Es un instante

Sin tener la certeza y nunca la respuesta a un: “¿para qué estamos en el mundo?”… Sin tener la certeza y nunca la respuesta a un: “¿para qué estamos en el mundo?”, la vida toda, los sinsabores...

11 de septiembre, 2018 baul-recuerdos

Sin tener la certeza y nunca la respuesta a un: “¿para qué estamos en el mundo?”…

Sin tener la certeza y nunca la respuesta a un: “¿para qué estamos en el mundo?”, la vida toda, los sinsabores y los grandes éxitos, hacen que el tiempo respirado sea el mejor pasatiempo mientras que todo termina…o empieza; quizá después de haber soñado se empieza a vivir o después de haber vivido se inicia el camino al sueño. Entre el tiempo de ojos cerrados y cerebro despierto, existen todas esas pequeñas cosas que hacen grande una existencia. Año tras año y segundo a segundo, el parpadeo y el suspiro cobran sentido. Algunas personas se van, otras ya se fueron y no lo saben y quienes quedamos sin saber si estamos, vivimos rescatando tiempo del tiempo pasado para asegurarnos que los callos en los pies y las arrugas en la piel, han valido el sentido sinsentido de la vida.

No son interrogantes las que presenta un día o miles de ellos, no son reclamos los que presenta una lágrima o millones de ellas. No son misterios los que enseña una enfermedad o decenas de ellas. Se llama camino andado y en cada paso dado, sin saber para qué, las respuestas se presentan en el gran escenario, ante un teatro vacío o de frente a un estruendoso aplauso. Es caminar hacia el horizonte que nunca se alcanza y quien logra tocarlo, no vuelve para decirnos a qué sabe.

Pedirle a un niño que escriba su autobiografía, su tiempo o su experiencia, es una tortura que impulsa a la decepción: “no he hecho nada” y su acusación será correcta, no ha hecho nada por su voluntad, aun no, solo hasta que sus ojos vean su propio horizonte, su propia lentitud o su muy personal velocidad y lo poco que alcanza a ver hoy, que es nada, será un día parte de lo que pueda contar.

Exigirse como adulto, escribir y vivir la vida a través de las letras, de las imágenes, de su gente y de sus pasos, es una obligación porque el ser humano siempre será maestro. Lo aprendido, lo evadido, lo enfrentado y lo negado es escuela para quienes están en proceso de descubrir su propio horizonte; no contar la vida, no contar las piedras y los puentes, las ventanas y las puertas, es negar que se ha vivido.

Los recuentos de vez en vez son un pasatiempo como pasatiempo ha sido el andar. Las imágenes incrustadas en la memoria, en el papel y en los muros del alma, siempre son un impulso para un nuevo inicio. Si se pudo una vez, si se logró antes, puede suceder otras veces y cada vez mejor y más grande hasta que el pasatiempo termine y el horizonte tenga sabor.




Estas letras, son consecuencia de una fotografía que acabo de ver y el pensamiento se convierte en una carrera filosófica repentina que toma su curso mientras veo más imágenes de antes. Cuando veo lo que hice y lo que cumplí, cuando recuerdo que mi voz y mi palabra contaban para darle fuerza a la voz y a la palabra de otros, cuando veo que una tenue huella fue seguida y mi mano se movió de prisa para escribirlo, caigo en la cuenta, que este tiempo presente no ha servido para auxiliar a nadie, para acompañar a nadie, para escuchar a nadie. No he construido nada ni he conquistado una esquina o abierto una puerta azul; ha sido un ir y venir agotador e improductivo, como las hormigas perdidas que, lejos del hormiguero, andan de ida y vuelta sin llegar a ningún lado.

Las imágenes vuelven para recordar que esto que pasa -que no pasa- debe ser solo un instante. De memoria sé, que tengo 54 años, que nací el día que Díaz Ordaz, protestó como presidente y que llevo vistas nueve presidencias. He tenido 42 empleos, la mayoría muy productivos y emocionantes, aunque mal pagados y en ocasiones, dos trabajos al mismo tiempo. He vivido en siete ciudades de México y me cambié de casa en 36 ocasiones. Tengo en mi haber cuatro libros escritos, todos se vendieron o los regalé, no guardo ninguno y tampoco están en librerías. Escribí puntualmente decenas de artículos para ruizhealytimes.com, hace dos meses, me volví intermitente en los envíos sin saber por qué.

Para solicitar otro empleo, cuento con tres currículos: el ejecutivo, el deportivo y el literario, mismos que, en este instante no me sirven de nada y mientras más tiempo pase, el ejecutivo será obsoleto y mi horizonte ya no apuntará para ese lado.

