Kika muere en Kafkatitlán

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25 de agosto, 2020

Al principio no sabía si debía escribir este artículo, pues hay tanto que decir, tantos temas urgentes, que distraer el espacio, que generosa y amablemente me ofrece Ruiz-Healy Times, para hablar de la muerte de Kika, mi gata de 20 años, me parecía un exceso; sin embargo, me di cuenta de que había cosas relevantes que decir, después de todo, los medios informativos de todos los tonos y pelajes parecen estar invadidos por una especie de marasmo, de opiniones descabelladas y descafeinadas, de noticias falsas y de alicientes a nuestra histeria colectiva, que pensé que bien valía la pena hablar de ella, una gatita que mi mujer recogió de la calle apenas de unos días de nacida, bañada en gasolina y golpeada hasta casi la muerte. Kika, nombrada así en honor a un personaje de Almodóvar, nos hizo muy felices y nosotros tratamos de hacer nuestra parte. 20 años son muchos para un gato, las tablas comparativas dicen que equivale a unos 94 años humanos; una vida larga, con esa lealtad tan propia de los gatos que se basa en la independencia.

A punto de comenzar a escribir todavía tenía mis dudas, porque disponer de un espacio en un medio es, en un país como el nuestro, un privilegio, pero me cabía la duda si todo este carnaval de los videos de corrupción y traición, las tramas de entrega y denuncia, de chivatos y escondidos, no eran también una razón para hablar de cosas buenas, de los pequeños detalles que nos hacen humanos y nos permiten mantener la razón y el sentido común en este país que se va convirtiendo en Kafkatitlán, como le decía Carlos Fuentes a este país suyo que tanto amaba. 

Los gatos son animales fuertemente territoriales. Kika soportó un cambio de casa y lo hizo bien, se apoderó de los espacios y me dio una lección de pertenencia: uno pertenece a sus pequeños espacios, a los reinos de su memoria y de sus imágenes y de la misma manera en que éstas pueden ser paisajes y lugares, también son circunstancias y personas. Y he aquí que estamos llenándonos, en esta pandemia, de información acelerada y pocas veces comprobable y verificada, en la guerra a pedradas del dato y la desinformación.

Kika estaba dotada, como los de su especie, de una curiosidad infinita. Hace muchos años, mi hija era una niña pequeña y Kika una gata joven que atrapó a un murciélago que había ido a parar al balcón del piso 15 en donde entonces vivíamos. Así la encontramos, jugando con su presa, con esa mezcla de crueldad y humor negro que tienen los felinos. Le quitamos la presa, le enseñé a la niña cómo es un murciélago y lo devolvimos a la oscuridad de la noche. Somos lo que la memoria nos arroja y no estamos creando las mejores memorias para enfrentar el mundo por venir ni estamos creando una memoria de resiliencia y fuerza; hoy en día estamos creando la memoria de un tiempo mezquino, kafkiano, de venganzas múltiples que no parecen llevarnos a ningún lado, como si toda la historia de un país pudiera disolverse en el marasmo de la sana distancia y de un futuro negro e incierto en el que no podemos avizorar la luz porque ninguno de los vigías, quienes debieran decírnoslo, nos están indicando hacia dónde está el puerto.

Hablar de la muerte de una mascota que nos ha acompañado por una vida 20 años –es casi una generación– es hablar de un cotidiano que nos marca la historia. Los gatos son animales de rutinas, se puede predecir con exactitud qué y cómo harán las cosas porque construyen formas de vida en la que la estabilidad es importante. Verla era como saber que había cosas en las que se podía confiar; tal vez por eso me atreví a distraer esta columna de temas más urgentes o más solemnes. Por ella me aventuré en la novela de Natsume Soseki, Soy un gato,  y de ahí en la pasión de la cultura japonesa por esos animales. Kika era una especie de refugio viviente y me atrevo a hablar de ella porque nos estamos quedando sin refugios, sin puertos francos, pues todo se va volviendo materia de controversia, todo puede dar pie a encendidos desencuentros. Y no es que estemos ya hastiados del encierro y el semiencierro, porque ya muchos lo rompen dada la necesidad económica, sino que uno busca dónde asirse y no parece que haya muchos líderes que nos indiquen que hay un camino donde uno pueda, de pronto, sentarse un minuto, descansar, beber agua y seguir andando. 

Kika, por su parte –así son los gatos–, hacía su vida de manera independiente a la familia: ahí estaba y se acercaba cuando quería cariño, pero podía no requerirlo por días y hacer su existencia y estar ahí, con esa presencia reconfortante. De ésta, lo sabemos, vamos a salir todos, como decía León Felipe, lo importante no es llegar solo y pronto, sino con todos y a tiempo.

No me remuerde, pues la conciencia de distraer al lector con este raro, extrañísimo obituario. Hay ya tantos muertos –60 000 solo de covid–, que  hablar de un gato muerto de vejez pareciera poco importante, pero no lo es porque Kika se me fue en los brazos despidiéndose como el último testigo de la infancia de mis hijos; no lo es porque resultó el mejor ejemplo de que todas las vidas son valiosas y no son solo materia de estadísticas y métodos de contabilidad. Porque Kika se me fue, mi amiga entrañable, la compañera de las tardes de mi esposa, la compañera de juego de mis hijos. Mi amiga dulce que se fue dejándome en Kafkatitlán, arrojado a la suerte, igual que a ella la tiraron desde la ventanilla de un auto en movimiento y como ella, también lo sé, tendremos una larga vida de feliz sobrevivencia.

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