El peligro de tener razón

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22 de diciembre, 2020

En tiempos de mis estudios secundarios, disfruté de la amistad de un profesor peculiar. A esa edad en la que los chicos necesitan tanto un mentor como un líder, mi profesor de matemáticas —que no nos dejaba usar calculadoras, pero sí el Soroban, el mítico ábaco japonés —, aparecía como un pequeño dictador, no me atrevería a decir fascista o algo semejante, pero sí alegre dominador de su tropa casi infantil. Su frase favorita era “¡A callar!”, antes de gritarla desaforadamente por primera vez, para espanto de todos los estudiantes, explicó su sentido para que fuera irrebatible. El profesor nos hacía callar porque él tenía algo más importante que decir, porque si no callábamos, no escucharíamos la verdad que tenía que decirnos. El suyo era el ámbito de la verdad, que se traducía en nuestro bien, y el nuestro, el del error y la ignorancia, que conduciría, irremisiblemente, a la perdición. En aquellos días, dar un varazo a un alumno era socialmente aceptable en algunos sistemas educativos, y la advertencia era la misma: no te muevas porque quiero corregirte y no lastimarte.

Esa misma lógica fue la de la Inquisición; al procesado por el brazo secular, se le imponía la penitencia de la cárcel perpetua, del silencio y el sambenito, y aun de la hoguera, por su propio bien. ¡A callar! que había alguien que conocía la verdad y la razón y se esforzaba para que, por la prohibición y la penitencia, el hereje alcanzara la libertad y la salvación. No pocas veces, ambos beneficios venían envueltos en una mortaja.

No es otra la lógica del fascismo, si nazi por el ascendiente étnico: existieron casos en el periodo nazi de judíos o gitanos que se suicidaron por considerar que la razón asistía a los que se decían arios; si franquista por la religión y la lengua: hay familias catalanas y vascas que olvidaron su lengua vernácula por puro terror. No es otra la lógica de quienes hoy suponen que tienen la razón y hacen presión y violencia no para ser escuchados, sino para impedir que otros ejerzan sus libertades.

La lógica prohibicionista de los que se oponen a que otros ejerzan sus derechos consagrados por la ley es lo que destruye las libertades, la tolerancia y la convivencia pacífica, porque parte del principio de que quien piensa distinto, vive en el error, mientras que los que pasan por generosos poseedores de la certeza, viven en la verdad; en realidad, sostendría en cualquier momento que todos tenemos nuestra pizca de verdad, pero lo más grave estriba en las atribuciones de los que se creen con una verdad tan fuerte, que es digna de suprimir las ajenas.

Aplaudo y celebro a quienes educan a sus hijos en esas certezas que dan tranquilidad por ser absolutas, no me gustaría vivir en un país donde ese tipo de educación estuviera prohibida, ni haría nada porque se prohibiera, aunque no me parezca correcta. Yo, por mi parte, en mi esfera de libertad intocable, educo a mis hijos en el respeto a las ideas ajenas y en el límite que marca la ley y el derecho de los demás. Resulta grave el mensaje que aportan quienes se sienten dueños de las verdades, sus actitudes no exigen atención o diálogo, sino representan un profundo odio por ese mundo de libertades y de derechos que disfrutan aun quienes no creen en ellos.

Hace unos días, el Secretario de Educación recibió ofrecimiento para irse a Washington en calidad de embajador, poco después, Natalia Toledo dejó la subsecretaría de Cultura, no hay director general de Derecho de Autor… de verdad, insisto, tengo buena fe en que algún plan para la cultura se traen entre el escritorio y el micrófono, pero lo que más daño está haciendo a la cultura es la falta de definiciones, de planes y de un concierto entre todos quienes participamos de ese sector de la vida nacional; ¿qué pasaría si reconocieran que el fenómeno cultural se les escurrió de las manos porque había cosas que les parecieron más urgentes? ¿No mereceríamos todo un plan explicado con manzanitas, así un ABC, que nos explique para dónde vamos? Al final del día, si tan solo supiéramos en un par de párrafos cuál es la visión cultural del Estado, pero la indefinición es agresión, no podemos decirlo de otra manera, y mientras todos queramos decir algo y la autocrítica del gobierno no aparezca, entonces será el poder público quien vea cómo se gesta un movimiento cultural independiente, no tendrá oportunidad de un discurso cultural propio y tendrá que escuchar, cada vez más vehemente y consistente, el discurso de los que han tenido que rascarse con sus propias uñas.