Un baúl me siguió por 20 años, ahí vivió mi vida en papel. Algunas fotografías viejas, el primer recibo de sueldo de mi primer trabajo cuando tenía 16 años, muchas libretas y los manuscritos de los libros que escribí. Ahí vivió todo lo que me recuerda que mi pasatiempo ha sido extenso, cada papel cuenta una historia gigante. Recortes de periódico y revistas que hablan de mí, me dicen que la vida ha tenido un ritmo acelerado, productivo y exitoso. La vida en papel la acomodé en otro lugar porque el baúl lo regalé, se fue a vivir a otro hogar en donde empezó a coleccionar otras historias.

Este debe ser solo un instante, un trabajo remunerado sin logros, que quedará en el baúl, todavía hay espacio para coleccionar tiempos. Este instante será grande un día porque también logré superar un tiempo de mucho ajetreo sin productividad. Después de todo, si no se sabe para qué estamos en el mundo, el tiempo todo, debe ser siempre coleccionable para ser contado.

Comentarios
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Así, asociando ideas, de manera libre como se recorre el librero de casa, esos Cien años... me llevan a recordar al Gabo cenando en la Taberna del León de Plaza Loreto porque, claro, la casa del Gabo, la última que tuvo, está en la calle de Fuego 144 donde todavía la gente deja flores amarillas el 6 de marzo; en esa casa escribió Crónica de una muerte anunciada y ahí recibió la noticia del Nobel; tuvo otra antes, rentada, la que su heroico casero –deberían levantarle un monumento en algún lugar de la Ciudad –no quiso vender nunca porque ahí se había escrito Cien años de Soledad, ni siquiera al mismísimo Gabo, y le aguantó el cobro de la renta hasta que le dieron el anticipo de la publicación; esa casa en el número 19 de la Calle de la Loma, atrás de Televisa San Ángel, es ahora un centro cultural gracias a la generosidad de este héroe de la literatura iberoamericana; de hecho, cuenta la leyenda que durante años hubo una placa que decía “En esta casa se escribió Cien años de soledad” pero que alguien se la robó una noche. 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Como es conocido, se conmemora en ese día porque coincide con la fecha de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Es común que durante estas fechas se organicen ferias de libros y campañas para promover la lectura.  Sí, me refiero a esas famosas campañas a favor de la lectura, en las que se enlistan una serie de atributos que obtendremos de manera casi mágica gracias a los libros: “Leer te hará más listo”;  “Leer te hará exitoso”;    “Leer te hará más guapo”. Debo admitir que dichas campañas pueden ser más intimidantes que seductoras. Por ejemplo, muchos promotores, como intelectuales o escritores (cuyas buenas intenciones no pongo en duda) en entrevistas suelen aparecer con libreros rellenos detrás de ellos. Por ello, entiendo que alguien pueda pensar algo más o menos así:   “¿Para ser un lector necesito una biblioteca? ¡Santo cielo!”.  Realizar un análisis de las campañas para fomentar la lectura es todo un rollo: hay quienes están a favor y hay quienes consideran que son inútiles y, en el mejor de los casos, ineficaces y fuera de la realidad de los mexicanos. Como en toda discusión, ambos lados tienen argumentos fuertes y débiles.  Por eso, hoy no vengo a echarle un rollo para convencerlo de que se vuelva un lector empedernido de la noche a la mañana. Tampoco vengo a compartirle la proverbial foto mía con libreros llenos detrás de mí. Mucho menos vengo a criticarle sus hábitos lectores. Eso lo sabrá usted y nadie más puede decirle si está bien o mal.  Si usted disfruta de la lectura, ¡perfecto! Si no, ¡también!  Afortunadamente, vivimos en un país libre.  Sin embargo, me gustaría contarle una humilde y personal experiencia que tuve con la lectura durante un momento muy oscuro de mi vida y cómo, de cierto modo, me salvó.   I’ve got the blues Como George Orwell se describió en uno de sus ensayos, yo también fui un niño solitario y tímido. En mis ratos libres entre tarea y tarea, solía tomar libros de Arthur Conan Doyle y Julio Verne de la colección de mi madre (ediciones de pasta blanda, que quedaban bastante cachiporreadas después de leerlas) y pasaba las tardes imaginando las hazañas de Sherlock Holmes y las aventuras de Phileas Fogg. Durante  muchas tardes de mi infancia y adolescencia, ellos fueron mis amigos con quienes viajaba al mismísimo centro de la Tierra o con quienes resolvía crímenes en las calles de Londres. ¡Suena cursi, pero así fue para mí! A partir de esos días, el hábito de la lectura me siguió durante gran parte de mi vida; sin embargo, por allá de 2014, empecé a distanciarme de la lectura. En parte, por las obligaciones laborales, en parte por la familia, en parte por no encontrar algún libro que encendiera esa llama dentro de mi corazón como antes. En mi burbuja cotidiana y citadina, empecé a extrañar esas historias que me transportaban a otros mundos y me hacían olvidarme del trajín diario. Leer ya no era lo mismo de antes. Fast forward a 2017. No fue un año bueno para mí. Es más, diría que fue uno de los más duros en memoria reciente: terminé una relación complicada que casi quiebra mi espíritu. Después, me alejé de mis amigos y conocidos y comencé a sentirme aislado y solitario. El trabajo era lo único que me mantenía conectado con este mundo. Inevitablemente, cual Titánic de carne y hueso, me dirigí al peor iceberg con el que se puede encontrar una persona aislada y con el espíritu quebrantado: una crisis depresiva profunda. Sabía que era momento de buscar ayuda profesional.  