Ismaíl Kadaré: helado en la nieve o la literatura como respuesta contra el odio

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4 de agosto, 2020

Siento en el aire una tensa calma, una furia soterrada: todos estamos enfadados y dispuestos a manifestarlo. Los estallidos, reflejados en muchos ladies y lords reflejados por el humor popular, me avisan que estamos propalando un discurso de odio, que nuestras reservas de tolerancia se están agotando, estamos aprendiendo a odiarnos cercanamente. Recuerdo odios viejos y pienso en estos que ahora nos están subiendo por las venas, veamos si podemos aprender de nosotros mismos.

Me odiarás por ser el otro, ni siquiera por ser distinto, tan solo por ser el otro y tener la desgracia de haber nacido cerca de ti, en tu espacio, en el que heredaste de tus ancestros y al que los míos llegaron hace apenas 600 años. Tu odio no será mudo, pero tampoco tendrá palabras, sabrá aguardar, agazapado en sí mismo, durante décadas, tal vez por siglos y saltará a mi cuello cuando lo encuentre oportuno, quizá en la noche en que me esté prohibido echar llave a la puerta de mi casa para permitirte entrar a destruirme. Antes de que a los ciudadanos de Occidente nos permitieran saber algo de la guerra de los Balcanes, los albaneses de Kosovo ya tenían estos lúgubres pensamientos. Mucho antes de que Tito muriera y con él Yugoslavia, los albaneses ya sabían que eran exiliados en su tierra. Ellos y todos los demás grupos que componían el abigarrado mosaico étnico de aquel Estado artificial, hijo de tantas soluciones temporales y de compromiso.

El 1º de abril de 1981 el ejército yugoslavo abrió fuego contra los manifestantes  albaneses que exigían libertades dentro del marco federal de la República. No se trató de represión, sino de un castigo “ejemplar” para cualquier grupo que quisiera manifestarse en contra de la dominación cultural, política y religiosa; además de ser golpeados y baleados, carros de combate atropellaron a los manifestantes.

La noche de ese primer día de abril, los médicos del hospital central de Pristina reciben más emergencias de lo habitual; la jefa de cirugía, la Dra. Shkreli, ordena que sean operados cientos de mujeres y hombres con extrañas heridas provocadas por las orugas de los tanques que machacaron sus cuerpos, extraen balas de distinto calibre de las que habitualmente se encuentran en una venganza particular, o en un pleito de borrachos. Ordena desaparecer los registros de las operaciones, silenciar la muerte como si ésta pudiera decir algo, entregar los cadáveres a los amigos y familiares; en fin, hace lo que cualquier médico haría en circunstancias similares. Por todo ello, será juzgada y aunque no se alcance a dictar sentencia — sus coartadas gozan del apoyo de todo el personal del hospital que dirige —, la ignominia de ser sometida a proceso por ser un médico que atendió moribundos sin preguntarles las causas de sus  heridas, es suficiente avergonzarla, no de su país, sino del mundo y del siglo en el que vive. No será retirada del hospital, pero será considerada enemiga del gobierno, del partido y del Estado. Opone contra el odio el silencio, el obstinado y duro silencio de quien no dirá una sola palabra para no colaborar con la destrucción, con el caos.

Un ser humano puede odiar a otro, un individuo puede odiar hasta la muerte a quien le ha robado sus pertenencias, lo ha privado de la libertad o lo ha despojado del amor de su pareja; es irracional, pero es posible. Un hombre puede odiar a su hermano por pensar diferente, por sentir diferente y por comportarse de una manera con la que no comulga; es absurdo, pero es posible. Lo que no es posible es que un grupo humano odie a otro, eso va más allá de lo irracional y de lo absurdo; los alemanes no podían odiar a los judíos ni a los gitanos, los serbios no podían odiar a los albaneses, ni en diez mil años podría verse un fenómeno de esta naturaleza; cuando sucede, hay alguien azuzando el desprecio y el odio, hay alguien que gana — en la infamia más abyecta — enconando las diferencias y exhibiendo los defectos. Por eso no necesitamos comprender nada cuando vemos a Otelo estrangular a Desdémona, acaso podamos compadecerlo o reprobarlo, pero no nos hacen falta marcos teóricos ni esquemas discursivos; por eso fue necesario desarrollar largas y complicadas teorías para exponer el odio de los nazis por los judíos y los gitanos, para justificar la existencia de Treblinka y de Auschwitz; por eso fueron necesarias las horas que Teuta Shkreli pasó frente al tribunal del Partido Comunista de Yugoslavia, para explicarle por qué un médico serbio no puede atender a un herido albanés.

El amor no puede explicarse con palabras, cualquiera que haya estado enamorado lo sabe; para el amor las palabras son una prisión que empequeñece sus dimensiones y palidece sus reflejos; pero el odio ha de ser manifestado en consignas y manifiestos; el odio requiere más palabras porque es mudo y es estúpido, por eso también ha de ser combatido con palabras si no de concordia, al menos de denuncia. El amor se canta, el odio se susurra.

Hace algunos años el diario El País obsequió a sus suscriptores con un libro excepcional: el Diario de Zlata Filipovic, niña y adolescente en la guerra yugoslava. Entonces yo era un estudiante que hacía su tesis de licenciatura sobre los derechos de las minorías, pensé que el texto podría serme de alguna utilidad, y lo leí en una sola noche alucinante; del mismo modo en que me enamoraba de las mujeres de los libros de Cortázar, amé a Zlata Filipovic. No amé sus palabras — Ana Frank me había acercado al infierno de la Segunda Guerra Mundial y aunque me estremeció no la amé aunque tuviera, al leer su diario, la misma edad que ella tenía al escribirlo —, sino a Zlata por su sonrisa inocente dedicada a la cámara de un periodista mientras hacía fila para obtener comida de un puesto de socorro de las Naciones Unidas, pero sobre todo, la amé porque me demostró que mi tesis de licenciatura eran palabras que describían las posibilidades del odio, mientras sus silencios afirmaban la posibilidad de amar la vida, pese a todo.

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Sin embargo, lo más probable es que la mayoría del gran público la recuerde como la tercera gran compositora de Fleetwood Mac durante los años de gloria, desde el álbum homónimo de 1975 hasta el álbum Tango in the Night de 1987.  El periodo de 1975 a 1987 coincidió con la llegada de Stevie Nicks y Lindsey Buckingham, quienes inyectaron vida a una banda que estaba a punto de colapsar. Con ambos músicos estadounidenses, la banda, que inició como una conjunto hardcore de blues (y luego tuvo una época más cercana al folk), se convirtió en el grupo de pop rock que el mundo ama y conoce. Sin embargo, ante los talentos innegables de Nicks y Buckingham, Christine McVie fue a Mac lo que Harrison fue a los Beatles: una integrante más bien modesta, un tanto en el fondo, pero como contrapunto perfecto a la expresividad roquera de Buckingham y a la extravagancia mística de Nicks. 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