran Alondra, presentó un proyecto que nació de su ingenio y cuya formación estuvo monitoreando con su público durante más de un mes. Se trata del proyecto La Orquesta Imposible. La directora de orquesta decidió apoyar a mujeres y niños víctimas de la violencia intrafamiliar. Como artista y como ciudadana ha hecho lo que esperaríamos que hiciera el Estado y que no hizo. Con su propio esfuerzo y prestigio reunió a 40 de los mejores músicos del mundo, provenientes de 14 países, para interpretar el Danzón No. 2 de Arturo Márquez. El resultado es asombroso, excelente, delicioso, sobre todo, asombroso (https://youtu.be/kSdPbcP9gTM). 

No me asombra tanto el despliegue tecnológico, a eso ya estamos acostumbrados, sí su producción y ejecución, que es de esas cosas que solo de lo bien hechas ya dan gusto; no me asombra el poder de convocatoria de Alondra de la Parra, su prestigio la precede y debe ser todo un placer colaborar con ella; me asombra, sí, la forma en que quienes pueden y lo asumen están tomando el liderazgo abandonado por quienes tienen la legitimidad y deberían tener la disposición para ejercerlo; una Secretaría de Cultura que no encuentra interlocutores para ejercer no un magro y triste presupuesto, sino un liderazgo cultural que le permitiera un ejercicio como éste que ha sido productivo, y que ha puesto una de las piezas más significativas de la música mexicana contemporánea en el candelero de la audiencia a través del mundo. Alondra lanzó el mensaje a las audiencias, a los creadores, a los miembros del ciclo cultural del mundo: que estamos vivos y trabajando, que ésta es la tendencia en nuestra música, que ese es el rescate de nuestras tradiciones y que lo estamos haciendo por nosotros mismos, que de muchas maneras somos los ciudadanos los que hemos asumido el liderazgo.

Yo no he visto algo así, un producto, no un discurso o una emocionante declaración, que provenga de la autoridad cultural. Confundidos en la tristeza de la desorganización y la austeridad, no veo que aparezcan los intelectuales con los que el Estado ha decidido abrir el diálogo, no el combate ni la confrontación, sino el debate franco y abierto que nos permita saber que somos una cultura que no está tratando de salvar la tripa y el hambre, sino que se está aventurando a manifestarse y a crear. La cultura, su administración y promoción, no va a crecer por crear sucedáneos de festivales que la sana distancia nos impide realizar como tradicionalmente lo hacíamos, sino creando una narrativa y un discurso nuevo sobre el destino que hemos querido asumir. Me pregunto cuáles son las novelas que caracterizan nuestro tiempo; cuál es la música que representa la banda sonora de estos tiempos; cuáles son las voces con las que el Estado contrastó sus principios y sus convicciones; cuál, en fin, es nuestra visión cultural de estos tiempos.

Diplomacia cultural y rescate de las lenguas originarias, magnífico: diplomacia cultural la hemos hecho desde tiempos de Lucas Alamán, Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Octavio Paz –y paro la cuenta que se me acaba el párrafo– y el rescate de las lenguas indígenas la hemos hecho desde los tiempos de Antonio Caso –y ya podríamos regalar por las calles el discurso de ingreso de Patrick Johanssohn a la Academia Mexicana de la Lengua–. Pero a ello, habría que adherir cuál es la visión de nuestra cultura en el mundo, porque no vemos a los intelectuales jalando parejo con el proyecto cultural de la transformación, porque no hubo en la historia un cambio histórico de verdad que no estuviera precedido y acompañado de un profundo cambio cultural, de un proyecto estético, expresivo y narrativo que ahondara en la conciencia de los ciudadanos más allá de los discursos, las promesas y los eventos electorales. No hay algo así hoy en día, lo seguimos esperando y no sé ya, a estas alturas, si sea tiempo o si se esté cocinando algo en ese sentido.

Los artistas y los creadores son los que se han propuesto esa misión y uno de los pasos grandes, de esos que suenan y hacen voltear la mirada, lo ha dado ya Alondra de la Parra. Es ella la que en esta ocasión ha cumplido con su país y con su propia vocación, su primera misión imposible.

Gracias, Alondra de la Parra.

@cesarbc70 

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Hace unos días reunió a sus guaruras y les dijo que necesitaba dinero para un fondo de ayuda con propósitos humanitarios. Nadie entendió lo que eso era (sólo el guapito, el que sí terminó la Prepa, dijo que se daba cuenta más o menos de lo que quería decir); y que con ese fin, les iba a retener el diez por ciento de sus salarios (que no son muy altos). Todos protestaron; pero el que paga manda, y más si es el padre o padrino o figura de autoridad. De modo que en la primera semana, les retuvo el diez por ciento a todos. Pero cuando vio la cantidad reunida, se dio cuenta de que era muy pequeña. Es que no estudió más allá de tercero de primaria, y los porcentajes nunca los entendió. Entonces, se les ocurrió cobrar lo mismo a todos los trabajadores que llegaran a la vecindad a hacer algún trabajo. Un  electricista, un plomero, un albañil o cualquier otro que recibiera un pago, le tenía que entregar el diez por ciento, aunque fueran contratados por los vecinos en forma particular. Y para eso instaló una especie de aduana en la puerta, de modo que a las personas que querían entrar se les preguntaba a dónde iban, y por qué: y se les exigía el pago, que los vecinos no tardaron en bautizar como Impuesto que le Sale de las Narices al Portero. Hubo muchas protestas, y en todos los tonos. Pero el portero se mantuvo inconmovible, diciendo que era un mal para obtener un bien, pues los propósitos humanitarios era el fin último de la humanidad, y que así lo habían establecido la ONU y la Sociedad de las Naciones en Marcha Hacia la Gloria (que nunca ha existido, ni existirá). Es curioso, pero cuando la gente no entiende lo que le dicen, se somete. No sé si para que no se den cuenta de que no sabe nada del asunto o porque las palabras los atontan, pero siempre el que habla alto y fuerte se sale con la suya. (Esta es una reflexión mía que a lo mejor no viene al caso, pero no podía dejar de hacerla). Muchos de los trabajadores así asaltados (porque era un asalto en toda forma) se iban sin hacer el trabajo, con lo que los vecinos hacían unos berrinches horribles, porque se les inundaba la vivienda o estaban unos días sin televisión o se les caía el revoque de las paredes. Varios propusieron  emprender una acción legal contra el portero; pero los abogados que consultaron  les dijeron  que perdían el tiempo, que eso no iba a prosperar nunca, y solamente iban a gastar en balde. Total, que andaban desesperados. Empezaron a hacer juntas para hallar una solución al asunto; pero no podían ponerse de acuerdo en nada, y los problemas en las viviendas se acumulaban. Así estuvieron hasta que el chavo del 7, que es abogado y trabaja en el gobierno, les dijo que lo más práctico era que ellos pagaran el diez por ciento que exigía el portero. Todos gritaron “¡No!” con todas las fuerzas de sus pulmones. 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cartas

CARTAS A TORA 276

Cocatú, un alienígena en forma de gato, llega a vivir a una vecindad de la CDMX. Todos los días le escribe cartas...

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