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El peligro de tener razón

En tiempos de mis estudios secundarios, disfruté de la amistad de un profesor peculiar. A esa edad en la que los chicos necesitan tanto un mentor como un líder, mi profesor de matemáticas —que no nos dejaba...

22 de diciembre, 2020

En tiempos de mis estudios secundarios, disfruté de la amistad de un profesor peculiar. A esa edad en la que los chicos necesitan tanto un mentor como un líder, mi profesor de matemáticas —que no nos dejaba usar calculadoras, pero sí el Soroban, el mítico ábaco japonés —, aparecía como un pequeño dictador, no me atrevería a decir fascista o algo semejante, pero sí alegre dominador de su tropa casi infantil. Su frase favorita era “¡A callar!”, antes de gritarla desaforadamente por primera vez, para espanto de todos los estudiantes, explicó su sentido para que fuera irrebatible. El profesor nos hacía callar porque él tenía algo más importante que decir, porque si no callábamos, no escucharíamos la verdad que tenía que decirnos. El suyo era el ámbito de la verdad, que se traducía en nuestro bien, y el nuestro, el del error y la ignorancia, que conduciría, irremisiblemente, a la perdición. En aquellos días, dar un varazo a un alumno era socialmente aceptable en algunos sistemas educativos, y la advertencia era la misma: no te muevas porque quiero corregirte y no lastimarte.

Esa misma lógica fue la de la Inquisición; al procesado por el brazo secular, se le imponía la penitencia de la cárcel perpetua, del silencio y el sambenito, y aun de la hoguera, por su propio bien. ¡A callar! que había alguien que conocía la verdad y la razón y se esforzaba para que, por la prohibición y la penitencia, el hereje alcanzara la libertad y la salvación. No pocas veces, ambos beneficios venían envueltos en una mortaja.

No es otra la lógica del fascismo, si nazi por el ascendiente étnico: existieron casos en el periodo nazi de judíos o gitanos que se suicidaron por considerar que la razón asistía a los que se decían arios; si franquista por la religión y la lengua: hay familias catalanas y vascas que olvidaron su lengua vernácula por puro terror. No es otra la lógica de quienes hoy suponen que tienen la razón y hacen presión y violencia no para ser escuchados, sino para impedir que otros ejerzan sus libertades.

La lógica prohibicionista de los que se oponen a que otros ejerzan sus derechos consagrados por la ley es lo que destruye las libertades, la tolerancia y la convivencia pacífica, porque parte del principio de que quien piensa distinto, vive en el error, mientras que los que pasan por generosos poseedores de la certeza, viven en la verdad; en realidad, sostendría en cualquier momento que todos tenemos nuestra pizca de verdad, pero lo más grave estriba en las atribuciones de los que se creen con una verdad tan fuerte, que es digna de suprimir las ajenas.

Aplaudo y celebro a quienes educan a sus hijos en esas certezas que dan tranquilidad por ser absolutas, no me gustaría vivir en un país donde ese tipo de educación estuviera prohibida, ni haría nada porque se prohibiera, aunque no me parezca correcta. Yo, por mi parte, en mi esfera de libertad intocable, educo a mis hijos en el respeto a las ideas ajenas y en el límite que marca la ley y el derecho de los demás. Resulta grave el mensaje que aportan quienes se sienten dueños de las verdades, sus actitudes no exigen atención o diálogo, sino representan un profundo odio por ese mundo de libertades y de derechos que disfrutan aun quienes no creen en ellos.

Hace unos días, el Secretario de Educación recibió ofrecimiento para irse a Washington en calidad de embajador, poco después, Natalia Toledo dejó la subsecretaría de Cultura, no hay director general de Derecho de Autor… de verdad, insisto, tengo buena fe en que algún plan para la cultura se traen entre el escritorio y el micrófono, pero lo que más daño está haciendo a la cultura es la falta de definiciones, de planes y de un concierto entre todos quienes participamos de ese sector de la vida nacional; ¿qué pasaría si reconocieran que el fenómeno cultural se les escurrió de las manos porque había cosas que les parecieron más urgentes? ¿No mereceríamos todo un plan explicado con manzanitas, así un ABC, que nos explique para dónde vamos? Al final del día, si tan solo supiéramos en un par de párrafos cuál es la visión cultural del Estado, pero la indefinición es agresión, no podemos decirlo de otra manera, y mientras todos queramos decir algo y la autocrítica del gobierno no aparezca, entonces será el poder público quien vea cómo se gesta un movimiento cultural independiente, no tendrá oportunidad de un discurso cultural propio y tendrá que escuchar, cada vez más vehemente y consistente, el discurso de los que han tenido que rascarse con sus propias uñas.

Digamos con la cultura popular de comer y caminar, el problema es empezar.

@cesarbcc70

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César Benedicto Callejas
César Benedicto Callejas. Licenciado en Derecho, por la Universidad Iberoamericana, Doctor en Derecho por la UNAM. Título de Especialista en Argumentación Jurídica por la Universidad de Alicante, España. Miembro del Taller de creación literaria de la Capilla Alfonsina. INBA. Ha desarrollado cargos de asesoría y consultoría en el gobierno federal, la Facultad de Derecho y la Oficina del Abogado General de la UNAM, el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Académico en diversas instituciones nacionales y extranjeras por más de veinte años. Conferencista en México otros países. Ha dirigido y producido el blog literario “Cisterna de Sol” por más de diez años. Autor de los libros: “Argumentación Jurídica en la formación y aplicación de Talmud”, “Siete ensayos de interpretación sobre la utopía latinoamericana”, “Cisterna de sol” y “Los minutos de Ulises”; se encuentran en preparación para próxima publicación: “Digno es el cordero”, novela negra, “La niña que esperó al rey de Inglaterra”, ensayos biográficos y “Los frutos del desastre”, novela futurista sobre las consecuencias de la pandemia en México. Colaborador de Ruiz-Healy Times y Excésior.
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