Entrevista con Francisco Javier Padilla creador del documental HUGO SÁNCHEZ: EL GOL Y LA GLORIA

“Hugo Sánchez: El gol y la gloria”. Dirección y guión: Francisco Javier Padilla. País: México. Duración: 78 min. Año: 2022. Compañía: Pandilla Films.

9 de diciembre, 2022 Entrevista con Francisco Javier Padilla creador del documental HUGO SÁNCHEZ: EL GOL Y LA GLORIA

CB: ¿Por qué se te ocurre firmar este documental?

FJP: Yo buscaba respuestas de mi persona y del mexicano por medio de la figura del futbolista Hugo Sánchez. Escogí la figura de Hugo Sánchez porque representa muchísima materia dentro del mexicano, como la mentalidad, el triunfo, el fracaso,  la envidia los complejos, y encontré el pretexto ideal para hablar de estas situaciones.

CB: ¿Cuánto tiempo te tardaste en sacar este documental?

FJP: Pensé en la idea un año, edité durante dos, la pandemia me obligó a no tocar mi material un año, en  2021 continué editándolo y nos pareció bien sacarlo durante el mundial en Prime Video.

CB: ¿Crees que le envidia que es parte de lo que se ve mucho en el documental, es más del mexicano o inherente al ser humano?

FJP: Se ve mucho en el documental que los mexicanos no quieren a Hugo Sánchez. Es parte inherente al ser humano, pero el mexicano realmente somos un país sometido, y la mentalidad por ser un país sometido hay que trabajarlo en nuestra mentalidad por estas situaciones históricas, Hugo Sánchez se va a España que es el lugar donde se supone nos sometieron, y triunfa, la conquista la revierte, un sector dice que muy bien que felicidades, y hay otro sector que empieza a encontrarlo más obscuro, Hugo Sánchez se fue y se cree español o éste ya nos dejó, éste ya no es mexicano, éste es más indio que los tacos, la crítica polarizada a Hugo Sánchez era fuertísima, la envidia si es inherente al ser humano pero el mexicano se le detona tal vez más fácilmente.

CB: Es un poco el caso de Salma Hayek también le pasó algo parecido,

FJP: El caso de cualquiera, que se vaya o el caso de alguien que haga lo que le hace feliz. A mí no me querían dar el dinero para hacer este documental por muchos años, de hecho fui a una empresa que tiene en la pared el eslogan “Comprometidos con México”, y esas personas me decían si se trata de Hugo Sánchez no te voy a dar el dinero, me decían si es para Hugo Sánchez, no. Mostraban mucho rechazo.

CB: Hugo Sánchez ha puesto el nombre de México en alto muchas veces, el mejor futbolista de México. Lo acusaban de que era arrogante. ¿Tú que lo entrevistaste qué piensas de si es arrogante?

FJP: Hugo es mi amigo, yo tengo un lazo con él, yo no tengo que hacer juicios de valor de cómo es. Cuando tú escuchas a un periodista decir “Ego Sánchez”, pues él puede soportar con ese ego lo que tú no eres capaz de soportar.

Aparte le costó mucho trabajo porque ¿qué tal cuando llegó a España y le gritaban “indio” en los partidos? Él tuvo que sobreponerse a eso. Ahora sí que ni en México ni en España.

FJP: No sobreponer, lo motivaba, es algo muy admirable.

CB: ¿Por qué le dicen el pentapichichi?

FJP: Porque consiguió cinco Pichichis, llevó por años ese apodo porque nadie había podido ganar tantos Pichichis. Tuvo una temporada de 38 fechas donde metió 38 goles, creo que es un récord científicamente hablando imposible de romper.

CB: ¿Qué fue lo que pasó cuando Hugo Sánchez fue entrenador de la selección mexicana? 

FJP: Creo que hubo un error, no sé si de Hugo, administrativo de la Federación. Hugo tal vez abarcó mucho y el que mucho abarca poco logra.