Digamos con la cultura popular de comer y caminar, el problema es empezar.

@cesarbcc70

Comentarios


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Último tango en París

50 años de “Último tango en París”

“Último tango en París”: Director y guionista: Bernardo Bertolucci; Actores: Maria Schneider, Marlon Brando; País: Italia-Francia; Año: 1972; Duración: 129 min.

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Es un buen tiempo para ser fanático de la saga The Last of Us, una de las propiedades intelectuales más importantes de Sony. En menos de un mes, The Last of US: Part I, un «remake» para PS5 del título que vio la luz en PS3 en el ya lejano 2013, llegará a las tiendas físicas y digitales. ¡Y vaya relajo que se armó dentro de la comunidad por este hecho! Sin embargo, la discusión acerca de si esta nueva versión está justificada (y que salga a precio completo similar a juegos nuevos, es decir, cerca de 70 USD) es tema para otro día. Además, pronto se estrenará una adaptación televisiva de la mano de HBO. Así que, a colación de esto, me gustaría hablar acerca del título desarrollado por Naughty Dog, el cual se ha convertido en una vaca sagrada del gaming en los últimos años. Advertencia: este juego no me gusta mucho. Al menos, no tanto como a la mayoría de los jugadores. Procedo a explicar mis razones. Si he de trazar un paralelo con otra forma de entretenimiento, para mí la devoción que genera The Last of Us me parece tan incomprensible como la que generó el álbum OK Computer de Radiohead a finales del siglo pasado. Es decir, ambas son obras de enorme calidad, con momentos de puro gozo. Sin embargo, si uno ve el panorama de sus respectivos campos, hay obras que resultan tanto o más valiosas y que rara vez reciben el mismo reconocimiento. ¿OK Computer en verdad es el mejor álbum de la misma década de Massive Attack, Aimee Mann, Morphine, Ween, Nirvana y Björk? De la misma forma, ¿The Last of Us es en verdad el mejor videojuego en la misma generación en la que gozamos la trilogía de Bioshock (1,2 e Infinite), Mass Effect, Grand Theft Auto (IV y V), Portal y Metal Gear Solid 4? Así que veamos cada uno de los apartados de The Last of Us. Trama: Un mundo después de la pandemia Comencemos por hablar un poco acerca de la historia, la cual es, para muchos, uno de los atractivos principales del título. La trama nos sitúa en un mundo azotado por un hongo llamado Cordyceps, el cual convierte a los humanos en seres violentos conocidos como los “Infectados” (very creative indeed!). La población está aislada en zonas de cuarentena debido a esto. Joel (el protagonista y a quien controlamos durante el juego) es un contrabandista, quien recibe el encargo de llevar a Ellie, una joven que aparentemente es inmune al hongo, hasta un asentamiento de un grupo rebelde conocido como “Las Luciérnagas”. Hasta ahí nos quedamos con la historia, para no entrar en los famosísimos spoilers para quienes aún no lo hayan jugado y tengan intenciones de hacerlo. Sin embargo, para mí, la historia del videojuego es uno de sus puntos más débiles: pretty standard stuff para un videojuego. Zombies, un entorno postapocalíptico y armas a montones. ¿Acaso no es básicamente la misma premisa que la saga Resident Evil? ¡Oh, perdonen! The Last of Us pretende contar una historia seria, carente, al parecer, de los elementos Over the Top de la saga insignia de Capcom. Esto es otro elemento que me ha dejado un sabor de boca un tanto amargo: la seriedad de la narración que a veces ronda con lo pretencioso. En varios momentos, parece que Naughty Dog nos quiere convencer de que esto no es solamente un juego. “¡Vean! estamos contando una historia harto seria! Sí, hay zombies, pero estamos siendo serios, ¡de veras!”