ENLAZARNOS CON OTROS

Escribir es sanar, sacar de nuestro interior aquello que, de otra forma, difícilmente podría liberarse.

7 de diciembre, 2021 ENLAZARNOS CON OTROS

De forma semanal, desde hace 12 años, actualizo un blog1 en el cual incluyo textos personales, material de colaboradores y contenidos que tomo de Internet. Es una labor que disfruto enormemente. Desde el lunes comienzo a navegar en la red con ojos de cazador de mariposas, para atrapar contenidos que cumplan con el objetivo con el que nació este blog: el de hacer un periodismo que lleve a la esperanza. De hecho, el antecedente de su creación fue justo el hartazgo de notas e imágenes, tanto en medios impresos como digitales que, si bien, venden para sus productores, desinflan los ánimos de quien accede a ellos.

Para la actualización del pasado domingo 5, encontré una charla tipo Ted Talks de reciente publicación2. Está impartida por la maestra Beatriz Rivas, con la que he tomado alguna sesión de taller y cuyo desempeño me resulta muy honesto y humano. A lo largo de los casi 18 minutos que dura la charla, Beatriz se muestra con toda la sinceridad del mundo como lo que es: un ser humano en busca de entender aquello por lo que está pasando. El mensaje final de su exposición es invitar a creer que las letras sanan.

Ella lo dice con claridad y yo lo replico totalmente convencida: volcar por escrito nuestros estados de ánimo, las incertidumbres y los enojos, no nos lleva a convertirnos en escritores cuyas obras se venderán como best-sellers. No va por ahí la cosa. Yo diría que escribir permite establecer un orden mental, una armonía emocional y una liberación del peso que venimos cargando inútilmente, y que vuelve nuestra marcha lenta.

La presente condición sanitaria y social nos ha llevado a muy diversos estados de ánimo, desde los no tan buenos hasta los muy malos. Hay ratos cuando nos exasperamos; nos enojamos con la vida; renegamos de las medidas que debemos asumir con el fin de salir adelante, y de ribete nos enfadamos cuando descubrimos personas que enferman, pese a acatar todo el protocolo sanitario contra la COVID.  Hay confusión, desolación y mucho enojo, y a veces no hallamos cómo sacarlo de nuestro pecho.

Nos sucede también que entramos en estados de percepción alterada, y a lo que puede ser un síntoma que en cualquier otro tiempo sería llevadero, ahora lo vemos cabalgar entre los apocalípticos caballos de la enfermedad y la muerte. Y para acabarla de colmar, al margen de la enfermedad se presentan hechos que dan cuenta de lo mal que andamos como sociedad. Niños de 15 años que disparan en contra de sus compañeros de aula con el beneplácito de sus propios padres, o conductores alcoholizados que embisten a otros seres humanos en la vía pública. Y nuevamente, lo que es tan común, pretenden huir o exculparse con un “no sabía lo que hacía”.

De estos modos tan diversos se genera una atmósfera en la que sentimos que la vida no vale nada, al menos la nuestra propia, y que en cualquier rato nos va a tocar, como si trajéramos escrito en la frente un destino fatal.

Es justo para amainar esos estados de ánimo que llega la palabra escrita al rescate. No necesariamente tenemos que leer libros especializados en los diversos tópicos que afloran en derredor nuestro. Con que nos dejemos tomar de la mano por algún escritor cuya maestría nos lleve a visitar una realidad distinta a la que hoy vivimos, es suficiente para ventilar nuestras angustias.  Afortunadamente hay mucho material en la red que nos permite hacerlo sin incurrir en delito. Justo ayer me topé con una página del sitio “El buen librero” que contiene diez cuentos cortos de muy diversos autores. Ninguno de ellos aborda específicamente lo que yo puedo experimentar en estos momentos, pero conocer temas y modos de enfoque tan disímbolos para diversas situaciones, me permite ampliar la comprensión de aquello que estoy pasando.

Ahora bien, la invitación de Beatriz Rivas, como escritora, es a escribir, a volcar en el papel o en el ordenador aquello que sentimos. En una de sus sesiones nos llamaba a “escuchar las voces de las cosas, la algarabía de lo cotidiano”. Esto es, ponernos en primera fila frente al foro de nuestra propia existencia.

Una sensación que a todos nos invade, y según nuestro propio temperamento, a algunos afecta más que a otros, es la del aislamiento. Sentimos que estamos solos con nuestra zozobra, con nuestras dudas existenciales, con nuestros problemas que, así sean cotidianos, a ratos nos saltan encima como bestias en actitud de engullirnos. Ese no saber cómo o con quién ventilar aquella turbamulta que nos acosa, aun dentro de nuestro propio hogar. Un excelente recurso para depurar esos sobresaltos personales es justo la escritura: llevar una suerte de diario personal en donde volquemos esas conversaciones que, de momento, sentimos que no podemos entablar con nuestros semejantes, so riesgo de espantarlos.

La palabra escrita es una forma de entrelazarnos con otros, de conocer aquello que tienen que decirnos autores de distintas épocas y latitudes con relación a cómo vivieron las dificultades propias; cómo sacaron adelante conflictos personales y cómo –en palabras de Carlos Fuentes—valiéndose de la raíz del lenguaje retratan para nosotros, lectores, la realidad que han vivido. Entrelazarnos para conformar una comunidad que actúe como red de soporte frente a nuestros grandes desasosiegos;  escribir, estrechar, generar esperanza, y, ¿por qué no?, dejar para la historia familiar, un testimonio de época de primera mano.

1https://contraluzcoah.blogspot.com/

 2Véase: https://youtu.be/OUZBW1KTD20

 

Comentarios
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Todos menos el portero, que se quedó haciendo guardia en el patio para asegurarse de que sus órdenes se cumplieran. Esto a mi se me hizo  muy extraño, pues siempre manda a sus guaruras que hagan ese tipo de trabajos, y me quedé cerca de la portería, a ver si averiguaba algo. Y sí: averigüé un poco más que “algo”. Lo  que pasó fue que el portero tenía de visita a la Flor esa noche; pero hasta la una de la mañana no había podido hacer nada, por más que se esforzaba. Ya había inventado todo tipo de pretextos más o menos creíbles, cuando oyó el escándalo, y le pareció una oportunidad inmejorable para zafarse del compromiso, aunque ya le había pagado a la Flor con largueza desacostumbrada. Y se quedó en el patio a ver si cuando se le pasara el coraje, o con el relente de la noche, empezaba a funcionar. ¿Pero qué crees? Que nada. Y la Flor durmió todo lo que quedaba de noche y parte de la mañana en la camota que tiene el portero, feliz y con  dinerito en el bolsillo. 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