CB: ¿Cómo ves tú el fútbol mexicano con el papel que hizo en el mundial?

FJP: Detonó lo que ya venía viéndose de 10 años para acá, muy malos manejos administrativos, pero el aficionado es el que tiene la última palabra, pero una de las metas que debe de tener cualquier ser humano o empresa es la de ser competentes, y el fútbol mexicano carece de competitividad, no salimos a jugar a Europa por ejemplo.

CB: ¿Ves a otro Hugo Sánchez en el fútbol mexicano?

FJP: No, yo creo que van a pasar muchos años o nunca. En el documental lo que pretendía hacer era hablar de la mentalidad de Hugo Sánchez y cómo a partir de esa mentalidad logró grandes cosas. Analizamos al personaje. El documental original dura 3 horas 40 minutos. Hugo Sanchez no tuvo injerencia en el corte final: tuve libertad absoluta, no hubo censura.

Lo último que quiero agregar es que la gente vea este documental y conozcan al héroe que está ahí, que las nuevas generaciones lo conozcan, pues no sólo se trata del Chicharito, hubo una persona que se llamó Hugo Sánchez, y gracias a Hugo Sánchez tuvimos a jugadores como Rafa Márquez.

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El muchacho dijo todo lo que dicen los que se encuentran en situación parecida, e hizo todos los juramentos de costumbre. “Nada nuevo”, pensé, “Este se va al rato, y no vuelve. Y la única que va a sufrir es la muchacha”. Pero me equivoqué. Doña Sura lo atendió como yo nunca creí que fuera capaz de atender a un pretendiente de su hija, pues hasta le ofreció un cafecito con pastel de chocolate. Y ya los dos chavos creían que no habría obstáculos para su amor, cuando doña Sura le pidió que le dejara leerle las cartas. La chava se entusiasmó porque su mamá no le lee las cartas gratis a nadie, y creyó que ya empezaba a considerarlo parte de la familia. Pero en cuanto colocó las cartas sobre la mesa, lanzó un grito porque en ellas veía (según dijo textualmente) la muerte, el horror y el espanto. 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Doña Sura afirmó que ella venía de familia de profetas, y que sus predicciones siempre se cumplían; y volvió a echar las cartas una y otra vez, hasta que entre ellas apareció el rey de Bastos, y señalando el garrote que lleva, declaró que esa era la peor carga que le podía salir a alguien (pero al chavo le salió hasta la cuarta o quinta vez que le echó las cartas), y dijo a su hija que no se burlara de ella, porque entonces la cosa sería peor para todos; y se levantó enfurecida, enorme en esa túnica negra que tanto le gusta usar y con voz salida de los infiernos dijo al chavo “No pasarás”, y cayó desvanecida. Varias de las vecinas se desmayaron también, y hubo que llevarlas a la enfermería (por cierto, que la enfermera se negó a atenderlas, “no le fuera a  caer a ella también alguna maldición”). Las que no se desmayaron empezaron a gritar, algunas se hincaron a rezar; y los gritos se oían ya en la vecindad de junto. 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Bueno, gracioso para mi, aunque no tanto para las personas a quienes les ocurrió. Y que creo que, con el pasar de los días, también ya han de haber visto la gracia, después del mal rato que pasaron (ni tan malo, la verdad, pero les gusta hacer montañas de todos los granitos que se encuentran). Resulta que los vecinos se volvieron a acordar de todas las obras que están pendientes en la vecindad (los baños, los lavaderos, las escaleras, lo de siempre), y empezaron a correr rumores por todos los rincones. El portero (siempre el portero. No sé por qué, pero tiene que aparecer en todo) quiso acallarlos, y se le ocurrió organizar una función de cine para un sábado en la noche. La gente se entusiasmó; y más porque les iba a pasar una película vieja, de esas de las que el cine mexicano siempre ha estado muy