Por cierto, si usted atraviesa por algo similar, ¡busque ayuda!  Para no hacerle el rollo muy largo, en esas terapias, una de las tareas que me asignó la doctora fue buscar algo que me apasionara. “Leer”, le dije a mi terapista. “Pero justo ahora, doctora, no hay alguna lectura que me llame la atención como antes”. La doctora me motivó para que buscara algún libro nuevo, que experimentara de nuevo con mi antigua pasión lectora.  Así fue como me encontré con un sitio de comedia estadounidense. En él, había varios podcasts en donde se reseñaban libros de Kurt Vonnegut. Por ejemplo, Breakfast of Champions, Sirens of Titan, Timequake, Hocus Pocus y God Bless You, Mr. Rosewater. Parecían historias únicas, dignas de volver a tomar un libro. 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Para mí Lecumberri no es una cárcel sino un archivo y sobre todo el lugar donde leí la mayor parte de Cien Años de Soledad por primera vez, mientras esperaba en los jardines del ya entonces Archivo General de la Nación mientras estaba de pasante de Derecho y esperaba documentos de trámites de migración (lo cual habla muy bien de la velocidad de lectura que tenía a los dieciocho años y la lentitud de la burocracia mexicana que sigue sin mejorar). Así, asociando ideas, de manera libre como se recorre el librero de casa, esos Cien años... me llevan a recordar al Gabo cenando en la Taberna del León de Plaza Loreto porque, claro, la casa del Gabo, la última que tuvo, está en la calle de Fuego 144 donde todavía la gente deja flores amarillas el 6 de marzo; en esa casa escribió Crónica de una muerte anunciada y ahí recibió la noticia del Nobel; tuvo otra antes, rentada, la que su heroico casero –deberían levantarle un monumento en algún lugar de la Ciudad –no quiso vender nunca porque ahí se había escrito Cien años de Soledad, ni siquiera al mismísimo Gabo, y le aguantó el cobro de la renta hasta que le dieron el anticipo de la publicación; esa casa en el número 19 de la Calle de la Loma, atrás de Televisa San Ángel, es ahora un centro cultural gracias a la generosidad de este héroe de la literatura iberoamericana; de hecho, cuenta la leyenda que durante años hubo una placa que decía “En esta casa se escribió Cien años de soledad” pero que alguien se la robó una noche. Como todos los que tratamos de lidiar con la pluma, en mi adolescencia también jugué a ser intelectual y como suele suceder en esta ciudad mi escenario favorito era Coyoacán, lo sigue siendo; el Coyoacán de Cantar de Ciegos, de Carlos Fuentes, libro de cuentos que guarda uno que me gusta mucho, “Las dos Elenas”, donde habla de una proyección privada de El Ángel exterminador; el de la plaza está llena de historia, tuya, mía, de todos, como lo es la ciudad, ahí de niño fue donde ví a Novo en donde en 1980 abriría la librería El Parnaso que ya no existe porque en 2011 se la comió el arrendamiento y “El hijo del cuervo”, que fundaron en 1986, Carmen Boullosa y Alejandro Aura. En fin, me vuelvo a mis libros y a mis recuerdos, al café La Blanca sobre 5 de mayo, que se supone es la sede de los desvaríos de Max Aub con el nunca acontecido asesinato de Franco; al Café La Habana, en el 62 de la  Calle Morelos, esquina con Bucareli, entre la Secretaría de Gobernación y el fantasma de las sedes de los dos principales diarios del medio siglo XX,  El Universal y Excélsior y donde se escribieron muchas de las crónicas que dieron vida al periodismo de la época, fue sede de la tertulia de Octavio Paz, García Márquez y Renato Leduc, se dice que también ahí se fraguó la Revolución Cubana, en las citas de Fidel y el Che y que incluso el líder inventó en sus cocinas la torta cubana; de lo que sí tenemos certeza es que ahí se desarrolló el movimiento infrarrealista, entre Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaño y que el Café Quito, de “Amuleto”, de éste último, es en realidad el Habana. Me vuelvo a mi escritorio con este amor irredento y con la certeza de que para crear todo esto lo único que hemos necesitado es tiempo, talento y libertad en dosis enormes y ya visto en perspectiva, de eso, tenemos de sobra en nuestras alforjas los chilangos.   @cesarbc70 http//:cesarcallejas.me  " ["post_title"]=> string(20) "Ciudad de mis amores" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "ciudad-de-mis-amores" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-20 08:48:50" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-20 13:48:50" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64272" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(20) ["max_num_pages"]=> float(10) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "c48736c958bb6794b3ec25a291b4b98b" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }

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