. Calma, Neil Druckmann (el director del juego), ya entendimos. En el aspecto positivo, debo reconocer que la dinámica entre Joel y Ellie (casi como de padre e hija) resulta muy natural y humana, y entiendo que muchos jugadores empaticen con ambos. De hecho, si bien la historia no es nada novedosa, la dirección y el guion brindan algunos momentos enternecedores e intensos. Aspecto técnico: la joya de la corona de PS3 El aspecto técnico de The Last of Us es una de sus mayores ventajas y, siendo uno de los títulos importantes de la generación de PS3, su desarrollo contó con un equipo que ya conocía bien cómo crear videojuegos para la consola de Sony. Las vistas de este Estados Unidos devastado son en verdad gloriosas, con escenarios amplios, definidos y coloridos. La dirección de arte en verdad te hace sentir dentro de este mundo derruido que Naughty Dog creó. La variedad de escenarios no falta: viajaremos por edificios, bosques, alcantarillas y más. El modelado de los personajes también es excelente, con movimientos y expresiones faciales muy naturales. Las escenas también están muy bien dirigidas, lo cual no debería ser sorpresa viniendo de la misma desarrolladora de la serie Uncharted. El aspecto técnico es impecable y derrocha calidad por todos lados. Por ello, aunque el título fue remasterizado para PS4 un año después, el original sigue siendo uno de los que mejor se ven en PS3. Jugabilidad: third person shooter con tintes de horror Ya que dejamos los halagos atrás, entremos en el aspecto de jugabilidad. A ver, creo que una buena definición podría ser: Shooter en tercera persona + ligeros toques de sigilo al estilo de Metal Gear Solid / Assasin’s Creed + leves toques de terror. El control es fluido (aunque algunos jugadores lo encuentran un tanto torpe, para mí está bien) y el modo de juego tiene la variedad justa para no caer en la monotonía, pero no hay algo que The Last of Us haga que no se haya visto en varios títulos más y, en ocasiones, de mejor forma. El avance es lineal, lo cual no es una desventaja en sí misma. Tal vez lo más atractivo sea el aspecto táctico del juego. En ciertas situaciones, debes elegir la forma en la que enfrentarás a los enemigos con los que te encuentras. Aunque, en la mayoría de los casos, el ataque frontal con armas de fuego asegura la muerte de Joel. Las secciones en las que debes ser sigiloso para evitar una muerte instantánea ante cierto tipo de enemigos resultan emocionantes, eso sí. En fin, que el aspecto jugable de The Last of Us, mientras que no es malo o aburrido, tampoco es tremendamente espectacular o innovador y sólo es una excusa para avanzar la historia. Conclusión Para mí, al menos en mi humilde opinión, para que un videojuego entre a ese panteón sagrado de los mejores de todos los tiempos, debe ser uno que empuje al medio un paso más allá, ya sea en aspectos técnicos, narrativos o de innovación. Todos aquellos que jugamos The Legend of Zelda: Ocarina of Time en su época, allá por 1998, tenemos al título de Nintendo en tan alta estima por eso mismo: fue uno de los primeros títulos que aprovechó la tecnología de ese momento (el N64) y, de un solo golpe, mostró el potencial de las aventuras de acción en 3D. En verdad, TLoZ:OoT fue un título cutting edge en su época. Por otro lado, The Last of Us parece más, en el mejor de los casos, la culminación de los videojuegos de disparos en tercera persona con toques cinemáticos. Esta visión la puedo entender, aunque no compartir: como dije, la historia y sus personajes no me parecen nada especiales, además de que hay pocas innovaciones en el aspecto jugable. Lo mejor que puedo decir es que es en verdad un prodigio técnico, que aprovechó al máximo la potencia del PS3. Sin embargo, este resultado es de esperarse al ser uno de los títulos lanzados en el ocaso de la consola. Para mí, a The Last of Us le falta ese algo, esa chispa que me haga ponerlo al mismo nivel de otras obras del videojuego. Fuera de su historia, que resonó con muchas personas, no veo que esta obra de Naughty Dog haya hecho algo que no se haya visto antes.

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