orgulloso porque hacen llorar mucho. Todos se apuntaron para asistir, y media hora antes de la función ya estaba el patio abarrotado; y hasta la gente de la azotea se había acomodado para ver la película. El señor del 37, ese que es tan bravero, llegó con su mujer, creyendo que le hacía un favor. Pero la señora sufría un dolor de cabeza que la tenía medio atontada, y se sentó junto a él sin apenas saludar a las vecinas; y en cuanto empezó la película se le acostó en el hombro, con la intención de dormirse. No lo logró del todo, porque el señor se levantó como a la media hora para ir al baño (pero tenía que ir hasta su vivienda, por lo que tardó bastante. Te digo esto para que comprendas mejor lo que pasó). La señora intentó ver la película, pero apenas podía abrir los ojos, y no veía la hora de que el marido volviera. Pero el que llegó fue el señor del 48 (tarde, como de costumbre), y al ver asiento vacío, se sentó en él. Ella sintió que había alguien, e inmediatamente se recargó en su hombro y empezó a roncar. El del 48 intentó quitársela, pero no podía; por más que la empujaba, ella volvía a apoyarse en su hombro. Por fin la dejó estar, aunque algo incómodo, y se dispuso a ver la segunda mitad de la película. Y al cabo de un rato, regresó el marido. Vio a su mujer con la cabeza apoyada en el hombro del señor del 48, y empezó a gritar con su voz aguardentosa y estridente. Le dedicó todos los insultos que puedas imaginarte, y muchos más que yo nunca había oído. Luego se metió entre las filas de asombrados vecinos, tomó al del 48 por el cuello y lo levantó en vilo, diciendo que lo iba a tirar desde la azotea, para que aprendiera a no “mancillar la honra de los hombres honrados”. La función se detuvo, todos los espectadores se levantaron, alarmados, y el portero apareció al fondo, tratando de imponer el orden. Pero el del 37 no escuchaba ni las protestas de inocencia de su mujer ni las súplicas del pobre tipo del 48, que ya se veía desparramado por el piso del patio. La misma excitación de los espectadores impedía al del 37 avanzar, pues se vio rodeado por una masa humana que le impedía pasar, y que le decía que escuchara a los presuntos “culpables” antes de hacer algo de lo que podría arrepentirse. El del 37 contestó que el arrepentimiento era cosa de los pusilánimes (Yo no lo creía capaz de conocer una palabra tan poco común y más aún de pronunciarla, pero lo hizo), y que a los violadores se les debía aplicar “el castigo más ejemplar de todos”. A una indicación del portero, los guaruras los rodearon; pero él, sabedor de que las pistolas son de juguete, se las quitó y las rompió a mordidas (aunque sin tragarse los pedazos porque, según dijo después, el plástico le provocaba accesos de diarrea). En tantos dimes y diretes, ya había llegado a las escaleras, y hubiera cumplido su amenaza si no se lo impide… ¿quién dirás? ¡La Mocha! Esta señora (“Señorita”, como siempre se apresura a corregirnos) parece haberse convertido en el ángel guardián de la vecindad. En este caso, se le plantó delante al del 37 (Cosa que ni los vecinos, ni los guaruras, ni mucho menos el portero se habían atrevido a hacer), y le exigió que soltara al señor del 48 con una voz que hasta a mi me impresionó. El del 37 se la quedó mirando con furia; pero ella le sostuvo la mirada y le obligó a bajar los ojos y a soltar al pobre hombre. La Mocha le dijo que había sido un error, y el bravero ese dijo con  voz apenas audible “Perdón, señora” (Señorita, exigió ella), y se fue a sentar a su sitio, donde empezó a gritar “Cácaro. ¡Cácarooo!” y a incitar a la gente a sentarse. Su esposa le dijo que se iba a acostar a la vivienda, y el contestó “Que te alivies”. A los cinco minutos se reanudó la función, y los vecinos pudieron llorar a gusto durante la media hora que faltaba (menos el del 48, que prefirió tomarse unos sedantes e irse a dormir). 