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El show de medio tiempo del supertazón

En su show de medio tiempo, Bad Bunny decidió representar la grandeza cultural de quienes son amenazados y marginados por el gobierno de Donald Trump.

12 de febrero, 2026

“¿Cómo Bad Bunny va a ser rey del pop? ¡Con reggaeton y dembow!”, este no es el coro de la canción “Nuevayol”. Es una declaración cultural y artística muy poderosa. La plataforma que tuvo Benito Martínez Ocasio el domingo 8 de febrero, lo obligaba a representar su marca artística desde un contexto social y cultural que solo él iba a poder representar correctamente.

            Más poderoso es que lo logró con “reggaeton y dembow” porque ante las personas que buscan analizar a Bad Bunny como un músico profético, que logre melodías de más de 10 acordes. O un auténtico poeta que está sacando el reggaeton de su pobreza cultural mediante canciones como “Lo que le pasó a Hawái”, o “Baile Inolvidable”. La realidad es que el perreo y el ritmo latino es tan cultural y representativo como la música latinoamericana de protesta.

Ambas valen por igual y eso se debe a que ambas son representaciones reales de una cultura viva y bailadora. Que no le tiene miedo a sentir su cuerpo y que comparte valor en la alegría, la fiesta, el barrio y la familia.

            Desde luego hubo un mensaje más profundo que el de defender al reggaeton como una parte de nuestra cultura. El show de medio tiempo del supertazón número 60, opacó al grado que se habla más del espectáculo de tan solo 13 minutos, que de la milagrosa redención de Sam Darnold al ganar el gran trofeo de la NFL con los Halcones Marinos de Seattle. Los reflectores quedaron en un show completamente en español, con un cantante que no canta y letras que incomodan a todos por igual.

            No solo fue en español el evento; se tomó el tiempo de mencionar a todos los países del continente, iniciando con la frase “Dios bendiga a América” (línea representativa de los Estados Unidos). Su mensaje fue de unión regional, incluso extendió esa unión a los “gringos”. Lo hizo cuando muchos esperábamos un desfile de odio y crítica al gobierno de Donald Trump.

            La actuación fue muy política. Pero no fue por la crítica, ni desde la revolución, sino desde la reconstrucción identitaria de un continente que olvida voltear a ver su brillo, su pureza y su cultura como algo digno de presumir mundialmente. El show estuvo lleno de referencias a su tierra y a la cultura latinoamericana en general. Como ejemplo estuvo el niño de la silla durante la boda, los campos de caña (símbolo puertorriqueño de explotación y resistencia). Los postes de luz durante la canción “el apagón” (referencia a que en Puerto Rico sufren de constantes apagones y fallas del sistema eléctrico, esto a pesar de que sus ciudadanos pagan más por luz que en el resto del mundo).

            Incluso la boda misma, que se introduce con plano que parecía telenovelesco. Tanto el escenario, como el espectáculo, fueron una gran fiesta latina. No la Latinoamérica que muchos quisieran ver. Una que le falte “sazón, batería y reggaeton”. Menos rítmica, sin barrios, ni comunidad. Una que no sienta orgullo en el baile y el cuerpo. Una que no incomode con su pobreza.

            Fue la fiesta grande, de invitados: la promiscuidad, protesta social y reconstrucción de la identidad latina. Bad Bunny no es un gran artista por su gran lírica, o profunda composición musical. Es un buen artista, que entiende el tiempo cultural que representa, elige de manera congruente y con verdadero amor representar a sus tierras y su grandeza cultural, étnica, así como su flora y fauna. Su mensaje también es antiimperialista. Pero es brillante saber que en el supertazón decidió representar la grandeza cultural de quienes son amenazados y marginados por el gobierno de Donald Trump, antes que hablar desde el odio y desprestigió político.

            Cuando para llegar al pico de una industria se necesita blanquear a las estrellas, sobre todo las de una etnicidad distinta. O quienes promueven un mensaje que ataca los intereses de las élites que financian dicha industria. El no doblar las manos, y expresarte a través del amor a la cultura propia, en tiempos donde está se busca minimizar y segregar, es un acto más político del que muchos músicos que se jactan de cantar mejor, componer mejor o escribir con “mejor educación” jamás podrán lograr.

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Juan Ruiz de Chavez Muriel
Comunicólogo, con especialidad en relaciones internacionales. Apasionado de la geopolítica y los comportamientos sociales. Con 2 años de experiencia en periodismo de investigación.
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