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El muchacho dijo todo lo que dicen los que se encuentran en situación parecida, e hizo todos los juramentos de costumbre. “Nada nuevo”, pensé, “Este se va al rato, y no vuelve. Y la única que va a sufrir es la muchacha”. Pero me equivoqué. Doña Sura lo atendió como yo nunca creí que fuera capaz de atender a un pretendiente de su hija, pues hasta le ofreció un cafecito con pastel de chocolate. Y ya los dos chavos creían que no habría obstáculos para su amor, cuando doña Sura le pidió que le dejara leerle las cartas. La chava se entusiasmó porque su mamá no le lee las cartas gratis a nadie, y creyó que ya empezaba a considerarlo parte de la familia. Pero en cuanto colocó las cartas sobre la mesa, lanzó un grito porque en ellas veía (según dijo textualmente) la muerte, el horror y el espanto. 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Doña Sura afirmó que ella venía de familia de profetas, y que sus predicciones siempre se cumplían; y volvió a echar las cartas una y otra vez, hasta que entre ellas apareció el rey de Bastos, y señalando el garrote que lleva, declaró que esa era la peor carga que le podía salir a alguien (pero al chavo le salió hasta la cuarta o quinta vez que le echó las cartas), y dijo a su hija que no se burlara de ella, porque entonces la cosa sería peor para todos; y se levantó enfurecida, enorme en esa túnica negra que tanto le gusta usar y con voz salida de los infiernos dijo al chavo “No pasarás”, y cayó desvanecida. Varias de las vecinas se desmayaron también, y hubo que llevarlas a la enfermería (por cierto, que la enfermera se negó a atenderlas, “no le fuera a  caer a ella también alguna maldición”). Las que no se desmayaron empezaron a gritar, algunas se hincaron a rezar; y los gritos se oían ya en la vecindad de junto. Llamaron al portero, pero él se negó a aparecer, “porque él no creía en esas cosas”, y corrió a meterse debajo de la cama. Y los guaruras, ni hablar: el que no tenía que ir al baño, le tenía que hablar a su mamá, y todos desaparecieron. La situación se estaba saliendo de control, pues algunos ya habían ido a llamar al gendarme de la esquina, a pesar de que no podría hacer nada; pero peor era quedarse ahí parados, esperando quién sabe qué horror. Y decidí intervenir. Sin pensarlo dos veces, me metí entre los pies de doña Sura y la hice caer del banquito al que se había subido para parecer más grande, y logré que se cayera. Lanzó un grito horrible, pero en cuanto cayó se quedó callada, callada, como muerta. Pero no estaba muerta. Tardó varios minutos en volver a la conciencia, y lo primero que dijo fue “¿Dónde estoy?” ¿Y qué crees? El chavo dijo: “Si no sabe dónde está, menos puede saber lo que va a ser de nosotros en el futuro”, y le dio la mano a la chava. Ya iban a salir, pero doña Sura se recuperó y pidió a su hija que no se fuera así, y le rogó que hiciera las cosas bien y se casara. La chava accedió, pidió al novio que le diera esa noche para hablar con su mamá y que volviera al día siguiente. Y así lo hicieron. Madre e hija hablaron hasta altas horas de la noche. Doña Sura dijo que temía perderla, que era lo único bueno que había hecho en su vida y que no quería que se fuera. La chava le dijo que no la perdía, que estarían siempre en contacto, que necesitaba la guía de su experiencia y de su sabiduría y que su esposo sería como un hijo para ella. La mujer comprendió a los jóvenes y les ofreció su apoyo (tampoco podía hacer otra cosa, so pena de quedarse sola), y hasta fijaron una fecha tentativa de boda. Así, el asunto se resolvió satisfactoriamente para todos. Pero el portero no salió en toda la noche de la portería. 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